CAPÍTULO 13Lo que alguien tocó
Lo que alguien tocó
Volví a Aukani treinta y seis horas después.
Joseph no.
Lo consideré una victoria estadística, aunque él insistió por teléfono en que treinta y seis horas no equivalían a dos días.
—Depende de la unidad de medida —le dije.
—Horas.
—Qué poco creativo.
—Vuelva si se siente bien. Si no, se queda.
No preguntó ¿seguro? cinco veces ni utilizó el derrumbe para convertirme en porcelana.
Solo dejó la decisión donde correspondía.
Conmigo.
Así que volví.
Y lo primero que vi fue la madera.
✦ ✦ ✦
El ingeniero estructural había retirado uno de los soportes provisionales colocados tres semanas antes.
Lo sostenía entre las manos.
—Esto no falló —dijo.
Marina frunció el ceño.
—Se partió.
—Sí. Pero no por carga.
Señaló una zona cercana al extremo.
Había una marca limpia.
Demasiado limpia.
—¿Corte? —pregunté.
—Parcial. Luego la tensión hizo el resto.
Sentí el estómago descender.
Leonardo dejó de fotografiar.
—¿Alguien lo cortó?
El ingeniero no dramatizó.
—Alguien intervino esta pieza antes de que fallara.
Miré el corte.
Después el lugar donde Joseph había desaparecido bajo el polvo.
La memoria intentó volver.
No la dejé.
—¿Cuándo se instaló? —pregunté.
Marina abrió el registro.
—Sustitución de mantenimiento... hace doce días.
—¿Quién autorizó?
Pasó dos páginas.
—Operaciones externas.
—Nombre.
Marina levantó la vista.
—Manuel Arce.
No me sonaba.
—¿Instituto?
—Proveedor.
Leonardo se acercó.
—¿Y quién pidió la sustitución?
Marina volvió a leer.
—Dirección.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Joseph?
Ella frunció el ceño.
—Figura su código.
Eso no significaba nada.
No todavía.
Me escuché pensar la frase y casi me reí.
Joseph había contaminado mi cerebro.
✦ ✦ ✦
Lo llamamos.
Marina puso el altavoz.
—No autoricé ninguna sustitución —dijo Joseph después de escuchar la información.
Su voz sonaba demasiado tranquila.
—Figura tu código —respondió Marina.
—Lo he oído.
—¿Puede haberse delegado?
—No para soporte estructural.
Me incliné hacia el teléfono.
—¿Tiene acceso alguien más?
Una pausa.
—Administración puede generar órdenes vinculadas a mi unidad. Pero deberían quedar dos validaciones.
—Aquí solo hay una.
—Entonces no es válida.
—Pero se ejecutó —dije.
—Sí.
La palabra cayó pesada.
—Voy al Instituto.
—No —dijimos Marina y yo al mismo tiempo.
Leonardo sonrió por reflejo.
—Qué bonito.
—Cállate —dijimos también al mismo tiempo.
La risa de Joseph llegó por el altavoz.
Pequeña.
—Estoy perfectamente capaz de revisar un registro.
—Desde su casa —dije.
—Lova.
—Tiene un brazo inútil.
—No es inútil.
—Intente levantarlo.
—Eso pensé.
Marina me miró con auténtica admiración.
—Te mando copia —dijo—. Tú revisas remoto. Nosotros hablamos con Arce.
Joseph exhaló.
—De acuerdo.
Colgamos.
Leonardo me señaló.
—Tú eres la única persona que consigue que obedezca.
—No obedeció. Negociamos.
—Eso es exactamente lo que diría alguien enamorado de la semántica.
—Trabaja.
—Pareces Joseph.
Eso fue suficientemente ofensivo para hacerme volver a la estructura.
✦ ✦ ✦
Manuel Arce llegó esa tarde.
Cincuenta y tantos.
Manos grandes.
Una chaqueta con el logo de una empresa que no había visto antes.
No parecía un conspirador.
Qué decepción.
Parecía un hombre que llevaba veinte años arreglando cosas que otras personas rompían.
—Yo recibí la orden —dijo.
—¿De quién? —preguntó Marina.
—Correo de la oficina del doctor Baker.
—¿Lo habló con él?
—No.
—¿Por qué no?
Manuel se encogió de hombros.
—No hablo con directores para cada tabla que cambio.
Correcto.
Razonable.
Peligroso.
—¿Conserva el correo? —pregunté.
—En la empresa.
—Necesitamos copia.
Él asintió.
—Claro.
—¿Quién entregó el soporte nuevo?
—Un almacén de Qhantiy.
—¿Nombre?
Miró su libreta.
—Depósitos Quilla.
Marina anotó.
—¿Y el soporte viejo?
Manuel frunció el ceño.
—Nos dijeron que estaba deteriorado. Lo retiramos.
—¿Dónde está?
—No sé. Normalmente vuelve al depósito.
Otra cadena.
Otro registro.
Otra oportunidad para que alguien moviera algo sin que nadie mirara demasiado.
Kallpa me rozó la memoria.
No dejé que entrara.
✦ ✦ ✦
Salazar llegó antes de que Manuel se marchara.
No sabía que iba a hacerlo.
Joseph tampoco.
Eso lo supe por la forma en que dejó el informe sobre la mesa.
—Me dijeron que hubo un problema de seguridad —dijo Víctor.
—Hubo un derrumbe —respondió Joseph.
—Lo sé. Quería comprobar que todos estaban bien.
Su mirada pasó por mí.
—Doctora Montblack.
—Estoy bien.
—Me alegro.
Parecía sincero.
Ese era el problema con Víctor. Nunca parecía un villano. Parecía un hombre educado que tenía demasiadas llaves.
Manuel se removió junto a la puerta.
Víctor lo reconoció.
—Arce.
—Señor Salazar.
Joseph lo vio. Yo también.
—¿Se conocen? —pregunté.
Víctor sonrió.
—He financiado suficientes proyectos para conocer a media ciudad.
Manuel asintió demasiado rápido.
—He trabajado en varios edificios de la Fundación.
Nada ilegal.
Nada extraño.
Otra coincidencia.
Joseph no presionó.
—El sector permanece cerrado —dijo.
—Por supuesto.
—Y todos los movimientos externos quedan suspendidos.
La sonrisa de Víctor no desapareció.
—Eso retrasará el calendario.
—Sí.
—Y afectará a los compromisos de patrocinio.
—Sí.
—Baker...
—La seguridad no se negocia.
Víctor lo miró varios segundos.
Yo pensé en el soporte cortado.
En la credencial.
En el hecho de que alguien había creado un accidente dentro de un sector que Salazar llevaba semanas intentando abrir.
Todavía no era evidencia.
Pero por primera vez, su presencia me pareció menos amable.
Antes de que Joseph volviera, Marina y yo reconstruimos el recorrido del soporte desde el depósito hasta Aukani.
Había tres firmas.
La del almacén.
La de Manuel.
Y una tercera, casi ilegible, en el recibo de entrega.
—¿Te suena? —preguntó Marina.
Negué.
El apellido parecía empezar por M.
No era suficiente.
Pedimos la copia digital.
La imagen ampliada mostró una inicial y un sello parcial.
R. M.
Fundación Salazar.
—Méndez —dije.
Marina se recostó en la silla.
—Puede ser.
—No. Puede ser alguien con las mismas iniciales.
Me miró.
—Baker te ha arruinado.
—Metodológicamente.
—Eso no es una palabra.
—Ahora sí.
Pedimos confirmación al depósito antes de añadir el nombre a ninguna lista.
Dos horas después llegó.
Ricardo Méndez había firmado la recepción del lote en representación de la Fundación antes de que una de las piezas terminara instalada en nuestro sector.
No probaba que hubiera cortado nada.
Sí lo colocaba dentro de la cadena.
Otra vez.
Joseph apareció en el Instituto al día siguiente.
Con el brazo en cabestrillo.
Lo vi desde el pasillo.
Me detuve.
Él también.
—No.
—Buenos días.
—No.
—Eso no es un saludo.
—Usted debería estar en casa.
—Estoy sentado la mayor parte del tiempo.
—Está de pie.
Joseph miró sus piernas.
—Observación impecable.
—Váyase.
—No.
—Odio cuando hace eso.
—Es útil.
Me acerqué.
El corte de la sien ya estaba cerrando.
Tenía una sombra morada cerca del hombro.
—¿Duele?
—Sí.
La honestidad me sorprendió.
—¿Mucho?
—Menos.
Asentí.
No intenté tocarlo.
Él no intentó hacer parecer que no importaba.
Para ambos, ya era progreso.
—Encontramos el correo de Arce —dije.
La expresión le cambió.
—¿Y?
—Salió de una cuenta institucional.
—¿La mía?
—No exactamente.
Lo llevé a la sala.
Marina tenía el correo proyectado.
Dirección General de Operaciones.
Firma automática de Joseph.
Número de autorización vinculado a su proyecto.
Pero el remitente real era una cuenta administrativa compartida.
—Eso no debería existir —dijo Joseph.
—Existe —respondió Marina.
—¿Quién tiene acceso?
—Seis personas.
Leonardo levantó una mano.
—¿Puedo decir que seis es un número horrible para una investigación?
—No —dijimos los tres.
—Ya lo dije.
✦ ✦ ✦
Una de las seis personas tenía un acceso cancelado dos meses antes.
Otro estaba de vacaciones.
Dos trabajaban en administración.
Una era la jefa de logística.
Y la sexta credencial figuraba únicamente como usuario externo autorizado.
Sin nombre.
—Eso tampoco debería existir —dijo Joseph.
—Estoy empezando a preocuparme por cuántas cosas no deberían existir aquí —murmuré.
Marina amplió el registro.
—Fue creada desde Dirección General hace ocho meses.
—¿Quién la aprobó?
—No aparece.
Joseph dejó de moverse.
—Busquen accesos vinculados a esa credencial desde antes del derrumbe.
Marina empezó a teclear.
Yo miré a Joseph.
—¿Cree que esto fue para hacernos daño?
—No lo sé.
—Pero...
—Creo que alguien manipuló un soporte en un sector que acababa de volverse importante.
Su mandíbula se tensó.
—Y usted estaba dentro.
—Usted también.
Me miró.
—Sí.
No necesitó decir más.
El miedo que había controlado desde el derrumbe estaba ahí.
No miedo por él.
Por mí.
Y por primera vez entendí algo esencial sobre Joseph.
No era que no sintiera demasiado.
Era exactamente lo contrario.
Sentía y luego construía paredes alrededor para que nada se escapara.
—No fue culpa suya —dije.
Sus ojos volvieron a mí.
—No dije que lo fuera.
—No hacía falta.
—Clara —dijo.
Solo un nombre.
No sabía quién era.
Pero la forma en que lo pronunció hizo que no preguntara.
Todavía.
Joseph recogió el informe.
—Primero encontramos quién tocó esa madera.
Asentí.
—Después me cuenta quién es Clara.
Me miró.
No prometió.
Tampoco se negó.
—Después —dijo.
Y lo acepté.