Desterrando problemas CAPÍTULO 19Evidencia
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CAPÍTULO 19Evidencia

Evidencia

La noche convirtió el Instituto en otro lugar.

Sin teléfonos.

Sin pasos por el pasillo.

Sin personas preguntando por permisos, presupuestos o café.

Solo Joseph y yo, una lámpara sobre la mesa y demasiados archivos de Suyana.

Marina se había ido dos horas antes.

Leonardo había sido expulsado después de intentar “mejorar el ambiente” con música.

Yo debería haberme ido también.

Joseph me lo dijo tres veces.

La cuarta dejó de intentarlo.

—Si mañana se queja de cansancio —dijo—, no voy a mostrar compasión.

—Eso implicaría que alguna vez la muestra.

—Le compré desayuno.

—Una vez.

—Le regalé una planta.

—Un experimento.

—La saqué de un derrumbe.

—Eso sí cuenta.

—Gracias.

—Pero fue muy agresivo.

Joseph se rio.

Y seguimos leyendo.

✦  ✦  ✦

Encontramos el nombre completo de Ricardo Méndez a las once y diecisiete.

No en un contrato.

En una fotografía.

Suyana, 2007.

Víctor Salazar en el centro.

Esteban Varela a un lado.

Y un Ricardo Méndez considerablemente más joven sosteniendo una carpeta con el logo de Patrimonia Sur.

—Operaciones desde entonces —dije.

—Como mínimo.

—¿Gabriel lo conocía?

—Eso tendremos que preguntárselo.

No quería.

Ese era el problema.

Cada pregunta nueva reducía el espacio donde podía seguir creyendo la versión de Gabriel que había conservado todos esos años.

—Tengo hambre —dije.

Joseph miró el reloj.

—Eso es porque son casi las doce.

—No dramatice.

—La cafetería cerró hace seis horas.

—Detalles.

Abrió un cajón.

Sacó galletas.

Me quedé mirándolo.

—¿Tiene comida escondida en el escritorio?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Siempre.

—Y me dejó pasar hambre en reuniones.

—Nunca dijo que tenía hambre.

—Eso debería percibirse.

—No soy médium.

—Con esa capacidad de aparecer cada vez que hago algo incorrecto, discutible.

Me lanzó el paquete.

Lo atrapé.

—Gracias.

—De nada.

Compartimos galletas mientras investigábamos una posible red de tráfico patrimonial.

Era, de una forma deprimente, una de las mejores noches que había tenido en mucho tiempo.

✦  ✦  ✦

A las once y media pedimos comida.

Bueno. Joseph pidió. Yo critiqué sus elecciones y después me comí la mitad de sus papas.

—Eso era mío.

—La propiedad privada es una construcción social.

—Devuélvalas.

—Ya no existen.

Joseph miró la caja vacía.

—Esto es exactamente por lo que existen inventarios.

—¿Va a asignar código a las papas?

—Demasiado tarde. La cadena de custodia está destruida.

Me reí tan fuerte que tuve que taparme la boca.

—Eso fue bueno.

—Disfrútelo mientras dure.

—Ya es tarde para eso también.

Durante unos minutos comimos sin revisar documentos. Hablamos de universidades, de profesores que habían marcado nuestras carreras, de los peores alojamientos de campaña que habíamos conocido. Joseph contó que una vez durmió tres semanas en una habitación donde una cabra entraba por la ventana.

—No le creo.

—Tengo fotografías.

—¿De la cabra?

—Durmiendo en mi cama.

—Necesito esa evidencia inmediatamente.

—Jamás.

—Cobarde.

Aquello no era una cita.

Pero se parecía demasiado a dos personas que podían pasar una noche juntas sin necesitar que ocurriera nada extraordinario.

Y esa posibilidad me dio más miedo que el deseo.

A las doce y cuatro, Joseph se quitó las gafas.

No sabía que usaba gafas para leer hasta esa noche.

Aquello me pareció información peligrosamente innecesaria.

—No haga esa cara —dijo.

—¿Qué cara?

—La que está haciendo.

—No hago ninguna.

Joseph volvió a ponerse las gafas.

—Bien.

Peor.

Mucho peor.

—Eso es manipulación.

—¿Qué cosa?

—Nada.

—No intente esconderse detrás de esa respuesta.

Le lancé una galleta.

La atrapó.

—Agresión con alimento.

—Denúncieme.

—Mañana.

Nos miramos.

Y apareció otra vez ese hilo.

No el del casi beso.

Algo más estable.

La certeza de que disfrutábamos estar allí juntos incluso cuando el trabajo era horrible.

—¿Puedo preguntarle algo? —dije.

Joseph dejó las gafas.

—Sí.

—Clara.

No se cerró del todo.

Solo se quedó muy quieto.

—Dijo que me contaría después.

—Lo recuerdo.

Esperé.

Joseph tardó tanto en responder que pensé que había ido demasiado lejos.

—Puede decir que no —añadí.

—Lo sé.

Miró la fotografía de Suyana sin verla.

—Durante años todo el mundo me preguntó por el derrumbe como si existiera una versión correcta para contarlo. Una versión profesional. Otra para la familia. Otra para seguros. Otra para la universidad.

Se frotó el pulgar contra el borde de la mesa.

—La verdad es que durante treinta segundos después de escuchar el primer crujido pensé que teníamos tiempo. Eso es lo que no puedo olvidar.

Yo conocía esa clase de segundos.

La decisión que después crece hasta ocupar años.

No intenté absolverlo.

Tampoco necesitaba condenarlo.

—Era estudiante —dijo finalmente—. Hace diez años. Una excavación en el norte.

No añadió más.

—No tiene que contármelo ahora.

—Murió en un derrumbe.

La frase me dejó sin aire.

De pronto entendí demasiadas cosas.

Los soportes.

Su reacción.

La forma en que me había empujado sin pensar.

—Joseph...

—Yo dirigía el sector.

—Eso no significa que fuera su culpa.

—No.

Pero no dijo que creyera eso.

—¿Qué pasó?

—Lluvia. Saturación. Una decisión de continuar treinta minutos más.

Su voz seguía controlada.

Demasiado.

—Mía.

—¿Había señales?

—Después siempre hay señales.

No respondí.

Eso lo entendía.

—Tenía veintitrés años —dijo—. Era brillante. Se reía de todo. Incluso de mí.

—Eso demuestra buen criterio.

Joseph soltó aire.

Casi una risa.

—Sí.

—¿Por eso controla todo?

Me miró.

—No todo.

—Intenta.

—Sí.

La respuesta fue tan honesta que dolió.

—No tengo miedo de sentir cosas, Lova.

No esperaba que dijera mi nombre.

—Tengo miedo de lo que hago cuando algo me importa demasiado. Porque puedo dejar de medir bien el riesgo.

Ahí estaba Joseph.

No frío.

Controlado.

No porque careciera de pasión.

Porque le daba miedo lo que podía hacer con ella.

—Gracias por contármelo.

Asintió.

No intenté tocarlo.

Él tampoco.

Pero el espacio entre nosotros dejó de parecer distancia.

✦  ✦  ✦

Encontramos la pieza siguiente a las doce y treinta y nueve.

Un documento de traslado de Suyana.

Firma de Esteban.

Recepción: Patrimonia Sur.

Responsable: Ricardo Méndez.

Anotación manual al margen:

“V.S. no mueve las piezas. Mueve a las personas que pueden moverlas.”

Leí la frase dos veces.

Joseph se acercó.

—Eso es más directo.

—Mucho.

Debajo había otra nota.

“Gabriel cree que Víctor lo está ayudando. No dejes que lo utilice.”

Mi estómago se contrajo.

—Gabriel.

—Sí.

—¿Qué edad tenía entonces?

—Veinte, quizá veintiuno.

Joven.

No un niño.

Pero joven.

—Esto podría explicar por qué Salazar está en su vida —dije.

—Sí.

—No lo exonera de nada posterior.

—No.

Agradecí la respuesta.

No necesitaba que odiara a Gabriel por mí.

Solo que no lo convirtiera en inocente para tranquilizarme.

✦  ✦  ✦

Cuando terminamos de hablar de Clara, ninguno volvió inmediatamente a los documentos.

Joseph seguía sentado a mi lado.

Mi mano descansaba sobre la mesa. La suya, a pocos centímetros.

No la tocó.

Yo tampoco.

Pero esta vez la ausencia de contacto no era miedo.

Era elección.

—¿Sabe qué es irritante? —pregunté.

—La lista es larga.

—Que me caiga mejor cuando cuenta cosas horribles.

—Eso suena preocupante.

—Mucho.

—Podría volver a hablar del protocolo.

—No arruine el progreso.

Sonrió.

Y seguimos trabajando.

Salimos del Instituto después de la una.

La calle estaba vacía.

Fría.

Caminamos juntos hasta el hotel.

—Esto parece una mala cita —dije.

—¿Qué parte?

—Galletas de máquina, corrupción patrimonial y trauma compartido.

—He tenido peores.

Me detuve.

—Eso necesito escucharlo.

—No.

—¿Peores que esto?

—Buenas noches, Lova.

—Cobarde.

Joseph sonrió.

Frente al hotel se quedó un momento.

—¿Está bien para dormir?

La pregunta era sencilla.

No ¿está bien? como si yo fuera a romperme.

Solo suficiente para saber si me dejaría sola con la cabeza en guerra.

—Sí.

—¿Segura?

—Bastante.

Asintió.

—Entonces mañana seguimos.

—¿A qué hora?

—Nueve.

Lo miré con horror.

—¿Quién es usted?

—Una persona intentando dormir.

—Esto de la vulnerabilidad lo ha cambiado.

Joseph se rio.

—Buenas noches.

Entré al hotel sonriendo.

Cinco minutos después comprendí que acabábamos de pasar más de seis horas solos y ninguno había intentado escapar.