CAPÍTULO 12El derrumbe
El derrumbe
Los accidentes no avisan.
Esa es una de esas frases que parecen profundas únicamente hasta que trabajas en campo y descubres que, en realidad, los accidentes suelen avisar muchísimo.
Una piedra que se mueve.
Una madera que cruje.
Una vibración que no debería estar ahí.
Un sonido incorrecto.
El problema es reconocerlo a tiempo.
A las diez y diecisiete de la mañana escuché uno.
Seco.
Profundo.
No provenía de nuestras herramientas.
Levanté la cabeza.
Joseph también.
—Fuera —dijo.
No pregunté.
Eso probablemente me salvó.
El segundo sonido fue más fuerte.
Una línea de tierra se abrió sobre el perfil.
Marina gritó algo.
Me levanté demasiado rápido.
El borde bajo mi pie cedió.
Y Joseph me golpeó.
No de verdad.
Su cuerpo chocó contra el mío con suficiente fuerza para lanzarme hacia atrás, fuera de la zona abierta.
Caí de lado.
Rodilla.
Codo.
Aire fuera de los pulmones.
Después llegó el ruido.
Piedra contra piedra.
Madera partiéndose.
Tierra.
Polvo.
—¡JOSEPH!
No lo vi.
Ese fue el problema.
No lo vi.
✦ ✦ ✦
Alguien me sujetó por los hombros.
—Lova, no.
Marina.
Intenté apartarla.
—Está ahí.
—Lo sé.
—¡Está ahí!
El polvo hacía imposible ver el corte.
Daniel y Tomás ya estaban acercándose por otro lado.
Leonardo gritaba por radio.
Yo solo veía tierra.
Tierra encima de un lugar donde un segundo antes había estado Joseph.
Mi corazón empezó a golpear demasiado rápido.
No.
Otra vez no. Ni siquiera sabía de dónde había salido ese pensamiento.
Después lo supe.
Una puerta cerrada.
Oscuridad.
Ocho años.
El pomo que no giraba.
Mi voz llamando a mi madre desde un cuarto pequeño mientras afuera los adultos discutían y nadie me escuchaba.
No.
No estaba allí.
Estaba en Aukani.
Treinta y dos años.
Aire libre.
Montañas.
—Lova.
Marina me agarró las manos.
—Mírame.
No podía.
—Está atrapado.
—No sabemos eso.
—Lo vi.
—Lo empujó hacia la pared lateral —dijo Tomás, apareciendo junto a nosotras—. Hay un hueco. Puede haber quedado protegido.
Puede.
Odié esa palabra.
—Quiero entrar.
—No —dijo Marina.
—Puedo ayudar.
—No.
—Soy parte del equipo.
—Y ahora mismo no puedes respirar.
Eso me enfureció.
Bien.
El enfado era mejor que el miedo.
Inspiré.
Nada.
Otra vez.
Muy poco.
Marina apretó mis dedos.
—Cuatro.
—¿Qué?
—Inhala cuatro.
Lo hice.
—Aguanta dos.
—Esto es ridículo.
—Perfecto. Insúltame mientras respiras.
Lo hice.
Dos veces.
Tres.
El mundo dejó de estrecharse.
Entonces escuché una voz detrás del polvo.
—Estoy bien.
Me puse de pie tan rápido que casi volví a caer.
—¡Joseph!
—No entre.
Incluso enterrado seguía dando órdenes.
Una risa histérica me salió mezclada con aire.
—¡Cállese!
—Eso suena mejor.
Maldito hombre.
Estaba vivo.
✦ ✦ ✦
Los primeros diez minutos fueron los peores porque nadie podía entrar todavía. Había que estabilizar el borde antes de mover tierra.
Yo lo sabía.
Había explicado ese procedimiento a estudiantes.
Saberlo no ayudaba.
—Háblame —grité hacia el hueco.
—¿De qué? —respondió Joseph desde algún punto detrás de la tierra.
El alivio me dolió.
—No sé. De su protocolo favorito.
—No tengo uno favorito.
—Mentira.
—Cadena de custodia.
Leonardo soltó una risa nerviosa.
—Eso es lo más triste que he oído.
—Norton, si estás grabando te despido.
—¡La cámara está guardada!
—Bien.
Escuchar a Joseph discutir desde debajo de una estructura fue absurdo y, precisamente por eso, me mantuvo presente.
Cada pocos minutos Tomás le pedía que confirmara que podía mover las piernas, que respiraba bien, que no sentía presión en el pecho. Joseph respondía.
Yo memorizaba cada respuesta.
Cuando por fin retiraron una piedra suficiente para verle la cara, cubierto de polvo y con una línea de sangre en la sien, algo dentro de mí se aflojó de golpe.
Tardaron veintiséis minutos en sacarlo.
Los conté.
No quería.
Pero los conté.
Había quedado protegido por una viga lateral y parte del muro. Una piedra le había golpeado el hombro y otra le abrió un corte en la sien.
Cuando finalmente salió, cubierto de polvo y con el brazo pegado al cuerpo, tuve que resistir el impulso de tocarlo.
No porque no quisiera.
Porque todavía no sabía dónde dolía.
Joseph me vio.
La preocupación le borró cualquier otra cosa de la expresión.
—¿Está herida?
Me eché a reír.
No pude evitarlo.
—¿Yo?
—La empujé.
—Usted acaba de salir de debajo de una pared.
—No responde.
—Rodilla. Codo. Nada roto.
—Bien.
—Como vuelva a decir bien, lo vuelvo a enterrar.
Leonardo llegó por detrás.
—Eso parece una amenaza poco agradecida.
Me giré.
—No es el momento.
—Nunca es el momento y, sin embargo, aquí estamos.
Joseph intentó mover el hombro.
Se le borró la expresión.
—No haga eso —dije.
Él me miró.
—¿Eso fue una orden?
—Sí.
—Qué autoritaria.
—Aprendo de los peores.
Y por primera vez desde el derrumbe, pude respirar sin contar.
✦ ✦ ✦
Mientras esperábamos a que llegara el equipo médico, Joseph insistió en saber exactamente cómo había caído.
—De lado.
—¿Golpeó la cabeza?
—No.
—¿Está segura?
—Si vuelve a preguntarlo, sí voy a golpearme la cabeza. Contra usted.
Leonardo estaba sentado unos metros más allá con la cámara guardada por primera vez desde que lo conocía.
—No tienes que ser graciosa —dijo.
La frase me desconcertó.
—No estoy siendo graciosa.
—Exactamente.
Marina le pasó una botella de agua a Joseph. Él intentó abrirla con una sola mano, falló y me la entregó sin comentario.
La abrí.
—Esto no significa que haya ganado nada.
—Jamás me atrevería.
Bebió.
Después me miró la rodilla.
—Está sangrando.
Miré.
Una raspadura.
—Eso es ofensivamente poco dramático comparado con usted.
—No compita.
—¿Quién dijo que compito?
Los tres me miraron.
—Qué ambiente tan hostil.
El humor me mantenía en la superficie. Debajo seguía existiendo la imagen del polvo cerrándose sobre Joseph. Sabía que iba a volver más tarde. Pero no allí. No mientras pudiera verle respirar frente a mí.
El centro médico confirmó que no había fractura.
Contusión fuerte.
Inflamación.
Reposo.
Joseph escuchó la palabra reposo con la misma expresión que habría utilizado si el médico le hubiera recomendado abandonar la arqueología y dedicarse a la danza contemporánea.
—Cuarenta y ocho horas sin cargar peso —dijo el médico.
—Puedo trabajar sentado.
—No dije que no pudiera leer.
—Perfecto.
—Tampoco dije que pudiera volver mañana al yacimiento.
Joseph abrió la boca.
Lo señalé.
—Ni se le ocurra.
El médico me miró.
—¿Es familia?
—No.
Demasiado rápido.
Joseph añadió:
—Trabaja conmigo.
Eso sonó mejor.
Más seguro.
Mucho menos interesante.
—Asegúrese de que descanse —dijo el médico.
Me reí.
—¿Tiene otro paciente?
Joseph me fulminó con la mirada.
✦ ✦ ✦
Terminé acompañándolo a su casa.
No porque no pudiera llegar solo.
Porque había intentado recoger su mochila con el brazo lesionado y perdí la paciencia.
Vivía en una casa pequeña en una calle alta de Qhantiy.
No apartamento.
Casa.
Piedra clara, madera oscura y una terraza diminuta con vista a las montañas.
—Esto es sospechosamente bonito —dije.
—Gracias.
—Pensaba que viviría en una habitación con archivadores.
—Están dentro.
—Es broma.
—Ya no sé cuándo creerle.
—Progreso.
Entramos.
Había libros.
Muchos.
Planos enrollados.
Fotografías antiguas.
Una mesa grande junto a la ventana.
Y una cocina sorprendentemente normal.
—Siéntese —dije.
Joseph dejó las llaves.
—Estoy bien.
—Usted me lanzó fuera de un derrumbe y estuvo enterrado media hora.
—Veintiséis minutos.
Me quedé mirándolo.
—¿También los contó?
—No.
—Mentirosísimo.
Se sentó.
Con eso me di por satisfecha.
Fui a buscar hielo.
—¿Dónde?
—Congelador.
—Gracias, Sherlock.
—Preguntó dónde.
Encontré una bolsa de gel frío.
Se la tendí.
Joseph la colocó sobre el hombro.
Durante unos minutos ninguno habló.
El silencio esta vez no era cómodo.
Era delicado.
—Lova.
Me tensé.
—¿Sí?
—Antes.
No necesitó explicar.
Miré mis manos.
—Me pasa a veces.
—¿Desde Kallpa?
Negué.
—Desde antes.
Esperó.
No preguntó.
Odié que eso me facilitara contarlo.
—Cuando era niña me encerraron accidentalmente en un cuarto durante una discusión familiar. La cerradura estaba rota. Nadie me escuchó durante... no sé. Mucho tiempo.
Joseph permaneció inmóvil.
—Después Kallpa empeoró ciertas cosas. Espacios cerrados. No poder salir. Sentir que nadie me cree cuando digo que algo está mal.
La última frase no pertenecía al cuarto.
Los dos lo sabíamos.
—Hoy no estaba allí —dije—. Pero mi cuerpo decidió que sí.
Joseph bajó la bolsa de hielo.
—¿Puedo acercarme?
La pregunta me tomó desprevenida.
Asentí.
Se movió hasta sentarse más cerca, dejando espacio entre nosotros.
No me tocó.
—Mire la ventana.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—La ventana.
Lo hice.
—¿Qué ve?
—Montañas.
—Algo más.
—Una antena horrible.
—Bien.
—No arruine esto.
Sonrió apenas.
—La mesa.
—Madera.
—La pared.
—Blanca.
—Mi camisa.
—Llena de tierra.
—Exacto.
Entendí.
Presente.
Aquí.
No estaba encerrada ni bajo tierra.
—No necesitaba hacer eso —murmuré.
—Lo sé.
Otra vez.
Siempre eso.
No lo hago porque lo necesita .
Lo hago porque puedo ofrecerlo y usted decide si lo quiere.
Me quedé sentada a su lado.
—Gracias por empujarme.
—No fue elegante.
—Casi me rompe una cadera.
—Lo tendré en cuenta la próxima vez que se derrumbe una estructura.
—Procure que no haya próxima vez.
—Eso pienso hacer.
La seriedad de su voz me recorrió entera.
✦ ✦ ✦
Lana llamó mientras yo seguía en la cocina de Joseph.
—Leonardo me contó.
—Leonardo necesita descubrir el concepto de confidencialidad.
—¿Estás bien?
Miré hacia la sala. Joseph estaba sentado con hielo en el hombro y una carpeta abierta sobre las rodillas.
—Sí.
—¿Y mi hermano?
—Insoportable.
—Entonces está bien.
Sonreí.
—Contusión fuerte. Nada roto.
Lana soltó aire.
—Gracias por quedarte.
—No tienes que agradecerme eso.
—Lo sé. Igual lo hago.
Después bajó la voz.
—Lova, cuando Clara...
Joseph levantó la mirada desde la sala. No podía oírla, pero quizá mi expresión había cambiado.
—No sé quién es Clara —dije.
—Entonces no me corresponde contártelo.
Eso me gustó.
—No.
—Pero si está raro con esto... ten paciencia.
Miré a Joseph otra vez.
—No está raro.
Justo en ese momento intentó levantar una carpeta con el brazo lesionado y soltó un insulto en voz baja.
—Bueno. Está más raro de lo habitual.
Lana se rio.
—Eso sí es mi hermano.
Colgué y regresé a la sala.
—¿Qué? —preguntó Joseph.
—Nada.
—Está pensando algo y lo sabe.
—Está abusando del recurso.
—Aprendí de usted.
Le quité la carpeta y la puse sobre la mesa.
—Y ahora va a descansar.
—No.
—Joseph.
Se quedó quieto al escuchar su nombre.
Yo también.
—Descanse —repetí.
Esta vez obedeció.
Cuando me levanté para irme, ya era de noche.
—Mañana no va a Aukani —dijo Joseph.
—¿Perdón?
—Ni pasado mañana.
—Usted tampoco.
—No estoy hablando de mí.
—Yo sí.
—Lova.
—Joseph.
El uso de nuestros nombres quedó suspendido entre ambos.
—Necesitamos revisar qué falló —dije—. Y yo necesito volver.
—Volverá.
—No decida eso por mí.
Joseph cerró los ojos un instante.
—Tiene razón.
Otra corrección inmediata.
—Lo que quería decir es que Aukani puede esperar dos días si usted necesita dos días.
Ah.
—No quiero que Kallpa convierta esto en otra cosa que abandono.
—Entonces no lo abandone.
—Pero tampoco tengo que demostrar nada mañana.
Joseph me sostuvo la mirada.
—Exactamente.
Respiré.
—Un día.
—Dos.
—Uno.
—Uno y medio.
—Eso ni siquiera existe.
—Ahora sí.
Salí de su casa con una sensación extraña.
No de deuda ni de obligación.
De seguridad.
Y comprendí que aquello era mucho más peligroso que cualquier casi beso.