Desterrando problemas CAPÍTULO 9Demasiado cerca
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CAPÍTULO 9Demasiado cerca

Demasiado cerca

El problema de bailar con Joseph Baker no fue bailar con Joseph Baker.

El problema fue descubrir que mi cuerpo tenía memoria.

El domingo por la mañana podía recordar perfectamente dónde había estado su mano.

Eso me pareció innecesario.

Profundamente innecesario.

Me lavé los dientes.

Seguía recordándolo.

Me duché.

También.

Me vestí.

Peor.

—Fantástico.

El espejo no ofreció ninguna solución.

Tampoco parecía especialmente preocupado.

Cogí el pelo en una coleta y decidí actuar como una mujer adulta de treinta y dos años que había bailado con un compañero de trabajo sin convertirlo en un acontecimiento histórico.

Después llegué al Instituto y vi a Joseph.

Toda mi madurez desapareció.

No porque estuviera haciendo nada.

Ese era precisamente el problema.

Estaba junto a Marina, revisando unos resultados.

Camisa clara.

Mangas dobladas.

Bolígrafo entre los dedos.

Completamente normal.

Como si la noche anterior no hubiera sostenido mi cintura.

Joseph levantó la vista.

Me vio.

Y sonrió.

Muy poco.

Pero inmediatamente.

Traidor.

—Buenos días, Montblack.

—Baker.

Profesional.

Marina miró primero a él.

Después a mí.

—Voy a buscar agua.

—Tienes una botella —dije.

—Necesito otra.

—Está llena.

—Tengo mucha sed.

Se fue.

La cobarde ni siquiera intentó disimularlo.

Joseph volvió a los papeles.

—¿Se divirtió?

—¿En el festival?

—No. Excavando clandestinamente mientras todos dormíamos.

—Eso ha sido una broma.

—No.

—Cada día pierde más credibilidad.

—Responda.

Me apoyé en la mesa.

—Sí.

—¿Sí?

—Me divertí.

Joseph asintió.

—Yo también.

Eso no debería haber producido nada.

Produjo algo.

Pequeño.

Molesto.

—Incluso perdiendo contra una señora de setenta años.

La ofensa fingida le apareció de inmediato en la cara.

—Hizo trampa.

—Había marcador.

—Manipulado.

—Todavía dolido.

—Objetivamente perjudicado.

—Voy a pedir que se incluya en el informe anual.

Joseph levantó la vista.

—¿Terminó?

—Probablemente no.

—Lo suponía.

Y ahí estaba otra vez.

Fácil.

Demasiado fácil.

Eso empezaba a ser peligroso.

El análisis preliminar del fragmento llegó a media mañana.

Marina imprimió el informe y lo dejó sobre la mesa.

—No nos da milagros.

—Nunca los pedimos —dijo Joseph.

—Tú pides milagros con cronograma.

—Eso es gestión.

—Eso es una enfermedad.

Cogí el informe antes de que pudieran empezar.

Pasta cerámica.

Composición.

Pigmentación.

Incisión anterior a la cocción.

Nada concluyente.

Pero la datación preliminar entraba dentro del rango que podía solaparse con Kallpa.

No significaba relación.

Solo eliminaba una de las formas fáciles de descartarla.

Joseph leyó por encima de mi hombro.

—Compatible.

—Sí.

—No vinculante.

—También.

—¿Y?

—¿Qué?

—Está decepcionada.

—No.

Joseph esperó.

Odiaba que ya supiera cuándo mentía.

—Un poco.

—¿Porque quería que no coincidiera?

Bajé el informe.

Exactamente.

—Sí.

No hizo ningún comentario tranquilizador.

Bien.

—Entonces tendremos que trabajar con lo que hay —dijo.

Asentí.

—Eso hacemos.

—Exacto.

Era extraño.

Cada vez que Kallpa aparecía, Joseph conseguía hacer algo que casi nadie había hecho durante aquellos años:

no convertirme en parte de la evidencia.

Solo me trataba como la arqueóloga que la estaba estudiando.

Me gustaba demasiado.

Rosa llegó al Instituto poco antes del mediodía.

Traía una bolsa de pan, dos recipientes de comida y cero interés por nuestros procedimientos administrativos.

—Comen —anunció.

Joseph miró el reloj.

—Todavía no.

Rosa lo miró a él.

Después el reloj.

—Comen.

Joseph guardó el bolígrafo.

Me quedé observándolo.

—Eso fue increíblemente fácil.

—No discuto con Rosa.

—¿Porque tiene razón?

—Porque quiero seguir viviendo.

Rosa sonrió.

—Inteligente.

Nos instalamos en una mesa lateral.

Leonardo apareció exactamente en el momento en que abrimos la comida.

No pregunté cómo.

Sospechaba que funcionaba por olor.

—¿Qué celebramos?

—Que no te habíamos invitado —dijo Joseph.

—Entonces llegué a tiempo.

Rosa se rio y le sirvió.

—Gracias. Alguien aquí me aprecia.

—Comes como tres personas. Me conviene vigilarte.

—Eso también es amor.

Marina llegó después.

En menos de cinco minutos aquello dejó de parecer una pausa de trabajo y se convirtió en una comida familiar a la que yo había entrado accidentalmente.

No me molestó.

Aquello sí era nuevo.

Rosa vio las fotografías sobre otra mesa.

—¿Eso salió de abajo?

Joseph siguió su mirada.

—Del sector C.

Rosa se levantó.

—¿Puedo?

—La fotografía sí.

Le tendí una copia.

Ella la estudió.

—Esto lo he visto.

La cuchara de Marina dejó de moverse.

Joseph levantó la cabeza.

—¿Dónde?

Rosa señaló el motivo.

—No exactamente esto. Parecido.

Sentí un pequeño tirón en el pecho.

—¿En cerámica?

—No.

Pensó.

—En tejido viejo. Y piedra.

Joseph ya estaba completamente atento.

—¿En Qhantiy?

—Más arriba.

—¿Pukara?

Rosa hizo un gesto incierto.

—Cerca.

Leonardo dejó de comer.

Eso sí era histórico.

—¿Qué significa? —pregunté.

Rosa volvió a mirar la marca.

—Mi abuela decía algo.

Esperamos.

—Camino.

Joseph y yo nos miramos.

Rosa negó.

—No camino como calle. Un sitio por donde se pasa.

—¿Una ruta? —preguntó Marina.

—Tal vez.

Rosa buscó las palabras.

—Lugar de paso. Lugar donde no te quedas.

Eso cambió la sala.

No de forma dramática.

Solo una pieza nueva colocándose en una estructura que todavía no entendíamos.

—¿Ruta ceremonial? —pregunté.

Joseph respondió antes que Rosa.

—Demasiado pronto.

—Solo estoy pensando.

—Piense.

—Qué generoso.

Rosa sonrió.

—Discuten mucho.

Leonardo levantó un dedo.

—Gracias.

—Nadie te preguntó —dijimos Joseph y yo.

Rosa se rio.

—También hacen eso mucho.

Marina se tapó la boca.

Joseph me miró.

Yo lo miré.

—No diga nada.

—No pensaba hacerlo.

Mentiroso.

Después de comer, Rosa intentó recordar más.

No había documentos.

Ni relato exacto.

Solo memoria familiar.

Un motivo asociado a ciertos caminos antiguos y lugares donde, según su abuela, la gente “pasaba con permiso”.

Nada sobrenatural.

Nada fantástico.

Una forma de señalar tránsito, restricción o acceso.

Podía significar muchas cosas.

O ninguna.

Ahí estaba lo interesante.

—Necesitamos documentar la tradición oral correctamente —dijo Joseph.

Rosa lo señaló.

—Pero primero preguntas si quiero que la documenten.

Joseph asintió inmediatamente.

—Tiene razón.

Ella sonrió.

—Ahora sí.

Me quedé observándolo.

No por sorpresa.

Por reconocimiento.

Joseph podía ser controlador con el trabajo.

Pero no confundía control con derecho.

Cada vez lo veía más claro.

Y cada vez me resultaba más difícil no compararlo con cosas que todavía no quería mirar demasiado.

La tarde empezó bien.

Duró poco.

A las tres apareció Víctor Salazar.

Sin aviso.

Eso ya era una declaración.

Marina lo vio entrar desde el laboratorio.

—Tenemos visita.

Joseph levantó la cabeza.

Su cuerpo cambió antes que su expresión.

Espalda más recta.

Mandíbula tensa.

—¿Está solo?

—Con Méndez.

Ese nombre era nuevo.

—¿Quién? —pregunté.

—Ricardo Méndez —respondió Marina—. Operaciones de la Fundación Salazar.

Un hombre entró detrás de Víctor.

Cuarenta y tantos.

Traje.

Carpeta.

La clase de persona que parecía saber exactamente dónde estaba cada llave de un edificio que no era suyo.

Víctor sonrió.

—Espero no interrumpir.

Joseph salió al pasillo.

—Lo hace.

Ah.

Sin anestesia.

Víctor mantuvo la sonrisa.

—Serán diez minutos.

—Entonces deberían haber avisado.

—No pensé que fuera necesario.

—Ese es el problema.

Leonardo apareció detrás de mí y murmuró:

—Y aquí comienza el cortejo.

Le clavé el codo suavemente.

—Cállate.

—Estoy documentando fauna territorial.

—Te oigo —dijo Joseph sin girarse.

Leonardo cerró la boca.

Yo tuve que mirar al suelo.

Víctor quería ver los resultados del georradar.

Joseph dijo que no.

Ricardo quería revisar el cronograma.

Joseph se lo entregó.

Víctor pidió fotografías.

Joseph seleccionó las autorizadas.

Todo perfectamente profesional.

Y, sin embargo, había una tensión evidente.

No hostilidad abierta.

Control.

Medición.

Dos hombres acostumbrados a decidir cosas comprobando hasta dónde podía empujar el otro.

Yo me mantuve fuera.

Hasta que Víctor me habló.

—Doctora Montblack, ¿qué impresión tiene del sector?

Joseph lo miró.

Yo respondí.

—Que todavía necesitamos excavar.

—Pero tienen una hipótesis.

—Tenemos varias.

—¿Alguna especialmente prometedora?

—La que sobreviva a la evidencia.

Víctor sonrió.

—Gabriel dijo que era cauta.

Eso casi me hizo reír.

Gabriel jamás me habría descrito como cauta.

—Debe de estar hablando de otra persona.

Víctor soltó una carcajada breve.

Ricardo no.

Joseph tampoco.

—Deberíamos cenar algún día —dijo Víctor—. Usted, Gabriel cuando vuelva, quizá Baker. Sería interesante hablar de los proyectos antiguos.

No sabía qué tenía de extraño.

Nada.

Y aun así Joseph intervino.

—Ahora mismo Montblack tiene bastante con Aukani.

Giré la cabeza hacia él.

Víctor también.

—Puede responder ella.

Y ahí estaba.

Pequeño.

Pero importante.

Joseph lo supo inmediatamente.

Me miró.

—Sí.

No se defendió ni intentó justificarlo.

Solo corrigió.

—Puede.

Me volvió la voz.

—Gracias.

Después miré a Víctor.

—Cuando tenga menos trabajo, quizá.

—Perfecto.

La conversación continuó.

Pero yo seguí pensando en aquel segundo.

Joseph había intentado protegerme.

Víctor había señalado que estaba decidiendo por mí.

Y Joseph había retrocedido inmediatamente.

Sin enfadarse conmigo.

Sin convertirlo en una cuestión de autoridad.

También era nuevo.

Cuando Víctor y Ricardo se marcharon, Joseph volvió directamente al laboratorio.

Yo fui detrás.

—Baker.

—¿Sí?

—Lo de antes.

Se detuvo.

—Me adelanté.

No tuve que explicar nada.

—Sí.

—No volverá a pasar.

Así de fácil.

No hubo una defensa de veinte minutos, ni un «solo intentaba ayudarte», ni un «estás exagerando», ni un «malinterpretaste».

Solo:

No volverá a pasar.

Me apoyé contra la mesa.

—Eso fue sorprendentemente saludable.

Joseph arqueó una ceja.

—¿Esperaba una pelea?

La respuesta correcta era no.

La verdadera...

—Un poco.

—¿Por qué?

No quería entrar allí.

Todavía no.

—Experiencia previa.

Joseph entendió que no iba a explicar más.

Y no preguntó.

—Entonces decepcionaré sus expectativas.

Sonreí.

—Ya lo hace bastante.

—Qué alivio.

Iba a marcharme.

—Montblack.

Me giré.

—¿Sí?

Joseph parecía estar decidiendo algo.

—Si alguna vez cree que estoy pasando un límite, dígamelo.

La ligereza desapareció.

Lo miré.

—Lo haré.

—Bien.

No incómodo.

Serio.

Después lo arruiné.

Naturalmente.

—Aunque probablemente se lo diga incluso cuando no lo haga.

Joseph sonrió.

—Eso ya lo había asumido.

Mucho mejor.

Terminamos trabajando tarde.

Cuando Marina y Leonardo se fueron, Joseph y yo todavía comparábamos fotografías.

Una mesa.

Dos portátiles.

Demasiados papeles.

La luz exterior empezaba a cambiar.

—Si Rosa tiene razón —dije—, el motivo no identifica necesariamente un lugar.

—Puede identificar movimiento.

—Acceso.

—Restricción.

—Ruta.

—Todavía no.

Le lancé un bolígrafo.

Joseph lo atrapó.

—Era una hipótesis.

—Era una enumeración con entusiasmo.

—Eso es discriminación académica.

—Demándeme.

—Estoy considerando opciones.

Joseph dejó el bolígrafo junto a mi mano.

Nuestros dedos se rozaron.

Un segundo.

Nada espectacular.

Pero ninguno retiró la mano inmediatamente.

Eso fue peor.

Lo miré.

Él ya me estaba mirando.

No había chiste ni arqueología suficiente para escondernos.

Mi corazón dio un golpe.

Uno.

Estúpido.

Joseph bajó la vista hacia nuestras manos.

Después volvió a mí.

Se apartó primero.

No bruscamente.

Solo lo necesario.

—Deberíamos terminar.

Su voz había cambiado.

Más baja.

—Sí.

No nos movimos.

Excelente.

Dos profesionales ejemplares.

—Baker.

—¿Sí?

No sabía qué iba a decir.

Así que escogí una salida cobarde.

—Tiene tinta en la mano.

Joseph miró.

—Gracias.

—De nada.

Recogí mis papeles demasiado deprisa.

Uno cayó al suelo.

Claro.

Me agaché.

Él también.

Nuestras cabezas casi chocaron.

—Por Dios.

Joseph se echó hacia atrás riéndose.

—Esto se está volviendo peligroso.

—Su coordinación es pésima.

—Usted dejó caer el papel.

—Porque usted—

Me detuve.

—¿Yo qué?

Nos quedamos agachados.

Demasiado cerca.

Otra vez.

Sentí el calor subir por mi cuello.

—Ocupa mucho espacio.

Joseph miró alrededor.

—Estamos en una sala vacía.

—Exactamente. Y aun así lo consigue.

Su mirada bajó a mi boca.

Esta vez sí.

No podía fingir que miraba una fotografía: no había ninguna.

Mi respiración cambió.

La suya también.

Y durante un segundo pensé que iba a hacerlo.

O yo.

No sabía qué era peor.

Joseph se puso de pie.

Me ofreció la mano.

—Vamos.

Miré su mano.

Después a él.

La cogí.

Me ayudó a levantarme.

No me soltó inmediatamente.

Yo tampoco.

—Demasiado cerca —murmuré.

Joseph sostuvo mi mirada.

—Sí.

Aquello no sonó a queja.

Salimos del Instituto juntos.

La calle estaba fresca.

Qhantiy empezaba a encender luces.

Caminamos hasta la esquina donde nuestros caminos se separaban.

—Buenas noches, Montblack.

—Buenas noches, Baker.

Di dos pasos.

—Lova.

Me detuve.

No me había llamado así.

Nunca.

Me giré.

Joseph también pareció darse cuenta después de decirlo.

Algo cambió entre nosotros.

Pequeño.

Pero irreversible.

—¿Sí?

Tardó un segundo.

—Lo de Salazar.

—¿Qué pasa?

—Tenga cuidado.

Ah.

Había vuelto el director.

Casi me decepcionó.

—¿Hay algo que no me esté diciendo?

—No tengo evidencia suficiente.

—Pero sospecha algo.

Joseph respiró.

—Sí.

—¿De Víctor?

—De que quiere demasiado acceso demasiado rápido.

Eso tenía sentido.

—Estaré atenta.

Asintió.

Me giré otra vez.

—Lova.

Otra vez.

Esta vez mi cuerpo sí decidió reaccionar.

Lo miré.

Joseph estaba sonriendo.

—¿Qué?

—Nada.

Entrecerré los ojos.

—Ese “nada” no le queda convincente.

—Buenas noches.

Y se fue.

Me quedé mirándolo alejarse.

Maldito hombre.

Porque ahora tenía un problema completamente distinto.

Ya no era solo que disfrutara discutiendo con Joseph.

Ni que trabajáramos bien juntos.

Ni siquiera que hubiera empezado a fijarme demasiado en sus manos.

Era peor.

Me gustaba cómo me trataba cuando las cosas dejaban de ser divertidas.

Y eso era una clase de evidencia mucho más difícil de ignorar.