Desterrando problemas CAPÍTULO 20El apellido
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CAPÍTULO 20El apellido

El apellido

Gabriel llegó a Qhantiy dos días después.

No me avisó hasta estar allí.

Eso me molestó.

No lo suficiente como para llamarlo una alarma.

Todavía.

—Pensé que sería mejor hablar en persona —dijo cuando nos encontramos en una cafetería cerca del hotel.

—Podrías haber preguntado.

—Lo sé.

—¿Y?

—Probablemente habrías dicho que no.

Me quedé mirándolo.

Gabriel sonrió como si aquello fuera una broma pequeña entre nosotros.

Antes habría sonreído también.

Esta vez no.

—Eso no convierte venir igual en una buena decisión.

Su expresión cambió apenas.

—Tienes razón.

Sonó correcto.

Pero tardío.

Me senté.

—Háblame de Suyana.

✦  ✦  ✦

Esteban Varela había conocido a Víctor Salazar cuando Gabriel era adolescente.

Salazar financiaba proyectos.

Conseguía permisos.

Abría puertas.

Después de que Esteban enfermara, Víctor empezó a “ayudar” a Gabriel.

Becas.

Contactos.

Congresos.

Trabajo.

—¿Y tú nunca pensaste que era raro? —pregunté.

Gabriel giró la taza.

—Tenía veinte años. Mi padre estaba enfermo. Víctor resolvía cosas.

—Tu padre desconfiaba de él.

—Al final, sí.

—Escribió que no dejara que te utilizara.

La mano de Gabriel se detuvo.

—Entonces encontraste esa nota.

No preguntó cuál.

Lo supo.

—¿La habías leído?

—Hace años.

La cafetería siguió funcionando alrededor.

Tazas.

Voces.

Una máquina de café soltando vapor.

Yo solo escuché esas dos palabras.

Hace años.

—¿Antes de Kallpa?

Gabriel miró hacia la ventana.

—Sí.

Ahí se rompió algo.

Todavía pequeño.

Pero real.

—Me dijiste que no recordabas.

—No sabía a qué documento te referías.

—Gabriel.

—Lova, había cientos de notas de mi padre.

—Esta mencionaba a Víctor y a ti.

—Sí.

—Y un procedimiento para dejar responsabilidad en la última persona de una cadena.

No respondió.

—Mi firma terminó siendo la última en Kallpa.

—¿Te acuerdas de la noche anterior a que desapareciera la pieza? —pregunté.

Gabriel parpadeó.

—Más o menos.

—Yo estaba en el depósito hasta tarde. Tú dijiste que ibas a cenar con colegas.

Su mirada se movió.

—Estaba con Víctor.

La respuesta me cayó como una piedra.

—¿Por qué mentiste?

—Porque sabía que te enfadarías.

—¿Por estar con él?

—Por hablar de Kallpa fuera del equipo.

Me quedé inmóvil.

—Entonces sí sabías que estaba mal.

—Sabía que no te gustaría. No es lo mismo.

La frase me golpeó con una familiaridad desagradable.

No es lo mismo.

Estás exagerando.

No fue así.

Pequeñas correcciones constantes sobre mi propia percepción.

No quería convertir una conversación de hace años en prueba de abuso.

Pero tampoco quería seguir ignorando patrones porque reconocerlos dolía.

—No sabía que iba a pasar eso.

No era la pregunta.

Mi cuerpo lo supo antes que mi cabeza.

—¿Sabías que podía pasar algo?

—No así.

La frase cayó entre nosotros.

No de esa manera. Tampoco era un no .

—¿Qué sabías?

Gabriel se frotó la cara.

—Patrimonia iba a mover material para una revisión privada.

Sentí frío.

—¿De Kallpa?

—Sí.

—¿Y no me lo dijiste?

—No era mi decisión.

—¿Quién lo autorizó?

—Víctor dijo que estaba cubierto.

—¿Tú le creíste?

—Quise creerle.

La diferencia importaba.

Muchísimo.

—¿Qué pieza?

—No sabía cuál.

—¿Y qué hiciste?

—Le di información logística.

Mi garganta se cerró.

—¿Qué información?

—Horarios. Quién cerraba inventario. Cuándo se firmaban movimientos.

Me quedé inmóvil.

—Mi nombre.

Gabriel no respondió.

—Le dijiste que yo cerraba el registro.

—No sabía que iba a usarlo así.

Sentí que los años se reordenaban.

No como revelación completa.

Como un suelo que empezaba a inclinarse.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque después desapareció la pieza y...

—Y mi firma quedó al final.

—Sí.

—Y me dejaste pensar que había sido culpa mía.

—No.

La respuesta llegó demasiado rápido.

—Te apoyé.

Me reí.

No porque fuera gracioso.

—Me apoyaste sin contarme que habías dado información a la persona vinculada al movimiento.

—No sabía que Víctor...

—Deja de decir que no sabías todo. Quiero saber lo que sí sabías.

Gabriel se quedó callado.

Y ese silencio respondió más que muchas palabras.

✦  ✦  ✦

—¿Víctor te dio trabajo después? —pregunté.

Gabriel apretó la mandíbula.

—Sí.

—¿Proyectos?

—Sí.

—¿Dinero?

—Honorarios. Como a cualquiera.

—No te pregunté si eran ilegales. Te pregunté si te beneficiaste.

Gabriel apartó la mirada.

—Sí.

Otra pieza.

No porque aceptar trabajo de Salazar demostrara que había robado Kallpa. No lo demostraba.

Pero explicaba por qué el silencio había sido cómodo para él.

—¿Alguna vez pensaste en decirme la verdad después?

—Muchas veces.

—¿Y por qué no lo hiciste?

—Porque estabas destruida.

Me reí sin humor.

—No uses mi dolor para convertir tu silencio en protección.

—No es eso.

—Entonces dime qué era.

Gabriel golpeó una vez la mesa con la yema del dedo.

—Miedo.

Eso sí sonó verdadero.

—¿A qué?

—A perder mi carrera. A que todo lo de mi padre saliera. A que Víctor me hundiera con él. A que tú supieras que había abierto una puerta que no podía cerrar.

Lo observé.

Por primera vez no parecía mi salvador, ni mi ex, ni el hombre que había sostenido mi mano durante Kallpa.

Parecía alguien que había tenido miedo y había decidido que yo pagara parte del precio.

—Eso sí lo entiendo —dije—. Lo que no acepto es que me dejaras creer que el precio era mío.

No terminó de responder.

Gabriel intentó volver a la versión de nosotros que conocía.

—Lova, mírame.

Lo hice.

—Yo estuve contigo después. Te acompañé en cada reunión. Fui el único que no creyó que fueras culpable.

—Porque sabías que había una explicación que yo no conocía.

—No sabía toda la explicación.

—Pero sabías más que yo.

—Sí.

—Y aun así me miraste desmontarme buscando mi error.

Gabriel cerró los ojos.

—Tenía miedo.

—Ya lo dijiste.

—No sabes cómo era Víctor entonces.

—No. Pero sí sé cómo eras tú conmigo.

La frase lo hizo abrir los ojos.

Recordé las discusiones. Las veces que había terminado pidiendo disculpas sin saber exactamente por qué. Las marcas explicadas como accidentes. La facilidad con la que Gabriel podía convertir una pregunta mía en una prueba de que yo estaba “demasiado sensible”.

Todavía no estaba lista para nombrarlo todo.

Pero ya no podía fingir que Kallpa había sido el único problema entre nosotros.

No terminé la conversación. Me levanté.

—Necesito irme.

Gabriel me tocó el antebrazo.

No fuerte.

Ni siquiera agresivo.

Pero mi cuerpo reaccionó.

Me aparté.

—No.

Él levantó las manos.

—Perdón.

El gesto me dejó incómoda.

No sabía todavía por qué.

—Lova, yo te quiero.

La frase me dolió de una forma extraña.

—Eso no responde nada.

—Intenté protegerte.

—¿De qué?

No contestó.

—Exactamente.

Salí.

✦  ✦  ✦

Joseph estaba en el Instituto.

No fui allí para verlo.

Eso me repetí durante todo el camino.

Fui porque necesitaba los archivos.

Porque necesitaba registrar lo que Gabriel acababa de decir antes de que mi memoria empezara a suavizarlo.

Joseph levantó la cabeza cuando entré.

Me miró una vez.

Dejó el bolígrafo.

—¿Qué pasó?

Me senté frente a él.

—Gabriel sabía que Patrimonia iba a mover material en Kallpa.

Joseph no cambió de postura.

—¿Cuánto sabía?

—No todo.

—Eso no es lo mismo que nada.

—No.

Le conté.

Horarios.

Inventarios.

Mi firma.

Víctor.

La nota de Esteban.

No interrumpió.

Cuando terminé, me dolía la mandíbula de apretarla.

—Diga algo.

Joseph respiró.

—No voy a decirle qué significa hasta que tengamos documentos o una declaración formal.

—Eso es insoportable.

—Sí.

—¿Y personalmente?

La pregunta salió antes de decidir si quería hacerla.

Joseph me miró.

—Personalmente creo que alguien que le debía la verdad eligió darle una versión que lo protegía a él.

Mi garganta ardió.

—Eso sí puede decirlo sin evidencia.

—Lo acaba de admitir él.

Tenía razón.

—No quiero sentirme idiota.

—Entonces no lo haga.

—Qué solución tan útil.

—Lova.

Su voz cambió.

—Confiar en alguien no convierte su mentira en un error suyo.

La frase atravesó exactamente el lugar donde Kallpa llevaba años instalado.

—No estoy diciendo que no deba revisar sus decisiones —continuó—. Estoy diciendo que la responsabilidad de ocultar información sigue siendo de quien la ocultó.

—Odio cuando tiene sentido.

—Eso parece constante.

Me salió una risa pequeña.

No arregló nada.

Pero me recordó que seguía allí.

✦  ✦  ✦

Me quedé en silencio tanto tiempo que Joseph se levantó.

—Voy a traer agua.

—No necesito agua.

—Yo sí.

Ah.

Salida para ambos.

Cuando volvió dejó una botella frente a mí sin comentario.

—Gracias.

—De nada.

—¿Está enfadado?

—Con Gabriel. Sí.

—No quiero que eso se convierta en una competición.

—¿Entre él y yo?

—Sí.

Joseph se sentó.

—No necesito ganarle nada.

La respuesta fue inmediata.

—Si alguna vez decide estar conmigo, quiero que sea porque me eligió a mí. No porque él resultó peor.

Mi garganta se cerró.

—Eso fue demasiado sensato.

—Lo siento.

—No lo siente.

—No.

Sonreí.

Esa tarde volvimos a los archivos de Esteban.

Ya no buscábamos una conexión general.

Buscábamos qué había ocurrido antes de Kallpa.

Encontramos una carpeta marcada S-08.

Dentro había nombres.

Víctor Salazar.

Ricardo Méndez.

Patrimonia Sur.

Y una frase escrita al final de una página:

“V.S. no necesita robar una pieza si consigue que otra persona firme el movimiento.”

Joseph y yo nos miramos.

La siguiente hoja tenía una fotografía.

Méndez.

Esteban.

Gabriel, muy joven.

Y detrás, sobre una mesa, el mismo motivo que habíamos encontrado en Aukani.

La ruta estaba dejando de ser una teoría.

Y mi relación con Gabriel, también.