CAPÍTULO 18Una respuesta demasiado fácil
Una respuesta demasiado fácil
Los documentos de Esteban Varela olían a humedad incluso digitalizados.
No sé cómo explicar eso.
Quizá porque las fotografías de las carpetas mostraban bordes doblados, manchas de café, papel amarillento y una cantidad obscena de notas escritas a mano.
O quizá porque algunos archivos parecían haber sido escaneados por una persona que odiaba la tecnología.
—Esto está torcido —dijo Joseph.
—No empiece.
—Está literalmente girado noventa grados.
—Gire la cabeza.
Me miró.
—Solución eficiente.
—Gracias.
Habíamos ocupado una sala pequeña del Instituto con dos ordenadores, café y suficiente documentación como para justificar una evacuación por riesgo de aburrimiento.
Marina revisaba contratos.
Yo, informes de campo.
Joseph, correspondencia.
Leonardo tenía la misión esencial de no tocar nada.
La estaba fallando.
—Encontré una foto —dijo.
—¿De qué? —pregunté.
—Esteban Varela con un bigote criminal.
—Leonardo.
—Es relevante históricamente.
Joseph levantó una mano.
—Déjalo.
Lo miramos.
—¿Acabas de defenderme? —preguntó Leonardo.
—No. He asumido que es más rápido que discutir contigo.
—Eso cuenta.
✦ ✦ ✦
Suyana había funcionado entre 2005 y 2009.
Esteban Varela dirigió la investigación de campo durante dos campañas.
La Fundación Salazar aparecía como patrocinador privado.
Patrimonia Sur como consultora de movimientos y conservación.
Nada ilegal.
Todavía.
El primer detalle extraño fue un inventario duplicado.
—Mira esto —dije.
Joseph acercó su silla.
Dos códigos.
Misma descripción.
Mismo peso.
Fechas distintas.
—Error administrativo —dijo.
—O movimiento.
—Necesitamos el registro original.
—Está aquí.
Abrí otro archivo.
Una pieza había salido de Suyana para “análisis especializado”.
Destino: Patrimonia Sur.
Retorno: sin firma.
—No volvió —dije.
Joseph apoyó los dedos sobre la mesa.
—O no registraron el retorno.
—Eso es una respuesta muy generosa.
—Es la respuesta que tenemos hasta comprobarlo.
Respiré.
—Evidencia.
—Exacto.
Leonardo, desde el otro extremo, señaló.
—No sé si esto es sexy o profundamente preocupante.
—Fuera —dijo Joseph.
—Definitivamente sexy.
Marina le lanzó una carpeta.
✦ ✦ ✦
A media tarde apareció una fotografía de una exposición de 2007.
Varias piezas de Suyana.
Un panel de patrocinadores.
Fundación Salazar.
Patrimonia Sur.
Y, en una esquina del panel arqueológico, el mismo motivo.
No idéntico.
Otra variación.
Curva.
Línea transversal.
Tercer sitio.
—Esto ya no es solo Kallpa y Aukani —dije.
Joseph no respondió de inmediato.
—No.
—Suyana también.
—Sí.
—¿Ruta?
—Puede ser.
—Le odio.
—Sobrevivirá.
—Tres sitios.
—Tres sitios no hacen una ruta.
—Hacen una línea si los pones en un mapa.
Joseph se quedó quieto.
Ah.
Abrimos el mapa.
Suyana.
Kallpa.
Pukara.
Aukani.
No estaban perfectamente alineados.
Pero seguían una dirección regional reconocible.
Antiguos pasos.
Valles.
Corredores naturales.
—Necesitamos datos de Pukara —dije.
—Y contexto histórico.
—Rosa.
—Sí.
No nos miramos. Tampoco hacía falta.
El mismo pensamiento había llegado al mismo tiempo.
✦ ✦ ✦
La exposición de 2007 tenía un catálogo físico que no estaba digitalizado.
Eso nos llevó al archivo municipal de Qhantiy, un edificio donde el polvo parecía tener derechos adquiridos.
La archivera nos hizo firmar tres formularios. Joseph los leyó completos.
—No puede ser real —murmuré.
—¿Qué?
—Está leyendo términos de consulta para un catálogo de hace veinte años.
—Estoy firmando.
—Nadie lee eso.
—Ese argumento explica demasiados problemas del mundo.
La archivera levantó la vista.
—Él tiene razón.
Joseph me miró satisfecho.
—No la anime —dije.
El catálogo apareció media hora después, encuadernado con espiral y con fotografías de calidad discutible.
Encontramos el motivo en cuatro páginas distintas. No solo cerámica. También en una piedra de paso y en un fragmento textil.
—No es un motivo decorativo aislado —dije.
Joseph pasó la página.
—Parece funcionar como marcador.
—De tránsito.
—Todavía no.
—Me niego a dejar que arruine este momento.
—Es mi responsabilidad institucional.
La archivera nos observó por encima de las gafas.
—¿Siempre discuten así?
—No —respondimos.
Ella sonrió.
—Claro.
Otra persona que nos veía mejor que nosotros mismos.
Antes de encontrar el archivo, apareció un nombre que no esperábamos.
Una aseguradora.
La misma compañía había cubierto movimientos temporales en Suyana y Kallpa. En ambos casos, Patrimonia había figurado como responsable de transporte.
—¿Y Aukani? —pregunté.
Marina buscó.
—Otra aseguradora.
Sentí un alivio absurdo.
—Pero el corredor de seguros lo gestionó la Fundación —añadió.
El alivio murió.
Joseph se inclinó sobre la pantalla.
—Busque intermediario.
Apareció el nombre de una correduría.
Representante histórico: Ricardo Méndez.
—Este hombre está en todas partes —murmuré.
—Eso puede significar que hacía su trabajo —dijo Joseph.
—O que su trabajo era exactamente esto.
—También.
La cantidad de formas legítimas de construir algo ilegítimo empezaba a ser la parte más inquietante.
El problema apareció en un archivo llamado FINAL_2_VERDADERO. Nadie que nombre un archivo así merece confianza.
Lo abrí.
Era correspondencia de Esteban.
Una carta sin destinatario completo.
Solo iniciales.
V.S.
—Víctor Salazar —dije.
Joseph se inclinó.
El texto hablaba de “movimientos no autorizados”, “presiones sobre el inventario” y “material que no debe salir del circuito institucional”.
No había acusación directa.
Pero el tono era claro.
Esteban estaba enfadado.
Y asustado.
—Aquí —dijo Joseph.
Una línea subrayada.
“Si repiten el procedimiento, la responsabilidad volverá a quedar en la última persona que cierre la cadena.”
Mi cuerpo se enfrió.
La última persona.
Kallpa.
Mi firma.
—Lova.
—Estoy bien.
No lo estaba del todo.
Pero podía seguir.
—¿Fecha?
Joseph leyó.
—2008.
Tres años antes de Kallpa.
—Entonces alguien ya había hecho esto antes.
—Tal vez.
—No me diga tal vez ahora.
—Entonces diré que tenemos evidencia de un patrón administrativo similar. No de la misma red.
Respiré.
Eso podía aceptar.
—Bien.
—Bien.
Nos quedamos en silencio.
No era cómodo, pero tampoco malo.
Solo lleno.
✦ ✦ ✦
Volvimos al Instituto con copias del catálogo.
Al colocar las fotografías junto a los mapas, la hipótesis ganó forma. No certeza. Forma.
Joseph se inclinó sobre la mesa.
—Si estos marcadores señalan puntos de tránsito, la distancia entre ellos no es arbitraria.
—Depende del terreno, no de kilómetros lineales.
—Exacto.
Tomé una regla y la apoyé sobre el mapa.
—No sirve.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué me deja hacerlo?
—Quería ver cuánto tardaba en darse cuenta.
—Es una persona desagradable.
—Y aun así sigue aquí.
La frase llegó con una ligereza que no coincidía con la mirada.
La frase nos dejó sin réplica a los dos.
La tensión sexual no había desaparecido después del despacho.
Había cambiado.
Ahora llevaba vergüenza, límites, deseo y una cantidad poco práctica de conciencia.
—Estoy aquí por la arqueología —dije.
—Claro.
—No haga ese claro.
—¿Cuál?
—Ese.
Sonrió.
Me concentré otra vez en el mapa.
Mucho más seguro.
Gabriel llamó esa noche.
—¿Encontraste algo?
Miré a Joseph.
Estábamos todavía en la sala.
Él hizo un gesto mínimo: decisión mía.
—Sí.
—¿Qué?
—Tu padre estaba preocupado por movimientos de piezas.
—Ya.
Me enderecé.
—¿Ya qué?
—Sabía que había tenido problemas con Salazar.
—¿Sabías esto?
—No todo.
—Gabriel.
—Lova, mi padre murió con cajas enteras de papeles sin ordenar. Leí cosas. No entendí todo.
—¿Leíste la carta sobre cerrar la cadena en la última persona?
No respondió.
Mi pecho se cerró.
—¿La leíste?
—Creo que sí.
La respuesta fue peor que un no.
—¿Antes de Kallpa?
—No recuerdo.
Joseph levantó la vista.
Yo también.
No recuerdo.
Otra vez.
—Voy a colgar.
—Lova, espera.
—No. Ahora mismo no.
Colgué.
La conversación se apagó de golpe.
Joseph no dijo te lo dije .
No dijo nada.
Eso me permitió enfadarme con la persona correcta.
No con él ni conmigo. Con Gabriel.
Por primera vez, esa posibilidad no me dio miedo.