Desterrando problemas CAPÍTULO 15La puerta abierta
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CAPÍTULO 15La puerta abierta

La puerta abierta

Yo solo iba a entregar la carpeta del Sector C.

Esa fue la explicación que repetí después, como si el propósito administrativo pudiera absolver todo lo que hice a continuación.

Joseph había dicho que estaría trabajando hasta tarde y que dejara el informe para su firma antes de irme. Cuando llegué al pasillo de dirección, casi todas las luces estaban apagadas. La de su despacho seguía encendida.

La puerta estaba entornada.

Levanté la mano para llamar.

Entonces escuché un golpe seco contra el escritorio.

Después una respiración que no pertenecía a ninguna reunión.

Me quedé inmóvil.

Había una decisión correcta disponible en ese momento. Retroceder. Dejar la carpeta con Marina al día siguiente. Fingir que jamás había llegado hasta allí.

En lugar de eso empujé la puerta apenas unos centímetros.

Y vi.

La senadora Valeria estaba sentada sobre el borde del escritorio, la falda recogida sobre los muslos y una pierna alrededor de la cintura de Joseph.

Él estaba entre sus piernas, la camisa abierta en el cuello y el pantalón desabrochado.

Una de sus manos sostenía el muslo de ella; la otra estaba apoyada junto a una pila de informes que, por algún milagro administrativo, seguían en su sitio.

No estaban besándose.

Joseph la estaba follando.

El movimiento de sus caderas era firme, profundo, completamente incompatible con el hombre que pedía tres firmas para mover una caja de cerámica de una habitación a otra.

Valeria echó la cabeza hacia atrás y apretó los dedos contra su hombro.

Joseph respiró contra su cuello, la mandíbula tensa, los ojos cerrados durante un segundo.

Y yo debería haberme ido.

Lo sabía.

No me fui.

Fue la primera vez que vi a Joseph Baker sin control.

No enfadado. No cansado. No sorprendido.

Sin control.

Había algo brutalmente íntimo en descubrir que toda aquella contención podía romperse. Su respiración era irregular. El pelo se le había desordenado. Cuando Valeria movió las caderas contra él, Joseph soltó un sonido bajo que me atravesó el cuerpo antes de que pudiera decidir qué hacer con él.

La vergüenza llegó primero.

El deseo llegó inmediatamente después.

Eso fue peor.

Mis dedos se cerraron sobre la carpeta.

Tal vez fue el crujido del cartón.

Tal vez Joseph simplemente abrió los ojos.

Su mirada encontró la puerta.

Me encontró a mí.

Se quedó completamente quieto.

No había culpa en su cara.

La furia llegó casi de inmediato.

—Montblack.

Cerré la puerta.

Demasiado tarde.

Hay errores que empiezan como accidentes.

Y después tú misma decides empeorarlos.

El mío duró probablemente cuatro segundos.

Tal vez cinco.

Suficientes.

Demasiados.

Me quedé en el pasillo con la carpeta apretada contra el pecho y una sola idea coherente:

Corre.

No corrí.

Eso habría sido todavía peor.

Aunque no sabía cómo.

La puerta se abrió un minuto después.

La senadora salió primero.

La había visto en la recepción.

Rubia.

Segura.

Perfectamente adulta y perfectamente consciente de lo que acababa de ocurrir.

Se ajustó la chaqueta con una calma que me hizo admirarla y odiarme simultáneamente.

Me miró.

—Supongo que tú eres Montblack.

Fantástico.

—Sí.

—He oído hablar de ti.

Por supuesto.

Porque el universo me quería muerta.

—Lo siento —dije.

Ella arqueó una ceja.

—Yo no.

No había celos.

Ni escena.

Ni culpa.

Solo un pequeño destello de diversión en sus ojos.

—Pero él sí está enfadado.

—Ya lo noté.

—Suerte.

Se fue.

Yo consideré tirarme por una ventana.

El segundo piso no era suficientemente alto.

✦  ✦  ✦

—Entre.

La voz de Joseph llegó desde el despacho.

No quería.

Entré.

Había vuelto a abrocharse la camisa.

No completamente.

Una manga seguía remangada de forma irregular.

El escritorio estaba desplazado unos centímetros.

No miré.

Bueno.

Intenté no mirar.

—La carpeta —dije.

La dejé sobre una silla.

Joseph no la tocó.

—¿Cuánto tiempo estuvo ahí?

—No sé.

—Lova.

—Unos segundos.

—¿Cuántos?

—No los conté.

—Yo sí la vi quedarse.

La vergüenza me subió hasta las orejas.

—Lo siento.

Joseph cerró los ojos.

No estaba avergonzado.

Eso lo entendí rápido.

Estaba enfadado.

Con razón.

—Abrir la puerta fue un accidente —dijo—. Quedarse mirando fue una decisión.

No tenía defensa.

Aun así, mi cerebro intentó fabricar una.

—La puerta estaba abierta.

—Eso explica que entrara. No que se quedara.

—No sabía qué hacer.

—Irse.

—Sí.

La palabra me salió pequeña.

Joseph respiró.

—No es gracioso, Montblack.

Había estado a punto de hacer una broma.

La maté antes de que llegara a la boca.

—No. No lo es.

Silencio.

—Tiene razón. Debí irme.

—Sí. Debió hacerlo.

Dolió.

No porque fuera cruel.

Porque no lo era.

No suavizó la verdad para que yo me sintiera mejor.

Yo había cruzado un límite.

—No volverá a pasar.

Joseph me miró.

—Bien.

Asentí.

Cogí aire.

—La carpeta necesita firma.

Su expresión casi se rompió.

No de humor.

De incredulidad.

—Déjela.

—Ya la dejé.

—Entonces váyase.

Eso dolió más.

Pero lo merecía.

Me fui.

✦  ✦  ✦

Dormí mal.

Por culpa.

Y por otro problema mucho menos digno.

Cada vez que cerraba los ojos recordaba lo que había visto.

Joseph sin control.

No el director.

No el hombre que medía cada palabra.

La mano en la cadera de ella.

La respiración rota.

La forma en que su cuerpo se movía sin rastro de esa cautela clínica con la que enfrentaba todo lo demás.

No tenía derecho a esa imagen.

Ese era el problema.

Pero tenerla no significaba que pudiera borrarla.

A las dos de la mañana me levanté y bebí agua.

A las dos y diez me odié.

A las dos y veinte decidí que jamás volvería a mirar una puerta entreabierta.

A las dos y treinta reconocí algo todavía peor:

me había excitado.

—Perfecto.

Me tapé la cara con las manos.

Culpa y deseo.

Una combinación excelente para dormir.

✦  ✦  ✦

Al día siguiente Joseph no estaba en la reunión.

Eso me alivió.

Y me decepcionó.

Lo cual era repugnante.

Marina me pasó un informe.

—¿Estás bien?

—Perfectamente.

—Tienes cara de haber cometido un delito menor.

—Qué específica.

—Trabajo con objetos robados.

No respondí.

Leonardo entró.

—¿Dónde está Joseph?

—Reunión con la senadora —dijo Marina.

Casi dejé caer el informe.

Leonardo me miró.

—¿Todo bien?

—Sí.

—Pareces atragantada.

—Café.

No había café.

Marina miró mis manos.

Yo las escondí debajo de la mesa.

Excelente actuación.

✦  ✦  ✦

Valeria volvió al Instituto dos días después por una reunión oficial.

Yo estaba en el pasillo con Marina cuando pasó junto a mí.

—Doctora Montblack.

—Senadora.

Esperé que siguiera.

No lo hizo.

—No se preocupe —dijo—. No voy a contarle a nadie que casi muere de vergüenza.

Quise evaporarme.

Marina levantó la cabeza desde la carpeta.

—¿Qué?

—Nada —dije.

Valeria sonrió.

—Y por si sirve de algo, Joseph y yo nos conocemos desde hace años. No hay drama. No hay esposa secreta. No voy a aparecer en el tercer acto a reclamarlo.

La miré, horrorizada.

—No estaba pensando eso.

—Perfecto. Sería aburridísimo.

Siguió caminando.

Marina me observó.

—Voy a necesitar contexto.

—No.

—Mucho contexto.

—Nunca.

—¿Tiene que ver con Joseph?

—Adiós, Marina.

Entré al laboratorio y cerré la puerta.

Esta vez completamente.

Aprendizaje.

Vi a Joseph a media tarde.

Pasó junto al laboratorio.

Nuestros ojos se encontraron.

Él no se detuvo.

Yo tampoco.

Y fue horrible.

No porque necesitara que me perdonara inmediatamente.

Porque habíamos pasado semanas construyendo algo que parecía fácil.

Ahora había una puerta cerrada en medio.

Una que yo había puesto allí.

El día siguiente tuvimos que coincidir en una reunión de sector.

Joseph fue impecablemente profesional.

Eso fue terrible.

—Montblack, ¿la secuencia del perfil este?

—Actualizada.

—¿Fotografías?

—En servidor.

—Gracias.

Nada más.

No sarcasmo.

No “su nada tiene cara”.

No una mirada que durara medio segundo más de lo estrictamente necesario.

Entendí entonces que la confianza no era solo algo que él debía ganarse de mí.

Yo también podía romperla.

Ese pensamiento no me gustó.

Era más sencillo imaginarme siempre como la persona a la que habían engañado.

Aceptar que podía cruzar un límite ajeno me obligaba a verme completa.

No mala.

Responsable.

Cuando terminó la reunión, Leonardo intentó detenerme.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Baker está tratándote como a un informe de presupuesto.

—No te metas.

Su expresión cambió.

—Vale.

No insistió.

Agradecí que por una vez supiera parar.

Dos días duró la distancia.

No silencio absoluto.

Trabajo.

Preguntas.

Respuestas.

Todo correcto.

Nada más.

La segunda noche pensé en escribirle.

No lo hice.

No porque no tuviera nada que decir.

Porque cualquier mensaje me parecía demasiado fácil.

“Lo siento” ya se lo había dicho.

“¿Estamos bien?” convertía su enfado en una obligación de tranquilizarme.

“¿Podemos volver a lo de antes?” asumía que antes era un lugar al que ambos queríamos regresar.

Así que dejé el teléfono boca abajo.

Me obligué a tolerar la incomodidad sin arreglarla a la fuerza.

Eso resultó más difícil que excavar roca compactada.

Al día siguiente coincidimos frente a la máquina de café.

Joseph puso una moneda.

La máquina se la tragó.

Se quedó mirándola.

—No diga nada —advirtió.

Me mordí el interior de la mejilla.

—No iba a hacerlo.

La máquina volvió a tragarse otra moneda.

—Baker.

—No.

—Esto es objetivamente divertido.

Su boca se movió.

—No ayude.

Fue la primera broma compartida desde el despacho.

Pequeña.

Suficiente para saber que debajo del enfado todavía estaba él.

Y debajo de mi vergüenza todavía estaba yo.

El tercer día no aguanté. Lo encontré solo en el archivo.

—¿Podemos hablar?

Joseph dejó el documento.

—Sí.

No si quiere .

No más tarde .

Sí.

Eso me dio valor.

—No quiero que crea que estoy esperando que se disculpe por nada.

Su expresión se endureció.

—No iba a hacerlo.

—Lo sé.

—Bien.

—Y no me importa con quién se acueste.

Joseph levantó una ceja.

—Eso ha sonado convincente.

—No me importa en el sentido de que no me corresponde opinar.

—Eso sí.

Respiré.

—Lo que hice estuvo mal.

—Sí.

—Podría ayudar un poco.

—No quiero convertir su disculpa en algo más cómodo para usted.

Me callé.

Otra vez tenía razón.

Lo odié.

—De acuerdo.

Joseph cerró la carpeta.

—Acepto la disculpa.

Levanté la vista.

—¿Así de simple?

—No tiene por qué ser complicado.

—Estamos muy mal entrenados para eso.

Una mínima sonrisa.

—Bastante.

El aire cambió.

No volvió a ser como antes.

Todavía no.

Pero la puerta dejó de estar cerrada con llave.

—Una cosa más —dije.

—¿Qué?

—La próxima vez cierre la puerta.

Joseph me miró durante dos segundos.

Tres.

Y después, contra toda lógica, se rio.

—Eso no la exime de irse.

—Lo sé.

—Bien.

—Y no pienso hablar de esto con Leonardo.

Joseph dejó de reír.

—Si Norton se entera, abandono el país.

—Por primera vez tenemos un objetivo común serio.

Eso sí hizo que sonriera.

Y yo supe que estábamos empezando a volver.

No a donde estábamos antes.

A algo más incómodo.

Más consciente.

Porque ahora sabía exactamente cómo podía verse Joseph cuando dejaba de controlarse.

Y él sabía que yo lo había visto.