CAPÍTULO 10El día libre
El día libre
El problema con los días libres es que alguien tiene que enseñarte qué hacer con ellos.
Yo no tenía esa formación.
A las ocho de la mañana ya había desayunado.
A las ocho y veinte había ordenado mi habitación.
A las ocho y treinta y dos había decidido que ordenar los recibos de viaje por fecha era una señal de deterioro psicológico.
A las ocho y cuarenta abrí el portátil.
Lo cerré.
A las ocho y cuarenta y uno lo volví a abrir.
—Patética.
Lana había sido muy clara la noche anterior.
No trabajes.
Joseph también.
Descanse.
Lo cual debería haber conseguido que quisiera trabajar únicamente por principios.
En cambio, estaba sentada en la cama mirando la carpeta de Aukani como si pudiera abrirse sola y eximirme de responsabilidad.
Llamaron a la puerta.
Me levanté.
Si era Lana, pensaba fingir que el portátil había aparecido abierto por causas naturales.
Abrí.
Joseph.
Parpadeé.
Él también pareció necesitar un segundo.
—Buenos días.
Miré detrás de él.
Pasillo.
Nadie.
Volví a mirarlo.
—¿Se ha perdido?
—No.
—Entonces esto es preocupante.
Joseph llevaba ropa de calle.
Sin camisa del Instituto ni botas de campo.
Un jersey oscuro, pantalones sencillos y una expresión que, por primera vez, no parecía tener ningún cronograma asociado.
Casi me desconcertó más que verlo bailar.
—Lana dijo que necesitaba esto.
Levantó una bolsa.
La reconocí.
—Mi chaqueta.
—La dejó en su coche.
—¿En el coche de Lana?
—En el mío.
Ah.
Claro.
Festival.
—Podía traerla mañana.
—Podía.
Esperé.
Joseph también.
—¿Y?
—Ya estaba cerca.
—¿Por qué?
—Desayuno.
Miré la bolsa.
Después a él.
—Baker.
—Montblack.
—¿Está invitándome a desayunar?
Joseph ladeó la cabeza.
—Ya desayunó.
Mierda.
—Eso no responde.
—Está haciendo demasiadas preguntas para las nueve de la mañana.
—Son las ocho cincuenta y tres.
Joseph sonrió.
—Entonces todavía es peor.
Me quedé mirándolo.
Ahí estaba otra vez.
Esa versión suya que no parecía necesitar esconderse detrás de un protocolo.
—¿Tiene planes? —preguntó.
—Sí.
Eso fue rápido.
—¿Cuáles?
Miré hacia atrás.
Habitación.
Portátil.
Recibos clasificados.
—No importa.
Joseph asomó apenas la cabeza.
—¿Está organizando facturas?
—No.
—Hay una carpeta que dice “gastos”.
—Eso es invasión de privacidad.
—La veo desde aquí.
—Sigue siendo invasión.
Joseph respiró como si estuviera conteniendo una risa.
—Voy al mercado.
—Bien.
—Puede venir.
No sonó a una orden.
Ni siquiera a una invitación especialmente elaborada.
Eso lo hizo peor.
—¿Por qué?
—Porque aparentemente sus planes son fiscalmente deprimentes.
—Eso ha sido cruel.
—Pero correcto.
—Déjeme cambiarme.
La sonrisa fue mínima.
—Cinco minutos.
—Diez.
—Siete.
—Ocho.
—Hecho.
Cerré la puerta.
Y solo entonces me di cuenta de que acababa de negociar tiempo para arreglarme para salir con Joseph.
No era una cita.
Importaba.
Muchísimo.
Tardé doce minutos.
Por principios.
Joseph seguía allí.
Miró el reloj.
—Doce.
—No habíamos establecido consecuencias.
—Error mío.
—Aprenda para la próxima.
Sus ojos encontraron los míos.
—¿Habrá próxima?
La pregunta fue ligera.
Su expresión no tanto.
Sentí un pequeño tirón en el estómago.
—Depende de su comportamiento.
—Entonces estamos perdidos.
Mucho mejor.
El mercado ocupaba varias calles del centro.
Había fruta, verduras, panes, tejidos, flores, especias, piezas de cerámica y suficientes turistas para justificar tres niveles distintos de precios.
Joseph caminaba sin prisa.
También era nuevo.
Yo estaba acostumbrada a verlo avanzar como si llegar dos minutos antes a un destino pudiera salvar patrimonio.
—No sabía que sabía caminar despacio.
—Lo entrené durante años.
—Se nota el esfuerzo.
—Gracias por reconocerlo.
Nos detuvimos en un puesto de pan.
La mujer que atendía saludó a Joseph por su nombre.
Naturalmente.
—¿Lo conocen en todas partes?
—No.
—Ya van cuatro personas.
—Qhantiy no es tan grande.
—Una señora le preguntó por la rodilla de su tío.
—Tiene una lesión.
—Eso no mejora mi argumento.
Joseph pagó.
La mujer me miró.
Después a él.
Después a mí.
Sonrió.
Oh, no.
Conocía esa sonrisa.
—¿Compañera? —preguntó.
—Del proyecto —respondimos los dos.
Demasiado rápido.
La mujer sonrió más.
Estupendo.
Joseph cogió la bolsa.
—Gracias.
—Que disfruten.
Caminamos unos metros.
—No diga nada —dije.
—No pensaba hacerlo.
—Mentira.
—No puedo demostrarla.
—Está empezando a utilizar mis propios recursos contra mí.
—Evolución adaptativa.
—Eso ha sido casi inteligente.
—Casi.
Nos sentamos en una plaza pequeña.
Joseph abrió la bolsa.
Pan recién hecho.
Algo dulce.
Fruta.
—¿Siempre desayuna dos veces?
—Hoy es domingo.
—Eso no responde.
—Me gusta comer.
—Acaba de revelar una característica humana.
—No se acostumbre.
Cogí un trozo de pan.
—¿Qué más oculta?
—Nada.
—Imposible.
—Soy una persona sorprendentemente sencilla.
Me reí.
—Eso sí es una teoría sin evidencia.
—¿Y usted?
—¿Yo qué?
—¿Es sencilla?
—Naturalmente.
Su cara.
—No haga eso.
—¿Qué?
—Esa expresión.
—Solo estoy evaluando la hipótesis.
—La evidencia está sesgada.
—La fuente también.
Le lancé una servilleta.
Joseph la atrapó.
—Agresión.
—Circunstancial.
—Hay testigos.
—Corruptos.
El hombre de la mesa de al lado nos miró.
Yo bajé la voz.
—Está haciendo que me comporte peor en público.
—No parece necesitar ayuda.
Sonreí.
Y me di cuenta de algo.
No estábamos hablando de trabajo.
Llevábamos casi veinte minutos.
Eso no había ocurrido nunca.
No de verdad.
—¿Por qué arqueología? —preguntó Joseph.
La pregunta me sorprendió.
—Eso es muy entrevista laboral.
—Puedo reformularla.
—Adelante.
Pensó.
—¿Qué encontró primero?
—¿Primero?
—Lo que hizo que quisiera seguir buscando.
Ah.
Esta vez era distinto.
Miré la plaza.
—Mi abuela tenía una caja.
Joseph esperó.
—No era nada especial. Fotos viejas, monedas, cartas, un pendiente sin pareja, documentos. Yo tendría ocho o nueve años. Me dejaba abrirla cuando quería.
—¿Y?
—Quería saber de quién había sido todo.
—¿Lo averiguó?
—Algunas cosas.
—¿Las demás?
—Supongo que por eso terminé haciendo esto.
Joseph sonrió.
No de forma divertida.
Suave.
—Tiene sentido.
—¿Y usted?
Tardó más.
—Una iglesia.
—¿Una iglesia?
—Ruinas. Tenía doce años. Mi padre me llevó durante un viaje.
—¿Y decidió dedicar su vida a discutir sobre piedras?
—Básicamente.
—Qué inspirador.
—Podría haber inventado algo mejor.
—Me habría dado cuenta.
—¿Tan buena cree que es leyendo personas?
—No.
La respuesta me salió demasiado deprisa.
Joseph lo notó.
No dijo nada.
El silencio cambió.
Pensé en Gabriel.
En Kallpa.
En todas las veces que había creído entender perfectamente a alguien.
—Antes creía que sí —añadí.
Joseph apoyó los antebrazos sobre la mesa.
No preguntó quién.
Eso hizo más fácil seguir.
—Supongo que una mala experiencia te enseña que detectar patrones no sirve de mucho si partes de datos incorrectos.
—O si alguien los altera.
Lo miré.
No sabía si hablábamos todavía de arqueología.
Probablemente no.
—Exacto.
Joseph no intentó arreglar la frase.
No me dijo que debía volver a confiar.
Solo asintió.
Y agradecí profundamente que no tratara de resolverme.
Seguimos caminando.
Pasamos junto a un puesto de plantas.
Me detuve.
Error.
Joseph también.
—No.
—¿Qué?
—No compre ninguna.
—¿Perdón?
—La está mirando.
—Eso no implica compra.
—Lleva treinta segundos mirando esa suculenta.
—Estoy apreciando su estructura.
—Montblack.
—¿Qué?
—¿Cuántas plantas ha matado?
Me ofendí.
—Esa es una pregunta muy agresiva.
—¿Cuántas?
—Defina matar.
Joseph cerró los ojos.
—No.
—Algunas tomaron decisiones propias.
—¿Cuántas?
—Cinco.
La mujer del puesto empezó a reírse.
—Seis —añadí.
—No le vendería una.
—¡Oiga!
La mujer se rio más.
—Esta aguanta mucho —dijo, levantando una pequeña suculenta.
Joseph la observó.
—¿Cuánto es mucho?
—Baker.
—Estoy evaluando riesgos.
—No necesito una auditoría vegetal.
La mujer me entregó la maceta.
—Poca agua. Mucha luz.
Miré la planta.
Era pequeña.
Redonda.
Ridículamente bonita.
—No.
La devolví.
Joseph la cogió.
—¿Qué hace?
Pagó.
—Reducir bajas futuras.
—No pienso aceptar una planta por lástima.
—No es lástima.
Me la entregó.
—Es una prueba controlada.
Miré la suculenta.
Después a él.
—¿Me está regalando una planta?
—Estoy financiando un experimento.
—Eso suena todavía más romántico.
Nos quedamos quietos.
Otra vez esa palabra.
¿Por qué seguía apareciendo?
Joseph bajó la mirada a la planta.
—Arqueológicamente, supongo.
Me eché a reír.
—Está aprendiendo.
—A la fuerza.
Cogí la maceta.
—Gracias.
—De nada.
La sostuve contra el pecho.
Pequeña.
Estúpida.
Y completamente capaz de hacerme sonreír.
Llegamos a una zona alta del mercado donde había menos gente.
Las calles se estrechaban.
Joseph saludó a un hombre en quechua.
Me detuve.
Esperé a que terminara.
—¿Habla quechua?
—Lo suficiente.
—¿Lo suficiente cuánto?
—Para no insultar a nadie accidentalmente.
—Eso elimina gran parte de su personalidad.
Joseph sonrió.
—Aprendí aquí.
—¿Quién le enseñó?
—La gente.
—Respuesta increíblemente específica.
—Rosa bastante.
—Eso explica muchas cosas.
Seguimos.
—¿Por qué nunca lo mencionó?
—Nunca preguntó.
—También habla inglés y español.
—Sí.
—¿Algo más?
—Francés malo.
—Eso necesito escucharlo.
—No.
—Definitivamente sí.
—No va a ocurrir.
—Ahora tengo un objetivo.
—Qué amenaza.
Me reí.
Era extraño descubrir cosas sobre él que no tenían ninguna utilidad profesional.
Y querer seguir haciéndolo.
Empezó a llover.
No poco.
De esa forma repentina que convierte una calle en otra cosa en cuestión de segundos.
Corrimos hacia un toldo.
Yo llegué riéndome.
Joseph detrás.
—Esto es culpa suya.
—¿Mía?
—Usted eligió el paseo.
—No controlo el clima.
—Necesito evidencia.
Joseph sacudió agua de las mangas.
—Su metodología se está deteriorando.
—Es domingo.
—Ah. Entonces tampoco existe rigor.
—Exacto.
La lluvia golpeaba el toldo con suficiente fuerza para obligarnos a acercarnos un poco.
Había otras personas refugiadas más lejos.
Yo sujetaba todavía la maceta.
Joseph la miró.
—Prioridades correctas.
—Tiene nombre.
Él levantó la cabeza.
—¿Ya?
—Todavía no.
—Entonces no tiene nombre.
—Estoy considerando opciones.
—¿Qué opciones?
—Baker.
—No.
—Es resistente, aparentemente difícil de matar y necesita poca atención.
—Definitivamente no.
—Joseph entonces.
No pensé antes de decirlo.
Su nombre.
Sin apellido.
Sin doctor.
Joseph.
Sus ojos cambiaron.
Mínimamente.
Pero lo vi.
—Eso sería peor —dijo.
Su voz había bajado.
La lluvia continuó.
Yo dejé de reír.
No sabía exactamente por qué.
Él estaba demasiado cerca.
Otra vez.
Solo que ahora no había papeles.
Ni mesa.
Ni una estructura arqueológica a la que mirar.
Solo nosotros y una planta con una identidad en crisis.
—Entonces tendré que pensar otro —murmuré.
—Probablemente.
No se apartó.
Yo tampoco.
Mi corazón estaba empezando a tomar decisiones sin consultar.
Joseph levantó una mano.
No me tocó.
Apartó con los dedos una gota que había quedado en una hoja de la suculenta.
Ridículo.
El gesto fue ridículo.
Y aun así sentí la misma tensión como si me hubiera rozado la piel.
—Lova.
Ahí estaba.
Otra vez.
Más íntimo de lo que debería ser un nombre que todo el mundo utilizaba.
—¿Qué?
Joseph me miró.
Algo estaba a punto de ocurrir.
Lo supe.
No porque se inclinara ni porque me tocara.
Porque dejó de parecer controlado.
Solo durante un segundo.
Su mirada cayó a mi boca.
Esta vez no había forma de inventar otra explicación.
El aire cambió.
Me quedé inmóvil.
Quería que lo hiciera.
Ese fue el pensamiento.
Limpio.
Directo.
Quería que Joseph Baker me besara.
Y aquello me asustó mucho más que el beso.
Di medio paso atrás.
No demasiado.
Suficiente.
Joseph reaccionó inmediatamente.
No suspiró, no insistió ni me preguntó por qué.
Solo volvió a darme espacio.
—La lluvia está bajando —dijo.
Miré fuera.
No estaba bajando.
En absoluto.
Casi me reí.
Pero agradecí la salida.
—Sí.
Mentimos fatal.
Caminamos de regreso cuando dejó de llover de verdad.
La conversación no murió.
Eso fue lo sorprendente.
No hablamos del casi beso.
Ni fingimos que había ocurrido otra cosa.
Simplemente seguimos.
Eso lo hizo menos incómodo.
Y mucho más importante.
Al llegar al hotel, me detuve en la entrada.
—Gracias por la planta.
—Experimento.
—Claro.
—Manténgala viva una semana.
—Qué poca fe.
—Basada en datos.
—Voy a demostrarle que se equivoca.
—Confío en su criterio.
La frase me hizo quedarme quieta.
No porque hablara de una planta.
Porque ambos sabíamos que no.
O quizá solo yo quería pensar eso.
—Eso es peligroso —dije.
—¿Por qué?
—No sé si debería confiar tanto.
Joseph dejó de sonreír.
No había herida.
Ni reproche.
Solo atención.
—No dije que confiara en todo.
Asentí.
—Bien.
—Dije que confío en su criterio.
Más específico.
Más real.
—Eso puedo aceptar.
—Perfecto.
—No se acostumbre a que sea razonable.
—No existe riesgo.
Sonreí.
—Buenas tardes, Baker.
Joseph dio un paso atrás.
—Buenas tardes, Lova.
Subí al hotel con la maceta entre las manos.
No miré atrás, precisamente porque quería hacerlo.
Precisamente por eso.
Puse la suculenta junto a la ventana.
La observé.
—No te emociones.
No sabía si se lo decía a ella o a mí.
Me tumbé en la cama.
Cerré los ojos.
Vi a Joseph bajo el toldo.
Los abrí.
Genial.
Habíamos estado a punto de besarnos.
No había ocurrido.
Convenía recordarlo.
Probablemente.
Éramos compañeros.
Él dirigía el proyecto.
Yo acababa de empezar a reconstruir una carrera.
Kallpa estaba apareciendo donde no debía.
Víctor Salazar seguía presionando.
Todo aquello era suficientemente complicado sin añadir a Joseph.
Conclusión perfectamente razonable:
no iba a ocurrir nada.
Miré hacia la planta.
—Ni una palabra.
La planta mantuvo una discreción ejemplar.
Mi teléfono vibró.
No era Joseph.
Lana.
¿SIGUE VIVA?
Miré la maceta.
Respondí:
De momento.
La respuesta llegó inmediatamente.
Hablo de ti. Joseph me dijo que os pilló la lluvia.
Cerré los ojos.
Voy a bloquearte.
Eso significa que pasó algo.
No pasó nada.
Los tres puntos aparecieron.
Tiré el teléfono sobre la cama.
Necesitaba amigos nuevos.
Urgentemente.
Porque lo peor era que Lana tenía razón.
No había pasado nada.
Y llevaba toda la tarde pensando en ello.