Desterrando problemas CAPÍTULO 6Lo que estaba debajo
30%

CAPÍTULO 6Lo que estaba debajo

Lo que estaba debajo

A las seis y catorce ya estaba despierta.

No porque hubiera puesto una alarma especialmente eficiente.

Llevaba diez minutos mirándola.

Había algo profundamente humillante en despertarse antes de una hora que ya considerabas una agresión.

Me levanté.

Me vestí.

Me recogí el pelo.

Desayuné.

De verdad.

Importaba.

Cuando bajé al vestíbulo, Joseph ya estaba allí.

Por supuesto.

Apoyado contra una columna, revisando unas hojas.

Ni siquiera levantó la cabeza.

—06:14.

Miré el reloj.

—No diga nada.

—No iba a hacerlo.

—Lo estaba pensando.

—Eso no puede probarlo.

—Empiezo a odiar esa frase.

Guardó los papeles.

—¿Desayunó?

—Sí.

Me miró.

—De verdad.

—No pregunté qué.

—Porque sabía que iba a preguntarlo.

La comisura de su boca se movió.

—Vamos.

A esas horas, aquello contaba como una victoria.

El trayecto fue silencioso.

Pero cómodo.

Eso seguía sorprendiéndome.

Con algunas personas el silencio era un hueco que había que llenar.

Con Joseph se parecía más a descansar.

No tenía que entretenerlo.

Él tampoco a mí.

Podíamos estar diez minutos sin hablar y después retomar una conversación como si nada.

Peligrosamente cómodo.

Me concentré en la carretera.

—¿Nerviosa?

—¿Por qué?

—Hoy excavamos.

—Estoy bien.

—Eso no responde.

Suspiré.

—Sí.

Joseph esperó.

—Un poco.

Asintió.

Nada más.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperaba?

—No sé. Alguna frase inspiradora. Parece el tipo de hombre que las clasificaría por categorías.

—No.

—Qué decepción.

—Si encuentra algo, documente antes de emocionarse.

Sonreí.

—Ahí está. Su versión de una frase motivacional.

—Es útil.

—Muy romántico.

Joseph giró la cabeza.

—¿Romántico?

Mierda.

—Arqueológicamente romántico.

—Eso no existe.

—Para usted, claramente no.

Volvió a mirar la carretera.

Yo hice lo mismo.

Mucho mejor.

La zona estaba exactamente como la habíamos dejado.

Cintas.

Marcas.

Registros.

Tierra intacta.

Nada movido.

Nada fuera de sitio.

El tipo de orden que siempre conseguía relajarme más de lo que debería.

El equipo llegaría después.

Joseph quería abrir primero una pequeña ventana de comprobación.

Solo nosotros.

Dos días antes eso me habría puesto nerviosa.

Ahora me gustaba.

No iba a analizarlo.

—Cincuenta centímetros —dijo.

—Ayer se negó a negociar.

—Hoy también.

—Entonces esto es una concesión.

—Es metodología.

—Llámelo como quiera.

Me puse los guantes.

Joseph me tendió la hoja de registro.

—Primero.

—Lo sé.

—Firma.

—Sé firmar.

—Nunca dije lo contrario.

—Su tono.

—Mi tono está empezando a cansarme.

—Imagine vivir conmigo.

Oh.

No.

Joseph levantó una ceja.

—No era una oferta.

—No he dicho nada.

—Lo pensó.

—Tampoco puede probar eso.

Maldito.

Lo odié.

Muchísimo menos de lo aconsejable.

Empezamos.

Retirar.

Registrar.

Fotografiar.

Medir.

Otra capa.

Más tierra.

Otra textura.

La arqueología real consistía básicamente en esperar mucho mientras fingías que no estabas esperando nada.

A la media hora apareció la primera diferencia.

—Aquí.

Joseph se agachó.

—No toque todavía.

—No pensaba hacerlo.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué lo dice?

—Porque su mano ya estaba bajando.

Miré mi mano.

Estaba efectivamente demasiado cerca.

La retiré.

—No me gusta que tenga razón.

—Eso parece pasar a menudo.

—No exagere.

Joseph hizo una fotografía.

Yo estudié la línea.

No parecía natural.

Demasiado regular.

—¿Muro?

—Podría.

—No diga “podría”.

—¿Qué quiere?

—Algo emocionante.

—Evidencia insuficiente.

—Definitivamente necesita vacaciones.

Sonrió.

Seguimos.

La línea apareció mejor.

Después piedra.

Otra.

No era un muro alto.

Más bien un borde.

Una delimitación.

—No entiendo esto.

Joseph estaba al otro lado.

—Yo tampoco.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Si usted tampoco entiende, baja considerablemente la posibilidad de que yo sea idiota.

—Nunca pensé que lo fuera.

La frase llegó tan natural que tardé un segundo en procesarla.

Levanté la cabeza.

Joseph seguía mirando el terreno.

Como si no hubiera dicho nada especial.

—Eso casi fue amable.

—No abuse del momento.

—Demasiado tarde.

Vi la sonrisa.

Pequeña.

Pero ahí estaba.

Cuando llegó el equipo ya teníamos una forma parcial.

Marina se quedó mirando.

Leonardo hizo dos fotografías.

Y, milagrosamente, preguntó antes.

Evolución humana.

—¿Qué creen que es? —preguntó.

—Nada todavía —respondió Joseph.

Leonardo miró la estructura.

—Eso es bastante claramente algo.

—No sabemos qué.

—Mucho mejor.

Me senté sobre los talones.

—Podría ser una canalización.

Marina negó.

—Demasiado ancha.

—Entonces acceso.

Joseph estudió la orientación.

—¿A dónde?

Ese era el problema.

La estructura se dirigía hacia una zona donde, según los planos, no debería haber nada.

Nada según las prospecciones.

Nada según la lógica del sector.

Eso me gustaba muchísimo.

—Necesitamos ampliar al este.

—No —dijo Joseph.

—Todavía no terminé.

—Sé exactamente lo que iba a decir.

—Eso es profundamente arrogante.

—Quiere ampliar hacia el este.

—Sí.

—No.

—¿Por qué?

—Porque primero documentamos esto.

—Ya está documentado.

—No por completo.

—Podemos hacer ambas—

—Montblack.

Cerré la boca.

Leonardo abrió mucho los ojos.

—¿Acabas de obedecer?

—Cállate.

—Esto sí tengo que fotografiarlo.

—Norton —dijimos Joseph y yo al mismo tiempo.

Leonardo nos miró.

—Cada día dais más miedo.

Marina soltó una risa.

Yo miré a Joseph.

—No disfrute esto.

—No estoy disfrutando.

Mentiroso.

A media mañana cambió el ambiente.

Sin gritos.

Sin descubrimiento espectacular.

Marina estaba revisando muestras cuando levantó la cabeza.

—Joseph.

Nos acercamos.

Sobre una bandeja había un fragmento pequeño.

Cerámica negra.

Una incisión.

Una línea curva.

Otra cruzándola.

Nada extraordinario.

Excepto que mi cuerpo reaccionó antes que mi memoria.

Me quedé mirándolo.

—Espera.

Marina volvió la bandeja un poco.

—¿Qué?

No respondí.

Lo conocía.

No exactamente.

Pero...

Mi cabeza empezó a recorrer imágenes.

Informes.

Inventarios.

Fotografías.

Kallpa.

El pecho se me cerró.

No.

Tal vez.

—Lova.

La voz de Marina me sacó.

—¿Estás bien?

—Sí.

Joseph me estaba mirando.

No el fragmento.

A mí.

—Lo reconoce.

No era una pregunta.

—Creo que sí.

—¿De dónde?

Tardé demasiado.

—No estoy segura.

Era verdad.

O quería que lo fuera.

Me acerqué un poco más.

—Déjame verlo mejor.

Marina acercó la bandeja.

No toqué la pieza.

La marca estaba allí.

Familiar.

Demasiado.

—Puede que esté equivocada.

Joseph no respondió.

Esperó.

Eso me ayudó.

—Creo que vi un motivo parecido en documentación de Kallpa.

Se hizo silencio.

Leonardo dejó de moverse.

Marina me miró.

Joseph fue el único que no cambió.

—Parecido no significa relacionado —dijo.

—Lo sé.

—Entonces no adelantamos conclusiones.

No me pidió calma, no aseguró que no fuera nada ni mencionó Kallpa otra vez.

Solo trató el dato como un dato.

La normalidad de aquello me sostuvo mejor que cualquier intento de consuelo.

—Buscaré la referencia cuando volvamos.

—Hágalo.

Nada más.

Seguimos trabajando.

Pero la pieza se quedó dentro de mi cabeza.

Durante el almuerzo apenas hablé.

Leonardo lo notó.

Por supuesto.

—Estás rara.

—Gracias.

—No era un insulto.

—Contigo nunca se sabe.

Se sentó a mi lado.

—¿Kallpa?

Miré hacia Joseph.

Estaba hablando con Marina.

O fingía no escuchar.

—Puede no ser nada.

Leonardo asintió.

—Entonces no lo conviertas en algo todavía.

—¿Desde cuándo das buenos consejos?

—Tengo momentos.

—Muy pocos.

—Por eso debes apreciarlos.

Sonreí.

Solo un poco.

Me dio un golpe suave con el hombro.

—No dejes que una cerámica te arruine el día.

—Soy arqueóloga. Ese es literalmente mi trabajo.

—Cierto.

Se quedó conmigo.

Sin bromas.

Y eso también me gustó.

Por la tarde no excavamos más.

Documentación.

Joseph no cedió.

Yo protesté.

Joseph siguió sin ceder.

El universo recuperó el equilibrio.

Cuando terminamos, los demás empezaron a bajar.

Yo me quedé guardando material.

Joseph seguía con los registros.

—¿Necesita ayuda?

—No.

—Eso sonó falso.

—Puedo hacerlo.

—No pregunté si puede.

Levantó la vista.

—Está aprendiendo.

—De los peores.

Cogí una caja.

—¿Dónde?

Señaló el vehículo.

Caminamos.

El sendero estaba casi vacío.

—Sobre la marca —dijo.

Sabía que llegaría.

—¿Qué pasa?

—Cuando revise Kallpa, no lo haga sola.

Me detuve.

Joseph también.

—¿Perdón?

—Si encuentra coincidencias, tráigalas al equipo.

—Sé cómo funciona una investigación.

—No me refería a eso.

—Entonces ¿a qué?

Joseph me sostuvo la mirada.

—A que no cargue sola con la interpretación.

Algo dentro de mí se tensó.

—No necesito que me proteja.

—No dije eso.

—Se parece bastante.

Joseph respiró.

—Entonces me expliqué mal.

Eso me hizo callar.

Porque Joseph Baker no solía retroceder de una frase.

—Lo que intento decir —continuó— es que una coincidencia puede significar diez cosas distintas. Si revisa esos archivos sola, sabiendo lo que pasó en Kallpa, va a intentar encontrar una respuesta antes de tener suficientes datos.

—¿Está diciendo que no puedo ser objetiva?

—Estoy diciendo que es humana.

No sabía qué hacer con aquello.

Una parte de mí quería enfadarse.

Otra entendía perfectamente lo que estaba intentando decir.

—Eso ha sido peligrosamente sensato.

—Ocurre ocasionalmente.

—Muy poco.

—Por eso debería aprovecharlo.

Me quedé mirándolo.

—Eso mismo me dijo Leonardo hoy.

Joseph pareció verdaderamente ofendido.

—Retiro todo.

Me reí.

La tensión cedió.

Un poco.

—Lo revisaré con calma.

—Bien.

Seguimos caminando.

—Baker.

—¿Sí?

—Gracias.

No preguntó por qué.

También importó.

Aquella noche no llamé a Gabriel.

No por desconfianza ni porque ocultara algo.

Estaba cansada.

Me senté frente al portátil con una taza de té y abrí una carpeta que llevaba años evitando.

KALLPA.

Solo verla me produjo la presión conocida en el pecho.

Respiré.

Abrí.

Fotografías.

Informes.

Inventarios.

Motivos decorativos.

Cerámica.

Pasaron veinte minutos.

Treinta.

Nada.

Entonces apareció.

Una fotografía.

La amplié.

Me incliné hacia la pantalla.

No era idéntico.

Pero era demasiado parecido para ignorarlo.

La curva.

La línea transversal.

El tipo de incisión.

Mi corazón aceleró.

No significaba nada todavía.

Podía ser un patrón compartido.

Intercambio cultural.

Cronología común.

Coincidencia.

Cien posibilidades.

No una respuesta.

Evidencia.

Necesitábamos evidencia.

Cerré el portátil.

No iba a seguir sola.

Joseph tenía razón.

Qué asco.

Llamaron a la puerta.

Miré la hora.

Casi las diez.

—¿Sí?

—Soy yo.

Lana.

Abrí.

Entró con una botella de vino en una mano y dos bolsas de comida en la otra.

—He decidido que trabajas demasiado.

—Conoces a tu hermano.

—Precisamente por eso he venido preparada.

Levantó el vino.

—Intervención.

Me aparté.

—Te quiero.

—Lo sé.

Dejó las bolsas sobre la mesa.

—Ahora come y explícame por qué tienes cara de haber encontrado una momia en el baño.

Me reí.

No mucho.

Pero suficiente.

—No es una momia.

—Excelente. Estamos mejor de lo esperado.

Nos sentamos.

Durante unos minutos hablamos de cualquier cosa menos Kallpa.

Leonardo.

Mi maleta.

El gusto criminal de Lana para elegir vino barato.

Y poco a poco el pecho dejó de dolerme.

La marca seguía allí.

La pregunta también.

Pero ya no estaba sola con ella.

Y quizá esa fuera la primera diferencia importante.