CAPÍTULO 11Lo que no pasó
Lo que no pasó
El lunes aprendí que había algo peor que casi besar a Joseph Baker bajo la lluvia.
Trabajar con Joseph Baker después de casi besarlo bajo la lluvia.
Llegué al Instituto a las siete y cincuenta y dos con una estrategia impecable: actuar con normalidad.
Era una estrategia estupenda porque nadie había definido qué significaba normalidad entre nosotros.
Marina estaba revisando unas fichas cuando entré.
—Buenos días.
—Buenos días.
Levantó la vista.
—¿Por qué hablas como si hubieras ensayado?
—No hablo como si hubiera ensayado.
—Acabas de hacerlo otra vez.
Dejé la mochila sobre la mesa.
—¿Dónde está Joseph?
Marina sonrió.
—Ah.
—No.
—Solo he respirado.
—Respiraste con intención.
—Sector C.
Podía manejar Sector C.
Piedra. Tierra. Estratigrafía. Datos.
Cosas que no recordaban manos, lluvia ni miradas demasiado largas.
✦ ✦ ✦
Joseph estaba inclinado sobre el perfil este cuando llegué.
No levantó la cabeza inmediatamente.
—Ocho menos cinco.
—Buenos días para usted también.
—Eso era un reconocimiento de puntualidad.
—Qué generoso.
Entonces me miró.
Y ahí estaba.
El toldo.
La lluvia.
Ese segundo en el que ambos habíamos sabido exactamente lo que podía pasar.
Su expresión no cambió.
La mía, espero, tampoco.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Perfectamente.
Joseph asintió.
—Bien.
Maldita palabra.
Me puse los guantes.
—¿Qué tenemos?
Y él, por alguna razón que agradecí, aceptó la salida.
—La depresión continúa treinta y siete centímetros al sur. Quiero abrir aquí.
Señaló el terreno.
Me agaché.
Trabajo.
Mucho mejor.
Durante casi una hora conseguimos comportarnos como dos personas para las que el día anterior no existía.
Funcionó demasiado bien.
Hasta que nuestras manos fueron a la misma brocha.
Nos detuvimos.
Joseph retiró la suya.
Yo cogí la brocha.
—Esto es ridículo —dije.
Él dejó de ordenar las etiquetas.
—¿Qué cosa?
—Lo sabe.
—Prefiero que lo diga.
Por supuesto.
Respiré.
—Ayer.
Joseph se quedó quieto.
No fingió no entender.
—Sí.
—No pasó nada.
—No.
—Y no quiero que ahora cada vez que nuestras manos coincidan en una herramienta parezca que alguien va a pedir matrimonio.
Su boca se movió apenas.
—Eso sería una reacción desproporcionada.
—Gracias por su análisis.
—De nada.
Volví a la superficie.
—Entonces estamos bien.
—Estamos bien.
Seguí trabajando.
Tres minutos.
Tal vez cuatro.
—Aunque —dijo Joseph.
Cerré los ojos.
—Claro que había un aunque.
—No me aparté porque no quisiera besarla.
La brocha dejó de moverse.
Bueno.
Eso sí era información.
Levanté la vista.
Joseph no parecía incómodo.
Solo serio.
—Me aparté porque usted lo hizo primero —continuó—. Y no iba a convertir una duda en permiso.
Durante unos segundos no encontré ninguna broma suficientemente buena.
Eso me molestó más que la frase.
—Yo quería —admití.
Los ojos de Joseph cambiaron.
—Lo sé.
—No, no lo sabía. Si lo hubiera sabido, nos habríamos ahorrado esta conversación horrenda.
Una risa le salió baja.
—Entonces quería.
—Sí.
—Pero se apartó.
—Sí.
—Bien.
—No diga bien como si esto fuera una ficha técnica.
—¿Qué palabra prefiere?
—Ninguna.
—Entonces ninguna.
También me desarmó.
Me senté sobre los talones.
—No quiero complicar el proyecto.
—Yo tampoco.
—Usted dirige el equipo.
—Sí.
—Y yo acabo de llegar.
—También.
—Y hay suficientes problemas enterrados aquí sin añadir nuestros propios problemas encima.
Joseph me miró unos segundos.
—De acuerdo.
—¿Así de fácil?
—¿Quiere que discuta?
—Normalmente lo hace.
—No sobre esto.
Ah.
—Entonces... no pasa nada.
—No pasa nada.
Nos miramos.
Los dos sabíamos que era mentira.
Pero al menos era una mentira consensuada.
✦ ✦ ✦
A media mañana encontramos la primera piedra trabajada.
No pertenecía al borde que habíamos documentado.
Estaba más abajo.
Y seguía una dirección diferente.
—Joseph.
Se acercó.
—¿Qué ve?
—Ángulo.
Marqué la línea sin tocar.
Él se agachó.
—Eso no estaba en el georradar.
—Tal vez por profundidad.
—O por densidad.
—Necesitamos ampliar.
—No sonría.
—No estoy sonriendo.
—Está a punto.
—Porque esta vez sí tiene que decir que ampliemos.
—Quince centímetros.
—Veinte.
—Quince.
—Dieciocho.
—Dieciséis.
—Eso es ofensivo.
—Metodología.
—Diecisiete.
Joseph suspiró.
—Diecisiete.
Sonreí.
—Sabía que aprendería a negociar.
—No vuelva a hacerlo.
—Claro.
Amplíamos.
La piedra continuó.
Luego apareció otra.
Y otra.
Una secuencia descendente.
Escalones.
Muy estrechos.
Enterrados deliberadamente o cubiertos por siglos de sedimentación.
Marina llegó cuando ya teníamos tres visibles.
—Eso parece acceso.
—Parece —dijo Joseph.
—No empieces —le dije.
Marina sonrió.
—¿Otra vez discutiendo?
—Estamos perfectamente —respondimos los dos.
Ella nos miró.
—Eso sonó sospechoso.
—No lo es —dije.
Joseph carraspeó.
Traidor.
✦ ✦ ✦
A las once, Leonardo apareció con una bolsa de pan y la capacidad irritante de detectar cualquier alteración emocional a veinte metros.
—¿Qué pasó?
—Nada —respondí.
Joseph, al otro lado del corte, dijo al mismo tiempo:
—Nada.
Leonardo se quedó inmóvil.
—Esto es mejor de lo que esperaba.
—No sé de qué habla —dijo Joseph.
—Claro. Y yo documento minerales.
Marina llegó detrás con una caja de muestras.
—¿Ya empezaron?
—No hemos empezado nada —dije.
Ella miró a Joseph.
—Eso no ayuda.
—Estoy trabajando.
—Tampoco ayuda.
Me puse de pie.
—¿Podemos concentrarnos en la escalera que acaba de aparecer debajo de un sector ceremonial?
Leonardo abrió mucho los ojos.
—Sí. Por favor. Eso parece menos incómodo.
Le arrojé un guante limpio.
Lo esquivó.
—Violencia laboral.
—Documentada —dijo Marina.
Durante unos minutos la conversación volvió a la estructura. Medimos la anchura de los peldaños, revisamos la orientación y comparamos con las primeras prospecciones. Joseph me pidió que dirigiera el registro del nuevo acceso.
—¿Yo?
—Lo encontró usted.
—Eso no significa que deba coordinarlo.
—No. Su experiencia sí.
La respuesta fue tan directa que no pude convertirla en broma.
—De acuerdo.
—¿Eso fue un sí sin discusión? —preguntó Leonardo.
—No abuses del momento.
Joseph me tendió la hoja de contexto.
—Confío en que no lo arruine.
Ahí estaba.
Mucho mejor.
—Y yo confiaba en que podía hacer un cumplido completo. Ambos tendremos que vivir con la decepción.
Marina se rio.
Pero cuando me agaché frente a la nueva estructura sentí algo que no era gracioso.
Responsabilidad.
Miedo no. Todavía no.
Joseph no me estaba dando una tarea para demostrar que podía. Me la daba porque ya había decidido que podía hacerla.
Después de Kallpa, esa diferencia importaba.
El cuarto escalón apareció después del almuerzo.
El quinto llevaba hacia una zona todavía compactada.
No era una escalera monumental.
Era funcional.
Estrecha.
Casi oculta.
—Si esto baja hacia el interior de la plataforma... —empecé.
—Podría cambiar la lectura completa del sector —terminó Joseph.
—Deje de hacer eso.
—¿Qué?
—Terminar mis frases.
—Usted termina las mías.
—Porque tarda.
—No tardo.
—Acaba de tardar en responder.
Joseph negó con la cabeza.
—Quiero apuntalamiento antes de seguir.
La palabra me hizo mirar de nuevo el corte.
—¿Ve riesgo?
—Veo un espacio que desconocemos debajo de una estructura que tampoco entendemos. Eso basta.
Asentí.
No discutí.
Él lo notó.
—¿Nada?
—¿Qué quiere?
—Esperaba negociación.
—No negocio seguridad.
Algo en su expresión se suavizó.
—Bien.
—Otra vez bien.
—Lo siento.
—No lo siente.
—No.
Me reí.
Antes de cerrar el sector reunimos al equipo para explicar el nuevo protocolo de acceso. Joseph habló de cargas, apoyos y límites de excavación. Yo añadí que nadie bajaría un solo peldaño sin revisión estructural previa.
Leonardo levantó una mano.
—¿Y si veo algo espectacular?
—Lo fotografías desde arriba —dije.
—¿Y si la fotografía necesita mejor ángulo?
—Te compras un palo selfie.
Joseph tosió.
No era tos.
—¿Está riéndose de mí?
—No.
—Eso ya no se lo cree nadie.
Marina señaló el plano.
—Pregunta seria: si el acceso continúa por debajo de la plataforma, ¿vamos a considerar la hipótesis funeraria?
El ambiente cambió al instante.
—Todavía no —dijo Joseph.
—Pero entra en posibilidades —añadí.
—Sí.
—Entonces cambia el manejo de materiales y de restos si aparecen.
Joseph asintió.
—Por eso no bajamos hasta tener plan específico.
Me gustó que no hubiera una batalla por quién dirigía esa parte. Íbamos construyendo el procedimiento juntos, corrigiendo al otro cuando hacía falta.
Y esa coordinación era más íntima de lo que debería.
Y la normalidad regresó.
No la anterior.
Otra.
Una en la que sabíamos que nos habríamos besado si yo no hubiera dado un paso atrás.
Una en la que ninguno estaba enfadado por ello.
Y quizá eso era peor.
✦ ✦ ✦
Antes de cerrar el sector, Joseph se quedó conmigo frente a los escalones.
El resto ya recogía herramientas.
—Mañana vendrá seguridad estructural —dijo.
—¿A primera hora?
—Sí.
—¿Seis y media?
—Siete.
—¿Se encuentra bien?
—Intento crecer como persona.
—No se precipite.
Sonrió.
Me disponía a irme cuando añadió:
—Lova.
Ya no me sorprendía tanto que usara mi nombre.
Mala señal.
—¿Sí?
—Lo de ayer.
Esperé.
—No voy a comportarme como si no hubiera ocurrido.
Mi pecho se apretó.
—Pero no ocurrió.
—Casi ocurrió.
—Semántica peligrosa.
—Precisión.
—Entonces ¿qué propone?
—Nada.
—Excelente plan.
—Solo no mentirnos.
Ah.
Eso sí era más difícil.
—De acuerdo.
—De acuerdo.
Caminamos hacia el sendero.
Sin tocarse.
Sin besarse.
Sin ninguna complicación.
Una decisión impecablemente sensata, al menos en teoría.
Y yo, por supuesto, pasé todo el camino pensando en lo mucho que quería volver a estar demasiado cerca.