CAPÍTULO 4Seis veintinueve
Seis veintinueve
A las seis y veintisiete de la mañana estaba frente al Hotel Inti con un café en una mano y una cantidad absurda de satisfacción en la otra.
No porque me gustara madrugar.
Quiero dejar eso claro.
La gente que afirma disfrutar del amanecer probablemente duerme una siesta después y omite estratégicamente esa parte de la información.
Yo estaba allí por principios.
Joseph había dicho seis y media.
Yo había prometido seis veintinueve.
Miré el reloj.
06:28.
Maravilloso.
Tomás todavía no había llegado.
La satisfacción me duró poco.
Miré la calle.
Vacía.
Volví al reloj.
06:28 y treinta y siete segundos.
—No.
No iba a llegar tarde después de haber convertido la puntualidad en una competición que solo existía en mi cabeza.
Sería darle una victoria.
Pequeña.
Ridícula.
Pero victoria.
Llamé a Tomás.
Contestó al segundo tono.
—Buenos días.
Demasiado tranquilo.
—Tomás.
—Lovania.
—¿Dónde estás?
—¿Ahora mismo?
—Preferiblemente.
—En mi cama.
Cerré los ojos.
—Excelente.
—Hoy no me pediste transporte.
Ah.
Correcto.
Técnicamente, tenía razón.
—No importa.
—¿Problema?
Miré la cuesta que llevaba al Instituto.
—Ninguno.
—Eso ha sonado bastante a problema.
—Lo tengo controlado.
Colgué.
A las seis y veintinueve empecé a subir corriendo.
✦ ✦ ✦
Llegué a las seis treinta y cuatro.
Mi dignidad llegó aproximadamente tres minutos después.
Joseph estaba apoyado contra el todoterreno con los brazos cruzados.
Esperándome.
Por supuesto.
Ni siquiera parecía enfadado.
Peor todavía.
Reduje el paso para fingir que no acababa de ascender media ciudad como si me persiguiera un animal salvaje.
—Buenos días —dijo.
—No empiece.
—No he dicho nada.
—Su cara sí.
Joseph miró el reloj.
Yo bebí café.
—Cinco minutos.
—Cuatro.
—Cinco.
—Llegué a las treinta y cuatro.
—Ahora son las treinta y cinco.
—Eso no funciona así.
—Está aquí ahora.
—Entonces cuatro.
Su boca se movió.
—¿Se está riendo?
—No.
—Se está riendo por dentro.
—Suba al coche.
—Eso es una admisión.
Abrió la puerta.
—Montblack.
—Baker.
Me subí.
✦ ✦ ✦
Joseph arrancó.
—¿Algún problema?
—Ninguno.
—Su ninguno tiene cara.
Giré lentamente.
Joseph seguía mirando la carretera.
—No me copie.
—Considérelo aprendizaje observacional.
—Eso sigue siendo robar.
—Entonces cite la fuente.
Ah.
Bien.
Había venido preparado.
—Autor: Montblack. Año: hoy. Título: Frases que Joseph Baker no sabe usar correctamente.
—Editorial: nadie la publicaría.
—Eso ha sido personal.
—Metodológico.
—Peor.
Sonrió.
Pequeño.
Demasiado satisfecho consigo mismo.
Idiota.
Durante los primeros minutos no hablamos.
Y descubrí algo que no esperaba.
Joseph sabía estar en silencio.
No ese silencio incómodo en el que alguien empieza a comentar el tiempo porque teme que la ausencia de conversación sea síntoma de muerte social.
Silencio de verdad.
Cómodo.
Conducía.
Yo miraba por la ventana.
El sol empezaba a aparecer entre las montañas.
Era agradable.
Sospechosamente agradable.
Hasta que señaló mi vaso.
—Eso no es desayuno.
Ahí estaba.
—Buenos días para usted también.
—¿Desayunó?
—Sí.
—¿Qué?
—¿Esto también forma parte del protocolo?
—No.
—Entonces mi vida privada nutricional no es asunto suyo.
—No desayunó.
—Claro que desayuné.
Joseph señaló el café.
—Eso no cuenta.
—Depende de cuántos haya.
Soltó aire por la nariz.
—Hay comida atrás.
Me giré.
Una bolsa de papel descansaba sobre el asiento trasero.
—¿Eso es suyo?
—Era.
—¿Era?
—Ahora es suyo.
—¿Por qué?
—Porque ayer olvidó beber agua durante tres horas y hoy estaremos varias horas en altura.
—Marina habla demasiado.
—Marina no dijo nada.
Peor.
—¿Me estaba vigilando?
—Estaba trabajando.
—Y casualmente controlaba mi hidratación.
—Su botella seguía llena.
—Eso puede significar muchas cosas.
—Por ejemplo.
—Que tengo una relación emocional compleja con el agua.
Joseph me miró un segundo.
—Coma.
—Eso fue una orden.
—Sí.
—Al menos lo admite.
Cogí la bolsa.
Pan.
Fruta.
Un dulce.
Mordí el pan.
—Está bueno.
—Lo sé.
—Qué arrogancia para alguien que no lo cocinó.
—Conozco la panadería.
—Ah.
Seguí comiendo.
Después de unos segundos dije:
—Gracias.
Joseph no me miró.
—De nada.
Nada más.
Curiosamente, me gustó que no hiciera nada más.
✦ ✦ ✦
Llegamos al sendero cuando el sol ya había salido.
Joseph abrió el maletero y empezó a sacar equipo.
Cogí una mochila.
—Yo llevo esa.
—Ya lleva una.
—Tengo dos hombros.
—Información útil.
—No soy de cristal.
Joseph dejó la carpeta.
—Nunca dije que lo fuera.
—Su actitud.
—Otra vez mi actitud.
—Es muy expresiva.
—Curioso. Me habían dicho lo contrario.
—La gente no presta suficiente atención.
La frase salió sin pensar.
Joseph se quedó mirándome.
Solo un segundo.
Pero fue distinto.
Por una vez no hubo broma inmediata ni examen.
Solo él.
Y yo, de repente, demasiado consciente de lo que acababa de decir.
Me coloqué la mochila.
—Vamos.
Joseph no respondió.
Pero la expresión que llevaba cuando echó a andar me acompañó bastante más de lo necesario.
✦ ✦ ✦
Aukani era otra cosa tan temprano.
No había conversaciones.
Ni cámaras.
Ni ruido de herramientas.
Solo viento.
Piedra.
Y nuestras botas.
—¿Siempre viene antes que el equipo? —pregunté.
—Casi siempre.
—¿Por qué?
—Puedo pensar.
—¿El equipo no le deja?
—Norton no me deja.
Me reí.
—Eso sí me lo creo.
—Ayer estuvo cuarenta minutos intentando convencer a Marina de que un trípode podía utilizarse como perchero.
—¿Podía?
—No lo anime.
—No he dicho nada.
—Su cara sí.
Lo señalé.
—Eso era mío.
—Está empezando a obsesionarse con la autoría.
—Soy académica.
—Desgraciadamente.
—Qué encantador.
—Gracias.
Ah.
Lo había dicho a propósito.
Y lo sabía.
Llegamos al sector C.
Joseph retiró parte de la protección colocada la noche anterior.
Yo fui directamente hacia la línea que habíamos encontrado.
Seguía ahí.
Por supuesto.
Las líneas arqueológicas no suelen desaparecer durante la noche para complicarte emocionalmente.
Las personas sí.
—¿Qué quería enseñarme? —pregunté.
Joseph abrió una carpeta.
Fotografías impresas.
Antiguas.
Vegetación alta.
Piedra apenas visible.
Sedimento sin retirar.
—Primera prospección.
—¿Hace cuánto?
—Catorce años y ocho meses.
—Claro que sabe los meses.
—Es información relevante.
—Seguro también sabe los días.
No contestó.
Entrecerré los ojos.
—¿Los sabe?
—Mire la fotografía.
—Los sabe.
—Montblack.
Sonreí.
Victoria.
Cogí la imagen.
—¿Qué estoy buscando?
—Eso quiero que me diga.
—Otra prueba.
—Otra oportunidad de presumir.
Bien.
Ya sabía exactamente dónde golpear.
Observé la imagen.
Después el terreno.
Otra vez la fotografía.
Había una alineación.
Pequeña.
Incompleta.
—Aquí.
Joseph se acercó.
—Lo vi anoche.
—¿Después de la recepción?
—Sí.
—¿Duerme?
—A veces.
—Eso no es sano.
—Gracias, doctora.
—No soy ese tipo de doctora.
—Lo sé.
—Qué pena. Ya estaba preparando una intervención.
Volví a mirar.
Algo no encajaba.
—Espere.
Giré la fotografía.
Miré la montaña del fondo.
Después el terreno.
—La perspectiva está mal.
—No.
—Sí.
—La fotografía corresponde a este sector.
—No he dicho que no.
Me moví varios pasos.
Joseph me siguió.
—La cumbre.
Señalé.
—Aquí está desplazada.
Di otros dos pasos.
Volví a levantar la imagen.
No.
Uno más.
Ahí.
—Aquí.
Joseph se colocó detrás de mí para mirar desde el mismo ángulo.
Demasiado cerca.
No me tocaba.
Y ahí estaba lo peor.
Porque si me hubiera tocado, habría tenido algo concreto de lo que quejarme.
En cambio solo estaba ahí.
Calor.
Respiración.
Una mano apareciendo junto a mi hombro para señalar la fotografía.
Mi cuerpo decidió desarrollar una opinión.
Absolutamente innecesaria.
—Tiene razón —dijo.
Me giré.
Error.
Estaba más cerca de lo que había calculado.
Mucho.
Ninguno se movió.
Sus ojos bajaron apenas.
No a mi boca.
Probablemente.
Eso habría sido ridículo.
Seguramente estaba mirando la foto.
Que estaba casi pegada a mi pecho.
Excelente.
Mucho mejor.
Di un paso atrás.
—Lo sé.
Joseph arqueó una ceja.
—Qué humilde.
—Me adapto al equipo.
—Se nota.
Sonrió.
Y la tensión se deshizo lo suficiente para que mi sistema respiratorio recordara sus funciones.
La alineación estaba varios metros hacia un lateral.
El terreno no mostraba nada espectacular.
Tierra compactada.
Vegetación.
Piedra.
—¿Georradar? —pregunté.
—La próxima semana.
—Entonces no podemos tocarlo.
—No.
—La metodología es terriblemente enemiga de la diversión.
—La metodología evita que destruya aquello que intenta estudiar.
—Qué manera tan dramática de decirlo.
—Funciona.
Me agaché.
—No parece natural.
Joseph cruzó los brazos.
—Impaciente.
—No soy impaciente.
Me miró.
Ni siquiera necesitó hablar.
—Un poco.
—Mucho.
—No me conoce.
—Lleva diciéndome eso desde que llegó.
—Porque sigue actuando como si lo hiciera.
Joseph guardó silencio.
Después señaló el terreno.
—Vio algo que mi equipo lleva meses mirando.
No me esperaba el cambio.
—Solo vi la montaña.
—Exactamente.
—Podría haberlo visto cualquiera.
—Pero no lo hizo.
Mi primera reacción fue automática.
—Fue suerte.
Joseph frunció el ceño.
—No.
—Baker.
—No haga eso.
—¿Qué?
—Convertir algo que hizo bien en un accidente.
Me quedé inmóvil.
No sonaba a consuelo.
Ni a motivación.
Lo dijo con el mismo tono con el que habría corregido una datación incorrecta.
Como un dato.
—No estaba—
—Sí.
Lo miré.
Joseph sostuvo mi mirada.
Y por primera vez no sentí que estuviera tratando de decidir si era suficientemente buena.
Parecía molesto porque yo misma no lo hubiera decidido todavía.
Eso fue peor.
Muchísimo peor.
—¿Siempre discute los cumplidos? —preguntó.
—Eso no era un cumplido.
—Correcto.
—Entonces no.
—Está discutiéndolo ahora mismo.
—Porque está equivocado.
—Sobre algo que usted hizo.
—Sí.
Joseph sonrió.
—Impresionante.
—Trabajar conmigo es una experiencia.
—Eso empiezo a sospechar.
Pasamos casi una hora midiendo.
Sin excavar.
Comparando fotografías.
Ángulos.
Orientaciones.
Y ocurrió algo que empezaba a repetirse.
Trabajar con Joseph era muy fácil.
Hablar con Joseph podía ser agotador.
Pero trabajar...
—Tres centímetros.
—Cuatro.
Volvíamos a medir.
Cuatro.
No comentó nada.
Peor.
—No diga nada.
—No iba a hacerlo.
—Lo estaba pensando.
—Eso todavía no está regulado.
Le lancé una mirada.
Seguimos.