Desterrando problemas
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PRÓLOGO
Antes confiaba en la gente.
No de esa forma ingenua en la que crees que todo el mundo es bueno, porque tampoco era idiota. Pero confiaba.
En mis decisiones. En mi trabajo. En las personas que quería.
Sobre todo en eso.
Después llegó Kallpa.
Y aprendí que una persona no necesita hacerte pedazos de una sola vez para cambiarte por completo.
A veces basta con dejarte viviendo entre preguntas.
✦ ✦ ✦
Kallpa había sido la investigación de nuestra vida.
De Gabriel y mía.
Años de campañas bajo el sol, noches revisando informes hasta que las letras empezaban a mezclarse, discusiones absurdamente intensas sobre dataciones y demasiadas cenas frías encima de mapas.
Nos habíamos enamorado trabajando.
También habíamos aprendido a discutir trabajando.
Durante mucho tiempo creí que ambas cosas significaban que aquello iba a durar.
Me equivoqué.
Y no solo con nosotros.
Una pieza desapareció.
Una.
Fue suficiente.
Mi firma estaba en el registro. Yo había participado en la catalogación y mi nombre quedó unido al último tramo de la cadena de custodia.
Nunca pudieron demostrar que hubiera hecho nada.
Tampoco pudieron demostrar exactamente qué había ocurrido.
Y descubrí que eso podía ser peor.
Porque cuando no existe una respuesta clara, todo el mundo construye la suya.
Para algunos fui negligente.
Para otros ocultaba información.
Hubo quien decidió que sabía mucho más de lo que decía.
Yo acabé creyendo algo todavía peor:
que había fallado.
Al proyecto. Al equipo. A Gabriel. A mí.
Revisé aquella noche tantas veces que terminé contaminando mis propios recuerdos.
¿Había cerrado el depósito?
¿Firmado todos los registros?
¿Dejado una caja en un sitio equivocado?
¿Confiado en alguien en quien no debía?
Cada respuesta producía dos preguntas nuevas.
Hasta que dejé de saber qué recordaba y qué había reconstruido después.
Gabriel fue mi ancla durante todo aquello.
Quizá por eso dolió tanto cuando me dejó.
No fue cruel.
Habría sido más fácil si lo hubiera sido.
Una noche se sentó frente a mí y dijo:
—No puedo seguir así, Lova.
Y yo entendí.
Kallpa nos había devorado.
Él había perdido la investigación más importante de su carrera. Yo había quedado atrapada dentro del escándalo. Todavía nos queríamos, pero ya no sabíamos estar juntos sin encontrarnos con los restos de todo lo que había salido mal.
Así que terminamos.
Y, durante mucho tiempo, también aquello me pareció culpa mía.
No conseguimos desaparecer de la vida del otro.
Tampoco quisimos.
Habíamos sido amigos antes de ser pareja. Compañeros. Cómplices. La única persona capaz de comprender por qué podía emocionarme durante veinte minutos hablando de una capa de sedimento.
Seguimos felicitándonos los cumpleaños.
Compartiendo artículos.
Coincidiendo en congresos.
Tomando algún café.
A veces escribiéndonos a horas absurdas por algún hallazgo académico que solo podía interesarle a dos personas con una definición cuestionable de entretenimiento.
Supongo que algunas personas dejan de ser tu pareja sin dejar de ser parte de tu vida.
Gabriel fue eso.
✦ ✦ ✦
Tres años después de Kallpa, me llamó.
—Tengo algo para ti.
—Si es otro artículo de cerámica funeraria, cuelgo.
Se rio.
Odié un poco lo familiar que seguía siendo aquel sonido.
—Es mejor.
—Eso es subjetivo.
—Aukani.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Están ampliando el equipo.
Por supuesto que conocía Aukani.
En nuestro mundo era imposible no conocerlo. El proyecto aparecía en congresos, artículos y en esa categoría especialmente entretenida de rumores académicos que todos fingíamos despreciar mientras preguntábamos por ellos.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
—Te recomendé.
Tardé demasiado en responder.
—Gabriel...
—Necesitan a alguien con tu perfil.
—Necesitan a alguien que no tenga Kallpa pegado al apellido.
—Necesitan a una buena arqueóloga.
Eso me calló.
Hacía demasiado tiempo que nadie me llamaba así sin que sonara a consuelo.
—No tenías que hacerlo.
—Quería hacerlo.
Miré el correo que tenía abierto frente a mí.
Proyecto Arqueológico Aukani.
Solicitud de entrevista.
Disponibilidad inmediata.
El corazón empezó a latirme más rápido.
Y, por primera vez en años, la razón no era miedo.
—No sé si puedo.
—Sí puedes.
—No es lo mismo.
—Ya lo sé.
Pausa.
—Lova.
Cerré los ojos.
—¿Qué?
—No dejes que Kallpa decida por ti para siempre.
Quizá fue porque venía de él.
Quizá porque necesitaba escucharlo.
O porque llevaba tres años esperando que alguien me diera permiso para volver a intentarlo.
—¿Crees que debería aceptar?
—Sí.
Sin pausa.
Sin duda.
Sonreí.
—Entonces voy a hacerlo.
—Bien.
—Gracias.
—Todavía no.
—Ya te estoy dando las gracias.
—Me las das cuando vuelvas con algo que cambie la historia.
—Nada de presión.
Se rio.
Y durante unos segundos sentí algo que creía perdido.
Ilusión.
En aquel momento no sabía quién era Joseph Baker.
No sabía qué encontraríamos en Aukani.
Ni cuánto podía sobrevivir una verdad después de enterrarla.
Solo sabía que Gabriel me había abierto una puerta.
Y yo pensaba cruzarla.