CAPÍTULO 14Credenciales
Credenciales
La investigación de una credencial anónima resultó ser exactamente tan emocionante como suena.
Es decir: nada.
Contraseñas.
Registros.
Horas.
Direcciones IP.
Un archivo CSV tan largo que consideré fingir un desmayo únicamente para poder salir de la sala.
—Si muero aquí —le dije a Marina—, borra mi historial de navegación.
—¿Por qué?
—No quiero que la policía descubra cuántas veces busqué “cómo identificar hueso humano quemado”.
Leonardo levantó la cabeza.
—Eso está muy abajo en la lista de cosas preocupantes sobre ti.
—Gracias.
Joseph, sentado al otro extremo de la mesa con el cabestrillo y una expresión de absoluta falta de compasión, señaló la pantalla.
—Registro de las 03:14.
—Qué hombre tan divertido.
—Lo intento.
No era verdad.
O peor: empezaba a serlo.
✦ ✦ ✦
La mañana empezó con una reunión de seguridad informática que duró una hora y diecisiete minutos.
Aprendí palabras que no quería volver a escuchar: token, sesión fantasma, privilegio heredado, credencial espejo.
—¿No podemos llamarlo simplemente “alguien entró donde no debía”? —pregunté.
El técnico me miró con decepción profesional.
—No exactamente.
Joseph, a mi lado, parecía disfrutar.
—Le gusta esto —murmuré.
—Me gusta entender cómo ocurrió.
—Es lo mismo que he dicho.
La auditoría mostró que la cuenta externa no necesitaba conocer la contraseña de Joseph. Bastaba con activar un permiso vinculado a su unidad y generar documentos con la firma automática del sistema.
—Entonces alguien podía hacer que una orden pareciera venir de Baker sin entrar en su cuenta —dije.
—Correcto —respondió el técnico.
—¿Quién podía activar el permiso?
—Dirección General y dos administradores.
Marina anotó los nombres.
Joseph se quedó inmóvil.
—Quiero auditoría histórica completa.
—Puede tardar días.
—Háganla.
El técnico miró su cabestrillo.
—¿Siempre es así?
—Sí —dijimos Marina y yo.
Joseph decidió ignorarnos.
La credencial externa había entrado en tres sistemas.
Depósitos.
Órdenes de mantenimiento.
Movimientos de materiales.
Nada suficiente para acusar a nadie.
Sí suficiente para que Joseph llamara a seguridad informática y cerrara temporalmente todos los accesos externos.
—Eso va a enfadar a Dirección —dijo Marina.
—Sobrevivirán.
—Salazar también.
Joseph ni pestañeó.
—Excelente.
Me reí.
—A veces creo que realmente disfruta peleando con él.
—No.
—Mentira.
—Disfruto cuando deja de conseguir lo que quiere.
—Eso es una forma sofisticada de decir sí.
—Usted también disfruta cuando tiene razón.
—Yo soy encantadora al respecto.
Leonardo soltó una carcajada.
—Esta sala contiene demasiada mentira.
✦ ✦ ✦
Esa misma tarde fuimos al Depósito Quilla con Marina y un agente de seguridad del Instituto.
El encargado nos enseñó el registro de entrega del soporte. La madera había entrado con un lote de cinco piezas. Cuatro seguían allí. Una había salido hacia Aukani.
—¿Quién recogió? —pregunté.
El hombre pasó el dedo por una hoja.
—Mensajero de Patrimonia.
Joseph, que estaba conectado por videollamada porque seguíamos impidiéndole salir de casa, se quedó en silencio.
—Repita —dijo.
—Patrimonia Sur. Aquí está el sello.
Marina me miró.
Yo miré la pantalla.
—¿Por qué una empresa de gestión patrimonial recoge madera de obra?
—No debería —respondió Joseph.
El encargado buscó la orden.
—Venía adjunta al pedido.
La hoja tenía otra vez la firma automática de Dirección.
No era prueba de sabotaje.
Sí era una ruta administrativa que no tenía sentido.
Antes de irnos pedimos copia de todo el lote.
Leonardo, que se había quedado fuera porque “cuatro personas ya parecían una redada”, nos esperaba apoyado en el coche.
—¿Algo?
—Patrimonia —dije.
Dejó de sonreír.
—Otra vez.
—Otra vez.
Manuel volvió con una copia impresa del correo original.
La firma parecía legítima.
La plantilla también.
Pero había algo raro en la hora de envío.
—Dos treinta y uno de la madrugada —dije.
—Joseph sí trabaja a esa hora —comentó Leonardo.
—No envío órdenes de mantenimiento a esa hora.
—Porque incluso tú tienes límites.
—Algunos.
Marina amplió los encabezados.
—Salió de un terminal interno.
Joseph se inclinó.
—¿Cuál?
—Administración, segundo piso.
—¿Cámaras?
—La del pasillo estuvo fuera de servicio esa noche.
Leonardo dejó de sonreír.
—Eso ya no me gusta.
A mí tampoco.
A esas alturas, llamarlas coincidencias empezaba a exigir más fe que llamarlas decisiones.
✦ ✦ ✦
A mediodía nos enviaron a una recepción breve con la comisión regional que revisaba la financiación después del derrumbe.
Yo intenté escapar.
Joseph me encontró junto al ascensor.
—¿A dónde va?
—A realizar una investigación urgente.
—¿Sobre qué?
—La calidad del café de la planta baja.
—Vuelva.
—Eso sonó a orden.
—Lo era.
—Qué evolución tan decepcionante.
Entré con él.
La senadora estaba al otro lado de la sala. La reconocí de la primera recepción: rubia, elegante, probablemente unos cuarenta años, con la seguridad de alguien acostumbrado a que la gente dejara espacio cuando caminaba.
Se acercó a Joseph y lo besó en la mejilla.
No me importó.
Eso fue lo que pensé inmediatamente, lo que probablemente significaba que me importaba un poco.
—Sigues vivo —dijo ella, mirando su hombro.
—Decepcionante para algunos.
—Para mí no.
Su mirada pasó hacia mí.
—Senadora Valeria Costa.
—Lovania Montblack.
—Lo sé.
Claro que sí. Todo el mundo sabía cosas de mí que yo no sabía de ellos. Excelente sistema.
—He oído que encontró el acceso del sector C.
—Con el equipo.
—Baker no suele compartir crédito por cortesía. Si lo dijo, será verdad.
Joseph la miró.
—Estoy aquí.
—Lo sé. Es parte de la diversión.
Ah.
Historia.
No necesitaba más datos para entender que se conocían bien.
Valeria no me trató como rival. Ni yo tenía derecho a tratarla así. De hecho, me cayó bien, lo cual era muchísimo menos conveniente.
—Tengo que robarte diez minutos luego —le dijo a Joseph.
—Tengo reunión a las seis.
—Después.
—Veré.
Ella sonrió como si supiera exactamente qué significaba ese “veré”.
Yo me concentré en mi copa.
No había nada que interpretar.
Y, sin embargo, cuando Joseph se acercó un poco para preguntarme si quería marcharse antes al Instituto, mi cuerpo registró la distancia con una irritante precisión.
Por la tarde, una asistente de Dirección apareció con una carpeta urgente.
—Necesito la firma del doctor Baker en el documento del sector C antes de mañana.
Joseph estaba fuera, reunido con el ingeniero.
—Déjala —dije—. Se la doy.
—Tiene que quedar archivada hoy.
—Puedo llevársela cuando vuelva.
La mujer asintió.
—Estará en su despacho después de la recepción con la comisión regional.
—Perfecto.
No pensé nada más.
Error número uno.
✦ ✦ ✦
A las seis y media la mayoría del equipo se había ido.
Yo seguía revisando dos inventarios con Marina.
—Vete —dijo.
—Tú también estás aquí.
—Yo tengo una justificación.
—¿Cuál?
—Soy incapaz de irme dejando una caja abierta.
Miré la caja.
—Eso no es una justificación. Es una condición clínica.
—Y tú tienes una carpeta para Joseph.
La miré.
Mierda.
—Cierto.
La agarré.
—Se la dejo y me voy.
—Buena niña.
—Nunca vuelvas a decir eso.
Marina sonrió y volvió a sus muestras.