CAPÍTULO 2El hombre del protocolo #2
—Cuando la conversación lo merece.
—Eso ha sonado casi amable.
—No se acostumbre.
—Tranquilo. Usted tampoco.
Ahora sí se rio.
No fuerte.
Pero lo hizo.
Y fue bastante más atractivo de lo necesario.
Eso me molestó.
✦ ✦ ✦
—Joseph.
Una voz apareció desde la entrada.
Los dos nos giramos.
Leonardo Norton.
Lo reconocí por fotografías de Lana, aunque las imágenes no habían logrado transmitir algo fundamental:
Leonardo tenía la energía de un hombre que probablemente había sido expulsado de varios lugares por razones entretenidas.
Cámara colgada al cuello.
Sonrisa fácil.
Miró a Joseph.
Me miró.
Volvió a Joseph.
—Ah.
Joseph cerró los ojos.
—No.
—No he dicho nada.
—No hace falta.
Leonardo se acercó a mí.
—Lovania Montblack.
—Depende.
—¿De qué?
—De cuánto sepa.
—Suficiente para estar interesado.
—Mala respuesta.
Extendió la mano.
—Leonardo Norton. Documentalista.
—Pensaba que fotógrafo.
Se llevó la mano al pecho.
—Joseph ya está difundiendo propaganda.
—No he hablado de ti.
—Peor. Me estás borrando de la historia.
Joseph volvió a mirar las piezas.
—Tentador.
Me reí.
Leonardo me señaló.
—¿Ves? Ella sí entiende.
—Lleva aquí menos de veinticuatro horas.
—Y ya te ha hecho reír.
Joseph levantó la cabeza.
Leonardo sonreía.
Yo también.
—No se ha reído —dije.
—Lo escuché desde el pasillo.
—No colabore.
—Estoy estableciendo hechos.
—La evidencia es circunstancial.
—Había testigo.
Leonardo levantó la mano.
—Perito independiente.
—Tú no eres independiente de nada —dijo Joseph.
Leonardo me miró con una expresión triunfal.
—¿Ves? Tiene chispa. Solo la esconde como si Hacienda pudiera cobrarle impuestos.
Tuve que girarme.
Joseph me vio intentando no reír.
—Los dos pueden irse.
—Estamos en mi laboratorio —dije.
—No es su laboratorio.
—Todavía.
La mirada que me lanzó debería haber sido de advertencia.
No lo fue del todo.
✦ ✦ ✦
Leonardo finalmente recordó por qué había venido.
—Salazar adelantó la recepción.
La expresión de Joseph cambió.
No desapareció la personalidad.
Solo la diversión.
—¿A qué hora?
—Seis.
—¿Quién lo confirmó?
—Lana.
Víctor Salazar.
Conocía el nombre.
Empresario.
Patrocinador cultural.
Uno de los financiadores privados vinculados a Aukani.
Gabriel lo había mencionado alguna vez en conversaciones sobre congresos y proyectos.
Nada extraño.
Todavía.
—¿Problema? —pregunté.
—Ninguno.
Demasiado rápido.
No insistí.
Leonardo sí lo observó unos segundos más.
Pero tampoco dijo nada.
Después volvió a mí.
—¿Tienes ropa?
Parpadeé.
—Es una transición fascinante.
—Para esta tarde.
Joseph dejó el fragmento.
—Su equipaje no llegó.
Leonardo abrió mucho los ojos.
—¿Cómo sabes eso?
Lo dijo con una cantidad obscena de interés.
Miré a Joseph.
Él me miró.
—La doctora Montblack consideró relevante informarme.
—No informé al proyecto. Informé a recepción. Usted interceptó información.
—La mencionó durante la reunión.
—Porque usted preguntó por mi aspecto.
—Pregunté si estaba preparada para campo.
—Eso es casi lo mismo.
Leonardo estaba encantado.
—Por favor, seguid.
—No —dijo Joseph.
—Yo no iba a decir nada.
—Tu cara lleva hablando cinco minutos.
—¿También analiza caras?
—La de Norton requiere muy poco esfuerzo.
Leonardo suspiró.
—Quince años de amistad para esto.
—Dieciséis —corrigió Joseph.
Leonardo se quedó quieto.
Yo también.
—Lo recuerda —dije.
Joseph frunció el ceño.
—Claro que lo recuerdo.
Leonardo se llevó una mano al corazón.
—No estoy emocionalmente preparado.
—Vete.
✦ ✦ ✦
Leonardo convirtió comprar ropa en una operación internacional.
Quince minutos después estábamos entrando en tiendas mientras él descartaba opciones con el nivel de seriedad de un restaurador frente a un fresco renacentista.
—No necesito algo espectacular.
—Incorrecto.
—Necesito algo formal.
—Eso es lo que dice la gente antes de comprar algo aburrido.
—Quiero que nadie me recuerde.
Leonardo se detuvo.
—Eres la nueva arqueóloga con historial en Kallpa, recomendada por Gabriel Varela, discutiendo desde el primer día con Joseph Baker.
—Gracias por tranquilizarme.
—Nadie va a olvidarte.
—Entonces al menos quiero estar cómoda mientras fracaso.
—Eso sí puedo trabajar.
Sacó un vestido verde oscuro.
—Este.
—No.
—Ni lo has visto.
—Tiene la espalda abierta.
—Tienes espalda.
—Información revolucionaria.
—Y treinta y dos años.
—También tengo dignidad.
—No puedo ayudarte con todo.
Me reí.
Cinco minutos después llevaba el vestido puesto.
Salí del probador.
Leonardo abrió la boca.
—No.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí.
—Joseph va a—
Volví a entrar.
—¡NI TERMINÉ!
—¡NO NECESITABAS!
Terminamos comprando uno negro.
Más sencillo.
Leonardo lo calificó de cobardía.
Yo lo llamé planificación estratégica.
✦ ✦ ✦
Lana me esperaba en el hotel.
—¡LOVA!
Me abrazó antes de que pudiera dejar la bolsa.
—Hola a ti también.
Se separó y miró la compra.
—Leonardo.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque tú habrías comprado una camisa.
—Eso es ofensivo.
—Y cierto.
Nos instalamos en mi habitación mientras intentaba arreglarme el pelo.
—Entonces —dijo Lana.
—No.
—Ni siquiera pregunté.
—Tu voz sí.
—¿Cómo fue con Joseph?
—Profesional.
—Eso significa fatal.
—No fatal.
Pensé.
—Insoportable.
Lana sonrió.
—Ah.
—No hagas ese sonido.
—¿Qué sonido?
—El sonido de alguien que sabe algo.
—Yo sé muchas cosas.
—Sobre Joseph.
—Sobre todo.
—Qué amenaza tan desagradable.
Ella se tumbó sobre la cama.
—¿Discutieron?
—Varias veces.
—Claro.
—Me examinó sobre el protocolo.
Lana se incorporó.
—No.
—Sí.
—¿De verdad?
—Punto cuatro, apartado seis.
Empezó a reír.
—No entiendo qué parte es graciosa.
—Joseph solo hace eso cuando alguien le interesa profesionalmente.
—Qué seductor.
—He dicho profesionalmente.
—Ya.
—No empieces tú también.
—¿También?
Mierda.
—Leonardo.
—Ah.
Peor todavía.
—No hay nada.
—No dije que hubiera nada.
—Pero lo pensaste.
—Ahora sí.
Volví al espejo.
Amistades.
Qué concepto tan sobrevalorado.
✦ ✦ ✦
A las seis, la recepción estaba llena de trajes, copas y personas fingiendo interesarse muchísimo por patrimonio cultural mientras buscaban a quién conocían en la sala.
Mi ambiente favorito.
Leonardo apareció con una copa.
—No bebas rápido.
—¿Por qué?
—Joseph te está mirando.
Giré automáticamente.
Error.
Estaba al otro lado del salón.
Traje oscuro.
Sin corbata.
Hablando con alguien.
Y sí.
Me estaba mirando.
No mucho.
Solo lo suficiente.
Sus ojos bajaron hacia el vestido.
Después regresaron a mi cara.
No hubo sonrisa.