Desterrando problemas CAPÍTULO 3Aukani #2
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CAPÍTULO 3Aukani #2

—No pensaba hacerlo.

—Mentiroso.

Escuché su risa mientras se alejaba.

Sonreí otra vez.

Mierda.

✦  ✦  ✦

—Pausa.

Nadie discutió.

Eso ya empezaba a preocuparme.

Miré la hora.

Habían pasado casi tres horas.

Marina me pasó una botella.

—Bebe.

Miré la mía.

Casi llena.

—Ups.

—Primer día.

—No se lo digas a Joseph.

Marina miró detrás de mí.

—Creo que ya lo sabe.

Me giré.

Joseph estaba hablando con Daniel.

Como si hubiera sentido mi mirada, levantó la cabeza.

Señaló mi botella.

Luego hizo un gesto.

Bebe.

Lo miré.

Él esperó.

—Controlador —murmuré.

Marina estaba intentando no reírse.

Bebí.

Joseph asintió y regresó a la conversación.

—Eso fue inquietante.

—Te acostumbrarás.

—No quiero acostumbrarme.

—Claro.

Su tono decía exactamente lo contrario.

✦  ✦  ✦

Leonardo apareció con la cámara.

—Foto.

—No.

La hizo.

—Leonardo.

—Saliste bien.

—Eso no mejora el delito.

Intenté quitarle la cámara.

Se apartó.

—¡Agresión!

—Dame eso.

—¡Joseph!

—No metas a Joseph.

Tarde.

Joseph apareció.

—¿Qué pasa?

Leonardo se colocó detrás de él.

—Montblack intenta destruir patrimonio audiovisual.

—Me hizo una foto sin preguntar.

Joseph miró a Leonardo.

—Cámara.

Leonardo abrió la boca.

—No.

—Norton.

—Esto es abuso de poder.

Le entregó la cámara.

Joseph miró la fotografía.

Yo esperé.

Demasiado.

—Bueno.

—¿Bueno qué?

—La foto.

—¿Está bien?

Joseph levantó la mirada hacia mí.

—Sí.

No sé por qué la forma en que lo dijo me hizo sentir de pronto demasiado consciente de mi cara, del pelo recogido, de la tierra en la camiseta.

Molesto.

Leonardo señaló a Joseph.

—¿Ves? Buenísima.

Joseph le devolvió la cámara.

—Pregunta la próxima vez.

Leonardo puso cara de traición.

—Tú antes eras divertido.

—Nunca.

—Eso sí es mentira —dije.

—¿Ahora me conoce?

—Estoy recopilando evidencia.

—¿Y cuál es su hipótesis?

—Que debajo de todo ese protocolo hay una persona.

Leonardo hizo un sonido exagerado.

Joseph ni lo miró.

—Siga investigando.

Ah.

Muy bien.

—Eso pienso hacer.

Nuestros ojos se quedaron enganchados un segundo más de la cuenta.

Leonardo lo notó.

Por supuesto que lo notó.

—Voy a alejarme lentamente.

—Norton —dijimos los dos.

Se rio mientras se iba.

✦  ✦  ✦

Cerca del mediodía apareció la línea.

Nada espectacular.

Nada que pudiera colocarse en una vitrina.

Una diferencia en el sedimento.

Con eso bastaba.

Me quedé mirándola.

—Joseph.

Se acercó enseguida.

—¿Qué vio?

—Aquí.

Se agachó junto a mí.

—¿Está segura?

—No.

—Bien.

Fruncí el ceño.

—¿Bien?

—Sí.

—Eso ha sonado extraño.

—La gente peligrosa está demasiado segura demasiado rápido.

Me gustó la frase.

Más de lo que debería.

—Entonces soy inofensiva.

—No iría tan lejos.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Llegó tarde. Ya lo acepté como tal.

Señalé el cambio.

—Puede ser un corte.

—O natural.

—Sí.

—¿Qué haría?

Lo pensé.

No esperaba una respuesta automática.

También me gustó.

—Ampliaría veinte centímetros para comprobar continuidad.

—¿Por qué veinte?

—Porque con diez podemos convencernos de cualquier cosa.

Sus ojos se fijaron en mí.

—Exactamente.

No me examinó ni pidió otra explicación.

Simplemente dijo:

—Hágalo.

Y algo se movió dentro de mí.

Pequeño.

Profesional.

Importante.

Confiaba en mi criterio.

Aunque fuera veinte centímetros.

Después de Kallpa, veinte centímetros podían ser muchísimo.

✦  ✦  ✦

La línea continuó.

Marina se acercó.

Leonardo también.

Joseph se agachó a mi lado.

—No es natural —dije.

—No.

Mi pulso aceleró.

—¿Canal?

—Podría.

—¿Drenaje?

—También.

—Eso cambiaría la interpretación del sector.

—Sí.

—¿Acaba de decir sí sin añadir probablemente?

—No saque conclusiones.

—Ya era tarde.

Joseph señaló la línea.

—Tenemos una hipótesis.

—Y necesitamos—

—Evidencia.

La palabra quedó suspendida entre nosotros.

Algo en mí se detuvo.

No exactamente por Kallpa.

Por reconocimiento.

—La diferencia entre una teoría y una verdad es la evidencia —dije.

Joseph me observó.

No sonrió.

Tampoco necesitaba hacerlo.

—Exactamente.

Y ahí ocurrió algo que me resultó mucho más peligroso que notar que era atractivo.

Me entendió.

No de la forma fácil, ni porque pensáramos igual.

Sino porque para ambos aquella palabra significaba lo mismo.

No creer ni asumir.

Demostrar.

Leonardo levantó la cámara.

—¿Puedo fotografiar este momento histórico o necesito tres formularios y un notario?

La tensión desapareció.

Me reí.

Joseph cerró los ojos.

—Norton.

—Estoy preguntando.

—Hazla —dije.

La cámara sonó.

Leonardo miró la pantalla.

—Muy bien. Dos arqueólogos mirando tierra como si acabaran de descubrir la penicilina.

—Es un posible canal —dije.

—Exactamente lo que acabo de decir.

✦  ✦  ✦

Al final de la jornada me dolía todo.

Espalda.

Rodillas.

Piernas.

Tenía tierra en lugares anatómicamente inexplicables.

Y estaba feliz.

Lo que más me desconcertaba era precisamente eso.

Feliz.

Mientras guardábamos el material saqué el teléfono.

Fotografié las montañas.

La vista general.

Nada sensible.

Recordé que Gabriel había pedido fotos.

Durante un segundo pensé en mandarle una del sector.

No lo hice.

El protocolo era claro.

Joseph también lo había sido.

Elegí solo el paisaje.

Primer día.

Gabriel contestó poco después.

Sabía que te iba a gustar.

Miré las ruinas.

Sí.

Mucho.

Guardé el teléfono.

—Montblack.

Joseph esperaba junto al sendero.

—Ya voy.

Me acerqué.

Él miró hacia Aukani.

—¿Qué tal?

—¿Está solicitando una evaluación emocional?

—Puedo arrepentirme.

—No.

Miré atrás.

Las terrazas.

El muro.

La línea que habíamos encontrado.

—Fue increíble.

Joseph no dijo nada durante un instante.

—Eso suena más honesto.

—No quiero alimentar su ego.

—Aukani no es mía.

La respuesta llegó tan rápido que me hizo mirarlo.

Joseph seguía mirando el yacimiento.

—Ni del Instituto —añadió—. Nosotros solo tenemos la suerte de estudiarla durante un tiempo.

Ah.

Eso.

Eso sí me gustó.

Mucho.

—Quizá no sea tan insoportable como pensaba.

Joseph empezó a caminar.

—Todavía es pronto.

—Tiene razón. Retiro el comentario.

—Sabia decisión.

Lo alcancé.

—No arruine el momento.

—¿Qué momento?

—Exactamente.

Caminamos unos metros.

Entonces habló.

—Mañana, seis y media.

—¿Qué ocurre mañana a las seis y media?

—Quiero volver a revisar la estructura antes de que llegue el equipo.

Esperé.

—¿Y?

—Quiero que venga.

Ah.

Eso produjo una satisfacción totalmente desproporcionada.

Trabajo.

Solo trabajo.

—¿Porque encontró valor en mi interpretación?

—Porque necesito una segunda lectura.

—Eso es una forma cobarde de decir que soy buena.

—No abuse.

—Ya está demasiado tarde.

Su boca se curvó.

—Seis y media.

—Seis veintinueve.

—Entonces llegará tarde.

—Eso no tiene sentido.

—Para usted, probablemente no.

—¿Es un desafío?

—¿Necesita que lo sea?

Lo miré.

El desgraciado ya me conocía demasiado.

—Seis veintinueve.

—La espero.

Continuó caminando.

Yo fui detrás.

Y por primera vez desde que había llegado a Qhantiy, no me molestó que Joseph Baker tuviera la última palabra.

Porque empezaba a sospechar que mañana podía quitársela.