CAPÍTULO 16Lo que no quería saber
Lo que no quería saber
La normalidad tardó en regresar.
El primer día que volvimos juntos a campo después del despacho, descubrí que la distancia podía medirse sin cinta métrica.
Joseph trabajó al otro lado del corte. Yo al mío.
No porque alguien lo hubiera ordenado.
Simplemente ocurrió.
A media mañana me pidió una espátula. Se la pasé. Nuestros dedos no se tocaron.
Antes aquello me habría parecido casual.
Ahora lo noté.
Él también.
—Esto es absurdo —dije.
Joseph levantó la vista.
—¿Qué cosa?
—Estamos tratando una espátula como si necesitara un mediador.
Su boca se movió.
—Es una herramienta peligrosa.
—Mide doce centímetros.
—Precisamente.
Me reí.
La tensión se aflojó.
No desapareció, pero dejó de dirigirnos.
—¿Estamos bien? —pregunté.
Joseph pensó antes de responder.
—Estamos trabajando en ello.
Era más honesto que decir sí.
—Me sirve.
—A mí también.
Y volvimos al terreno.
No porque Joseph me castigara.
Eso habría sido más fácil.
No hizo nada.
Precisamente por eso tuve que convivir con mi propia vergüenza sin convertirlo en villano para sentirme mejor.
Trabajábamos.
Discutíamos.
A veces hasta sonreíamos.
Pero durante varios días hubo una pequeña pausa antes de cada broma.
Como si ambos revisáramos mentalmente si el terreno seguía siendo seguro.
Era agotador.
Y, para mi desgracia, saludable.
✦ ✦ ✦
La investigación de las credenciales siguió avanzando.
Una de las cuentas externas había sido utilizada para consultar órdenes de traslado de materiales.
Nada de acceso directo a depósitos.
Nada que pudiera explicar por sí solo el derrumbe.
Pero suficiente para llamar nuestra atención.
Marina proyectó una lista.
—Son diecisiete consultas en ocho meses.
—¿Todas vinculadas a Aukani? —pregunté.
—Doce.
—¿Las otras cinco?
Marina amplió.
KALLPA.
No esperaba ver el nombre.
Mi estómago reaccionó primero.
Joseph lo notó.
—Respire —dijo.
Lo miré.
No había tono paternalista.
Solo una instrucción práctica.
Respiré.
—Estoy bien.
—Lo sé.
Agradecí que no añadiera nada.
Marina siguió.
—Las consultas no abrieron documentos completos. Solo índices de movimiento y nombres de responsables.
—¿Cuándo? —pregunté.
—Hace siete meses.
Había ocurrido antes de mi llegada.
Antes de que Gabriel me llamara.
—¿Quién sabía que yo vendría? —pregunté.
Joseph frunció el ceño.
—La selección se cerró hace cuatro meses.
—Entonces no me buscaban a mí.
—No necesariamente —dijo Marina.
—Buscaban Kallpa.
Nadie discutió.
✦ ✦ ✦
Antes del mediodía vi a Valeria cruzar el patio con dos asesores. Saludó a Joseph desde lejos. Él levantó una mano. Nada más.
No sentí celos.
Eso fue casi decepcionante.
Lo que sentí fue algo más difícil de clasificar: la conciencia de que Joseph tenía una vida que no me pertenecía, igual que yo tenía la mía. La escena del despacho no me había dado derechos sobre él. Solo me había mostrado una parte que no debía haber visto.
Y, aun así, cuando Joseph apareció a mi lado minutos después para revisar el registro, recordé su cuerpo de una forma tan nítida que tuve que concentrarme en una columna de números para no ponerme roja.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Nada.
—Su nada...
—No termine esa frase.
Joseph me miró un segundo más.
Después, para mi alivio y mi desgracia, obedeció.
La investigación también recuperó la hora exacta en que alguien había creado la credencial externa.
03:06.
Madrugada.
Un martes.
No había personal autorizado en el edificio según el registro oficial.
—Entonces alguien entró sin marcar acceso —dije.
—O utilizó una tarjeta que no quedó asociada a persona —respondió Marina.
Joseph señaló otra línea.
—Mire el sistema de visitantes.
Había una entrada manual a las 02:51.
“Consultoría externa”.
Sin nombre.
Autorización: Fundación Salazar.
—Eso no debería bastar para entrar —dije.
—No basta ahora —respondió Joseph.
—¿Antes sí?
—Antes alguien confiaba demasiado en sellos institucionales.
La ironía me golpeó.
Confiar en una firma porque parece oficial.
Confiar en una persona porque parece segura.
Las cadenas fallaban por lugares parecidos.
La sexta credencial externa finalmente obtuvo un nombre. No porque apareciera bien registrada.
Porque un archivo de respaldo antiguo conservaba una etiqueta que el sistema actual había perdido.
Marina leyó en voz alta.
—G. Varela.
No entendí al principio.
Mi cerebro leyó letras.
Después formó un nombre.
Gabriel Varela.
—No.
La palabra salió antes de pensarla.
Joseph no dijo nada.
Marina volvió a mirar.
—Puede ser otra persona.
—No con ese apellido y ese inicial en un sistema de proyectos arqueológicos —dije.
Leonardo dejó la cámara sobre la mesa.
—¿Gabriel tenía acceso al Instituto?
—No que yo sepa.
Mi voz sonó lejos.
Joseph se acercó al monitor.
—¿Fecha de creación?
—Ocho meses atrás.
—¿Quién la solicitó?
—No aparece.
—¿Último acceso?
—Hace nueve días.
Nueve.
Antes del derrumbe.
Sentí el impulso inmediato de llamar a Gabriel.
Joseph me miró.
—No todavía.
La frase me irritó.
—No necesito permiso para llamarlo.
—No dije eso.
—Sonó bastante parecido.
—Dije no todavía porque primero debemos verificar que esa credencial le pertenezca.
Respiré.
Tenía razón.
Otra vez.
—Bien.
Joseph levantó una ceja.
—¿Eso fue fácil?
—No lo arruine.
La tensión bajó un grado.
Solo uno.
✦ ✦ ✦
Antes de revisar las cámaras, trabajamos una hora en el laboratorio con el nuevo fragmento.
No hablamos ni del despacho ni de Gabriel.
Hablamos de pasta, cocción y una pequeña deformación del borde que Marina insistía en considerar significativa.
—No lo es —dije.
—Sí lo es —respondió Marina.
—No cambia función.
—Puede cambiar manufactura.
Joseph nos observó como si hubiera pagado entrada.
—¿Va a intervenir? —pregunté.
—No.
—Cobarde.
—Prudente.
Marina le tendió el fragmento.
—Elige.
Joseph lo miró.
—Las dos tienen razón.
—Eso no vale —dijimos al mismo tiempo.
Él sonrió.
—La deformación puede indicar técnica sin cambiar función.
Marina me señaló con satisfacción.
—Victoria.
—Compartida.
—Las peores.
Joseph soltó una risa.
Y ahí, en medio de una discusión sobre un borde cerámico, el espacio entre él y yo dejó de sentirse castigado.
No arreglado del todo.
Pero habitable.
Encontramos cámaras del edificio administrativo.
No las del pasillo donde se usó el terminal.
Una exterior.
La fecha coincidía con uno de los accesos.
Pasamos cuarenta minutos mirando personas entrar y salir.
Cuarenta minutos de mi vida que nadie me devolvería.
Leonardo apareció con café.
—¿Quién gana?
—Nadie —dije.
—Eso parece televisión de autor.
Joseph no apartó la vista.
—Minuto treinta y ocho.
Un hombre entró por la puerta lateral.
Gorra.
Chaqueta.
Espalda a cámara.
Marina pausó.
—No es Gabriel.
Lo supe antes de que ampliara.
No eran su altura ni su forma de caminar. No era él.
El alivio llegó demasiado rápido.
Joseph lo vio.
—Eso no demuestra que no autorizara la cuenta.
—Lo sé.
—Solo que no fue quien entró.
—Lo sé.
Mi tono salió más duro de lo necesario.
Joseph no respondió.
No insistió.
Eso me permitió corregirme yo.
—Perdón.
—No hace falta.
—Sí hace.
Su expresión se suavizó.
—Entonces aceptado.
Era extraño lo fácil que empezaba a ser reparar cosas pequeñas con él.
También me asustaba.
✦ ✦ ✦
Esa noche llamé a Gabriel.
No le conté lo de la credencial.
Todavía.
Quería escuchar su voz antes de saber demasiado.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—Cansada.
—¿Aukani sigue intentando matarte?
Mi mano se tensó alrededor del teléfono.
—No bromees con eso.
—Perdón.
—Hubo un derrumbe.
—¿Qué?
La sorpresa sonó real.
—Estoy bien. Joseph salió herido.
Otra pausa.
—¿Baker?
—Sí.
—¿Grave?
—No.
—Bien.
No me gustó que utilizara esa palabra.
Ridículo.
—Gabriel.
—¿Sí?
—¿Has tenido alguna vez acceso al sistema del Instituto de Aukani?
Muy pequeño.
Pero existió.
—No.
—¿Nunca?
—No que recuerde.
No que recuerde.
Mi cuerpo registró la frase.
—¿Por qué?
—Nada. Estamos revisando accesos.
—¿Pasó algo?
—No lo sé todavía.
—Lova.
El tono familiar.
La forma en que siempre había conseguido que le contara todo.
—Te llamo después.
—Espera.
Colgué.
Me quedé mirando el teléfono.
No podía afirmar que hubiera mentido; no tenía evidencia.
Pero por primera vez desde que había llegado a Aukani, la duda no se dirigió hacia mí.
Se dirigió hacia él.