Desterrando problemas CAPÍTULO 5Personas peligrosas
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CAPÍTULO 5Personas peligrosas

Personas peligrosas

Hay personas que entran en una habitación y consiguen llamar la atención sin hacer absolutamente nada.

Víctor Salazar era una de ellas.

Joseph también.

La diferencia era que Víctor parecía disfrutarlo.

Joseph parecía considerarlo una molestia logística.

Lo descubrí dos días después, cuando Marina apareció junto a mi mesa con una carpeta contra el pecho.

—Te necesitan arriba.

Levanté la cabeza.

—Eso suena a castigo.

—Puede ser.

—¿Quién?

—Baker.

Claro.

—¿Qué hice?

Marina sonrió.

—Todavía nada.

Peor todavía.

✦  ✦  ✦

La sala de reuniones estaba en el segundo piso.

Joseph estaba de pie frente a una pantalla con un plano de Aukani proyectado detrás.

Víctor Salazar ocupaba uno de los extremos de la mesa.

También había dos representantes del Instituto, Marina y un hombre que no conocía y llevaba un traje demasiado caro para alguien que pretendía tener interés genuino por la tierra.

Joseph levantó la vista cuando entré.

—Doctora Montblack.

Me detuve.

—¿Hemos recuperado el “doctora”?

—Estamos en una reunión institucional.

—Ah. Protocolo social.

Víctor sonrió.

—Empiezo a comprender por qué Gabriel habla tanto de usted.

Me giré hacia él.

—Eso puede ser un cumplido o una amenaza.

—Depende del día.

Joseph dejó el bolígrafo sobre la mesa.

Un poco más despacio de lo necesario.

Lo vi.

No sabía qué significaba.

Me interesó.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Joseph señaló el plano.

—Quieren adelantar el acceso institucional al sector C.

Miré al hombre del traje.

—¿Quiénes?

Él respondió:

—Representantes del Ministerio, patrocinadores y prensa seleccionada.

—No.

Marina bajó la cabeza.

Víctor levantó una ceja.

Joseph cruzó los brazos.

—Eso dije yo.

—Entonces ¿por qué me han hecho subir dos pisos?

—Salazar considera que su experiencia puede aportar contexto.

Víctor apoyó las manos sobre la mesa.

—Ha trabajado en proyectos con mucha exposición pública.

Kallpa.

No dijo la palabra; no hacía falta.

—Sí.

—Sabe lo importante que puede ser comunicar bien un hallazgo.

—También sé lo rápido que una mala comunicación puede convertir una hipótesis en una verdad pública antes de que exista evidencia.

Joseph me miró.

No con sorpresa.

Más bien con ese interés que empezaba a reconocer.

El hombre del traje intervino.

—No estamos hablando de acceso libre.

—No importa.

—Doctora Montblack—

—Si alguien fotografía una estructura antes de que sepamos qué estamos viendo, mañana tendremos veinte titulares explicando algo que nosotros todavía no entendemos.

Joseph bajó la cabeza.

No supe si estaba escondiendo una sonrisa o evitando decir “se lo dije”.

Víctor, en cambio, sí sonrió.

—Gabriel tenía razón.

Eso sí me desconcentró.

—¿Sobre qué?

—Sobre que usted no se quedaría callada.

—No suele ser una de mis virtudes.

—Yo diría que sí.

Joseph intervino.

—El sector seguirá cerrado.

El hombre del traje suspiró.

—Baker—

—No.

Ahí estaba.

Ese no.

Limpio.

Final.

Y por alguna razón me dio ganas de reír.

No lo hice.

Madurez.

La reunión terminó quince minutos después.

Cuando todos empezaron a salir, Víctor se acercó a mí.

—¿Gabriel sigue en Lima esta semana?

—Hasta donde sé.

—Dígale que me llame cuando pueda. Tenemos un asunto pendiente.

Nada raro.

Gabriel conocía a medio mundo relacionado con proyectos patrimoniales y Salazar financiaba suficientes cosas como para tener “asuntos pendientes” con medio continente.

Aun así, Joseph apareció a mi lado antes de que pudiera responder.

No se interpuso porque no hizo falta.

—¿Ya terminaron? —preguntó.

Víctor lo miró.

—Sí.

Después volvió a mí.

—Nos veremos, doctora Montblack.

—Seguro.

Cuando se marchó, me giré hacia Joseph.

—¿Eso fue territorial?

Joseph frunció el ceño.

—¿Qué?

—Nada.

—Su nada tiene cara.

Lo señalé.

—Está abusando de esa frase.

—Me resulta útil.

—Entonces empiezo a cobrar derechos.

—Presente factura.

Sonreí.

Después se me ocurrió algo.

—Gracias.

Joseph dejó de bromear.

—¿Por qué?

—Por no usar Kallpa ahí dentro.

La ligereza desapareció apenas de su expresión.

Muy poco.

—No tenía relación con la discusión.

—A mucha gente eso nunca le ha impedido sacarlo.

Joseph me sostuvo la mirada.

—Aquí sí.

Dos palabras.

Sencillas.

Sin pena.

Sin discurso.

Eso me afectó más de lo razonable.

Así que hice lo que cualquier persona emocionalmente madura habría hecho.

Me fui.

✦  ✦  ✦

Lana me encontró una hora después en una cafetería.

O quizá yo la encontré a ella.

En cualquier caso, terminó frente a mí con un café enorme y una sonrisa sospechosa.

—Te gusta mi hermano.

Casi me atraganto.

—Buenos días para ti también.

—Es mediodía.

—Entonces empeora.

—Lova.

—No.

—Llevas diez minutos hablando de él.

—Estoy hablando de trabajo.

—Has dicho “Joseph” siete veces.

—Porque dirige el proyecto.

—Has dicho “Baker” cuatro.

—Porque también es su apellido.

Lana bebió café.

—Y has imitado su cara dos veces.

Me quedé quieta.

—No he imitado su cara.

Ella arqueó una ceja.

—Acabas de hacerlo otra vez.

La odiaba.

—No me gusta.

—No he dicho que estés enamorada.

—Tampoco estoy interesada.

—Eso tampoco lo dije.

—Pero lo pensaste.

—Ahora sí.

Me dejé caer contra el respaldo.

—Es insoportable.

—Sí.

—Controlador.

—Muchísimo.

—Cree que siempre tiene razón.

—Normalmente la tiene.

—No ayudas.

Lana sonrió.

—Él habla de ti.

Eso me incorporó.

Error.

Muy evidente.

—¿Qué dice?

Su sonrisa se volvió horrible.

—Nada.

—Lana.

—Que eres buena.

La frase me alcanzó de lleno.

—¿Eso dijo?

—Más o menos.

—¿Qué significa más o menos?

—Que ves cosas que otros pasan por alto.

Miré mi café.

Era profesional.

Una valoración.

Nada más.

Y aun así apareció una pequeña satisfacción ridícula en el pecho.

—También dijo que eres agotadora.

Ahí estaba.

El equilibrio natural del universo.

—Eso sí suena más a él.

—Y que discutes todo.

—Mentira.

Lana me miró.

—Acabas de discutirlo.

Mierda.

✦  ✦  ✦

El georradar llegó esa misma tarde.

Antes de lo previsto.

Eso mejoró inmediatamente mi opinión sobre la humanidad.

Marcamos la zona.

Primera pasada.

Segunda.

Tercera.

La anomalía apareció en pantalla.

Una línea clara.

Después otra, perpendicular.

Me incliné hacia el monitor.

—Eso no es erosión.

El técnico negó.

—No lo parece.

Joseph estaba a mi lado.

—Otra pasada.

La hicimos.

La forma seguía allí.

—Hay algo —dijo el técnico.

—¿Estructura? —pregunté.

—Podría.

Joseph giró la cabeza hacia mí.

—Evidencia.

Sonreí.

—Todavía no.

—Aprende.

—No se acostumbre.

—Demasiado tarde.

La respuesta salió tan rápido que ambos nos quedamos un segundo en silencio.

Leonardo, a unos metros, levantó la cabeza como un depredador que hubiera olido sangre.

—¿Qué?

—Nada —dijimos Joseph y yo al mismo tiempo.

Leonardo sonrió.

—Eso ha sido precioso.

—Trabaja —dijo Joseph.

—Estoy documentando dinámicas del equipo.

—Documenta lejos.

Seguimos hasta que la luz empezó a caer.

No podíamos abrir todavía.

Registro.

Permisos.

Planificación.

Todas esas cosas aburridas que existen entre encontrar algo y poder tocarlo.

Joseph cerró la carpeta.

—Mañana.

—Podríamos empezar hoy.

—No.

—Quedan horas de luz.

—No.

—Solo una ventana pequeña.

—Montblack.

—Un metro.

—No.

—Cincuenta centímetros.

—¿Está negociando una excavación como si comprara pescado?

—¿Está funcionando?

—No.

—Entonces necesito mejorar la técnica.

—Mañana.

Suspiré.

—Mañana.

Guardó los planos.

Yo seguí mirando la zona marcada.

—¿Qué cree que es?

—No sé.

—Sí cree algo.

—Creer y saber son cosas distintas.

—Eso ya lo sé.

—Entonces espere.

Me giré.

—¿Usted sabe esperar?

—Cuando merece la pena.

La frase quedó entre nosotros.

Un segundo.

Dos.

No sabía si había cambiado su voz o si el problema era mío.

Probablemente mío.

Mi cerebro estaba desarrollando conductas poco profesionales.

—Eso ha sonado sospechosamente profundo.

Joseph parpadeó.

La tensión desapareció.

Mucho mejor.

—Tiene una habilidad especial para arruinar momentos.

—Es uno de mis talentos.

—Ya lo había notado.

Cuando el resto empezó a guardar equipo, Leonardo apareció con una botella de agua.

—Te está mirando.

No levanté la vista.

—¿Quién?

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Sabes perfectamente quién.

—Hay muchas personas aquí.

—Claro. Y muchas de ellas se llaman Joseph Baker.

Cogí la botella.

—No me está mirando.

Leonardo miró por encima de mi hombro.

—Ahora no.

—Idiota.

—¿Quieres saber algo interesante?

—No.

—Está celoso de Salazar.

Giré.

—¿Qué?

Leonardo levantó las manos.

—No de forma romántica.

—Entonces ¿por qué lo dices así?

—Porque es más divertido.

—Voy a enterrarte aquí.

—Sería temáticamente coherente.

Me alejé.

Leonardo me siguió.

—Joseph no confía en él.

Eso sí consiguió que redujera el paso.

—¿Por qué?

—Dinero. Presión política. Acceso. Las cosas habituales que hacen feliz a un arqueólogo.

—¿Hay algo concreto?

—Si lo hubiera, Joseph ya habría hecho un informe de ciento ochenta páginas.

—Treinta y ocho.

—Eso era seducción.

Me reí.

—No vuelvas a decir eso.

—No prometo nada.

Cuando regresamos a Qhantiy, Joseph y yo terminamos caminando desde el aparcamiento hasta el Instituto para dejar documentación.

No era una cita.

Ni remotamente.

Éramos dos personas transportando carpetas.

Muy romántico.

—¿Salazar le incomoda? —pregunté.

Joseph no respondió enseguida.

—No me gusta cuando alguien que financia investigación empieza a comportarse como si financiara propiedad.

Eso sí me gustó.

—¿Eso fue diplomático?

—Muchísimo.

—Estoy impresionada.

—No parece.

—Porque sigo recuperándome.

Joseph sostuvo la puerta del Instituto para que pasara.

Entré.

—¿Y Gabriel?

—¿Qué pasa con él?

—Salazar lo conoce bien.

—Mucha gente conoce a Gabriel.

—Sí.

Nada más.

Pero el tono me hizo girarme.

—¿Está intentando decirme algo?

—No.

—Ese no tenía cara.

Joseph suspiró.

—Solo pregunto cuánto sabe usted de esa relación profesional.

—Lo normal.

—¿Qué es normal?

—Congresos. Financiación. Proyectos.

—Bien.

—¿Bien?

—Bien.

—Qué conversación tan útil.

Joseph siguió caminando.

—No quiero decir algo sin evidencia.

Ahí estaba otra vez.

—Entonces no lo diga.

—Exactamente.

Me molestó.

Porque tenía razón.

Y porque una parte de mí quería saber de todas formas.

Esa noche llamé a Gabriel.

—Vi a Salazar.

Hubo una pausa mínima.

—¿Ah, sí?

—Quiere que lo llames.

—Claro.

Demasiado normal.

—¿Sabías que estaría aquí?

—Es uno de los financiadores, Lova.

—Ya.

—¿Pasó algo?

—Nada.

Miré por la ventana.

—Joseph no confía mucho en él.

Gabriel se rio.

—Baker no confía mucho en nadie.

—Eso no es verdad.

Lo defendí demasiado rápido.

Silencio al otro lado.

—¿No?

Mierda.

—Quiero decir que confía en el equipo.

—Claro.

Ese “claro” sonó exactamente como el de Lana.

Todo el mundo era insoportable.

—También dijo algo bueno de mi trabajo.

Gabriel volvió a reír.

—Ah.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Ese sonido.

—Te importa.

—Es mi director.

—Lova.

—¿Qué?

—Te importa que Baker piense que eres buena.

No respondí.

Porque sí.

Y no quería analizar por qué.

Gabriel bajó un poco la voz.

—Eso también es bueno.

—¿Qué cosa?

—Que vuelvas a querer que alguien valore tu trabajo.

La frase me desarmó.

Ahí estaba.

Otra vez sabía exactamente qué decir.

—No tienes que seguir agradeciéndome Aukani —añadió.

—Lo sé.

—Entonces deja de hacerlo.

—Mandón.

—Aprendiste de Baker.

—Cuelgo.

Gabriel se rio.

—Buenas noches, Lova.

—Buenas noches.

Colgué sonriendo.

No sospeché nada.

Todavía.

A las diez y diecisiete llegó un mensaje de Joseph.

Mañana 06:30.

Respondí:

¿Eso es legal?

Sí.

Fuente.

Yo.

Me reí.

Eso no es una fuente fiable.

Tardó unos segundos.

Entonces llegue tarde y compruébelo.

Sonreí.

¿Me está provocando?

¿Está funcionando?

Ah.

El desgraciado.

No.

La respuesta llegó enseguida.

Su no tiene cara.

Me quedé mirando la pantalla.

Joseph Baker acababa de utilizar mi propia estupidez contra mí.

Y lo peor no era eso.

Lo peor era que podía imaginar perfectamente la expresión que tendría mientras escribía.

Apagué el teléfono.

Mañana íbamos a abrir la anomalía.

Eso debería haber sido lo único importante.

No lo era.

Y empezaba a tener la incómoda sospecha de que Aukani no era la única cosa que estaba excavando demasiado deprisa.