CAPÍTULO 2El hombre del protocolo #3
Pero tampoco necesitaba una.
Algo en la forma en que volvió a mirarme hizo que se me calentara la nuca.
Leonardo bebió.
—Eso fue divertido.
—Cállate.
—No dije nada.
—Tu cara.
—Ya estás aprendiendo su idioma.
Peor.
Joseph volvió a la conversación.
Yo hice exactamente lo mismo.
O lo intenté.
✦ ✦ ✦
—Doctora Montblack.
Víctor Salazar apareció unos minutos después.
Traje impecable.
Cabello gris en las sienes.
Sonrisa cómoda.
El tipo de hombre que parecía conocer siempre el nombre correcto.
—Víctor Salazar.
—Claro. Encantada.
—El placer es mío. He seguido su trabajo.
Mi cuerpo reaccionó antes que yo.
Una pequeña tensión.
Víctor la percibió.
—El académico —aclaró—. Especialmente Kallpa.
—Fue un proyecto importante.
—Mucho.
Su sonrisa no cambió.
—Una lástima cómo terminó.
No era una frase cruel.
Eso la hacía peor.
—Sí.
—Gabriel habló muy bien de usted.
—¿Lo conoce?
—Desde hace años.
Tenía sentido.
Patrocinadores.
Congresos.
Proyectos.
—Fue él quien me recomendó para Aukani.
—Lo sé.
Eso me hizo mirarlo.
—¿Lo sabe?
—Víctor.
Joseph apareció junto a nosotros.
No había escuchado acercarse.
Salazar giró.
—Baker.
Algo cambió.
Muy poco.
Pero suficiente.
Joseph no se colocó delante de mí.
Ni entre nosotros.
Simplemente apareció a mi lado.
—Estaba conociendo a la doctora Montblack —dijo Víctor.
—Ya veo.
—¿Todo bien?
No fue paternalista.
Fue una comprobación.
Eso me llamó la atención.
—Perfectamente.
Víctor sonrió.
—Por supuesto.
Después se despidió.
Lo vi alejarse.
—Amable —dije.
Joseph no respondió.
—Baker.
—Montblack.
—Su silencio tiene opinión.
—Eso no tiene sentido.
—Perfecto. Entonces dígame qué piensa.
—No tengo suficientes datos.
—Interesante teoría.
Sus ojos se encontraron con los míos.
—Todavía sin evidencia.
Sonreí.
—Ahora sí está copiándome.
—Está aprendiendo demasiado rápido.
—Tengo buen material.
Por un momento dejamos de hablar.
La música seguía.
La gente también.
Pero aquello entre nosotros tenía una textura distinta de la del laboratorio.
Menos profesional.
No necesariamente romántica.
Solo... presente.
Joseph volvió a mirar el vestido.
Esta vez lo pillé.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez el famoso nada.
—Pensé que había recuperado la maleta.
—No.
—Entonces encontró solución.
—Leonardo.
Joseph cerró los ojos.
—Por supuesto.
—¿Qué tiene contra él?
—Dieciséis años de evidencia.
Me reí.
Joseph también.
Completamente.
Sin esconderlo.
Y ahí estuvo otra vez esa sensación incómoda.
No que me gustara.
Todavía no.
Pero sí que me gustaba conseguir eso de él.
—Pensaba que no sabía reírse —dije.
—Pensaba que no llegaba tarde.
—No llegué tarde.
—Un minuto no constituye una hazaña.
—Veo que sigue afectado.
—Profundamente.
—Podría trabajar eso en terapia.
—Podría llegar cinco minutos antes.
—No cambie de tema.
—Usted lo cambió.
—Esto es agotador.
Joseph levantó la copa.
—Todavía puede renunciar.
—Ni soñando.
Algo apareció en sus ojos.
Satisfacción.
Como si esa hubiera sido exactamente la respuesta que esperaba.
Y entonces comprendí una cosa que probablemente habría sido mejor no comprender:
Joseph Baker también se estaba divirtiendo.
Conmigo.
✦ ✦ ✦
Lana apareció y se abrazó a su hermano.
Joseph cambió.
No radicalmente.
Pero suficiente.
Le devolvió el abrazo.
Le preguntó por el viaje.
Le acomodó distraídamente un mechón de pelo detrás del hombro mientras ella le reprochaba no contestar mensajes.
Protector.
Natural.
Nada parecido al hombre que hacía pruebas sorpresa sobre protocolos.
Me sorprendió.
Y eso me molestó todavía más que el traje.
Porque cada vez que creía haberlo clasificado, aparecía una pieza nueva.
Lana me miró por encima del hombro de Joseph.
Su sonrisa fue criminal.
—No.
—No dije nada.
—Son exactamente iguales.
Joseph frunció el ceño.
—¿Quiénes?
—Nada.
—Esa respuesta no engaña a nadie —dije.
Lana empezó a reír.
Joseph me miró.
—Eso es mío.
—No puede patentar una expresión.
—Usted la criticó esta mañana.
—Y ahora la estoy reutilizando. Economía circular.
Lana nos miró a ambos.
—Voy a necesitar alcohol.
—Yo también —dijo Joseph.
Me llevé una mano al pecho.
—¿Insinúa que soy agotadora?
—No.
Pausa.
—No lo insinuaba.
Lana soltó una carcajada.
Y yo tuve que reírme también.
Maldito hombre.
✦ ✦ ✦
Al regresar al hotel aquella noche pensé en Aukani.
En Salazar.
En el sector C.
En la fotografía del muro.
En la segunda anomalía que Joseph todavía insistía en no aceptar.
Y pensé en Joseph.
No en su cara.
Bueno.
No solo.
Pensé en algo peor.
Me divertía.
Discutir con él me divertía.
Hacerlo abandonar durante unos segundos aquella disciplina absurda y conseguir una sonrisa me producía una satisfacción que no tenía ninguna utilidad académica.
Eso no significaba nada.
Dos personas podían tener química profesional.
Perfectamente.
Probablemente existían estudios.
Y si no existían, podían hacerse.
Me tumbé en la cama.
Mañana conocería Aukani.
Ahí estaba lo importante.
El proyecto.
La excavación.
Volver a trabajar.
Joseph Baker era simplemente una complicación administrativa.
Una particularmente alta, irritante y peligrosamente entretenida.
Nada más.
Todavía.