CAPÍTULO 2El hombre del protocolo
El hombre del protocolo
Joseph Baker no levantaba la voz.
No le hacía falta.
Había personas que conseguían autoridad hablando más alto que el resto.
Joseph pertenecía a una categoría bastante más irritante.
Decía las cosas como si el universo hubiera firmado previamente un acuerdo para obedecerlo.
—El sector norte permanece cerrado hasta que tengamos los resultados.
Un hombre sentado a su izquierda levantó la cabeza.
—Pero si esperamos otra semana—
—No vamos a esperar otra semana.
El hombre se calló.
Joseph señaló el plano.
—Vamos a esperar los resultados.
Ah.
La diferencia, aparentemente, era fundamental.
Yo seguía sentada frente a él, con mi café ya casi frío y una conclusión provisional:
Joseph Baker podía convertir una reunión de equipo en una negociación con rehenes sin modificar el volumen de su voz.
Todavía no sabía si aquello me molestaba o me impresionaba.
Probablemente ambas.
—Marina, conservación revisa las muestras del área tres. Daniel, necesito topografía antes del mediodía. Tomás coordinará el traslado del equipo mañana.
Todos asentían.
Yo observaba.
Eso sabía hacerlo.
Había aprendido a no lanzarme demasiado rápido dentro de un equipo nuevo. Antes preguntaba, opinaba, proponía, corregía.
Después de Kallpa había descubierto las maravillosas ventajas de estudiar primero el terreno.
Joseph pasó una página.
—Montblack.
Levanté la vista.
Ya habíamos perdido el doctora.
Rápido.
—¿Sí?
—Su incorporación será al sector C.
—¿Ceremonial?
Sus ojos se detuvieron en mí.
—Probablemente.
—Eso no significa nada.
Daniel bajó la mirada.
Joseph apoyó el bolígrafo.
—Es la hipótesis principal.
—Ah. Eso sí significa algo.
—Me tranquiliza contar con su aprobación.
Marina se mordió el interior de la mejilla.
Lo vi.
Joseph también.
—No era aprobación —dije—. Era precisión.
—Mucho mejor.
Esperé.
Él también.
No sabía si estaba siendo sarcástico.
Eso me gustó.
Muy poco.
—¿Qué encontraron? —pregunté.
Joseph deslizó una fotografía hacia mí.
La cogí.
Plataforma parcialmente excavada.
Muros bajos.
Una escalinata.
Pigmentación todavía visible en ciertos sectores.
La broma desapareció.
—¿Esto es reciente?
—Tres días.
—¿La pigmentación?
—Pendiente de análisis.
Pasé a la siguiente fotografía.
Otra perspectiva.
Más cerrada.
—Aquí hay una discontinuidad.
Joseph levantó apenas la barbilla.
—¿Dónde?
Señalé.
—La unión del muro.
Se inclinó sobre la mesa.
Demasiado cerca para que fuera necesario notar que olía a café.
No lo noté.
En absoluto.
—No es una unión —dijo.
—Eso cree usted.
—Eso muestra la fotografía.
—La fotografía muestra piedra.
—Una observación brillante.
Lo miré.
Él seguía mirando la imagen.
Sonreí.
—¿Siempre es así de encantador cuando alguien contradice una hipótesis?
—Solo cuando la contradicción no viene acompañada de evidencia.
—Entonces deme el registro de contexto.
Ahora sí me miró.
—Después de la reunión.
—Perfecto.
—Cuando termine de revisar el protocolo.
La chispa arqueológica murió de una muerte violenta.
—Lo revisé.
—Treinta y ocho páginas.
—No dije que fuera feliz haciéndolo.
—Entonces podrá decirme qué establece el punto cuatro del apartado seis.
Marina dejó de fingir que escribía.
—¿Esto es una prueba?
—Una pregunta.
—Una pregunta diseñada para comprobar si estudié.
—Eso suele llamarse prueba únicamente cuando existe posibilidad de suspender.
—¿Y existe?
Joseph me sostuvo la mirada.
—Todavía no lo sé.
Ah.
Muy bien.
Sonreí despacio.
—Trazabilidad completa del material desde extracción hasta depósito. Doble validación en cualquier cambio de custodia.
El interés le afinó la mirada.
No sorpresa.
Interés.
—Continúe.
—No.
Hubo una pausa.
—¿No?
—Ha preguntado por el punto cuatro.
Daniel soltó una tos que era claramente una risa falleciendo.
Joseph giró la cabeza.
Daniel recuperó inmediatamente una profunda fascinación por sus notas.
Cobarde.
Joseph volvió a mí.
—Punto siete.
—Control de acceso para materiales sensibles. Registro de ingreso, identificación, firma y cámara activa.
—Bien.
—¿Ya puedo incorporarme al proyecto o falta una prueba física?
Marina se rio.
Joseph la ignoró.
—Puede trabajar.
—Qué alivio.
Volvió al informe.
Yo abrí mi libreta.
Y entonces añadió, sin mirarme:
—Aunque la segunda anomalía que mencionó ayer sigue sin existir.
Levanté la cabeza.
—No dije que no existiera. Dije que no estaba registrada.
Ahora sí me miró.
—Diferencia peligrosa.
—Solo para quien no la haya visto.
La reunión dejó de existir durante un segundo.
No porque nadie hubiera salido de la sala.
Porque Joseph Baker acababa de dejar de verme como la nueva contratación.
Lo reconocí inmediatamente.
Era la mirada que usamos los arqueólogos cuando aparece algo que contradice lo que esperábamos encontrar.
Curiosidad.
—Enséñemela luego —dijo.
—Pensé que no existía.
La comisura de su boca se movió.
—Convénzame.
Ahí estaba.
El desafío.
Y, para mi considerable irritación, me encantó.
✦ ✦ ✦
Cuando terminó la reunión tenía cuatro páginas de notas.
Dos sobre Aukani.
Una sobre el equipo.
Y otra, mental, sobre Joseph.
Conclusiones preliminares:
Era exigente.
Era insoportable.
Era realmente bueno.
La tercera complicaba las dos primeras.
—Marina Valdés.
La mujer que había estado sentada a mi lado se acercó.
—Lovania.
—Conservación.
—Lo imaginé.
—¿Por qué?
—Eras la única persona de la mesa que parecía sufrir cada vez que alguien apoyaba un bolígrafo cerca de una muestra.
Se rio.
—Entonces vamos a llevarnos bien.
Tenía el pelo oscuro por los hombros, gafas grandes y una mirada que parecía catalogar el mundo por materiales.
Me cayó bien.
Eso siempre era mala señal.
Las personas que me caían bien rápido solían terminar con demasiada información sobre mi vida.
—¿Desde cuándo estás en Aukani?
—Casi dos años.
—¿Y el sector C siempre fue considerado ceremonial?
—Bueno—
—Montblack.
Cerré los ojos.
—Ahí está.
Marina miró hacia Joseph.
—¿Qué?
—La multa.
Joseph estaba a unos pasos.
—¿Qué multa?
—Ese tono. Siempre parece que está a punto de informarme de una infracción.
—Todavía no.
—Qué tranquilizador.
Marina miró entre nosotros.
Demasiado entretenida.
Joseph señaló el pasillo.
—Venga conmigo.
Lo miré sin moverme.
—¿A dónde?
—Laboratorio.
—Ve. Conmigo. Laboratorio. Tres palabras más y la frase habría parecido una invitación en lugar de una detención.
Marina se tapó la boca.
Joseph la miró.
—No la anime.
—Yo no hice nada.
—Exactamente lo que diría una cómplice.
La sonrisa de Marina se amplió.
—Buena suerte.
Traición.
✦ ✦ ✦
El Instituto era más grande por dentro.
Piedra antigua por fuera.
Tecnología moderna por dentro.
Una contradicción perfectamente arqueológica.
A la gente le encanta imaginarnos con pinceles bajo el sol.
En realidad pasamos cantidades obscenas de tiempo delante de hojas de cálculo.
Joseph caminaba delante de mí.
—¿Siempre habla así?
—¿Así cómo?
—Como si cada frase tuviera punto final incluso cuando hace una pregunta.
—No entiendo.
—Eso confirma mi hipótesis.
Me miró de lado.
—¿Siempre analiza a las personas tan rápido?
—Solo a las que me dan material.
—¿Y ya tiene suficiente?
—Para una interpretación preliminar.
—Peligroso.
—No se preocupe. Todavía no publico.
Eso le hizo gracia.
Lo vi.
Una sonrisa mínima.
—Está disfrutando esto —dije.
—¿Qué cosa?
—Discutir conmigo.
—No confunda tolerancia con entretenimiento.
—Lo sabía.
—¿Qué sabía?
—Que iba a negarlo.
Joseph se detuvo.
Yo casi choqué con él.
—¿Algo más que ya sepa sobre mí?
—Le gusta tener razón.
—A todo el mundo.
—A usted más.
—¿Eso también está basado en evidencia?
—Desde que llegué lleva corrigiendo personas.
—Y usted lleva corrigiéndome a mí.
—Porque se equivoca con frecuencia.
Joseph me sostuvo la mirada.
Un segundo.
Dos.
Después sonrió.
Real.
Corto.
—Va a ser un problema.
—Eso ya me lo dijo.
—Ahora tengo más evidencia.
Seguí caminando antes de que pudiera notar lo mucho que me había gustado sacarle esa sonrisa.
✦ ✦ ✦
El laboratorio era excelente.
Eso me irritó.
Cada minuto encontraba una razón nueva para respetar el proyecto.
Mesas amplias.
Microscopios.
Registro digital.
Zona separada de materiales orgánicos.
Almacenamiento numerado.
—Bonito —dije.
—¿Bonito?
—No se emocione. No hablaba de usted.
—Gracias por aclararlo.
—Parecía preocupado.
—Profundamente.
Ah.
Sí.
Definitivamente se estaba divirtiendo.
Se acercó a una mesa y abrió una caja.
—Sector C.
La broma murió.
Había varios fragmentos cerámicos.
Rojo.
Negro.
Una línea ocre muy fina bordeando uno de ellos.
Me puse los guantes.
—¿Puedo?
Joseph asintió.
Cogí el fragmento.
Ligero.
Desgastado.
Pero el patrón todavía era visible.
—Esto no coincide con el material publicado.
—No.
—¿Cuándo apareció?
—Hace cuatro días.
Lo giré lentamente.
—¿Nivel?
—Inferior.
—¿Asociación estructural?
—Aún no confirmada.
Levanté la vista.
—Pero cree que sí.
Joseph se apoyó en la mesa.
—¿Por qué supone eso?
—No lo supongo. Usted acaba de cambiar la postura.
Sus cejas se juntaron.
—¿Perdón?
—Cuando pregunté por asociación estructural.
—Eso no significa nada.
—Por supuesto.
Volví a la pieza.
—Además está esperando que diga algo concreto.
—¿Y piensa decirlo?
—Depende.
—¿De qué?
—De si piensa seguir examinándome cada vez que abro la boca.
—No cada vez.
—Qué alivio.
—Solo cuando dice algo interesante.
La respuesta se me quedó suspendida.
Joseph tampoco dijo nada.
Eso había sonado diferente.
No romántico.
Ni siquiera claramente coqueto.
Pero había algo allí.
Algo que ninguno quiso tocar.
Volví al fragmento.
—La matriz adherida.
Joseph acercó otro fragmento.
Sus dedos quedaron junto a los míos.
Nada.
Absolutamente nada.
Excepto que mi cerebro decidió registrar la distancia.
Traidor.
—Si salió del nivel inferior conservando esto —continué—, no parece haber sufrido desplazamiento importante.
—Eso pensamos.
—Entonces la plataforma podría ser anterior a la datación preliminar.
—Podría.
—¿Cuánto?
—No tenemos resultados.
—Eso lo está volviendo loco.
—No.
—Baker.
—Montblack.
—Le molesta no saber.
—Soy arqueólogo.
—Yo también.
—Entonces debería comprenderlo.
—Lo comprendo. Solo que yo no finjo que no me molesta.
Su boca volvió a moverse.
—¿Siempre habla tanto?