Destellos de amor CINCO DESEOS #3
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CINCO DESEOS #3

―¿En serio? ―pregunté. Alcé la ceja, con una sonrisa ladeada―. ¿Así que ahora somos novios?

―No seas idiota ―dijo, ruborizada una vez más―. No me refería a esa parte, sino a que te cuidaría para que pudieras volver a casa.

―¡Cierto! Creo recordar que dijiste algo sobre un disfraz de enfermera sexy , ¿no? ¿O me lo imaginé? ―Me rasqué la barbilla, pensativo. Me encantaba jugar con ella y, en ese último tiempo, aún más. Se ruborizaba con mayor facilidad, se ponía nerviosa y era… adorable.

―Tú escuchas lo que quieres ―me retó. Me golpeó el brazo de forma juguetona―. Lo único que me voy a poner es algo de ropa tuya, así estoy más cómoda. Nos espera una larga noche.

―Mmm. Puedo trabajar con eso, suena… prometedor ―respondí, y me gané otro golpecito.

Me acomodé en el sillón y ella fue hacia la habitación. En ese momento recordé su segundo deseo.

Tal vez no era el mejor escenario, pero tenía la excusa perfecta y ya me sentía mucho mejor. Algo bueno tenía que salir de todo aquello, ¿no?

Cuando la vi salir de mi cuarto con una camiseta mía que le llegaba a la mitad del muslo, me quedé sin palabras.

Era hora de tachar su segundo deseo y, probablemente, también mi cordura.

South Beach

-AVA-

Planeaba ponerme unos shorts deportivos de James, pero, aunque lo intenté todo, no dejaban de caerse.

Me miré en el espejo una vez más. Tenía vestidos más cortos que aquella camiseta, tal vez no estaba tan mal así.

El característico aroma de mi mejor amigo inundó mis fosas nasales. Su ropa olía a él, y me sorprendí acercando más la prenda a mi cara para poder sentirlo mejor.

¿Qué me pasaba? No podía echarlo todo a perder, no podía volver a sentir cosas por él. No solo me rompería el corazón, me destrozaría por completo.

Intenté sacarlo de mi mente, juro que lo intenté, pero cuando volví a la sala de estar y vi la forma en que me miraba… ¡Mierda!

Aquello se me salía de control. Tampoco ayudó que la noche fuera tan perfecta.

No fue una cita, pero, de haberlo sido, hubiera sido la mejor de mi vida. Por lejos.

Pese a que yo ya había decidido pasar la noche en vela para vigilarlo, no contaba con que él no quisiera dormir en lo absoluto.

Comimos algo, hablamos como nunca, miramos tele e incluso leímos, tirados en el sillón.

Él, uno de sus aburridos libros de historia que tanto le gustan, y yo, un libro romántico que hacía tiempo que quería empezar.

Como no tenía ni mis libros físicos ni mi Kindle allí, leí directo desde la app de mi teléfono.

La historia era preciosa, pero spicy . Era un friends to lovers de manual y, pensándolo bien, leerla allí, con él, fue la peor idea que pude haber tenido. Debo ser algo masoquista.

En determinado momento, su pie se encontró con el mío en medio del sillón. Fue solo un roce, pero tuve que levantarme e ir a servirme un vaso de agua para poder recomponerme.

En fin, mi cabeza era un lío y, mi corazón, un lío aún mayor; pero hacía siglos que no me divertía tanto.

A eso de las seis de la mañana, después de pasar con éxito las que el doctor había denominado como «horas críticas», decidimos dormir un poco. Estábamos exhaustos.

Dormí en su cama, como siempre, pero me desperté con la espalda pegada a su pecho y su fuerte brazo sobre mi estómago. Se sintió demasiado bien, se sintió más.

Me permití disfrutarlo durante unos minutos y, con mucho cuidado, me escabullí de la cama antes de que se despertara. Sería mejor que él no se enterara de la posición en la que estábamos.

Aunque pasaban los días, no había noche que me acostara y no pensara en él, y no había mañana que no lamentara estar en mi cama, que se sentía demasiado grande y fría sin su compañía.

Ya no podía negarlo, estaba jodida.

Como si esa sola revelación no hubiera sido suficiente, un par de días después nos juntamos a tomar un café y James me tiró una bomba.

―Bueno, la cosa es así. ―Parecía algo nervioso mientras jugaba con el vaso de Starbucks―: tengo muchas millas acumuladas, gracias a mis aburridos viajes de trabajo, y se me están a punto de vencer.

Creo que me vendría bien tomarme unas vacaciones; así que se me ocurrió pedirme unos días y hacer un viaje.

―James, ¡qué bueno! Te va a venir genial. ―Y a mí también me serviría la distancia, pensé. Aunque sabía que iba a extrañarlo, debía encontrar la forma de sacarlo de mi sistema―. Te envidio mucho… sanamente, por supuesto ―agregué, divertida.

―¿Y si no tuvieras que envidiarme? ―preguntó, y su labio se curvó en una sonrisa nerviosa.

―¿Qué quieres decir? ―pregunté, confundida.

―Cuando digo que tengo muchas millas, quiero decir que tengo muuuchas millas ―exageró la «u» de tal forma que me sacó una carcajada―. Suficientes para dos personas.

―¿Quieres que nos vayamos de vacaciones juntos? ―susurré.

―Pues… ―continuó, haciendo caso omiso a mi pregunta―. Creo que sería divertido. Podríamos ir a visitar a Lane, ir a la playa… tal vez, escaparnos unos días a Orlando e ir a los parques…

No podía creer lo que escuchaba No solo me invitaba, me ofrecía el viaje de mis sueños.

Lane, mi hermana, se había mudado hacía dos años a South Beach, Miami, junto a su novio, Justin.

La extrañaba con locura. Hablábamos a menudo por FaceTime, pero ¿verla en persona?

―Yo… A ver, me encantaría, pero… ―balbuceé―. Es una locura. Es mucho dinero y, y…

―Mira, el viaje es gratis. Además, hablé con Lane y me dijo que nos podíamos quedar con ella, así que tampoco tendríamos gastos de hotel.

―¿Hablaste con Lane? ―Seguía en estado de shock ―. ¿Cómo? ¿Por qué?

―Te recuerdo que también es mi amiga. Hace años que la conozco  y te conozco a ti. Pero, tranquila, le dije que iría acompañado, pero no que iría contigo. No quise ponerte en un compromiso…

―Siento que es demasiado, yo…

―Tómatelo como un regalo de cumpleaños adelantado, ¿sí? ―me dijo con una sonrisa capaz de derretir glaciares y, de más está decirlo, ya no pude resistirme.

El genio de la lámpara

-JAMES-

En cuanto Ava aceptó viajar conmigo, me agarró un poco de ansiedad. Ansiedad que aumentó exponencialmente al ver el precio que me saldrían los vuelos de clase ejecutiva que quería reservar. Pero sabía que valdría la pena.

Para ser sincero, necesitaba vacaciones, y yo también extrañaba a Lane, así que una semana de viaje con mi mejor amiga parecía un regalo caído del cielo, ¿no?

Entonces, ¿por qué tenía el corazón tan acelerado? ¿Por qué estaba tan nervioso?

En un intento por controlar mis emociones, llamé a Lane para confirmarle nuestra visita. El teléfono sonó una vez y se cortó la comunicación. Un segundo después, me llamó por FaceTime.

―Hola, Lane ―la saludé con una sonrisa.

―Hola, ex mejor amigo. ¿Cómo estás?

Siempre me saludaba igual y, aunque antes la intentaba corregir, hace tiempo que di la batalla por perdida.

Nos conocemos desde niños y, en la adolescencia, nos volvimos muy cercanos.

Cuando ella comenzó a tener citas, sus padres la obligaban a llevar a su hermanita a todas partes. Era su forma de tenerla «controlada». Así que, pronto, comenzó a pedirme que fuera a entretener a Ava, para poder centrarse en su acompañante sin interrupciones.

Ava es tres años menor que nosotros, así que, al principio, no me había gustado la idea de ser la niñera de la hermanita de Lane; pero bastaron dos encuentros para darme cuenta de lo mucho que teníamos en común y, desde ese entonces, nos volvimos inseparables.

Mi relación con Lane sigue intacta, incluso ahora, a pesar de la distancia; pero mentiría si dijera que mi relación con Ava es igual. Sé que suena cursi, pero alguien me dijo una vez que éramos almas gemelas, y creo que eso es lo único capaz de explicar nuestra conexión.

Tiene que ser lo único. La alternativa es, bueno, aterradora.

―Todo bien. ―Hice una pausa―. Y tú mucho mejor, porque, en unos días, vas a tener dos huéspedes de lujo.

―Ahhh. ―Comenzó a sollozar y dar saltitos de alegría―. ¿Vas a venir? ¡No lo puedo creer! Quiero que me cuentes todo, ¿quién es ella?

―Ava. ―Sonreí.

―¿Ava? ¿Mi hermana?

―¿Conoces a otra Ava? ―pregunté divertido.

―¡No lo puedo creer! ¡No lo puedo creer! ―Comenzó a aplaudir―. Tengo tantas ganas de verte… ¡y a ella! ¿Y juntos? Me parece un sueño. Siempre supe que pasaría esto, ya era hora de que te quitaras la venda de los ojos y te dieras cuenta de que siempre estuviste loco por ella.

―No, no. ―Me apresuré a interrumpirla, aunque sus palabras hicieron que regresara la maldita taquicardia―. Solo somos amigos, L. Lo sabes.

Levantó una ceja y, un segundo después, largó un suspiro resignado, casi un bufido.

―A ver, te voy a seguir la corriente. Supongamos que te creo…

―Lane. ―Mi tono era de advertencia, pero no pudo importarle menos.

―Shh, Shh ―me hizo callar―. Escucha un momento.

Como decía, supongamos que te creo. Entonces, ¿cómo es que mi hermanita, la misma que desde el día en que me mudé comenzó a ahorrar para venir y, en sus propias palabras, «no está ni cerca de juntar el dinero», de repente se pide una semana libre para venir a visitarme?

―Tengo millas acumuladas y están a punto de vencer ―respondí mecánicamente, sin poder mirar el reflejo de sus ojos en la pantalla.

Como toda respuesta, Lane comenzó a reír. Y cuando digo reír, me refiero a un ataque de risa con todas las letras, de esos que te hacen brotar un par de lágrimas en el proceso.

―¿Se puede saber qué es tan gracioso? ―me quejé.

―Que pienses, aunque solo sea por un instante, que me voy a tragar esa excusa ridícula ―dijo, al recuperar un poco la compostura―. Puede que Ava se la haya creído, pero a mí no me engañas. ¿Piensas decirme la verdad o tendré que sacártela a la fuerza?

―No es nada ―respondí, derrotado.

―Deja que sea yo la que lo juzgue. Por el momento, tiene toda la pinta de ser un gran gesto romántico.

Puse los ojos en blanco.

―Tienes que prometer que no le dirás ni una palabra…

Cuando logré que en verdad lo prometiera, le conté lo de la lista de deseos ―excepto el último, claro―. Ya bastante mal me sentía por haberlo leído yo. Era demasiado personal.

―Así que… ¿Me quieres decir que eres algo así como su genio de la lámpara?