Desterrando problemas CAPÍTULO 17Demasiadas coincidencias
59%

CAPÍTULO 17Demasiadas coincidencias

Demasiadas coincidencias

Una coincidencia es cómoda.

Dos empiezan a irritar.

Tres ya piden una libreta.

A la mañana siguiente tenía siete.

Marina las había escrito en una pizarra.

1. Credencial G. Varela.

2. Consultas sobre Kallpa.

3. Órdenes de mantenimiento manipuladas.

4. Cámara fuera de servicio.

5. Patrimonia Sur en registros antiguos.

6. Motivo similar Kallpa/Aukani.

7. Salazar presionando por acceso.

Leonardo leyó la lista.

—Parece el menú de un restaurante terrible.

—Gracias por tu aporte —dijo Marina.

—Siempre.

Joseph llegó con una carpeta.

—Añada una octava.

Todos lo miramos.

Dejó una fotografía sobre la mesa.

Otro fragmento.

Cerámica negra.

Mismo tipo de incisión.

No idéntico.

Pero suficiente para que mi espalda se tensara.

—¿Dónde? —pregunté.

—Almacén secundario.

—¿Aukani?

—Sí. Catalogado hace dieciocho meses.

Marina frunció el ceño.

—¿Por qué no estaba en la serie?

—Porque se clasificó como material no diagnóstico.

Me acerqué.

—¿Quién lo catalogó?

Joseph abrió la ficha.

—Equipo externo de campaña.

—¿Empresa?

Pasó la hoja.

—Patrimonia Sur.

Ah.

La coincidencia ocho dejó de parecer cómoda.

✦  ✦  ✦

Patrimonia Sur tenía una página web tan pulida que daba desconfianza.

Fotografías de restauradores con guantes impecables.

Palabras como compromiso , memoria y sostenibilidad utilizadas suficientes veces como para vaciarlas de significado.

Leonardo leyó en voz alta:

—“Custodiamos el pasado para las generaciones futuras”.

—Eso envejeció mal —dije.

Marina buscó el registro mercantil y descargó la composición histórica de la empresa.

Méndez había figurado como apoderado durante nueve años. Después su nombre desaparecía y reaparecía vinculado a la Fundación Salazar como director de operaciones.

—Mismo trabajo, distinto membrete —dije.

Joseph señaló otra sociedad.

—Mire esta filial.

Servicios Culturales Andinos.

Había facturado a Suyana y Kallpa.

—¿También a Aukani?

Marina buscó.

—No directamente.

—¿Indirectamente?

—A través de la Fundación.

Leonardo apoyó la barbilla sobre la mano.

—¿En qué momento un organigrama se convierte en una telaraña criminal?

—Cuando tengamos evidencia de delito —respondió Joseph.

—Eres insoportable.

—Gracias.

Patrimonia Sur era una empresa de gestión patrimonial que había trabajado en seis proyectos distintos durante los últimos diez años.

Suyana.

Kallpa.

Aukani.

Y otros tres nombres que no conocía.

—Eso no prueba nada —dije.

Joseph estaba junto a mí frente a la pantalla.

—No.

—Pero ya no me gusta.

—A mí tampoco.

Leonardo se dejó caer en una silla.

—¿Puedo decir oficialmente que odio los nombres empresariales que suenan a fundación benéfica?

—No —respondió Marina.

—Excelente. Lo digo oficialmente.

Buscamos responsables históricos.

Propietarios.

Contratos.

Subcontratas.

Uno de los nombres apareció tres veces.

Ricardo Méndez.

—El hombre de Salazar —dije.

—Operaciones —añadió Marina.

Joseph se quedó quieto.

—Méndez estuvo en la recepción.

—Y en la visita del otro día —dije.

—Sí.

No necesitábamos más dramatismo.

La información ya pesaba sola.

✦  ✦  ✦

Dos horas después apareció Ricardo Méndez en el Instituto.

No había sido citado.

Traía una carpeta y una cortesía impecable.

—Víctor me pidió que entregara la documentación pendiente de la Fundación.

Joseph no lo invitó a sentarse.

—Puede dejarla en recepción.

Méndez sonrió.

—Hay anexos que quizá prefiera revisar conmigo.

—No.

Yo estaba a unos pasos, fingiendo revisar un inventario.

Méndez me vio.

—Doctora Montblack. Espero que esté recuperada del accidente.

—Sí. Gracias.

—Una suerte que Baker estuviera cerca.

La frase me molestó.

No porque fuera falsa.

Porque reducía lo ocurrido a Joseph salvándome, como si yo hubiera sido un objeto que él retiró del camino.

—Una suerte que el equipo siguiera el protocolo de seguridad —respondí.

Joseph me miró apenas.

Aprobación.

Méndez no pareció notar la corrección.

—Por supuesto.

Dejó la carpeta.

Antes de irse, su mirada se detuvo en la pizarra donde Marina había borrado apresuradamente casi todos los nombres.

Casi.

“Patrimonia” seguía visible en una esquina.

Méndez no reaccionó.

O lo hizo tan poco que no pude demostrarlo.

Cuando la puerta se cerró, Joseph dijo:

—¿Lo vio?

—Miró la pizarra.

—Sí.

—Eso no significa nada.

—No.

—Pero tampoco me gusta.

—A mí tampoco.

Cuando Méndez se fue, revisamos la carpeta que había dejado.

Era demasiado perfecta.

Facturas en orden.

Contratos con firmas.

Cronogramas impecables.

Nada que explicara por qué su nombre seguía apareciendo en movimientos irregulares.

—Esto está preparado para una auditoría —dijo Marina.

—¿Eso es malo? —preguntó Leonardo.

—No. Pero nadie mantiene diez años de archivos así de limpios por accidente.

Joseph tomó una factura.

—Mire el proveedor.

Servicios Culturales Andinos.

La filial que habíamos encontrado.

—La Fundación pagaba a Patrimonia a través de una empresa intermedia —dije.

—Legalmente puede hacerse.

—Y prácticamente también puede ocultar quién contrató qué.

—Sí.

Leonardo miró la carpeta.

—¿Puedo odiarla ya?

—A la carpeta, sí —dije.

—Gracias.

La credencial G. Varela seguía siendo el problema. Seguridad recuperó otro video.

Otra fecha.

Otro acceso.

Otro hombre que no era Gabriel.

—Puede ser identidad reutilizada —dijo Marina.

—¿Para qué usar su nombre? —pregunté.

Joseph miró la pizarra.

—Porque existe una relación previa con Patrimonia.

—Eso todavía no lo sabemos.

—No.

Agradecí que se corrigiera antes de convertir una sospecha en afirmación.

—O porque alguien quería que pareciera él —dijo Leonardo.

—También.

No me gustaba ninguna opción.

—Voy a hablar con Gabriel.

Joseph no intentó detenerme.

—Hágalo.

—¿Nada de “no todavía”?

—Ahora tenemos una pregunta concreta.

—Eso ha sido casi confianza.

—No se emocione.

Era pequeño.

Pero estábamos otra vez allí.

La forma habitual de nosotros.

Menos frágil.

✦  ✦  ✦

Gabriel respondió al tercer tono.

—¿Qué pasa?

No saludó.

Sabía que la llamada anterior no había terminado bien.

—Encontramos una credencial en Aukani con tu nombre.

Esta vez no pequeño.

—¿Qué?

—G. Varela. Ocho meses. Accesos a archivos de Kallpa y movimientos de materiales.

—No soy yo.

—Las cámaras también dicen que no eres tú.

—Entonces ya está.

La rapidez me molestó.

—No, Gabriel. No “ya está”. ¿Por qué tu nombre?

—No lo sé.

—¿Patrimonia Sur te suena?

Otra pausa.

—Sí.

Se me alteró el pulso.

—¿De qué?

—Trabajaron con proyectos de mi padre.

Me levanté de la silla.

Joseph, al otro lado de la sala, me observó.

—¿Tu padre?

—Suyana.

El nombre apareció como una pieza que llevaba años esperando que alguien la sacara de una caja.

—Nunca me hablaste de eso.

—Porque no tenía relación contigo.

—Kallpa tenía Patrimonia. Aukani tuvo Patrimonia. Y ahora me dices que Suyana también.

—Lova, muchas empresas trabajan en varios proyectos.

—Lo sé.

—Entonces no conviertas esto en algo que no es.

La frase me rozó mal.

No sabía por qué.

—No estoy haciendo eso.

—Solo digo que cuando te obsesionas con una idea...

La palabra me frenó.

Viejo lenguaje.

Demasiado familiar.

—No termines esa frase.

Gabriel calló.

—No estoy obsesionada. Estoy investigando.

—No quise decirlo así.

—Pero lo dijiste.

Mi voz no tembló.

Eso fue nuevo.

—Háblame de Suyana.

Gabriel exhaló.

—Mi padre dirigió parte del proyecto. Terminó mal. Hubo problemas con permisos y materiales. Después él dejó de trabajar con Salazar.

—¿Salazar estaba allí?

—Financiaba una parte.

Miré a Joseph.

Él había dejado de fingir que no escuchaba.

—Necesito los archivos de tu padre.

—No sé dónde están todos.

—Los que tengas.

—Lova...

—No es una acusación.

Pausa.

—Te los mando.

—Gracias.

Colgué.

Joseph se acercó.

—¿Está bien?

—Sí.

Esta vez era verdad.

No estaba bien con Gabriel.

Pero estaba bien conmigo.

Esta vez era distinto.

✦  ✦  ✦

Los archivos llegaron esa noche.

Ciento ochenta y tres documentos.

—Lo odio —dijo Leonardo al ver la carpeta.

—Ni siquiera has abierto uno.

—Precisamente.

Joseph miró el reloj.

—Mañana.

—Hoy —dije.

—Mañana.

—Son las siete.

—Y lleva aquí desde las ocho.

—No estoy cansada.

Marina me miró.

—Tienes una marca de bolígrafo en la frente.

Me toqué.

—Eso no prueba cansancio.

Joseph cogió mi portátil y lo cerró.

Lo miré.

—¿Acaba de tocar mi ordenador sin permiso?

Su mano se detuvo.

La referencia a la puerta abierta apareció entre nosotros sin que nadie la nombrara.

Joseph retiró la mano.

—Tiene razón.

Abrí el portátil otra vez.

Después lo cerré yo.

—Pero también tiene razón.

Leonardo puso una mano sobre el pecho.

—Estoy presenciando crecimiento personal colectivo.

—Vete —dijimos los tres.

Sonrió.

—Mañana va a ser largo.