CAPÍTULO 4Seis veintinueve #2
—Cuarenta y dos grados.
—Cuarenta y uno y medio.
—Qué hombre insoportable.
—Preciso.
—Obsesivo.
—Preciso.
—Necesita sinónimos.
—No.
Me reí.
Y continuamos.
No necesitaba explicar por qué quería una fotografía.
La tenía en la mano antes de terminar de pedirla.
Él encontraba una variación.
Yo entendía por qué importaba.
Nos interrumpíamos.
Nos corregíamos.
Y, extrañamente, funcionaba.
Demasiado bien.
En algún momento dejé de escuchar lo que Joseph decía.
No porque fuera aburrido.
Porque mi cabeza se había ido a otro sitio.
A Kallpa.
A lo fácil que también había sido trabajar con Gabriel al principio.
A lo mucho que había confiado en no tener que revisar cada cosa dos veces.
Al momento exacto en que todo dejó de ser fácil.
—Está lejos otra vez.
Levanté la cabeza.
—Estoy aquí.
—No físicamente.
Eso me sorprendió.
—¿Ahora analiza personas?
Joseph siguió organizando las fotografías.
—Cuando se quedan quietas suficiente tiempo.
Parpadeé.
—Eso lo dije yo.
—Lo sé.
—Me está robando frases.
—Colaboración académica.
—Eso requiere cita.
—Puedo incluirla en agradecimientos.
—Ni hablar. Coautoría.
Joseph soltó una risa.
—Por una frase.
—Mi propiedad intelectual es extraordinariamente valiosa.
—Discutible.
—Ya no me cae bien.
Joseph levantó la vista.
—¿Le caía bien?
Mierda.
Técnicamente, no había dicho eso.
—Era una expresión.
—Claro.
—No haga ese “claro”.
—¿Qué claro?
—Ese.
—No sabía que había categorías.
—Hay muchas.
—Necesitaré el protocolo.
—Treinta y ocho páginas.
—Eso suena excesivo.
Me quedé mirándolo.
—Acaba de hacer una broma sobre su propio protocolo.
—No puede demostrarlo.
—Oh, sí puedo.
Su sonrisa lo traicionó.
—Evidencia —dije.
—Circunstancial.
—Pero acumulativa.
—Peligroso.
—Para usted.
A las ocho llegaron los demás.
Leonardo fue el primero en aparecer.
Nos vio trabajando.
Miró el equipo.
Después a Joseph.
Después a mí.
—Qué bonito.
Cerré los ojos.
—No.
—No he dicho nada.
—Lo está pensando demasiado fuerte.
—Solo decía que parece una escena muy doméstica.
Joseph siguió escribiendo.
—Son las ocho de la mañana, Norton.
—Precisamente.
—Trabaja.
Leonardo levantó la cámara.
—Estoy trabajando.
Joseph miró el dispositivo.
—Está apagada.
Leonardo bajó la vista.
La encendió.
—Ahora sí.
Marina llegó detrás.
—¿Encontraron algo?
Le tendí la fotografía.
—Tal vez.
Joseph levantó la cabeza.
—Hipótesis.
—Todavía sin evidencia suficiente.
Asintió.
Solo eso.
Pero había aprobación.
La reconocí.
Y ahí estaba el problema.
Empezaba a reconocer demasiadas cosas en Joseph.
A media mañana intenté alcanzar una caja situada en una estantería alta.
Intenté.
Esa palabra será importante para mi defensa.
Había un pequeño banco de madera.
Me subí.
—No.
Me quedé con un brazo extendido.
Joseph.
Naturalmente.
—¿No qué?
—No se suba ahí.
Miré abajo.
—Estoy a veinte centímetros del suelo.
—El banco está cojo.
Moví ligeramente el pie.
El banco tambaleó.
Ah.
—Parece un defecto de fabricación.
Joseph dejó unos planos.
—Baje.
—Puedo coger la caja.
—Eso no está en discusión.
—Claro que está en discusión. Estamos discutiendo.
Marina pasó cerca.
—No voy a mediar.
—Nadie te lo pidió —dije.
—Todavía.
Joseph extendió una mano.
—Baje.
—¿Y va a cogerla usted?
—Sí.
—Muy tradicional.
—¿Qué?
—El hombre alto rescatando a la mujer baja de una estantería.
—Mide uno setenta.
—Uno sesenta y ocho.
—Está empeorando su propio argumento.
—Desde aquí parecen dos centímetros importantes.
El banco crujió.
Joseph levantó ambas cejas.
Bajé.
—Por decisión propia.
—Naturalmente.
Se subió y cogió la caja con una facilidad ofensiva.
Se la quité.
—Gracias.
—De nada.
—Podía hacerlo sola.
—La estaba viendo.
—Qué desagradable trabajar con testigos.
—Para usted especialmente.
Durante el almuerzo acabé sentada entre Marina y Leonardo.
Joseph enfrente.
No sabía si era casualidad.
Con Leonardo cerca, nunca asumía casualidad.
—Necesito saber una cosa —dijo.
—No —respondió Joseph.
—Ni siquiera pregunté.
—No hace falta.
Leonardo me miró.
—¿Ves cómo me trata?
—Lo veo sufrir desde que llegué.
Joseph levantó la cabeza.
—Usted tampoco es una víctima.
—Nunca dije que lo fuera.
—Lo insinúa bastante.
—Es parte de mi encanto.
Leonardo me señaló con el tenedor.
—Eso.
Joseph lo miró.
—¿Eso qué?
—Esto que pasa.
—No está pasando nada.
—Yo tampoco dije qué estaba pasando.
Joseph dejó el tenedor.
—Norton.
—Como quieras.
Marina suspiró.
—¿Podemos comer como adultos?
Los tres la miramos.
—No —respondimos casi juntos.
Marina cerró los ojos.
—Debí estudiar contabilidad.
La conversación terminó derivando hacia antiguas campañas.
Un profesor insoportable.
Una excavación donde Leonardo cayó dentro de una zanja.
Y finalmente:
—Joseph también perdió una maleta una vez —dijo Leonardo.
Me giré.
—¿Qué?
Joseph cerró los ojos.
—No la perdí.
—La aerolínea.
Me llevé una mano al pecho.
—Baker.
—No empiece.
—¿Y tuvo el valor de juzgar mi situación?
—Nunca la juzgué.
Leonardo dejó de comer.
—¿Qué le dijiste?
Joseph ignoró la pregunta.
—Me envió treinta y ocho páginas de protocolo después de que perdieran mi equipaje.
Leonardo empezó a reír.
—No veo la relación.
—Exactamente.
—Necesitaba leerlas.
—¡No tenía pantalones!
Marina casi se atragantó.
Joseph me miró con absoluta seriedad.
—El protocolo no requiere pantalones específicos.
Leonardo dejó caer el tenedor.
—No puedo creer que hayas dicho eso.
Yo me quedé mirando a Joseph.
Él intentó mantener la cara seria.
Fracasó.
—Acaba de hacer otro chiste.
—No.
—¡Dos en un día!
—Está imaginando cosas.
—Marina es testigo.
Marina levantó las manos.
—No quiero responsabilidad legal.
Leonardo seguía riéndose.
Y Joseph también.
Mucho menos.
Pero suficiente.
Lo observé un segundo más.
Cada vez resultaba más difícil recordar por qué Lana había descrito a su hermano como una puerta cerrada.
Tal vez la puerta no estaba cerrada.
Tal vez simplemente no se abría para cualquiera.
No sabía por qué pensé eso.
Tampoco por qué me gustó.
Después de comer regresamos al sector.
La alineación seguía molestándome.
Una ligera depresión parecía continuar en la misma dirección.
Joseph estuvo varios minutos observándola.
—Voy a adelantar el georradar.
—¿Por esto?
—Sí.
Intenté disimular mi satisfacción.
—Creía que era una hipótesis.
—Lo es.
—Pero suficientemente buena como para cambiar el calendario.
Joseph me sostuvo la mirada.
—Sí.
Ah.
Eso.
Más peligroso que un cumplido.
—No ponga esa cara —dijo.
—¿Qué cara?
—La de quien acaba de ganar algo.
—No he ganado nada.
—Exactamente.
—Me acaba de quitar la victoria.
—Nunca existió.
—Trabajar con usted es agotador.
Joseph volvió al terreno.
—Y sigue haciéndolo.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Lo miré.
Él no.
Muy interesante.
De regreso a Qhantiy estaba destruida.
Me apoyé contra el asiento.
Solo para descansar los ojos.
Eso es importante.
No dormí.
—Puede reclinarlo.
Abrí un ojo.
—No estoy dormida.
—Claro.
—Descanso la vista.
—Durante veinte minutos.
Abrí ambos.
—¿Me estaba cronometrando?
—No.
—Mentira.
Joseph siguió conduciendo.
—Ronca un poco.
Me incorporé.
—¿Qué?
La comisura de su boca se movió.
—Broma.
Lo miré.
Horrorizada.
—Ha hecho una broma.
—No.
—Sí.
—No puede probarlo.
—Necesito grabar esto.
Busqué el teléfono.
Joseph empezó a reír.
De verdad.
Sin esconderlo.
Una risa grave, abierta, completamente distinta a sus pequeñas sonrisas de los últimos días.
Me quedé mirándolo.
Error.
Porque riéndose parecía menos controlado.
Más joven.
Más vivo.
Y bastante más atractivo de lo que mi estabilidad laboral necesitaba.
Joseph notó mi mirada.
—¿Qué?
—Nada.
—No le creo ni un poco.
Dios.
—Ya lo hace a propósito.
Volvió a reír.
—No sé de qué habla.
—Claro que lo sabe.
—Evidencia.
—Le odio.
—No.
Me quedé callada.
Él también.
Ah.
Ese no había sonado como una broma.
Miré por la ventana.
Por seguridad.
Esa noche hablé con Gabriel.
No por mensajes interminables.
Lo llamé mientras me quitaba las botas.
—¿Sobreviviste? —preguntó.
—Con daños importantes a mi dignidad.
—Entonces fue un buen día.
—Encontramos una posible alineación.
—¿Encontramos?
—Baker y yo.
Hubo una pausa mínima.
—¿Ya sois Baker y tú?
—No empieces.
Gabriel se rio.
—Solo pregunto.
—Trabajamos bien juntos.
Decirlo en voz alta me resultó extrañamente íntimo.
Gabriel tardó un segundo.
—Eso es bueno, Lova.
Me senté en la cama.
—Sí.
—Sabía que necesitabas volver al campo.
No respondí.
—Estoy orgulloso de ti.
Cerré los ojos.
Todavía sabía exactamente dónde tocar.
—Gracias.
—Disfrútalo.
—Lo intento.
Nos despedimos poco después.
No pensé nada raro de la llamada.
Todavía no tenía motivos.
Antes de dormir llegó la confirmación:
el georradar estaría disponible el viernes.
Sonreí.
Un mensaje de Joseph apareció después.
Descanse. Mañana empezamos temprano.
Lo miré.
Dos días antes habría respondido algo irritante.
Estuve a punto.
En cambio escribí:
¿Eso es una orden?
La respuesta apareció enseguida.
Sí.
Sonreí.
Qué hombre tan autoritario.
Tres puntos.
Después:
Seis y media. Esta vez intente conocer el concepto.
Abrí la boca.
Maldito.
Escribí:
Seis veintinueve.
Joseph:
Ahora sí tiene evidencia de que no aprende.
Me reí sola en la habitación.
Y ese fue el momento en que debería haberme preocupado.
No porque Joseph Baker me gustara.
Todavía no estaba preparada para semejante acusación.
Pero empezaba a esperar sus respuestas.
Y eso era bastante más difícil de explicar.