Destellos de amor TE SOÑÉ #4
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TE SOÑÉ #4

—Perdón por la interrupción —dijo Brian al regresar, con una sonrisa que le hacía brillar la mirada—. Acaban de invitarnos a una fiesta el próximo fin de semana.

—¿A ambos? —preguntó Scott, sorprendido.

—Eres el único Scott que conozco, así que entiendo que sí. —Se encogió de hombros—. A mí también me llamó la atención, pero necesito ir a esa fiesta, ¿crees que podrás acompañarme?

—Seguro —respondió, aún intrigado—. ¿Qué podría salir mal?

Bonnie se despierta sobresaltada y con la cabeza llena de interrogantes.

Antes siquiera de levantarse, desbloquea su teléfono.

Son las dos de la tarde. ¡Perfecto! Stacy suele dormir hasta tarde los fines de semana, y mucho más si salieron la noche anterior.

Busca su contacto y, cuando la voz adormilada de su amiga responde, siente que sus hombros se relajan un poco.

―Amiga, ¿nos podemos ver? Necesito que hablemos. ¡Creo que me estoy volviendo loca!

***

Llega al restaurante con los nervios a flor de piel y, por primera vez en mucho tiempo, abre su corazón. Y lo hace como nunca antes.

Stacy la escucha atenta, sin emitir palabra, mientras Bonnie le relata con lujo de detalles aquello que ocultaba hacía tanto tiempo. Para finalizar, termina confesándole los resultados de su investigación de la noche anterior.

―¿Me entiendes ahora? Te juro que no sé qué pensar. ¡Es una locura!

―No sé qué decirte, Bonn. Pero no te preocupes, lo vamos a resolver... juntas.

―Pero ¿cómo?

―Por lo pronto, tenemos que averiguar un poco más sobre este tal Scott. ―Le guiña el ojo―. Déjamelo a mí. Voy a ver la forma de sacarle información a Brian. Hace un rato me mandó un mensaje, nos vamos a ver esta tarde. ¿No es increíble?

Lejos de lo que esperaba, su amiga no amaga a encerrarla en un manicomio.

Tal vez, está tan entusiasmada por sus avances con Brian que lo único que ve es una oportunidad para que su amiga también encuentre a alguien.

Tal vez, es una buena forma de poner a prueba sus dotes detectivescos.

Sea lo que sea, por primera vez en su vida, tiene alguien con quien compartir su mayor secreto.

Cuando se despiden, Bonnie decide salir a caminar un rato para así despejar la mente. En tan solo un par de horas, su vida ha dado un vuelco radical... y eso la aterra. Y también le fascina.

Stacy acude a su cita y, si bien no le ponen una etiqueta oficial a lo que sea que pase entre ellos, la relación sin duda ha cambiado. Se siente tan en las nubes que casi se olvida de lo que le prometió a su amiga.

Como quien no quiere la cosa, le comenta que encontraron la tarjeta personal de un tal Scott, con la ilusión de que ese sea el puntapié inicial que los lleve a hablar del tema. No puede sacar mucho en limpio, pero al menos confirma la relación laboral que los une. Peor es nada.

A la mañana siguiente, decide hacer una segunda prueba. Se le había ocurrido algo la noche anterior y no puede sacarse la idea de la cabeza.

Llama a su ¿chico? por teléfono. Es muy temprano y teme despertarlo, pero no podía esperar un minuto más. Él le cuenta que no solo estaba despierto, sino que salió a correr por el parque y se encontró con su nuevo compañero de trabajo.

¡Lo sabía! Contiene las ganas de gritarlo a los cuatro vientos, pero, al escucharlo, se pone de pie y empieza a dar saltitos por toda la habitación.

¡Prueba superada!

Recuerda lo hablado con su amiga y, en un impulso, le dice que tienen una fiesta el próximo sábado y que tanto él como Scott están invitados, así pueden relacionarse un poco más fuera del trabajo.

¡Todo listo! Bueno, casi. En realidad… ¡nada!

Pronto comienza a escribir un nuevo mensaje.

¡Hola, Bonn! Aparte de loca eres una especie de bruja, vidente o algo por el estilo. Después te cuento bien, pero tenemos que organizar una fiesta para el sábado. ¡Llámame!

***

Bonnie se pasa todo el domingo encerrada en su casa, lee cualquier cosa que la distraiga y, sobre todo, trata de no pensar en Scott. Alerta de spoiler : no lo consigue.

Recién a la mañana siguiente ve el mensaje de Stacy, pero pasa de responderle. Después de todo, en menos de una hora la verá en la oficina.

Cuando entra en su lugar de trabajo, encuentra a su jefa sentada en su escritorio, de brazos cruzados.

―Hola, Stacy. ¿Todo bien? ¿Ocurrió algo? ¿Me olvidé de agendarte alguna entrevista? ―pregunta, al sospechar que la cara seria de su amiga se debe a algún problema laboral.

―¡No! Pero eso es lo de menos... ¿Se puede saber por qué no contestas el teléfono? ¡Ven!

Por poco la arrastra hasta la pequeña cocina del piso y la hace sentar. Café de por medio, le cuenta las novedades.

Decir que Bonnie entra en estado de shock sería minimizar muchísimo la situación. Su corazón late desbocado, el color desaparece de su rostro y siente que no puede respirar.

Como si fuera poco descubrir que él es real, ¿ahora resulta que lo que ella ve también lo es?

Se siente una acosadora, una espía. ¿Y encima puede ver el futuro?

Sin duda, ese es un condimento nuevo a su extraño historial.

Sus interacciones cuando niños eran en tiempo real, bueno, eso si suponemos que en realidad ocurrieron.

Pero ¿quién sabe? Quizás, cuando volvió a verlo en sueños, comenzó a presenciar cosas que aún no habían sucedido.

Solo con eso, tendría suficiente. Pero está también el pequeñísimo detalle —y sí, nótese la ironía— de que a Stacy se le ocurrió la brillante idea de organizar una fiesta solo para propiciar un encuentro entre ellos.

¿Será capaz de hacerlo? ¿Cómo presentarte frente a una persona como si se tratara de un desconocido cuando sabes más de su vida que de la tuya?

Los días pasan con una lentitud pasmosa y, con total honestidad, Bonnie los vive en piloto automático.

Cada noche, sin embargo, sueña con la fiesta.

Las imágenes le aparecen unas tras otras en la mente como pequeños retazos, piezas incompletas de un rompecabezas que, ahora sabe, le adelanta lo que ocurrirá cuando llegue el fin de semana.

Scott estaba parado frente a ella. La mano, cerrada en un puño, guardaba un objeto que ella no alcanzaba a ver. Tal vez, no estuviera tan escondido, pero era difícil ver sus manos cuando estaba perdida en su mirada azul, esa mirada que brillaba con algo nuevo: reconocimiento.

Él abrió varias veces la boca sin emitir sonido, trataba de darle sentido a sus pensamientos y de poner en palabras lo que sentía, mientras un torbellino de imágenes, que creía olvidadas, inundaba poco a poco sus recuerdos.