CAPÍTULO 22Pukara
Pukara
Pukara quedaba a dos horas de Qhantiy si preguntabas a Tomás.
Tres si preguntabas a Leonardo.
Cuatro si incluías las paradas que Leonardo consideraba “documentalmente imprescindibles”.
—No necesitamos otra foto de una llama —dijo Joseph.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que no comprende narrativa visual.
La llama escupió a Leonardo.
Yo tuve que sentarme en una piedra para reírme.
—No digas nada —me advirtió.
—La naturaleza ya lo dijo todo.
Joseph se dio la vuelta para que Leonardo no viera que también se estaba riendo.
—Traición —dijo Leonardo.
—Evidencia —respondí.
✦ ✦ ✦
Pukara era pequeña.
Casas bajas.
Tejados oscuros.
Una plaza de tierra compactada.
Huertos escalonados.
Montañas tan cerca que daban la impresión de empezar detrás de las cocinas.
Rosa nos recibió junto a un hombre de unos sesenta años llamado Simón.
—Así que ustedes son los arqueólogos —dijo.
—Algunos —respondió Joseph, mirando a Leonardo.
—Documentalista —corrigió él.
Simón me miró a mí y luego a Joseph.
—¿Y pareja?
—No —dijimos al mismo tiempo.
Simón sonrió.
—Ah.
Odiaba los ah.
Leonardo casi se atragantó.
—No empieces —le dije.
—No tengo que hacer nada. Esto se escribe solo.
✦ ✦ ✦
Subimos por un sendero detrás de Rosa.
La ruta era más estrecha de lo que esperaba.
En varios puntos aparecían piedras trabajadas en los laterales.
No muros.
Marcadores.
Me agaché frente a una.
—Esto no es decorativo.
Joseph se puso a mi lado.
—Orientación.
—Y altura constante.
Simón observó.
—Mi abuelo decía que marcaban el camino donde no cualquiera podía pasar.
Rosa asintió.
—Camino protegido.
La frase me produjo un escalofrío.
No mágico.
Intelectual.
—Acceso restringido —dije.
Joseph señaló la dirección.
—Hacia el siguiente valle.
—Que lleva a Kallpa si sigues el corredor.
Nos miramos.
Leonardo levantó un dedo.
—Necesito recordar que una vez vi a dos personas excitarse por una piedra.
—No es una piedra —dijimos.
—Perfecto. Peor.
✦ ✦ ✦
La subida se hizo más dura después del primer marcador.
Simón avanzaba como si la pendiente no existiera. Leonardo empezó a respirar con sonido.
—Estoy perfectamente —dijo.
—Nadie preguntó —respondí.
—Necesito que conste.
Joseph iba detrás de mí.
—Más despacio.
—Estoy bien.
—No hablaba con usted.
Leonardo se giró.
—Gracias. Por fin alguien me ama.
—Tampoco.
Me reí.
En un tramo estrecho tuve que apoyar una mano sobre la roca. Joseph quedó justo detrás. No me tocó, pero su palma permaneció abierta cerca de mi espalda por si resbalaba.
Lo noté.
No dije nada.
Al llegar arriba, me giré.
—Podía hacerlo sola.
—Lo hizo.
—Entonces ¿esa mano?
—Por si decidía demostrar lo contrario.
—Qué fe.
—Basada en historial de bancos cojos, cuchillos y derrumbes.
—Eso es selección interesada de datos.
—Es una muestra robusta.
Simón nos miró.
—No pareja.
Joseph cerró los ojos.
Yo seguí caminando antes de reírme demasiado.
Más arriba encontramos un abrigo rocoso con restos de pintura muy erosionada.
Nada que excavar.
Nada que tocar.
Solo registrar.
Rosa sacó un tejido viejo guardado en una bolsa de tela.
—Mi abuela lo conservaba.
El motivo estaba allí.
No idéntico.
Mismo principio.
Curva.
Cruce.
Ruta.
—¿Podemos fotografiarlo? —preguntó Leonardo.
Rosa lo miró.
—Sí.
Él no hizo ninguna broma.
La fotografía sonó una vez.
También era respeto.
✦ ✦ ✦
Al volver al pueblo, Simón nos llevó a una pequeña sala donde guardaban fotografías antiguas de la comunidad.
No eran “archivo” en el sentido institucional.
Eran familias, celebraciones, caminos, trabajos colectivos, gente mirando a la cámara con la paciencia de quienes todavía no sabían que un día un grupo de arqueólogos discutiría durante veinte minutos sobre una piedra del fondo.
—Ahí —dije.
Joseph se inclinó.
En una fotografía de los años setenta se veía uno de los marcadores junto a un grupo de personas cargando textiles.
—¿Ese camino sigue abierto? —preguntó.
Simón negó.
—Se cerró después de un deslizamiento. Mi padre decía que antes conectaba con otra quebrada.
—¿Hacia Kallpa?
—No sé cómo lo llaman ustedes. Hacia el oeste.
Leonardo pidió permiso para fotografiar la imagen. Simón accedió.
—Si esto se confirma —dije—, la comunidad debería participar en cualquier interpretación del corredor.
Joseph respondió sin mirarme:
—No “debería”. Va a participar.
Lo miré.
No era una promesa romántica.
Era algo mejor.
Una decisión profesional correcta tomada sin necesidad de que nadie lo aplaudiera.
—Eso sí me gusta —dije.
Joseph giró.
—¿Qué cosa?
—Su criterio.
—Pensé que era insufrible.
—Las dos cosas pueden coexistir.
—Qué alivio.
La tarde fue menos científica.
Y bastante más peligrosa para nuestra dignidad.
Ayudamos a preparar comida.
Yo me corté un dedo con un cuchillo en menos de siete minutos.
Joseph apareció a mi lado con una venda.
—No.
—¿Qué?
—No diga nada.
—No iba a hacerlo.
—Su cara está gritando.
—Solo pensaba que sobrevivió a un derrumbe para caer frente a una cebolla.
—Eso cuenta como decir algo.
Me limpió el corte.
—Puedo hacerlo sola.
—Lo sé.
—Entonces déme la venda.
Me la dio inmediatamente.
Sonreí.
—Está aprendiendo.
—A la fuerza.
Simón, desde otra mesa, nos miró.
—No pareja.
—No —dije.
—Claro.
Joseph se rio.
Traidor.
✦ ✦ ✦
Después hubo juegos.
No sé cómo terminamos participando.
Probablemente Leonardo.
Siempre era probablemente Leonardo.
Perdió contra un niño de nueve años en una carrera corta y exigió revisión técnica.
—Me empujó.
—Tiene nueve años —dije.
—La corrupción empieza joven.
Joseph ganó una prueba de lanzamiento.
También resultaba innecesariamente atractivo.
—No ponga esa cara —dijo al regresar.
—¿Qué cara?
—La que puso en el festival.
Mi estómago se movió.
—No sé de qué habla.
—Yo sí.
—Arrogante.
—Observador.
—Eso era mi argumento.
—También era mío.
Sonreí.
La química entre nosotros ya no cabía detrás de las bromas.
Todo el mundo la veía.
Nosotros también.
Solo seguíamos fingiendo que verla no obligaba a hacer nada con ella.
✦ ✦ ✦
Cuando cayó la noche, la temperatura bajó de golpe. La comunidad encendió un fuego en el patio y cenamos antes de la ceremonia.
Leonardo intentó ayudar a servir una olla, se quemó dos dedos y declaró que la arqueología era más segura.
—Te escupió una llama esta mañana —dije.
—Eso fue un ataque personal.
Joseph se sentó a mi lado con un plato.
—Coma.
—No empiece.
—No dije cuánto.
—Lo pensó.
—Eso no puede probarlo.
Me reí.
Después nos quedamos unos minutos mirando el fuego.
—¿Está nervioso? —pregunté.
Joseph pensó.
—Sí.
La respuesta me sorprendió por su facilidad.
—¿Por perder el control?
—Un poco.
—Puede no participar.
—Lo sé.
—¿Entonces?
Miró el fuego.
—Quiero entender por qué esto importa para ellos. Y quiero saber qué pasa si dejo de intentar dirigir cada pensamiento durante unas horas.
—Eso suena peligrosamente sano.
—No lo repita.
Sonreí.
—Yo estoy nerviosa por otra cosa.
—¿Kallpa?
—Todo.
Joseph asintió.
—Entonces si alguno quiere salir, salimos. Sin preguntas.
—De acuerdo.
No era una promesa de cuidarnos.
Era una promesa de respetar una decisión.
Con nosotros, la diferencia importaba.
Antes de la ceremonia nos reunieron en una casa comunal.
Preguntas médicas.
Medicaciones.
Antecedentes.
Explicaron qué esperar y qué no.
Que podíamos retirarnos.
Que no debíamos tomar decisiones importantes durante los efectos.
Que nadie nos tocaría sin permiso.
Yo acepté participar.
Joseph también.
Leonardo levantó una mano.
—¿Existe la posibilidad de que comprenda finalmente la arquitectura emocional de una llama?
La guía lo miró durante varios segundos.
—Existe la posibilidad de que vomites.
—También es conocimiento.
Me reí.
Después dejó de hacerme gracia.
No por miedo.
Por respeto.
Aquello no era entretenimiento para turistas.
Era una práctica de la comunidad que nos permitían compartir bajo sus reglas.
✦ ✦ ✦
La ceremonia empezó despacio.
No había música cinematográfica ni una transformación inmediata. Había instrucciones, pausas, gente respirando, el sonido del fuego y el cuerpo procesando algo que sabía amargo antes de tragarse.
Durante la primera hora pensé que no ocurriría nada.
Después perdí la necesidad de medir el tiempo.
No perdí conciencia de dónde estaba.
Sí perdí parte de la capacidad de colocar cada recuerdo en una caja separada.
Eso fue mucho más incómodo.
La experiencia fue subjetiva.
No vi profecías ni muertos dispuestos a indicarme dónde excavar.
Mi cerebro hizo lo que los cerebros hacen cuando les quitas algunas defensas.
Abrió cajones.
Mi infancia.
La habitación cerrada.
Kallpa.
Una mesa llena de inventarios.
Gabriel diciendo te estás obsesionando .
Mi propia voz preguntando si había firmado algo mal.
Después Aukani.
Tierra bajo las uñas.
Joseph riéndose en un coche.
Una suculenta junto a una ventana.
Nada sobrenatural.
Todo demasiado humano.
Vi a Gabriel en una cocina de hotel.
No como visión sobrenatural.
Como recuerdo.
Su mano demasiado fuerte alrededor de mi brazo después de una discusión. Mi cadera golpeando una mesa. Su voz diciéndome que me había tropezado.
El recuerdo pasó y apareció otro: un pasillo, él bloqueando la salida, una pared golpeada al lado de mi cabeza.
Después su cara sonriendo en un congreso, presentándome a alguien como “la mejor arqueóloga que conozco”.
Las dos versiones coexistían.
Ahí estaba lo insoportable.
No necesitaba decidir cuál había sido real.
Habían sido reales ambas.
Y una no borraba el daño de la otra.
En algún momento lloré.
No dramáticamente.
Las lágrimas estaban y ya.
Sentí una mano cerca.
No encima.
Cerca.
Abrí los ojos.
Joseph estaba sentado a mi lado.
—¿Puedo? —preguntó.
Asentí.
Tomó mi mano.
Solo eso.
Y permanecimos así mientras la noche parecía expandirse y contraerse alrededor de nosotros.
✦ ✦ ✦
Más tarde, cuando los efectos habían bajado, Joseph habló.
No sé cuánto tiempo había pasado.
Su voz era baja.
—Recordé a Clara.
Giré la cabeza.
Él seguía mirando al frente.
—¿Qué recordó?
—Su risa.
Esperé.
—Había olvidado cómo sonaba. Recordaba el informe. El hospital. Su familia. El día del derrumbe. Pero no su risa.
Apretó mis dedos.
—Hoy volvió.
—¿Eso está bien?
Joseph pensó.
—Sí.
No sonrió; tampoco lo necesitaba.
—No quiero olvidarla solo en el peor momento de su vida —dijo.
Me ardieron los ojos.
—Entonces no lo haga.
Nos quedamos allí.
Sin promesas.
Sin convertir el dolor en algo hermoso porque no lo era.
Solo permitiendo que existiera junto a otras cosas.
Cuando nos levantamos para volver a las habitaciones, Joseph no soltó mi mano hasta llegar a la puerta.
—Una cosa —dije.
—¿Qué?
—Lo que sea que pensemos esta noche...
—No hacemos nada mientras pueda estar afectado por la ceremonia.
—Exacto.
—Ni decisiones.
—Ni decisiones.
—Mañana, si sigue queriendo algo, me lo dice.
Mi pulso cambió.
—Lo mismo para usted.
—De acuerdo.
Entré en mi habitación.
Cerré la puerta.
Me apoyé contra ella.
Y supe, con una claridad bastante irritante, que no quería esperar hasta mañana para saber qué iba a querer cuando estuviera completamente lúcida.