CINCO DESEOS #4
―Vete al demonio ―respondí. Fingí enfado, pero no pude evitar una sonrisa por su ocurrencia.
―Amigo mío, esto es más grande de lo que esperaba. No solo es romántico… ¡Es épico!
Si las miradas mataran, la mía habría atravesado los teléfonos y la hubiera desintegrado en el acto. No había nada de romántico en todo esto, solo un amigo que trataba de ayudar a una amiga y ya.
― Ok, ok. Ya entiendo ―dijo, sin necesidad de que yo hablara―. Voy a dejarlo pasar, por el momento, pero que sepas que eres un dulce. Cuando se entere…
―No tiene por qué enterarse. ―Me rasqué la cabeza―. Espero que no lo haga. Yo solo…
―¿Sí?
―Solo quiero verla feliz, eso es todo.
Su sonrisa, de pronto, abarcó toda la pantalla.
―Si puedo ayudarte con algo, solo tienes que decirlo.
―Ya me estás ayudando al hospedarnos en tu casa.
―Lo hago encantada. ¿Queda alguna otra cosa en la lista?
―Solo montar una biblioteca en su cuarto libre, pero aún no tengo idea de cómo…
―Déjalo en mis manos. Tengo que hacer algunas llamadas, pero, al regreso, vas a tener todo listo.
―Gracias, Lane. Nos vemos en unos días.
―Nos vemos. Te quiero, futuro cuñado.
Antes de que pudiera decirle algo, me guiñó el ojo y cortó la llamada. Y yo, que ya me torturaba por no poder sacarme a Ava de la cabeza, me quedé, una vez más, solo con mis putos pensamientos.
Vacaciones mágicas
-AVA-
Estaba a punto de perder la cabeza, ya no había vuelta atrás. Terminaría mis días en una institución de salud mental.
¿De verdad iba a hacerlo? No soy experta, pero si alguna vez estás en una situación similar, tienes que saber que, si quieres olvidarte de tu tremendo crush por tu mejor amigo, aceptar ir a unas vacaciones mágicas con él no parece la mejor idea.
Y, sin embargo, allí estaba yo; preparando la maleta para ir directo a mi perdición.
«¡Dios, por favor, ¡ayúdame en esta!», pensé, aunque nunca en la vida fui creyente. Pero… a momentos desesperados, medidas desesperadas… o algo así. ¿Por qué será que nunca estoy segura de recordar bien los dichos populares? En fin.
A las 7 de la tarde estoy en tu casa
Voy en Uber, así nos lleva directo al aeropuerto
Por favor no te retrases, no esta vez
Sonreí al ver los mensajes de James. Era la quinta vez que me lo recordaba. Él y su bendita puntualidad.
No hubiera sido la primera ni la última vez que le diera un microinfarto por mi causa. Odiaba llegar tarde a cualquier lado y, conmigo, pasa mucho más a menudo de lo que puede soportar.
Pero, aquella vez, estaba tan ansiosa que, cuando el coche estacionó frente al edificio, yo ya lo esperaba.
El camino al aeropuerto fue extraño, no sé, había un clima raro entre nosotros. Y lo odiaba con todas mis fuerzas. Pero ¿cómo hacía para que todo fuera como antes si un solo roce de sus dedos me hacía estremecer?, ¿si me sonreía y se me paraba el corazón?
Además, estaba segura de que él estaba ansioso por algo también, aunque no tenía idea de qué podía ser.
Cuando abordamos el avión, caminé directo hacia el fondo. La verdad, nunca había viajado en un vuelo internacional, pero la clase económica suele estar al final, así que ni me fijé en lo que decía la tarjeta de embarque.
―Ava, es aquí ―dijo James, de pronto.
Lo miré. Era mucho más adelante de lo que me hubiera imaginado. Y, los asientos, mucho más espaciosos.
―¿Esto es primera clase? ―le pregunté al oído.
―No. ―Sonrió y… ¡esa sonrisa!―. Es clase ejecutiva, pero…
Y lo abracé. Así de la nada, sin pensarlo. Por un instante, se quedó allí de pie, como una estatua, y luego me devolvió el abrazo. Nos quedamos así, en completo silencio, hasta que alguien nos dijo que bloqueábamos el pasillo.
Ambos comenzamos a reír. Eso parecía haber roto la maldición, ya que, a partir de allí, volvimos a ser los de siempre. Bueno, casi. Mi corazón no recibió el mensaje.
Lane y Justin nos esperaban en el aeropuerto y, al ver por fin a mi hermana, rompí a llorar. James puso su mano en mi espalda baja y, ese gesto tan pequeño, fue de lo más reconfortante. Con cuidado, me guio hacia donde estaban y, cuando faltaba poco, corrí hacia los brazos abiertos de Lane.
Pasamos una semana increíble. Los dos primeros días los destinamos a pasear por el downtown , ir a comprar al Dolphin Mall y, por la noche, nos mezclábamos en medio de la locura que era Ocean Drive.
Luego, tomamos un bus que, en cuatro horas, nos dejó en Orlando.
Dedicamos un día entero a Magic Kingdom ―ya que siempre soñé con ver el castillo de Disney―, pasamos la noche en un hotel y, al día siguiente, exprimimos al máximo el ticket park-to-park de Universal para visitar las atracciones que más nos llamaban la atención de los diferentes parques.
Lane y Justin fueron con nosotros y te juro que nunca en mi vida me sentí tan feliz.
Cuando regresamos a Miami, pasamos los días restantes principalmente en la playa.
Fue entonces cuando, en realidad, entendí a mi hermana. Ese lugar era el paraíso, si se me hubiera dado la oportunidad de vivir allí, yo tampoco la hubiera rechazado.
Y sí, sé que omití hablarte sobre James, pero, la verdad, es que no sé por dónde empezar.
¿Por el hecho de que mi hermana solo tenía una habitación de huéspedes y tuvimos que compartir cama toda la semana?
¿Por la vez que entré sin golpear y lo encontré recién salido de la ducha, cubierto por una minúscula toalla?
¿O qué me dices de la vez que jugábamos en la arena y, de pronto, terminé acostada y él encima de mí?
Si antes del viaje estaba en problemas, después de él, esos problemas ya eran irreversibles.
No era un crush , no era algo pasajero. Amaba a James con todo mi ser y eso me mataba.
El último día antes de volver, me levanté en medio de la noche a buscar un vaso con agua y él no estaba a mi lado.
Salí despacio, sin hacer ruido, y lo encontré sentado a la mesa del comedor; hablaba con Lane.
Tendría que haberme dado media vuelta, tendría que haber respetado su intimidad, pero claro que no lo hice. Me agazapé en un rincón para escuchar su conversación.
Parecía preocupado y ya no podía más. Tengo que admitir que, en parte, estaba celosa de que hubiera decidido abrirse con Lane y no conmigo.
―¿En serio sigues en negación? ―preguntó mi hermana. Le agarró el brazo con cariño―. Te conozco hace tanto, James, y siento que es tan evidente que no puedo creer que no lo veas.
―Creo… ―Hizo una pausa, parecía que no le salía la voz. Miró para todos lados, como si quisiera asegurarse de que nadie lo escuchara, y luego agregó―. Creo que empiezo a hacerlo.
Mejor amiga
-JAMES-
―Aún me parece un sueño ―dijo Lane a modo de despedida, al tiempo que nos atraía en un abrazo grupal―. O, mejor dicho, un deseo concedido, ¿verdad, James? ―concluyó, guiñándome el ojo.
«Yo la mato», pensé, pero traté de mantener la compostura, así que me limité a asentir y a cambiar de tema lo antes posible.
Mientras esperábamos a que el avión despegara, solo podía pensar en que nunca había sido tan feliz como lo fui aquella semana.
Ava había sido lo último que veía por las noches y lo primero al abrir los ojos por las mañanas, y fue entonces cuando supe que quería que esa fuera mi realidad por el resto de mi vida.
En ocasiones, tardaba en conciliar el sueño porque no podía dejar de mirarla. La mano me quemaba, ansiosa por acariciarla, por atraerla en un abrazo y enterrar la nariz en su cuello. Sentía que solo al inhalar su aroma sería capaz de respirar.
Y nuestras interacciones durante el día tampoco ayudaban. La Ava de vacaciones era un ser libre, era juguetona, ¡y vaya si me gustaba jugar con ella!
Más de una vez, quedamos demasiado cerca. Más de una vez, mis ojos encontraron el camino a sus labios rosados.
Quería besarla. Lo quería más que a nada en el mundo.
Tal vez fue por eso que, cuando noté que se había quedado dormida, me acerqué más a su asiento y la atraje hacia mí, descansando su cabeza en mi hombro.
En un ataque de valentía, comencé a acariciarle el cabello y, cuando sonrió entre sueños ante mi contacto, me sentí invencible. Tan invencible que le dejé un beso en lo alto de la cabeza.
Llegamos a casa un viernes por la mañana y, el sábado, me despertó una videollamada de Lane.
―¿Ya me extrañas? ―dije a modo de saludo, mientras me incorporaba en la cama, aún medio dormido.
―¿Quién es la mejor amiga del mundo mundial? ―preguntó, ignorando mis palabras por completo.
―Puedo responderte, pero dudo que mi respuesta sea la que esperas. ―Sonreí.
―Tú sigue así. ―Pretendía estar enfadada, pero contenía la risa―. Cuando asciendas a Ava de categoría, ya vendrás a rogarme que vuelva a ocupar el puesto vacante.
―No sé, no sé. ―Fingí pensármelo―. Vas a tener que convencerme.
―¡Ajá! ¡No lo negaste! Es un avance…
―Lane. ―La corté.
―Ya sé, ya sé. Igual no importa, porque estoy a punto de convencerte. Ya arreglé lo de la biblioteca, seguro que Ava te lo contará…
―Justo me está llamando ―respondí, al ver su nombre aparecer en la pantalla.
―Te dejo entonces… ¡y de nada!
―¡Gracias, Lane! Te quiero.
Corté la llamada y le respondí a Ava. De alguna forma, Lane convenció a sus suegros de vaciar la antigua habitación de Justin. Se supone que lo llamaron para ver qué quería hacer con sus muebles y ahí se les ocurrió que a Ava le podrían interesar.
―Me mandaron fotos ―continuó, ilusionada―. Tiene una biblioteca de ensueño, un escritorio y hasta un banco para poner bajo la ventana que también sirve de espacio de guardado.
―¡Qué bien, A! Me alegro por ti.
―Hoy por la tarde me los traen en su camioneta y… ―De pronto cambió su tono de voz, parecía avergonzada―. Me preguntaba si podrías venir a ayudarme a acomodar todo. Yo voy a ir vaciando el cuarto y…
―¿Desayunaste? ―Quise frenar su discurso nervioso.
―No, aún no ―respondió, confusa.
―Me cambio, compro algo para desayunar y voy para allá. Nos vemos en media hora.
Cuando llegué, me recibió con una sonrisa y un abrazo interminable. Parecía que no nos veíamos desde hacía años, pero ¿quién era yo para alejarla cuando lo único que quería era tenerla cerca?