Desterrando problemas CAPÍTULO 3Aukani
16%

CAPÍTULO 3Aukani

Aukani

Dormí fatal.

No por nervios.

Eso fue lo que decidí creer.

La altura.

La cama.

La campana de las siete.

El misterioso ser humano que a las dos de la mañana arrastró algo pesado por el pasillo como si estuviera trasladando un cadáver.

Cualquier cosa menos nervios.

A las seis y diez ya estaba despierta.

A las seis y doce seguía mirando el techo.

A las seis y quince acepté que mi cuerpo había decidido afrontar mi primer día de campo en tres años mediante privación voluntaria de sueño.

Excelente estrategia.

Me vestí con la ropa técnica que había comprado de emergencia.

Pantalón de campo.

Camiseta.

Botas.

Chaqueta.

Pelo recogido.

Me miré al espejo.

Parecía arqueóloga.

Eso ayudaba.

—Hoy no vas a hacer ninguna estupidez.

Mi reflejo no pareció impresionado.

—Y no vas a discutir con Joseph.

Eso sí sonó ridículo incluso en voz alta.

Cogí la mochila.

Solo tenía que llegar al yacimiento.

Después sería fácil.

Tierra.

Datos.

Estructuras.

Piedras.

Las piedras no tenían opiniones sobre mi pasado.

Por eso siempre me habían gustado.

✦  ✦  ✦

El vehículo del Instituto salió a las siete.

Leonardo iba delante con Tomás.

Marina, a mi lado.

Joseph conducía el otro todoterreno.

Naturalmente.

Me parecía exactamente el tipo de hombre que podía compartir vehículo perfectamente pero prefería conducir porque confiar en otra persona para cambiar de marcha implicaba un nivel de abandono emocional para el que todavía no estaba preparado.

—¿Estás nerviosa? —preguntó Marina.

—No.

Esperó.

—Un poco.

—Eso parece más creíble.

La ciudad quedó atrás lentamente.

Las casas se volvieron escasas y después desaparecieron. La carretera empezó a subir entre montañas, tierra rojiza, vegetación baja y extensiones de roca que parecían continuar hasta donde alcanzaba la vista.

Leonardo se giró.

—¿Preparada?

—No sé.

—Respuesta correcta.

—¿Cuánto falta?

—Cuarenta minutos.

—Treinta y cinco —corrigió Tomás.

Leonardo lo señaló.

—Este hombre conduce como si debiera dinero.

—Nunca llegaste tarde conmigo.

—Eso también es verdad.

Marina abrió una carpeta.

—Primer consejo para Aukani.

—Adelante.

—No hagas caso a ninguno de los dos.

—Llegas tarde —dije.

—Segundo consejo: bebe agua aunque no tengas sed.

—Eso sí parece útil.

—Y no intentes seguirle el ritmo a Joseph el primer día.

Miré por la ventanilla hacia el vehículo que iba delante.

—¿Por qué?

Leonardo volvió a girarse.

—Porque Joseph no tiene ritmo.

—¿Qué tiene?

—Un trastorno moral relacionado con los horarios.

—Leonardo —dijo Marina.

—Metafóricamente.

—Sigue siendo una mala metáfora.

Me reí.

—¿Tan terrible es?

—No —dijo Marina.

La respuesta me sorprendió.

—¿No?

—Exigente, sí. Obsesivo, también. Pero nunca pide algo que él no haga primero.

Volví a mirar hacia delante.

Eso no encajaba del todo con la caricatura que ya había empezado a construir en mi cabeza.

—No se lo digas —añadió Marina—. Ya resulta suficientemente difícil convivir con él.

Leonardo negó.

—Joseph no tiene ego.

—¿No?

—Tiene razón demasiadas veces. Es peor.

—Empiezo a comprender el problema.

✦  ✦  ✦

La carretera terminó.

Literalmente.

Tomás aparcó junto a otros vehículos.

—Desde aquí caminamos.

Miré la pendiente.

Claro.

Una ciudad perdida en las montañas y yo esperando escaleras mecánicas.

Bajé.

El aire estaba frío, limpio y considerablemente menos interesado en entrar en mis pulmones que el de Qhantiy.

Respiré hondo.

Mala idea.

Joseph apareció junto al otro vehículo.

Gafas de sol.

Mochila.

Camisa técnica.

Mangas recogidas.

Era extraño verlo fuera del Instituto.

Más natural.

Menos director.

Eso tampoco me convenía.

—Cinco minutos —dijo.

Leonardo se acercó a mí.

—¿Ves?

—¿Qué?

—Ni buenos días.

Joseph giró la cabeza.

—Buenos días, Norton.

Leonardo sonrió.

—Me quiere.

—Quiero que prepares tu equipo.

—Eso es prácticamente una declaración.

Me reí.

Joseph me miró.

—Montblack.

—Baker.

Sus ojos bajaron un segundo.

Mochila.

Botas.

Cantimplora.

Volvieron a mí.

—¿Durmió?

La pregunta me descolocó.

—Sí.

Mentí fatal.

Joseph esperó.

—Eso ha sonado convincente.

—Dormí lo suficiente.

—Eso tampoco.

—No sabía que el protocolo incluía fiscalización del sueño.

—No la incluye.

Pausa.

—Todavía.

Sonreí.

—Qué alivio.

Señaló mi mochila.

—Agua.

—Sí.

—Protector.

—Sí.

—Guantes.

—Sí.

—Cuaderno.

—Sí.

—Radio.

Parpadeé.

Joseph sacó una de su mochila y me la tendió.

—Ahora sí.

La cogí.

—Gracias.

—No se separe del grupo.

—¿También me va a poner una pulsera con mi nombre?

—Si hace falta.

—Tengo treinta y dos años.

—Entonces confío en que no sea necesaria.

Y se marchó.

Lo vi alejarse.

Leonardo apareció a mi lado.

—Eso ha sido casi tierno.

—Voy a empujarte por la montaña.

—Primer día y ya violencia contra el equipo.

—Solo contra documentalistas.

—Profesionalmente ofensivo.

✦  ✦  ✦

El sendero ascendía entre roca y vegetación baja.

No era especialmente difícil.

El problema era la altura.

A los diez minutos empecé a cuestionar la necesidad evolutiva de respirar.

A los quince, Joseph iba varios metros por delante.

Claro.

Sin esfuerzo visible.

Sin detenerse.

Ni siquiera parecía sudar.

Irritante.

Marina caminaba a mi lado.

—No lo hagas.

—¿Qué?

—Competir con Joseph.

—No estoy compitiendo.

—Has acelerado tres veces cada vez que él se alejaba.

Miré mis piernas.

Reduje el paso.

—No me gusta que tengas razón.

—Te acostumbrarás.

—Eso es optimista.

Volví a mirar hacia delante.

Joseph estaba hablando con Tomás.

—¿Siempre provoca esto?

—¿Qué cosa?

—Que una quiera demostrar que puede seguirle el ritmo.

Marina sonrió.

—Eso probablemente habla más de ti que de él.

Odiaba a la gente sensata.

✦  ✦  ✦

Llegamos a una pequeña elevación.

Joseph se detuvo.

—Aquí.

Levanté la vista.

Y Aukani apareció.

No entera, al menos todavía.

Pero suficiente.

Terrazas.

Muros.

Una escalinata descendiendo hacia una zona abierta.

Estructuras emergiendo de tierra y vegetación como si el paisaje hubiera empezado a devolverlas lentamente.

Más allá, montañas.

Cielo.

Me quedé inmóvil, no porque me faltaran palabras, sino porque tenía demasiadas.

Tres años.

Tres años evitando exactamente esa sensación.

El instante en que un lugar deja de ser una fotografía, un plano, un informe.

Y existe.

Leonardo guardó silencio.

Eso decía bastante.

Sentí una mirada.

Giré.

Joseph me estaba observando.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Otra vez esa palabra.

—Estoy esperando.

—¿A qué?

—A que diga algo.

Miré nuevamente las ruinas.

—Las fotografías son una mierda.

Leonardo levantó la cabeza.

—¡OYE!

—No las tuyas.

—Retiro la denuncia.

La boca de Joseph se curvó.

—¿Eso era todo?

Respiré.

Esta vez sin intentar hacerlo demasiado profundamente.

—No.

Miré Aukani.

—Es espectacular.

Joseph dejó de sonreír, pero no volvió a cerrarse.

—Sí.

Una sola palabra.

Y, curiosamente, entendí que para él significaba mucho más.

—Bienvenida a Aukani, Montblack.

Aquello me llegó de una forma que no esperaba.

Así que hice lo más razonable.

—Intente no arruinarlo.

Joseph soltó una risa breve.

—Haré lo posible.

✦  ✦  ✦

El sector C estaba algo más abajo.

Una parte del sedimento ya había sido retirada y varios muros delimitaban una estructura rectangular con una pequeña plataforma central.

Me agaché junto a uno.

No toqué nada.

Miré.

Mortero.

Juntas.

Orientación.

Restos de pigmentación.

Las fotografías no habían contado la mitad.

—¿Qué piensa?

Joseph apareció detrás de mí.

—Que deberían despedir al fotógrafo.

—Te escucho —gritó Leonardo desde más lejos.

—Entonces haz mejores fotos.

—¡CRUEL!

Joseph se agachó al otro lado.

—¿Y aparte de destruir la autoestima del equipo?

Señalé la esquina.

—Esto.

—La unión.

—Sí.

—¿Qué ve?

Levanté la vista.

—¿Otra prueba?

—Pensé que disfrutaba las pruebas.

—Solo cuando puedo presumir después.

—Entonces debería estar motivada.

Ah.

El desgraciado ya sabía cómo provocarme.

Señalé la línea del muro.

—La construcción original termina aquí. Lo demás se añadió después.

Joseph observó.

—¿Por qué?

—Técnica distinta.

—Mismo material.

—Parecido.

—Eso no basta.

—La junta tampoco coincide.

Joseph se acercó más.

Los dos miramos el mismo punto.

—Aquí —dije.

Su hombro casi rozó el mío.

Casi.

Mi cerebro lo registró igualmente.

—Está intentando imitar la fase anterior —continué—, pero la colocación es menos regular. Y la esquina se resolvió de otra manera.

Joseph no respondió.

—¿Qué?

—Estoy mirando.

—Eso ya lo veo.

—Entonces déjeme.

—Qué modales.

—Montblack.

—Baker.

Marina se acercó.

—¿Qué ocurre?

Joseph no apartó los ojos del muro.

—Necesito las fotografías anteriores a la limpieza.

Marina observó la unión.

—¿Vieron algo?

Joseph señaló.

—Ella cree que es una ampliación.

—Creo que tengo razón.

—Eso no es lo mismo.

—Todavía.

Joseph me miró.

Marina también.

—¿Qué? —pregunté.

Joseph volvió a la estructura.

—Puede tener razón.

Parpadeé.

—¿Puede repetirlo?

—No.

—Marina, ¿lo escuchaste?

—No pienso entrar en esto.

—Necesito un testigo.

—Necesita trabajar —dijo Joseph.

—Qué forma tan poco elegante de reconocer una derrota.

—No he perdido nada.

—Eso diría alguien que acaba de perder.

Sacó la libreta.

—Exagerada.

—Pero posiblemente correcta.

Joseph negó con la cabeza.

Y volvió a mirar la unión.

No necesitaba decir nada más.

La estaba tomando en serio.

Eso importaba.

Mucho más de lo que quería reconocer.

✦  ✦  ✦

Trabajamos casi dos horas.

Y en algún momento ocurrió algo que no esperaba.

Me olvidé de Joseph.

Después me olvidé de Qhantiy.

Después de Kallpa.

Solo quedó Aukani.

Tierra.

Texturas.

Niveles.

La pequeña resistencia del pincel.

La necesidad de detenerse antes de tocar demasiado.

La emoción de no saber todavía qué estabas mirando.

Había echado de menos aquello.

Muchísimo.

Me descubrí sonriendo.

—¿Qué?

Levanté la cabeza.

Joseph estaba de pie a unos pasos.

—¿Qué qué?

—Está sonriendo.

—Sucede.

—No desde que llegó.

—Llevo dos días.

—Exactamente.

—Me gusta esto.

La frase salió sin defensa.

Sin sarcasmo.

Simple.

Joseph tardó un instante en responder.

—Ya veo.

—¿Qué cosa?

—Que le gusta.

No había ironía.

Ni examen.

Nada.

Solo una especie de satisfacción tranquila.

—Bien —dijo.

Esa palabra me golpeó de una forma absurda.

Me concentré otra vez en la tierra.

—No se emocione.