TE SOÑÉ #5
—¿Bonnie? ¿Eres tú?
Se despierta con el corazón a mil por hora.
Es sábado por la mañana y es la primera vez que sus sueños le muestran una interacción entre ellos.
Después de tantos años, escuchar su nombre en labios del pelirrojo le corta la respiración.
Su cabeza lo repite en bucle, y lo escucha tan fuerte y claro que, si cierra los ojos, puede imaginarlo allí, a su lado.
Al llegar la noche, se maquilla, se peina el cabello castaño en ondas sueltas que caen como cascada sobre sus hombros, y se pone un vestido del mismo tono verde de sus ojos.
Cuando llega a la casa de Stacy, lugar en el que se llevará a cabo la fiesta, va directo a la barra improvisada en busca de una copa que aquiete un poco su espíritu.
Un rato después, ve llegar a Brian. Sabe con exactitud que, en un minuto, se le romperá el tacón a una de sus compañeras de la oficina y que, en dos minutos más, llegará Scott con una botella de vino y una sonrisa matadora. Lo sabe porque lo soñó durante la semana, por supuesto.
Aún no logra reunir el valor necesario para enfrentarlo, así que busca un lugar entre las sombras desde dónde observarlo.
Scott entra, simula una confianza que no siente. Después de todo, solo conoce a Brian y desde hace muy poco tiempo. Por suerte, él está en la puerta, junto a la anfitriona, así que enseguida van juntos en busca de una bebida.
Mientras habla con él, da un vistazo general a la habitación; hasta que sus ojos se detienen en una preciosa joven de ojos verdes que lo deja encandilado.
Es la mujer más hermosa que ha visto en su vida, de eso no hay duda, pero hay algo más. Tiene un pequeño lunar debajo del ojo derecho y unos tiernos hoyuelos en las mejillas. Todo en ella le resulta extremadamente familiar y no sabe el porqué.
Desde ese preciso instante, no puede pensar en otra cosa que no sea en esa misteriosa mujer. Tal vez sea por eso que, cuando la ve escabullirse hacia el parque, decide salir tras ella.
―Hola ―dice, sin más, a sus espaldas. Ella se estremece y se gira poco a poco, casi en cámara lenta.
―Hola ―responde a media voz.
Al tenerla frente a frente, miles de imágenes regresan a su mente. Imágenes de una niña con ese mismo lunar, esos mismos ojos y esa sonrisa con hoyuelos. La niña con la que soñó durante años cuando era pequeño y que, de un día para otro, desapareció de sus sueños.
Con un nudo en la garganta, la observa más tiempo del debido, hasta que decide hacer la pregunta.
―Disculpa si esto suena algo extraño, pero ¿te conozco de algún lado? Juro que no es una línea trillada para romper el hielo, en verdad siento que nos hemos visto antes… y en más de una ocasión. ¿Puede ser? ¿Dónde te he visto?
Ella se arma de valor y decide jugarse el todo por el todo con su respuesta.
―En tus sueños, tal vez ―replica con una sonrisa―. O, quizás, en los míos.
Bonnie juega nerviosa con el cierre de su bolso, con tan mala suerte que se le cae al suelo y todo su contenido cae en todas direcciones.
Ambos se agachan al mismo tiempo, él la ayuda en silencio a guardar todo hasta que los dos van por el mismo objeto y sus manos se rozan por accidente, lo que les provoca una descarga eléctrica que sienten hasta en los huesos.
Scott sale del trance primero, con una mano lo levanta y con la otra la ayuda a ponerse en pie.
Es una pulsera roja y naranja, pequeña y, a juzgar por su aspecto, se nota que tiene muchos años de uso.
Tiene cinco pequeñas cuentas que comenzaron a borrarse por el desgaste, pero aún se puede distinguir el nombre que forman: el suyo.
Cierra la mano en un puño, como si así pudiera abrazar ese pequeño pedazo de su pasado que creía perdido.
Tiene el corazón acelerado, las manos sudorosas. Quiere hablar, pero debe hacer varios intentos antes de que su boca decida responder a su mandato. Sin siquiera tomarse un minuto para considerarlo, un nombre escapa de sus labios en forma de interrogante.
―¿Bonnie? ¿Eres tú?
Ella asiente y se muerde el labio, nerviosa, y un precioso rubor inunda sus mejillas.
―Sí, Scott. Un placer volver a hablar contigo —dice al fin.
Comparten una mirada cómplice, aunque sorprendida, una sonrisa y la promesa silenciosa de un futuro.
—Pero ¿cómo? Yo…
—No tengo idea —admite ella.
Él suelta una carcajada, presa de los nervios, y pronto Bonnie se le une. Es una locura, pero, al menos, una locura compartida.
—¿Todo fue real? ¿Nuestra amistad, las charlas, nuestras promesas?
Ella se encoge de hombros y, en vez de responderle con simples palabras, lo hace con las más significativas de su vida.
Levanta la mano, le muestra el dedo meñique en una clara invitación y, aunque hace diez años que no lo dice, le sale de forma natural.
—Entonces, ¿mañana soñamos otra vez?
Scott parece meditarlo y, cuando ella está a punto de retirar la mano, avergonzada, él acerca la suya. Pero no, no le ofrece su meñique como antaño. La acaricia, de forma suave y delicada, y luego entrelaza todos sus dedos con los suyos.
—Creo que, esta vez, prefiero verte despierto.