CAPÍTULO 1Bienvenida a Qhantiy
Bienvenida a Qhantiy
Hay días que empiezan mal.
Y luego está el mío.
Mi maleta desapareció.
No metafóricamente. No había perdido el rumbo, mi identidad ni las ganas de encontrarme a mí misma.
Había perdido pantalones.
Todos.
—¿Está segura de que no salió por otra cinta? —pregunté por tercera vez.
La mujer del mostrador me miró con la paciencia de alguien que llevaba toda la mañana tratando con personas convencidas de que insistir podía materializar equipaje.
—Sí, señora Montblack.
—Lovania está bien.
—Sí, señora Montblack.
Fantástico.
Ya éramos íntimas.
Detrás de ella, las cintas transportadoras estaban prácticamente vacías. Familias recogían maletas, parejas se abrazaban y niños se sentaban encima de equipajes que, a diferencia del mío, sí habían tenido la decencia de llegar al mismo país que sus propietarios.
—¿Cuándo la recupero?
Tecleó.
Nunca confío en una persona que necesita teclear antes de contestar una pregunta sencilla.
—Podría llegar esta noche.
—Perfecto.
—O mañana.
Menos perfecto.
—En algunos casos puede tardar cuarenta y ocho horas.
La miré.
Ella me miró.
—Tengo una excavación.
No sé por qué lo dije como si el sistema fuera a activar una alerta.
ARQUEÓLOGA SIN ROPA LIMPIA. EMERGENCIA INTERNACIONAL.
No ocurrió.
—Puede comprar artículos básicos y conservar los recibos.
—¿Una pala entra en artículos básicos?
Parpadeó.
—No.
—Qué normativa tan poco sensible con las necesidades profesionales.
La mujer decidió no responder.
Probablemente lo mejor para ambas.
Firmé la reclamación, guardé la copia y abandoné el aeropuerto con mi portátil, una camiseta de emergencia, un cepillo de dientes y bastante menos optimismo del que había traído en el avión.
Pero estaba allí.
Qhantiy.
Después de tres años esquivando cualquier proyecto suficientemente importante como para obligarme a volver a confiar en mi propio criterio, había aceptado participar en uno de los yacimientos más comentados del momento.
Valiente.
O idiota.
Todavía no tenía evidencia suficiente.
✦ ✦ ✦
Lo primero que vi al salir fueron las montañas.
Me obligaron a detenerme.
No porque nunca hubiera visto montañas. Era arqueóloga. Había pasado temporadas enteras rodeada de ellas, insultándolas mientras cargaba equipo.
Pero aquellas parecían haberse colocado alrededor de Qhantiy con intención.
La ciudad se extendía entre laderas, tejados irregulares, balcones, calles estrechas y edificios que parecían haberse acomodado allí sin pedir permiso a la geografía.
Era preciosa.
Y, aparentemente, vertical.
Un hombre esperaba junto a la salida con un cartel.
MONTBLACK.
Me acerqué.
—Soy yo.
—Tomás.
Extendió la mano.
—Lovania.
—Ya sé.
Señaló el cartel.
—Cierto.
Miró detrás de mí.
Nada.
—¿Equipaje?
—No hablamos del equipaje.
Tomás asintió con absoluta seriedad.
—No hablamos del equipaje.
Me cayó bien inmediatamente.
✦ ✦ ✦
Tomás tenía una habilidad extraordinaria para llenar silencios sin resultar agotador.
Resultaba extraño.
Me explicó que llevaba años haciendo traslados para el Instituto y que podía reconocer a un arqueólogo desde veinte metros.
—¿Cómo?
—Miran al suelo.
—Eso es ofensivo.
—¿Es mentira?
Miré automáticamente la cuneta por la que acabábamos de pasar.
Tomás sonrió.
Traidor.
—Es deformación profesional.
—Claro.
—Podría haber cerámica.
—Estamos en una carretera.
—La cerámica no discrimina.
Eso le hizo reír.
Qhantiy pasaba al otro lado de la ventanilla: puestos, motos, pequeñas tiendas, escolares, turistas con cámaras.
Y siempre las montañas detrás.
—¿Ha estado en Aukani?
—Hasta la zona protegida.
—¿Y la gente de aquí?
—Depende de la zona. Ahora controlan mucho los accesos.
—¿Ahora?
Tomás me miró por el retrovisor.
—Antes no había nada que controlar.
Eso sí consiguió mi atención.
—¿La gente no sabía que estaba allí?
—Sabían cosas.
—Eso es extremadamente específico.
—Los arqueólogos preguntan mucho.
—Nos pagan por eso.
—Entonces va a encajar perfectamente.
Bien.
Otro gracioso.
Qhantiy empezaba a parecer peligrosa.
✦ ✦ ✦
El Hotel Inti estaba en una calle del centro con balcones de madera oscura, paredes claras y suficientes macetas para demostrar que alguien allí tenía una relación mucho más saludable con las plantas que yo.
Tomás apagó el motor.
—Aquí se queda parte del equipo.
—¿El Instituto está lejos?
—Quince minutos caminando.
—Perfecto.
—Subiendo.
—Sigue siendo caminar.
Tomás sonrió de una forma sospechosa.
—Mañana me cuenta.
Eso debió preocuparme.
No lo hizo.
✦ ✦ ✦
Mi habitación tenía cama, escritorio, armario y una ventana desde la que se veía parte de la ciudad.
Abrí el armario.
Vacío.
Por supuesto.
Cerré.
No era necesario confirmar dos veces la desaparición de mis pantalones.
Me senté en la cama.
Y entonces llegó el silencio.
El de verdad.
Sin aeropuerto.
Sin carretera.
Sin Tomás.
Sin nadie.
Miré mis manos.
No temblaban.
Buena señal.
Kallpa había conseguido convertir cada comienzo profesional en un examen que nadie me había pedido realizar.
Pero Aukani no era Kallpa.
Otro proyecto.
Otro equipo.
Otra oportunidad.
Mi portátil emitió el sonido de un correo nuevo.
DR. JOSEPH BAKER.
Abrí.
Doctora Montblack: La reunión de incorporación tendrá lugar mañana a las 08:00 en el Instituto. Adjunto documentación actualizada.
J. Baker
Ahí terminaba el asunto.
Ni bienvenida.
Ni espero que haya tenido buen viaje.
Ni siquiera el esfuerzo emocional de escribir Saludos.
Abrí el archivo.
Treinta y ocho páginas.
Lo cerré.
—Ah.
Así que este era Joseph Baker.
Hasta ese momento solo conocía su currículum y las opiniones de Lana.
Treinta y cinco años.
Director de Aukani.
Brillante.
Metódico.
Exigente.
Y, según su propia hermana, capaz de convertir un protocolo de seguridad en una experiencia religiosa.
Sonaba encantador.
Leí las primeras doce páginas.
Después otras ocho.
Cuando llegué al apartado de cadena de custodia, mi cuerpo se tensó.
Solo un segundo.
Seguí.
No iba a dejar que Kallpa decidiera qué palabras podía leer.
A las veintidós páginas descubrí que Joseph Baker tenía una fascinación preocupante por las listas numeradas.
A las treinta y ocho concluí que probablemente jamás había improvisado en su vida.
Eso, al menos, podía ser entretenido.
✦ ✦ ✦
A las siete y trece de la mañana siguiente, una campana empezó a sonar debajo de mi ventana.
Abrí los ojos.
Techo desconocido.
Campana.
Miré el reloj.
07:13.
—No.
Instituto.
Ocho.
Quince minutos.
Subiendo.
—No, no, no.
Salí de la cama y descubrí dos cosas.
Dormir con el pelo mojado había sido un error.
Y perder una maleta resultaba bastante más dramático cuando una necesitaba vestirse para conocer a su nuevo director.
Camiseta de emergencia.
Pantalón del día anterior.
Zapatillas.
Profesionalismo.
A las siete y treinta y cinco estaba en recepción con el pelo recogido, la mochila colgada y un café que probablemente violaba varias recomendaciones cardiológicas.
—Buenos días —dijo la recepcionista.
—Eso todavía está en evaluación.
Salí.
Tomás tenía razón.
Qhantiy era una montaña disfrazada de ciudad.
A los diez minutos había tomado una decisión firme:
odiaba la gravedad.
✦ ✦ ✦
Llegué al Instituto a las 07:58.
Dos minutos.
Victoria.
Entré intentando parecer una profesional que acababa de caminar tranquilamente quince minutos y no una mujer cuyo pulmón izquierdo estaba considerando presentar una renuncia formal.
—Lovania Montblack.
La recepcionista señaló el pasillo.
—Sala tres.
—Gracias.
Uno.
Dos.
Tres.
La puerta estaba abierta.
Escuché una voz masculina.
—El sector norte seguirá cerrado.
Otra persona respondió algo que no entendí.
—No.
Calmado.
Sin elevar el volumen.
Definitivo.
Ah.
Ese debía ser él.
Entré.
Varias personas rodeaban una mesa cubierta de planos, fotografías y carpetas.
Un hombre estaba de espaldas.
Alto.
Camisa clara.
Mangas remangadas.
Se giró cuando me escuchó.
Joseph Baker.
Y mi primer pensamiento fue profundamente profesional:
las fotografías eran una estafa.
Mi segundo pensamiento fue que eso no tenía absolutamente ninguna importancia.
Sus ojos se fijaron en mí.
Oscuros.
Atentos.
No fríos.
Eso fue lo primero que las fotografías tampoco mostraban.
Había demasiada intensidad allí para llamarlo frío.
—Doctora Montblack.
—Doctor Baker.
Miró el reloj.
07:59.
—Pensé que llegaría tarde.
Ah.
No puntual.
Mucho mejor.
—Qué decepción.
Algo se movió en su expresión.
Casi una sonrisa.
—Todavía es temprano.
Miró mi café.
—Veo que priorizó correctamente.
Eso me sorprendió.
—¿El café?
—Llegar con él.
—Pensaba que iba a juzgarme.
—También.
Una mujer alrededor de la mesa bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
Interesante.
Joseph Baker tenía humor.
Seco.
Muy seco.
Pero existente.
—Era esto o llegar con personalidad —dije.
Su mirada volvió a la mía.
—Espero que haya traído las dos cosas.
Oh.
Bien.
Así que íbamos a jugar.
—Tendrá que descubrirlo.
Esta vez sí sonrió.
No mucho.
Lo suficiente.
Y ahí apareció algo que no esperaba.
No frialdad.
Control.
Era distinto.
Mucho más interesante.
Joseph señaló la silla frente a él.
—Siéntese, Montblack.
—¿Eso fue una orden?
—Una observación con aplicación práctica.
—Peligrosamente parecido.
—Sobrevivirá.
Dejé el café junto a mi libreta y me senté.
—Eso espero. Acabo de comprar el café.
Alguien soltó una risa.
Joseph retomó la reunión.
Pero antes de hacerlo me miró una vez más.
Breve.
Evaluador.
Y algo en mí respondió automáticamente al desafío.
Gabriel me había abierto la puerta de Aukani.
Buen comienzo.
Pero empezaba a sospechar que Joseph Baker iba a hacerme demostrar exactamente por qué merecía estar allí.
Y, contra todo pronóstico, la idea me gustó.
Mucho.