CAPÍTULO 8El festival
El festival
Descubrí dos cosas sobre el Festival de Qhantiy antes de llegar a la plaza.
La primera: Lana mentía cuando decía que una podía “pasar un rato y volver temprano”.
La segunda: Leonardo tenía una relación profundamente irresponsable con las palabras solo una copa.
—No voy a emborracharme —dije.
—Nadie te ha pedido eso.
—Has dicho “solo una”.
—Era una unidad conceptual.
—Eso no existe.
—Ahora sí.
Lana caminaba a mi lado con una sonrisa que me preocupaba.
—Déjalo.
—No.
—Te vas a divertir.
—Eso suena a amenaza.
—Lo es.
La plaza estaba llena.
Luces colgadas entre edificios.
Puestos de comida.
Música.
Familias.
Turistas.
Niños corriendo entre las mesas como si hubieran firmado un acuerdo colectivo para derribar adultos.
Y colores.
Muchísimos.
Textiles.
Faldas.
Flores.
Pañuelos.
Qhantiy parecía distinta.
No más bonita.
Más viva.
—Esto sí me gusta —admití.
Leonardo se llevó una mano al pecho.
—Un milagro.
—No lo arruines.
—Demasiado tarde.
Busqué alrededor.
No a nadie.
Solo...
Bueno.
A alguien.
Lana lo notó.
Por supuesto.
—No ha llegado.
—No estaba buscando a tu hermano.
—No dije que buscaras a Joseph.
Maldita familia.
—Te odio.
—Eso ya lo hemos hablado.
Joseph apareció doce minutos después.
No llevaba traje.
Gracias a Dios.
Camisa oscura.
Mangas remangadas.
Pantalón sencillo.
Nada especialmente extraordinario.
Y, sin embargo, completamente injusto.
Mi cerebro registró la información.
Después intentó continuar con su vida.
No funcionó muy bien.
Venía con Marina y Tomás.
Leonardo levantó una mano.
—¡Baker!
Joseph miró hacia nosotros.
Sus ojos encontraron primero a Leonardo.
Después a Lana.
Después a mí.
Y se quedaron un segundo.
Solo uno.
Suficiente.
—No —murmuré.
Lana sonrió.
—¿Qué?
—Nada.
—Esa cara dice otra cosa.
—Voy a dejar de hablar con todos vosotros.
Joseph se acercó.
—Montblack.
—Baker.
Miró la copa que tenía en la mano.
—¿Eso es vino?
—No.
—Está literalmente dentro de una copa de vino.
—Qué observador.
—Es mi trabajo.
—Empieza a utilizar esa respuesta demasiado.
—Porque sigue funcionando.
Leonardo apareció entre ambos.
—Esta noche queda prohibida la arqueología.
Joseph lo miró.
—Entonces ¿qué vas a hacer tú?
—Vivir.
—Peligroso.
—¿Ves? —le dije a Leonardo—. Tiene sentido del humor.
Leonardo me señaló.
—Eso llevo años intentando demostrar.
Joseph negó con la cabeza.
Y sonrió.
Cada vez me sorprendía menos.
Probablemente era peor.
Los primeros cuarenta minutos fueron fáciles.
Demasiado.
Comida.
Música.
Leonardo intentando fotografiar personas que le exigían bailar a cambio.
Marina hablando con una mujer de conservación local.
Lana desapareciendo y reapareciendo con información que nadie había solicitado.
Y Joseph.
Joseph fuera del Instituto era extraño.
No porque cambiara.
Porque no lo hacía del todo.
Seguía siendo él.
Solo menos comprimido.
Saludaba a personas por su nombre.
Preguntaba por familiares.
Ayudó a un hombre mayor a mover una mesa sin convertirlo en un acontecimiento.
Una niña se acercó corriendo y le mostró algo que llevaba en la mano.
Joseph se agachó para escucharla.
No entendí qué era desde donde estaba.
La niña le dijo algo.
Él respondió.
Ella se rio.
Y se fue.
Me quedé mirando.
—No lo hagas —dijo Lana.
—¿Qué?
—Esa cara.
—No estoy haciendo ninguna cara.
—La de “mi hermano acaba de desarrollar una personalidad”.
—Ya sabía que tenía personalidad.
—Claro.
—Es solo que...
Callé.
—¿Qué?
Miré a Joseph.
Estaba discutiendo con Tomás sobre algo junto a un puesto.
—Nada.
Lana sonrió.
—Te gusta verlo así.
Demasiado específico.
—Me gusta descubrir que no es un sociópata.
—Nunca dijimos que lo fuera.
—Leonardo insinuó cosas.
—Leonardo piensa que cualquier persona que no baile sobre una mesa tiene un problema emocional.
—Criterio discutible.
—Muchísimo.
Rosa apareció con dos mujeres más y una misión evidente.
Lo supe porque estaba sonriendo.
—Lova.
—No.
Ni siquiera había dicho nada.
—¿Cómo sabes lo que quiero?
—Experiencia.
Rosa extendió una mano.
—Ven.
—No.
—Bailar.
—Definitivamente no.
—Dijiste que vendrías.
—Eso no incluía movimiento corporal coordinado.
Lana me empujó suavemente por la espalda.
—Ve.
—Traición.
—Sí.
Rosa me arrastró hacia la zona central.
No era exactamente una pista.
Solo un espacio abierto.
Había varias parejas.
Grupos.
Familias.
Nada formal.
Eso debería haberme tranquilizado.
No lo hizo.
—No sé bailar esto.
—Aprendes.
—Esa frase ha destruido civilizaciones.
Rosa se rio.
—Mira.
Me enseñó un paso sencillo.
Lo intenté.
Mal.
—No te rías.
—No me río.
Se estaba riendo.
—Te odio.
—Otra vez.
Seguimos.
Dos pasos.
Cambio.
Giro.
No era tan complicado.
Bueno.
No morí.
Eso ya era bastante.
Entonces Leonardo apareció.
—Necesito documentar esto.
—Si sacas esa cámara, la entierro en el sector C.
—Qué mujer tan violenta.
—Advertida estás.
Leonardo levantó las manos.
—Sin cámara.
—Gracias.
—Pero tengo memoria.
—Eso no puedo destruirlo legalmente.
—Exacto.
La música cambió.
Más rápida.
Rosa sonrió de nuevo.
No.
Conocía esa sonrisa.
Miré alrededor.
Joseph estaba cerca.
Ah.
Mierda.
—No.
Rosa ya había llamado su atención.
—Joseph.
Él la miró.
Luego a mí.
Después a Rosa.
—No.
Sentí una satisfacción ridícula.
—¿Tiene miedo?
Joseph me sostuvo la mirada.
—De usted bailando, bastante.
Abrí la boca.
—Eso ha sido ofensivo.
—Estoy siendo preventivo.
—No ha visto nada.
—He visto suficiente.
—Perfecto. Entonces venga.
Leonardo hizo un sonido.
Lana se tapó la boca.
Joseph entrecerró los ojos.
—¿Eso fue un desafío?
—¿Necesita que lo sea?
Ah.
La misma pregunta.
Se la devolví.
Joseph sonrió lentamente.
—No.
Dejó la copa.
Oh.
Había cometido un error.
Joseph sabía bailar.
Rosa no había mentido.
Eso fue molesto.
Mucho.
No porque bailara de forma exagerada.
Peor.
Lo hacía bien.
Natural.
Como si su cuerpo no necesitara analizar previamente cada movimiento.
—Esto es injusto —dije.
—¿Qué?
—Todo.
—Muy específico.
—Usted.
—Eso tampoco ayuda.
—Baila bien.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Correcto.
Me reí.
Joseph puso una mano en mi cintura.
No apretó ni me acercó.
Solo estaba allí porque el baile la necesitaba.
Eso no impidió que mi cuerpo desarrollara opiniones.
Otra vez.
—Está contando los pasos —dijo.
—Estoy evitando pisarlo.
—Eso sería más divertido.
—Puedo solucionarlo.
—Lo sé.
Me giró.
Volví frente a él.
Demasiado cerca.
—Baker.
—Montblack.
—Deje de sonreír.
—No.
—Me distrae.
La sonrisa se ensanchó.
Maldito.
—Ese parece un problema suyo.
—Profundamente.
Joseph me hizo girar otra vez.
Esta vez salió bien.
—Ah.
—¿Qué?
—Nada.
—No.
—¿No qué?
—No va a hacer esa cara ahora.
—¿Cuál?
—La de “tenía razón”.
Joseph soltó una risa.
—La tuve.
—Una vez.
—Hoy.
—No abuse.
La música bajó ligeramente.
El paso cambió.
Más lento.
No mucho.
Suficiente.
Mi mano seguía en su hombro.
La suya en mi cintura.
Y de repente ya no era tan fácil fingir que aquello era simplemente divertido.
Joseph me miró.
Fuera del Instituto y del yacimiento, por una vez, no parecía estar evaluando nada.
Peor todavía.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Mentiroso.
—Estoy pensando.
—Peligroso.
—Mucho.
Esperé.
—¿Y?
—Baila mejor de lo que esperaba.
—Ese es el peor cumplido que he recibido.
—No pretendía que lo fuera.
—Entonces mejora.
—¿Por qué?
—Porque al menos puedo ofenderme sin conflicto.
Joseph bajó un poco la cabeza.
Estaba cerca.
Mucho más de lo necesario.
—Le gusta discutir conmigo.
No era una pregunta.
—A veces.
—Mentirosa.
—Eso no puede probarlo.
—Tengo semanas de evidencia.
La palabra volvió a hacer algo.
No lo mismo que Kallpa.
Otra cosa.
Más cálida.
—Circunstancial —dije.
—Acumulativa.
Sonreí.
Joseph también.
Y durante unos segundos fue demasiado fácil olvidarme de que había gente alrededor.
La canción terminó.
Ninguno se apartó inmediatamente.
Eso fue un error.
Uno de los dos tenía que hacerlo.
Fui yo.
—Necesito una bebida.
Joseph asintió.
—Claro.
No intentó retenerme.
Por alguna razón, eso hizo que quisiera quedarme.
Irritante.
Encontré a Lana junto a un puesto.
—No.
—No dije nada.
—Tu cara está cometiendo delitos.
—Bailaste con Joseph.
—También con Rosa.
—No te vi mirar a Rosa como si estuvieras haciendo cálculo diferencial.
—No sé qué significa eso.
—Yo sí.
Cogí una bebida.
—Fue un baile.
—Sí.
—Nada más.
—Por supuesto.
—Y él baila bien.
Lana sonrió.
—Ah.
—No.
—No hice nada.
—Ese sonido.
—Lova.
—¿Qué?
—Mi hermano no baila con cualquiera.
Eso me descolocó.
—Rosa dijo que sí.
—Rosa dijo que sabe bailar. No que lo haga.
—Eso suena ridículo.
—Joseph sabe hacer muchas cosas que evita hacer delante de gente.
Miré hacia donde estaba.
Hablaba con Marina.
—¿Por qué?
Lana se encogió de hombros.
—Porque tiene esa enfermedad de creer que si disfruta demasiado algo va a distraerse del trabajo.
Eso me pareció muy Joseph.
—Eso es triste.
—No se lo digas.
—No pensaba hacerlo.
Lana me miró un segundo.
—Le gustas.
Sentí un pequeño golpe bajo las costillas.
—No.
—No he dicho que esté enamorado.
—Tampoco.
—Dije que le gustas.
—Profesionalmente.
—Lova.
—¿Qué?
—Te mira.
Odié que dijera eso.
Porque yo ya lo había notado.
—Mucha gente mira.
—No así.
—No sé qué significa “así”.
—Sí sabes.
No respondí.
Porque sabía.
Un poco.
Y eso era bastante peligroso.
Más tarde, Leonardo consiguió involucrarnos en un juego que nadie explicó correctamente.
Algo con fichas.
Puntos.
Y una señora de setenta años que parecía dispuesta a destruirnos psicológicamente.
—No entiendo las reglas —dije.
Joseph estaba a mi lado.
—Yo tampoco.
—Eso es imposible.
—Nunca jugué.
—Entonces estamos muertos.
La señora sonrió.
No de forma amable.
Leonardo se sentó frente a nosotros.
—Equipos.
—No —dijo Joseph.
—Sí.
—No pienso hacer equipo contigo.
—No contigo.
Leonardo nos señaló.
—Vosotros dos.
Joseph y yo nos miramos.
—Peor —dijimos al mismo tiempo.
Leonardo se rio.
—Perfecto.
La partida comenzó.
A los cinco minutos comprendí dos cosas:
la señora estaba haciendo trampa.
Y Joseph era extraordinariamente competitivo.
—Eso no vale.
—Sí vale —dijo él.
—Acaba de mover mi ficha.
—Estaba mal colocada.
—Era mi ficha.
—Era incorrecta.
—Baker.
—Montblack.
La señora hizo una jugada.
Leonardo empezó a reír.
—Os están destrozando.
—Cállate —dijimos los dos.
La mujer soltó una carcajada.
Terminamos perdiendo.
Por muchísimo.
Joseph miró el tablero con expresión profundamente ofendida.
—Ha hecho trampa.
La señora le palmeó la mano.
—Aprende a perder.
Yo empecé a reír.
Joseph me miró.
—Usted tampoco ganó.
—Pero yo acepto la evidencia.
—No había evidencia.
—Había marcador.
—Manipulado.
—Eso suena a teoría conspirativa.
—Tengo indicios.
—Insuficientes.
Leonardo estaba prácticamente llorando.
—No puedo respirar.
Joseph lo señaló.
—Tú empezaste esto.
—Y ha sido la mejor decisión de mi vida.
La noche avanzó.
Comimos demasiado.
Leonardo perdió otro juego contra un niño.
Marina terminó bailando con Tomás.
Lana desapareció con alguien que, según ella, “solo era un periodista”.
No le creí.
Joseph volvió con dos vasos de agua.
Me tendió uno.
Lo miré.
—No.
—Agua.
—Ya sé qué es.
—Entonces facilita las cosas.
—Esto empieza a parecer una obsesión.
—Está bebiendo vino desde las seis.
—Tres copas.
—Cuatro.
—¿Las contó?
Joseph bebió.
—No.
—Mentira.
—Beba agua.
Cogí el vaso.
—Controlador.
—Hidratada.
—Eso ni siquiera es un insulto.
—Nunca dije que lo fuera.
Bebí.
Porque tenía sed.
No porque él me lo hubiera dicho.
Importaba.
Joseph miró hacia la plaza.
—¿Se divirtió?
—Todavía no terminó.
—Eso no responde.
—Sí.
La palabra salió sencilla.
—Mucho.
—Bien.
—¿Usted?
—Moderadamente.
Me reí.
—Algún día voy a conseguir una emoción completa.
—Optimista.
—Persistente.
—Eso sí.
Nos quedamos allí.
No hablando.
La música seguía.
La plaza también.
Y otra vez apareció ese silencio cómodo.
Solo que ahora tenía algo distinto.
Algo que antes no estaba.
Joseph habló primero.
—Rosa tenía razón.
—¿Sobre qué?
—Aprendió rápido.
Tardé en entender.
El baile.
—Ah.
—Aunque sigue mirando demasiado sus pies.
—Porque no confío en usted.
—Eso parece un problema importante para bailar en pareja.
Sonreí.
—No dije que nunca fuera a confiar.
Joseph giró la cabeza.
Nuestros ojos se encontraron.
La frase había salido demasiado seria.
No pude retirarla.
Ni convertirla en chiste.
Él tampoco lo intentó.
—Bien —dijo.
Muy bajo.
Y aquello me dejó más expuesta que cualquiera de sus provocaciones.
Cuando regresé al hotel, me quité los zapatos en la entrada de la habitación y me dejé caer sobre la cama.
Había sido divertido.
Ahí terminaba el asunto.
Un festival.
Un baile.
Demasiada comida.
Un anciana destruyendo la autoestima profesional de Joseph.
Nada relevante.
Cerré los ojos.
Vi su sonrisa.
Los abrí.
No.
Giré hacia el otro lado.
Recordé su mano en mi cintura.
Peor.
Cogí la almohada y me la puse encima de la cara.
—No me gusta Joseph Baker.
La almohada, con gran profesionalidad, evitó emitir conclusiones.
La retiré.
Lo importante era Aukani.
Kallpa.
La marca.
El trabajo.
No Joseph.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje.
Llegó bien?
Me quedé mirando la pantalla.
Joseph.
Respondí:
Sí. Y he contado: cuatro vasos de agua. Puede cerrar la inspección.
La respuesta llegó poco después.
Insuficientes.
Sonreí.
Buenas noches, Baker.
Tres puntos.
Buenas noches, Montblack.
Apagué el teléfono.
Mi sonrisa tardó bastante más.
Y ahí sí tuve que reconocer un problema.
No me gustaba Joseph Baker.
Todavía.
Pero empezaba a gustarme demasiado todo lo que ocurría cuando estaba cerca.