CINCO DESEOS #5
Pasamos todo el día juntos y, por la noche, ya con todo en su lugar, la invité a comer algo a un restaurante nuevo que había abierto en la esquina de su departamento.
Ya era oficial. Faltaba menos de una semana para su cumpleaños número treinta y acabábamos de tachar el cuarto deseo de su lista.
Cumpleañera
-AVA-
Estaba agotada, pero había valido la pena.
Cuando me mudé de la casa de mis padres, elegí aquel lugar porque el segundo cuarto, aunque pequeño para una habitación de huéspedes, era ideal para armarme mi propia biblioteca. Sin embargo, ya habían pasado casi cinco años y, hasta ese momento, solo había servido de depósito de cosas inservibles.
Al terminar de acomodar todo, James me invitó a cenar. Fue a su casa a cambiarse de ropa y aproveché el tiempo para darme una ducha rápida y maquillarme un poco. Me había visto todo el día roñosa, desarreglada y sudada como nunca antes, así que quería borrar esa imagen de su mente.
De pie frente al espejo, temí haberme pasado un poco, pero cuando llegó, hermoso, perfumado y con un ramo de flores en la mano, agradecí el haberme arreglado. Parecía salido de una revista. Estaba deslumbrante.
¿Y podemos volver sobre el hecho de que me había llevado flores? Nunca ―y cuando digo nunca, me refiero a nunca jamás en la historia― me había regalado flores.
Me mordí el labio, nerviosa, y aproveché la excusa de ir a ponerlas en agua para tratar de controlar la respiración.
Cuando llegamos al local, corrió la silla para mí y, aunque siempre era un caballero, no podía evitar pensar que, esa noche, me trataba diferente. Parecía más. No parecía una cena con mi mejor amigo. Parecía una cita. Y eso me estaba volviendo loca.
Fue una noche de ensueño. Me acompañó de regreso a la puerta de casa y los dos nos quedamos sin palabras, en un duelo de miradas que decían demasiado.
Se acercó con una lentitud pasmosa, acomodó un mechón de mi cabello y su mano permaneció un rato en mi mejilla.
Me acarició despacio, como si temiera que me fuera a romper frente a su contacto, y cuando pensé que iba a acortar la poca distancia que nos separaba para besarme, solo sonrió y se alejó, sacudiendo la cabeza.
―Buenas noches, Ava ―susurró.
―Buenas noches, James ―respondí como pude.
Entré y me apoyé contra la puerta, confundida. ¿Qué acababa de pasar?
Durante la semana no nos vimos y casi no hablamos, ni siquiera por WhatsApp. Cuando, el viernes por la mañana me despertó un repartidor con un desayuno a domicilio, una caja de bombones y un ramo de rosas, casi me pongo a llorar.
Apoyé todo en la mesa del comedor y abrí la tarjeta:
«Feliz cumpleaños a la mujer más increíble que tuve el placer de conocer. Espero endulzarte un poquito la mañana.
Suerte en el trabajo! Nos vemos a la noche.
Te quiero, J»
Busqué su contacto en mi teléfono y le mandé un mensaje que ni empezaba a describir cómo me sentía en ese momento.
¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!
Me dejaste sin palabras. Te quiero
Yo más. ¡Qué tengas un lindo día!
Te paso a buscar a las ocho, cumpleañera
Al día de hoy, aún no recuerdo qué hice en el trabajo. Si no me despidieron aquel día, jamás lo harían. No paraba de pensar en James, en nuestra cena de la semana anterior, en su regalo y en que, en pocas horas, lo iba a ver de nuevo.
Vivía angustiada, no quería cumplir treinta, pero, cuando llegó el día, no podía importarme menos. Solo me importaba él.
A estas alturas, creo que ni falta hace que te cuente que se me hizo tarde. James iba a llegar en cualquier momento y yo seguía en ropa interior.
Me puse el short del pijama y, mientras me servía un vaso de agua, me llegó su mensaje. ¡Mierda!
Respondí rápido y crucé la sala de estar a toda velocidad para ir a buscar una camiseta. Ya lo había recibido así una vez, dos era demasiado.
No obstante, en el apuro, choqué con la mesita del centro y se me cayeron los libros de mi Tbr que había dejado allí. Me agaché para recogerlos y noté que había un papel que se asomaba entre las páginas de uno de ellos.
Lo agarré y, cuando comencé a leerlo, tuve que sentarme porque me temblaban las piernas. Era mi letra, más desprolija de lo habitual, pero sin duda era mi letra. «Lista de deseos antes de cumplir treinta», rezaba el título.
Al repasar cada uno de los ítems listados en aquella hoja, me vinieron flashes de momentos vividos con James en ese último tiempo.
Sin darme cuenta, cerré la mano en un puño, arrugué el papel entre los dedos. Me llevé la mano al pecho, sentía que algo allí dentro estaba a punto de estallar.
«No, es imposible. Tiene que haber otra explicación», pensé.
Apenas un instante después, se abrió la puerta.
Deseos concedidos
-JAMES-
Estoy en la puerta
No me mates, aún no estoy lista
Pasa, por favor. En diez minutos salimos
Nuestra pequeña interacción se sintió como un déjà vu . ¿Cómo olvidar la noche que lo había cambiado todo? Aún me parecía increíble que hubiera sucedido solo dos meses atrás. Eso sí, nada me hubiera preparado para lo que me esperaba dentro del apartamento.
Ava estaba con su diminuto short de pijama y un conjunto de encaje, como aquella vez; pero, aunque inevitablemente me dejó sin aliento, ese pequeño e insignificante hecho enseguida pasó a segundo plano.
Estaba sentada en el suelo, en medio de la sala de estar. Los pocos libros que había decidido dejar en ese ambiente estaban tirados alrededor de ella y estaba pálida, temblaba.
Sin pensarlo siquiera, corrí a su encuentro y me arrodillé frente a ella. Le agarré la cara entre las manos para que me mirara.
―Ava, cielo, ¿estás bien? ―pregunté, preocupado, mientras le acariciaba con ternura las mejillas.
―Yo… sí... tal vez… no… ―balbuceó.
―¿Qué ocurre? Me estás preocupando. ¡Dímelo, cariño! ¿Necesitas algo?
―¿Sa…? ¿Sabes qué es esto? ―me preguntó casi en un susurro, al tiempo que levantaba la mano para mostrarme un papel arrugado que sí, conocía demasiado bien.
―Sí ―dije sin más, no tenía sentido ocultarlo.
¡Mierda! Por algo no quería que se enterara. ¡Mierda! Estaba alterada como nunca antes.
―Yo… no recuerdo haber escrito esto ―admitió avergonzada―, pero no pude evitar notar que…
―Shhh, no digas nada ―la corté, preso del pánico―. Hoy es tu día, deberías celebrar…
―¿Tú lo planeaste todo? ―me interrumpió―. ¿Cómo? ¿Por qué?
Al verla tan vulnerable, lo único que quería era abrazarla ―y tal vez besarla hasta que el mundo dejara de tener sentido―, pero sabía que necesitaba respuestas y, aunque estaba muerto de miedo, necesitaba sacarme aquello del pecho antes de que terminara por ahogarme en mis propios sentimientos.
―Casi todo. ―Sonreí nervioso―. No planeaba terminar en emergencias aquella vez, pero puede que haya aprovechado la situación ―confesé y, pese a todo, vi un atisbo de sonrisa en su rostro.
―¿Cómo?
―Dos meses atrás, el día de mi cumpleaños, encontré la lista por casualidad. Estaba aquí, esperaba a que terminaras de cambiarte y…
―¿Por qué? ―me interrumpió una vez más.
―¿Acaso importa? ―retruqué―. No hay por qué darle vueltas al asunto, solo…
―¡James! ―prácticamente gritó―. ¿Por qué?
Un mechón de cabello escapó de su recogido y, con mano temblorosa, lo acomodé detrás de su oreja con cuidado, casi de forma reverente.
―En un primer momento no lo supe ―confesé al fin―. Solo quería hacerte feliz, ¿sabes? Pero…
―¿Por qué? ―insistió una vez más, en esa ocasión, a media voz.
―Creo que sabes por qué.
Nunca la vi abrir tanto los ojos. Fue sutil, pero no pude evitar notar que se echó un poco hacia atrás, alejándose de mí, y una lágrima comenzó a rodar por su mejilla.
Mi corazón se resquebrajaba. No podía perderla, necesitaba hacer algo. ¡Urgente!
―Por favor, olvídalo ―supliqué―. Solo fueron cuatro deseos concedidos y ya. No tiene por qué cambiar nada, de verdad. No quiero que te sientas incómoda, yo…
―Cinco. ―Me frenó de golpe.
―¿Qué?
―Fueron cinco deseos ―dijo, aún con voz temblorosa.
―El… el último no dependía de mí ―susurré, con el pulso acelerado.
―¿No? ―Esa vez, se inclinó un poco hacia adelante y me agarró las manos entre las suyas―. Si mal no recuerdo, y no lo hago, me enamoré cuando era una adolescente y, para ser honesta, creo que nunca dejé de estarlo…
Abrí la boca para decir algo, aunque no tengo idea qué, pero puso un dedo sobre mis labios y continuó ella.
―Estos últimos dos meses fueron increíbles, James. ―Sonrió―. Y me recordaron eso que siempre estuvo ahí, pero que aprendí tan bien a reprimir porque el miedo a perderte como amigo, a que no estuvieras en mi vida de la forma que fuera, nublaba todo lo demás.
Mi mente no terminaba de procesar las palabras que habían salido de su boca, pero mi cuerpo decidió tomar las riendas. Con nuestras manos aún entrelazadas, me puse de pie y la ayudé a incorporarse. En cuestión de milisegundos, la levanté en volandas. Ella soltó una carcajada que me supo a gloria.
Sus manos encontraron su lugar alrededor de mi cuello y, sus piernas, alrededor de mi cintura. Y entonces la besé.
La besé con la fuerza de un huracán, de esos que llegan y arrasan con todo. La besé con el alma, porque mi cuerpo no era suficiente. La besé como tantas veces había soñado, y como esperaba hacerlo por el resto de mis días.
―Te amo tanto, Ava ―confesé casi sin despegar mis labios de los suyos.
―Te amo, James ―respondió tras tomar mi labio inferior entre sus dientes.
Comencé a girar con ella sobre mí, como aquella vez, solo que entonces todo era diferente.
―¡Feliz cumpleaños, cielo!
Volví a besarla, ya sin prisa. Mis manos comenzaron a recorrerla entera, a familiarizarse con cada pequeño tramo de su piel que encontraban a su paso. Y, aunque sabía que nuestros amigos nos esperaban para celebrar, por primera vez en mi vida, no me importó.
A fin de cuentas, Ava siempre había tenido razón: la puntualidad estaba altamente sobrevalorada.