CINCO DESEOS
Pero no creas que su vida está vacía. Si hay una verdad innegable es que Ava tiene dos cosas: una lista de deseos —producto de una borrachera— y un mejor amigo dispuesto a todo por ayudarla a cumplirlos.
Entre deseos cumplidos y miradas robadas, afloran nuevos sentimientos que pueden derivar en un gran acierto o en la peor de las desdichas. Ahora deben decidir si vale la pena arriesgarse.
Oh, my God
-AVA-
El primer tequila me dejó un ardor en la garganta casi imposible de soportar. El sexto, se sintió igual que un maldito vaso de agua.
Claro que, cuando quise levantarme, mis piernas no opinaron lo mismo.
―¿Cuándo se convirtieron en gelatina? ―pregunté, toda dramática, mientras las señalaba de forma acusadora.
Mi equilibrio no es el mejor en un buen día y, en una mala noche, ni les cuento.
Ya me veía desparramada en el suelo mugroso de aquel bar cuando James saltó de su taburete, se puso detrás de mí y, en un movimiento preciso, enroscó su brazo derecho alrededor de mi cintura.
Evitó que me cayera, pero terminé con la espalda pegada a su pecho…
y otras partes de mi anatomía ―y de la suya, claro― más cerca de lo que jamás habían estado.
Tragué saliva y, cuando me giró despacio para quedar cara a cara, aunque igual de cerca, mis ojos fueron directo a sus labios.
¿Que qué pensé en ese momento? No lo sé, entré en una especie de trance, del que solo salí cuando se aclaró la garganta y habló para romper el raro embrujo en el que me había visto atrapada.
―Creo que después del tercer shot ―dijo sin más.
―¿Qué? ―pregunté, confusa.
―Preguntaste cuándo se volvieron de gelatina ―respondió, con una sonrisa ladeada.
―Ah, sí… eso. ―Me sonrojé.
¿Qué demonios me pasaba? Era James, ¡por Dios santo! Mi mejor amigo, prácticamente mi hermano.
«No se piensa así de un hermano, Ava. No se lo desnuda con la mirada tampoco. ¡Por favor, basta ya!», decía la odiosa voz de mi consciencia.
Intenté alejarme y, otra vez, estuve a punto de caer. ¿Qué pasó? Sus manos terminaron en mis caderas, me anclaron en el lugar, y, emulando a Janice de Friends: « Oh, my God! ».
Su risa me hizo comprender que no solo lo pensé, lo dije en voz alta. ¡Mierda!
―Me parece que va a ser mejor que te lleve a casa, Ava ―sentenció, divertido.
Solo atiné a asentir con la cabeza. Mi mente tomó sus palabras, su tono de voz, y les dio un significado muy diferente. Fue… demasiado.
Saludé al resto de nuestros amigos, o eso espero, y, cuando quise darme cuenta, ya estaba en su coche.
¿Fui caminando? ¿Volé? ¿Me llevó en brazos? No tengo ni la menor idea.
Entramos en mi casa y, como todo un caballero, se ofreció a quedarse a pasar la noche.
De más está decir que le dije que no. No sería ni la primera ni la última vez que durmiéramos juntos, pero, en el estado en el que estaba mi cerebro ―y mis hormonas― no me quise arriesgar a pasar la línea de lo platónico que tan bien habíamos dibujado tantos años atrás.
No le gustó mucho la idea de dejarme a mi suerte, pero aceptó bajo la promesa de que lo llamaría si me sentía mal o pasaba algo. Después de todo, vivía solo a un par de minutos de mi edificio.
¡Qué dolor de cabeza! ¿Sentiste alguna vez que una manada de elefantes pisoteara tus neuronas?
¿Y esa sensación en la que el cerebro se convierte en un líquido pegajoso que te sale por los ojos en forma de lágrimas ácidas?
La verdad, espero que no, porque es lo que me ocurría en ese momento y, ¿sabes algo? ¡Da asco!
No estoy acostumbrada a beber tanto, a las pruebas me remito, pero salimos a festejar mi cumpleaños número veintinueve y, de pronto, se me quitaron las ganas de celebrar.
Solo me quedaba un año antes de los treinta. Un año hasta esa edad que, desde niña, predije que sería un hito en mi vida; cuando sentaría cabeza, sería una adulta responsable y, con total seguridad, habría tachado muchas cosas de mi lista de deseos.
Faltaba solo un año y me sentía igual que a los dieciocho. No estaba preparada psicológicamente para ese cambio de década.
Con una determinación que ni yo sé de dónde salió, busqué en el cajón de mi mesita de luz hasta encontrar una libreta y una pluma que se negaba a funcionar hasta que, a fuerza de desperdiciar una hoja, la logré vencer. ¡Toma esa, pluma tonta!
Con letra temblorosa, puse el título: «Lista de deseos antes de cumplir treinta».
Estúpido, lo sé, pero… para tacharlos, primero debía escribirlos, ¿no? Por algo tenía que empezar.
En retrospectiva, la idea no era mala, lo malo fue hacerlo en semejante estado de embriaguez. Llegué a escribir cinco deseos, y algunos de ellos eran demasiado idiotas; pero, después de todo, los niños y los borrachos dicen siempre la verdad. Así es el dicho o, al menos, eso creo.
Me quedé dormida con la libreta a mi lado y la pluma sobre la almohada. Conclusión: desperté, al día siguiente, con una raya azul en la cara, una resaca monumental y una lista ridícula que escondí en uno de los libros desperdigados por toda mi sala de estar.
Me olvidé por completo de ella hasta mucho más adelante, pero ya te lo contaré en otro capítulo.
«LISTA DE DESEOS ANTES DE CUMPLIR TREINTA
Ir a una clase de cerámica
Quedarme despierta toda la noche
Hacer un viaje fuera del país
Armar un estudio/biblioteca en el basurero cuarto libre del departamento
Enamorarme»
Olvida mi regalo
-JAMES-
Estoy en la puerta
No me mates, aún no estoy lista
Pasa, por favor. En diez minutos salimos
Busqué mi llave y entré al edificio. Su casa, a esas alturas, era como mi segundo hogar. Subí al ascensor y miré el reloj. Me dijo diez minutos, así que supuse que tardaría media hora o más. La conozco demasiado bien, tanto que no me sorprendió el sonido de un nuevo mensaje entrante.
Sonreí, porque sabía lo que diría sin necesidad de leerlo.
Por cierto, ¡Feliz cumpleaños!
Soy la peor amiga, lo siento
Eres la mejor… y lo sabes
Respondí, a pesar de que estaba a punto de verla.
Apenas llegué a cerrar la puerta y se acercó a mí, enganchó los brazos alrededor de mi cuello y yo, casi por inercia, la levanté del suelo.
Dimos un par de vueltas. Ella juntó sus piernas detrás de mi espalda mientras me cantaba, una y otra vez, el feliz cumpleaños. Yo solo sonreía y la abrazaba.
Ava es mi lugar seguro, siempre lo fue y siempre lo será.
Terminó de cantar, me dio un beso en la mejilla y, de forma muy muy lenta, resbaló hasta quedar de pie, justo frente a mí.
Es cierto que, al levantarla, mis manos y brazos entraron en contacto con la calidez de su piel, pero no fue hasta ese momento que me di cuenta de la razón. Mi mejor amiga vestía un short casi transparente, supuse que sería parte de su pijama, y un conjunto de encaje negro.
Debo admitir que contuve la respiración por un momento, creo que hasta olvidé que era necesaria para vivir. Solo entré en cortocircuito.
Ava hablaba, es muy probable que se disculpara por el retraso y, un día normal, le hubiera respondido que lo tenía previsto y que le pedí que estuviera lista antes de tiempo, que íbamos a llegar a tiempo. Odiaba ser impuntual, y ella lo sabía. Pero las palabras murieron en mi boca.
No acababa de descubrir lo hermosa que era, eso siempre lo supe.
Y pasamos innumerables veranos en la piscina, la vi con bikinis incluso más diminutos que lo que llevaba en ese momento, así que tampoco acababa de descubrir su cuerpo escultural.
Pero, ese día, algo me pareció diferente. Más íntimo. Más amenazante.
―¿Quieres algo de tomar? Hay Coca Cola en la nevera.
―Yo me sirvo, gracias.
No reconocí mi propia voz y, si no me conociera mejor, hasta podría haber apostado que estaba ruborizado hasta las orejas.
―Espera que te traigo tu regalo ―afirmó, animada.
―¡No! ―escupí con demasiada energía―. Quiero decir, tal vez prefieras ir a ponerte algo más cómodo antes.
―¿Cómodo? ―preguntó, sorprendida―. ¿De qué hablas? Si estoy en…
Bajó la vista para señalar su ropa y, en ese momento, se dio cuenta de lo que llevaba.
―¡Ay, mierda! Perdón, James. Me estuve probando ropa, estaba convencida de que me había puesto una camiseta oversize encima. Ya sabes, la que me regalaste. ―La mitad lo dijo y la mitad lo gritó mientras corría de regreso a su habitación.
―Aclaremos algunas cosas, Ava ―dije, entre risas―. Uno: no te la regalé, me la robaste. Dos: no es oversize , es de mi talla. ―Tragué saliva―. Y tres: si quieres, olvida mi regalo. Dudo que supere la vista que me acabas de regalar. ¡Feliz cumpleaños para mí!
―¡James! No digas eso ―gritó escandalizada―. ¡Qué vergüenza!
Ambos comenzamos a reír, aunque lo que dije era cien por ciento verdad. No hubiera podido sacarme su imagen de la cabeza aunque hubiera querido… y, ¡Dios! ¡Jamás hubiera querido hacerlo!
¡Mierda! Tenía que pensar en otra cosa si no quería avergonzarme a mí mismo. Me bajé un vaso de refresco de un solo trago y pasé hacia la sala de estar.
A primera vista, el lugar parecía un desorden, pero si mirabas lo suficiente, notabas que cada cosa estaba en donde debía estar. Bueno, todo menos los libros.
Los había de todos tamaños y colores, y estaban por todos lados. Encima de la mesa, junto al televisor, incluso en la alacena.
Ava amaba las historias de romance y, el último año, se había obsesionado por completo con los sport romances … y, si eran de hockey, mucho mejor.
Tomé una pila y, sin nada mejor que hacer, comencé a mirar las portadas.
Muchas tenían dibujos inocentes que, casi con total seguridad, escondían escritos muy poco inocentes entre sus páginas.
Otras, solo mostraban el torso desnudo de algún modelo o algo así, porque un hombre del montón no tiene ese físico por más de que se mate en el gimnasio. ¡Puedo jurar que lo he intentado!
Cuando los fui a apoyar, un papel salió disparado. Lo levanté, con toda la intención de ponerlo de regreso en su lugar, hasta que vi el título escrito en su algo desprolija caligrafía: «Lista de deseos antes de cumplir treinta».