CAPÍTULO 7El problema de descansar
El problema de descansar
Descubrí que Lana tenía una definición bastante flexible de la palabra intervención.
En mi mundo, una intervención implicaba preocupación, conversación seria y posiblemente alguien diciendo cosas incómodas sobre tus mecanismos de defensa.
En el suyo significaba aparecer con vino, comida y prohibirme abrir el portátil.
—Solo quiero comprobar una cosa.
Lana se quedó inmóvil con un trozo de pan a medio camino de la boca.
—No.
—Ni siquiera sabes qué iba a comprobar.
—Kallpa.
—Podría ser otra cosa.
—Llevas veinte minutos mirando el ordenador como si hubiera insultado a tu madre.
Miré el portátil cerrado.
—Está provocándome.
—Es un objeto.
—Eso no impide que tenga malas intenciones.
Lana mordió el pan.
—No vas a abrirlo.
—Una fotografía.
—No.
—Cinco minutos.
—Lova.
—Tres.
—¿Estás negociando conmigo igual que con Joseph?
Me quedé callada.
Error.
La sonrisa apareció inmediatamente.
—Ah.
—No hagas ese sonido.
—¿Qué sonido?
—El sonido de hermana de Joseph.
—No sabía que existía.
—Existe. Es irritante.
—¿Él también te dice que descanses?
Cogí mi copa.
—No quiero hablar de eso.
—Te dice que descanses.
—Es mi director.
—Claro.
—Y estamos trabajando en altura.
—Naturalmente.
—Y ayer olvidé beber agua.
Lana dejó el pan.
—¿Sabe cuánto bebes?
—Mi botella estaba llena.
—Ajá.
—No pongas esa cara.
—No estoy poniendo ninguna.
—Tu cara tiene subtítulos.
Se echó a reír.
Yo bebí vino.
Aquello estaba siendo una pésima intervención.
—¿Quieres hablar de Kallpa? —preguntó después.
La pregunta llegó cuando ya había desaparecido casi toda la comida y el vino empezaba a cumplir su función social.
Miré mis manos.
—No sé.
Lana no insistió.
Por cosas así seguía queriéndola.
—Encontramos una marca —dije finalmente—. En un fragmento de cerámica.
—¿La misma?
—No.
—¿Parecida?
Asentí.
—Mucho.
Lana dejó la copa.
—¿Y eso qué significa?
—Nada.
Ella esperó.
—Todavía —añadí.
—Eso sonó a Joseph.
—No empieces.
—No iba a empezar.
—Mentira.
—Un poco.
Sonreí a pesar de mí misma.
Después desapareció.
—Encontré una fotografía antigua de Kallpa.
Lana no dijo nada.
—No es idéntica. Podría ser un motivo común. Una relación cultural. Una coincidencia. Hay demasiadas posibilidades.
—Pero te asustó.
No quería utilizar esa palabra.
Era correcta.
—Sí.
Lana se acercó un poco.
—¿Porque piensas que puede conectar los dos proyectos?
—Porque no quiero que Kallpa entre aquí.
La frase salió más rápido de lo esperado.
Ahí estaba.
No era únicamente miedo a una conexión arqueológica.
Era algo bastante más infantil.
Había empezado a sentir que Aukani era mío.
No el yacimiento.
Nunca.
Mi lugar allí.
El equipo.
El trabajo.
Las mañanas absurdas.
Las discusiones.
Joseph diciendo evidencia como si hubiera inventado la palabra.
Había recuperado algo.
Y no quería que Kallpa lo contaminara.
—No puede quitarte esto —dijo Lana.
—Ya me quitó bastante.
—Kallpa no fue una persona.
Mi primera reacción fue discutir.
Me detuve.
—Ya sé.
—¿Seguro?
No respondí.
Lana tampoco necesitaba que lo hiciera.
✦ ✦ ✦
A la mañana siguiente descubrí que dormir después de vino barato era una decisión que el cuerpo castigaba con entusiasmo.
Me desperté tarde.
No tarde para el trabajo.
Tarde para mí.
07:41.
No tenía que estar en Aukani.
Joseph había suspendido el trabajo de campo del sector hasta revisar la documentación y preparar la siguiente fase.
Técnicamente tenía la mañana libre.
Horrible.
A las nueve y media estaba en el Instituto.
Sí.
Ya sé.
Pero tenía una justificación perfectamente razonable.
Había dejado mi cuaderno allí.
Entré al laboratorio.
Marina levantó la cabeza.
—¿Qué haces aquí?
—Trabajo aquí.
—Hoy no.
—Eso parece discriminatorio.
—Baker dijo que descansaras.
—No sabía que sus órdenes tuvieran alcance doméstico.
—No lo tienen.
La voz llegó desde detrás.
Cerré los ojos.
Por supuesto.
Joseph estaba en la puerta con dos cafés.
Dos.
Miré uno.
Después el otro.
—¿Espera compañía?
—Marina.
Marina levantó inmediatamente las manos.
—El mío ya está aquí.
Traición.
Joseph la miró.
Ella sonrió.
—Me voy a conservación.
—Cobarde —murmuré.
—Muchísimo.
Desapareció.
Joseph dejó uno de los cafés sobre mi mesa.
—No tenía que hacerlo.
—Ya estaba comprado.
—Eso no responde.
—Empieza a sonar como usted.
Cogí el vaso.
—Eso es preocupante.
—Mucho.
Bebí.
Era como me gustaba.
Me detuve.
—¿Cómo sabía...?
—La recepción. La primera noche. Tomó lo mismo.
Me quedé callada.
No porque fuera especialmente íntimo recordar un café.
Porque yo no recordaba haberlo visto mirar.
—Observa demasiado.
—Es literalmente mi trabajo.
—Está empezando a utilizar mis argumentos.
—Colaboración académica.
—Eso también era mío.
Joseph sonrió.
Maldito ladrón.
—¿Por qué está aquí? —preguntó.
—Mi cuaderno.
—Lo tiene en la mano.
Miré hacia abajo.
Sí.
—Ya lo encontré.
—Entonces puede irse.
—Podría.
No me moví.
Joseph esperó.
—Quiero revisar la fotografía.
—No.
—Baker.
—Ayer acordó no hacerlo sola.
—No estoy sola. Usted está aquí.
Se quedó mirándome.
Ah.
Eso había sonado distinto.
—Tiene trabajo —añadí.
—Mucho.
—Yo puedo revisar mientras usted—
—Montblack.
—¿Qué?
—Siéntese.
—¿Eso es una orden?
—No.
Señaló la silla frente a su mesa.
—Esta vez es una invitación.
Eso consiguió callarme.
Me senté.
Joseph hizo lo mismo al otro lado.
—Enséñeme.
Saqué el portátil.
Abrí la fotografía de Kallpa y después la imagen del fragmento de Aukani.
Las colocamos juntas.
Durante unos minutos no hubo bromas.
Solo trabajo.
Joseph amplió la primera imagen.
—¿Tiene contexto?
—KLP-C19. Nivel tres. Sector oeste.
—¿Datación?
—Preliminarmente siglo XIV.
—¿La pieza completa?
—No. Fragmento de borde.
Amplió la imagen de Aukani.
—Aquí la incisión entra antes de la cocción.
Me acerqué.
—En Kallpa también.
—Puede ser técnica común.
—Sí.
—La curvatura tampoco es idéntica.
—No.
—Pero la estructura del motivo...
—Sí.
Nos miramos.
Eso.
Exactamente eso.
Trabajar con alguien que no necesitaba que terminaras la frase.
Joseph volvió a las imágenes.
—Necesitamos más material.
—Lo sé.
—Y bibliografía comparativa.
—Ya empecé una lista.
—Claro que sí.
—Eso ha sonado crítico.
—Era admiración.
Levanté la cabeza.
—¿Perdón?
Ahora me miró.
—Dije que era admiración.
Directo.
Sin sonrisa.
Sentí algo ridículo en el estómago.
—Está enfermo.
Su boca se curvó.
—Probablemente.
—¿Fiebre?
—Ninguna.
—Entonces es grave.
Se rio.
Y volvimos al trabajo.
Pasó casi una hora antes de darme cuenta.
—Esto no cuenta como descansar.
Joseph no levantó la vista.
—No.
—Usted lo sabía.
—Sí.
—Y aun así me dejó quedarme.
—También sabía que si la echaba iba a buscar otra mesa.
—Eso es ofensivamente preciso.
—Estoy aprendiendo.
—¿Sobre mí?
—Desgraciadamente.
—Qué romántico.
Se quedó quieto.
Yo también.
Otra vez había utilizado la palabra.
—Arqueológicamente —añadí.
Joseph apoyó lentamente el bolígrafo.
—Claro.
—No ponga esa cara.
—¿Cuál?
—La que tiene ahora.
—No estoy haciendo nada.
—Exactamente.
Eso lo hizo reír.
A mediodía salimos del Instituto.
Habíamos descartado una relación inmediata.
No porque no pudiera existir.
Porque todavía no podíamos demostrarla.
Extrañamente, eso me tranquilizaba.
No tenía una respuesta.
Pero tampoco tenía una condena.
Joseph cerró la puerta.
—Váyase a descansar.
—Otra vez.
—Sí.
—Tiene una obsesión.
—Mañana vuelve al campo.
—Estoy perfectamente.
—Anoche bebió.
Me detuve.
—¿Cómo sabe eso?
Joseph pareció confundido.
—Lana publicó una fotografía.
—Voy a matarla.
—Estaba sosteniendo una copa.
—Eso no demuestra cuánto bebí.
—Tiene razón.
—¿Eso fue fácil?
—¿Qué?
—Darme la razón.
—Cuando la tiene, sí.
Algo dentro de mí hizo una pequeña estupidez.
Lo ignoré.
—¿Va al festival? —pregunté.
Joseph tardó medio segundo.
—Probablemente.
—Eso significa sí.
—No.
—Según su hermana, sí.
—Mi hermana interpreta el lenguaje de manera creativa.
—Parece hereditario.
Empezó a caminar.
Yo fui a su lado.
—¿No le gustan los festivales?
—Sí.
—No parece.
—¿Cómo parece una persona a la que le gustan?
—Más feliz.
—Estoy feliz.
Lo observé.
—¿Ahora mismo?
—Moderadamente.
—Qué despliegue emocional.
—Intento no abrumarla.
Me reí.
Y ahí estaba otra vez.
Esa chispa.
Ya no tenía que buscarla.
Joseph no era un hombre sin humor.
Simplemente elegía con quién utilizarlo.
Aquella conclusión me produjo una satisfacción que preferí no investigar.
Encontramos a Leonardo en la plaza.
Llevaba una cámara, dos bolsas y una cantidad de energía completamente ofensiva para el mediodía.
—Perfecto.
Joseph siguió andando.
—No.
—Ni siquiera sabes qué quiero.
—Te conozco.
—El sábado.
—No.
—Festival.
—Ya sé.
Leonardo me señaló.
—Ella va.
—¿Va?
—Probablemente.
—Significa sí —dijimos los dos a la vez.
Leonardo abrió lentamente una sonrisa.
—Oh, esto se está poniendo delicioso.
—Norton —dijo Joseph.
—No he hecho nada.
—Todavía.
—Solo quiero coordinar logística.
—Eso nunca es verdad —dije.
Leonardo se llevó una mano al pecho.
—Me ofende que hayas aprendido tan rápido.
Joseph continuó andando.
—Seis en la plaza.
Leonardo parpadeó.
—¿Eso es un sí?
—Es una hora.
—¡Eso es un sí!
Joseph levantó una mano sin girarse.
Yo sonreí.
—Realmente lo quieres mucho.
—Es una enfermedad crónica.
Leonardo desapareció en una tienda.
Yo seguí andando con Joseph.
—Entonces sí le gustan.
—¿Qué?
—Los festivales.
—Me gusta Qhantiy.
La respuesta me sorprendió.
—Eso ha sonado bastante sentimental.
—No lo repita.
—Demasiado tarde.
Pasamos junto a varios puestos todavía a medio montar.
Textiles.
Cerámica.
Comida.
Un hombre colgaba pequeñas luces atravesando la calle.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí? —pregunté.
—Quince años entrando y saliendo.
—¿Por Aukani?
—Al principio.
—¿Y después?
Joseph miró alrededor.
—Después dejó de ser solo por Aukani.
No hice un chiste.
Había algo en la forma en que lo dijo.
—Le importa este lugar.
—Sí.
—Mucho.
—Sí.
También era Joseph.
Pasional.
Solo que no hacía discursos sobre las cosas que amaba.
Trabajaba por ellas.
Las protegía.
Y de pronto comprendí algo.
No era su control lo que empezaba a interesarme.
Era todo lo que ese control estaba intentando contener.
Mala noticia.
Muy mala.
Rosa, una de las mujeres de la comunidad, estaba colocando textiles en un puesto.
—Lova.
—No.
Ni siquiera había dicho nada.
—¿Vas a venir el sábado?
—Parece que no tengo escapatoria.
Rosa sonrió.
—Mejor. Así bailas.
—Ah, no.
—Sí.
—No bailo.
Joseph se detuvo a mi lado.
Rosa lo vio.
Su sonrisa cambió.
Eso nunca era bueno.
—Joseph sí.
Giré la cabeza.
—¿Qué?
Joseph miró a Rosa.
—No.
—¿Baila?
—No estamos trabajando.
—Eso significa que puede responder.
—No.
Rosa negó.
—Baila muy bien.
Abrí la boca.
Joseph parecía desear sinceramente que apareciera una excavación de emergencia.
—Baker.
—Montblack.
—¿Baila?
—No le crea.
—¿Por qué iba a mentir?
—Porque disfruta causando problemas.
Rosa se rio más.
—El sábado lo compruebas.
Miré a Joseph.
—Oh, pienso hacerlo.
Sus ojos se estrecharon.
—No.
—¿Tiene miedo?
—No.
—Entonces perfecto.
—Eso no sigue ninguna lógica.
—No necesita lógica. Es un festival.
Rosa parecía encantada.
Joseph, bastante menos.
Yo estaba disfrutando demasiado.
Esa tarde conseguí no trabajar.
Más o menos.
Fui al mercado.
Compré una libreta que no necesitaba.
Encontré una planta pequeña que no compré porque mi historial de homicidios vegetales ya era suficientemente preocupante.
Comí algo.
Caminé.
Y descubrí que llevaba demasiado tiempo sin saber estar quieta sin sentir culpa.
A las cinco me senté en una terraza.
Saqué el teléfono.
Casi abrí Kallpa.
No lo hice.
En cambio miré una fotografía de Aukani.
La que Leonardo había tomado el primer día.
Yo estaba cubierta de tierra, inclinada sobre la excavación.
Joseph aparecía al fondo.
No miraba a cámara.
Me miraba a mí.
Me quedé inmóvil.
Amplié.
Error.
No había ninguna razón para hacer eso.
Quizá simplemente estaba observando el trabajo.
Probablemente.
Cerré la fotografía.
Volví a abrirla.
Patético.
—No.
Guardé el teléfono.
Cinco segundos después vibró.
Joseph.
El informe preliminar del fragmento estará mañana.
Respondí:
¿Esto es su manera de asegurarse de que no vuelva al Instituto?
Sí.
Sonreí.
Controlador.
Descansada será menos insoportable mañana.
Abrí la boca.
Eso es optimista.
Tres puntos.
Mucho.
Me reí.
Una pareja de la mesa de al lado me miró.
No me importó.
Guardé el teléfono.
Y allí, sentada sola en una terraza de Qhantiy, tuve que admitir una verdad bastante incómoda.
Me gustaba hablar con Joseph.
No era solo discutir ni trabajar.
Hablar.
La información no requería ninguna acción inmediata.
Así que hice lo mismo que haría con cualquier hallazgo potencialmente peligroso.
La registré mentalmente.
Y decidí no tocarla hasta tener más evidencia.