TE SOÑÉ #3
Después de una escala técnica en la casa de Stacy, que aprovechan para retocarse el maquillaje y arreglarse un poco, parten rumbo al bar de moda.
―¿Puedes detener el coche un momento, por favor?
―¿Todo bien, Bonn? ―pregunta Stacy, alarmada.
―¡Por favor! ¡Estaciona ahora!
Sin mediar palabra, en el momento en que frena, Bonnie comienza a correr y se para delante de una casa que podría describir hasta con los ojos cerrados.
Tres plantas. Pequeño jardín al frente y fondo con piscina y solarium .
Cuatro habitaciones con vestidor y baño privado más un pequeño apartamento para huéspedes, con entrada independiente, en la planta baja.
Cocina y comedor de concepto abierto, y una espaciosa sala de estar alrededor de una majestuosa chimenea.
Playroom y sala de cine en el piso superior. Terraza con vistas al parque.
Claro está, uno no puede adivinar este tipo de información solo al ver la fachada de un lugar.
Pero ella memorizó cada una de sus características mucho antes de que fuera construida y, con el pasar de los años, recorrió la gran mayoría de sus espacios.
Scott estaba obsesionado con esa casa desde que tenían cinco años y solo era una maqueta en una estantería.
―Bonn, ¿qué carajo acaba de pasar? ¿Estás bien? ―pregunta Stacy al llegar a su lado, algo falta de aliento.
―Esta casa… Yo…
― Wow , ¡es preciosa!. Eso sí, cielo, dudo que con lo que te pago, puedas costeártela. ¿Todo esto fue porque te gustó una casa? ¿En serio?
―No… Sí… No importa, no me hagas caso ―suspira. No hay forma lógica de explicar lo que acaba de pasar. Jamás pensó que esa casa existiera fuera de sus sueños.
El padre de Scott era arquitecto y había trabajado durante años para darle forma a la casa ideal para su familia. Él siempre lo había admirado y solía decir que iba a estudiar para, algún día, poder trabajar con él.
Pero todo eso pertenecía a ese raro universo creado por su estúpido subconsciente. Entonces, ¿cómo podría ser real?
―¿Podemos irnos ahora? Brian va a estar allí y le dije que…
―Sí, claro, Stacy. Vamos.
Su cuerpo se pone de nuevo en acción, sube al coche e incluso bromea con su amiga, pero su cabeza está en otro sitio.
Llegan al bar: Little Paradise. Uno de los dueños, un cantante que saltó a la fama en el último tiempo y está causando furor, las recibe en persona en un gesto de humildad increíble para alguien tan exitoso.
Luego, una camarera las acompaña hasta un cómodo apartado con sillones, en donde toman asiento.
Stacy pide un par de cervezas bien heladas, pero, al rato, el chico del que lleva meses enamorada le hace señas desde la barra. Es rubio, de ojos color café y aspecto de surfista. Ella se acerca a saludarlo y comienzan a charlar.
Bonnie aprovecha la oportunidad para cerrar un momento los ojos, frustrada y, sin darse cuenta, entra en un estado de somnolencia.
La escena transcurría en aquel mismo bar, aunque lo veía algo diferente. La música era más lenta y, la iluminación, más tenue. Aunque conservaba el mismo estilo de mobiliario, las mesas estaban mucho más espaciadas entre sí, lo que creaba una atmósfera mucho más íntima y relajada.
Comenzó a dar vueltas por el lugar, hasta que una sonrisa la hizo frenar en su sitio. No era una sonrisa cualquiera, por supuesto, sino una media sonrisa muy particular que conocía demasiado bien y que jamás fallaba en la tarea de derretirla por completo.
No había duda alguna, se trataba de Scott. Estaba en una mesa con cuatro o cinco personas más a su alrededor, pero ella solo tenía ojos para él. La forma en que su ropa resaltaba cada uno de esos músculos que con tanto esmero trabajaba en el gimnasio, debía de ser ilegal.
De pronto, él se puso de pie, sacó la billetera del bolsillo trasero y, en un movimiento sutil, dejó algo de dinero en la mesa. Al hacerlo, se le cayó un papel al suelo, pero, al parecer, nadie se percató de aquel hecho. Solo ella.
Scott saludó con un guiño a sus acompañantes, les regaló otra sonrisa y, sin más preámbulos, abandonó el lugar.
―¡Bonnie! ¡Bonnie! ―Su amiga la sacude con delicadeza―. Brian nos invitó a su mesa. Por favor, no me dejes sola.
Aún algo adormilada, se pone de pie y se dispone a seguir a su amiga, cuya sonrisa parece no caberle en el rostro. Por primera vez desde que frecuentan aquel bar, se dirigen al sector V.I.P.
Cuando traspasan el umbral, la atmósfera del lugar cambia por completo. Allí se escucha otra música y las luces son mucho más tenues... ¡igual que en su sueño!
Se acercan a la mesa de Brian justo en el instante en que uno de sus amigos se va. No llegan a verle la cara, pero sí divisan, para sorpresa de Bonnie, su cabellera pelirroja. ¿Será acaso posible?
El interés amoroso de su amiga se acerca a hablarles y trata de parecer interesada en la conversación, pero no consigue centrarse. Trata de autoconvencerse de que su mente le juega una mala pasada. No puede haber otra explicación.
La verdad son todos muy simpáticos y la noche resulta mejor de lo que esperaba, sin embargo, le cuesta mucho dejar de pensar en aquel chico misterioso.
Ya cuando están a punto de irse, Brian sorprende a Stacy con un fugaz beso en los labios. Está feliz por su amiga, pero no es eso, sino lo que pasa a continuación, lo que la deja sin aliento.
Un detalle de su sueño más reciente le vuelve a la cabeza. Dirige la mirada al suelo y, allí, justo al lado de su silla, encuentra un papel tirado. Lo levanta y, para su sorpresa, se trata de una tarjeta personal.
Piensa en tirarla sin más, sería una locura darle importancia, ¿no? Pero, quizá por curiosidad, o por cosa del destino, lee esas dos palabras que ponen su mundo del revés.
Dos palabras, un nombre... su nombre: Scott Michaelson.
Llega a su casa por inercia y se encierra en la habitación. Una vez arropada en la cama, vuelve a agarrar la tarjeta.
El chico era pelirrojo, su cabello era del mismo largo, su nombre es Scott y… ¡es arquitecto! Son demasiadas coincidencias para dejarlas pasar.
Su vena romántica le hace albergar ilusiones, pero su parte lógica no hace más que decirle que es imposible. Scott, su Scott, el chico de sus sueños, no puede ser real.
Suspira, la frustración se apodera de ella y la adrenalina que le recorre las venas aumenta su frecuencia cardíaca. Tiembla, y siente que sus pupilas se dilatan y sus sentidos se agudizan.
Después de darle vueltas a la idea, toma su teléfono y agenda su número.
Ansiosa a más no poder, busca su imagen de perfil en WhatsApp, pero solo encuentra un paisaje, Escocia, tal vez.
Tira el teléfono a un lado hasta que recuerda que vive en una era digital.
Tal vez las redes sociales puedan ayudarla.
No, nada. Ni Instagram, ni Facebook, ni Twitter…
mucho menos TikTok. No lo encuentra por ningún lado, al menos no figura como Scott Michaelson.
Como último recurso, busca las redes del estudio para el que trabaja y se pone a hacer scroll por lo que parecen horas, hasta que, desde una publicación particular, unos ojos azules que conoce demasiado bien parecen clavarse en los suyos.
Sí, es imposible. ¡Es una locura! Pero eso no quita el hecho de que sea real.
¡Es su Scott!
Pasó la vida convencida de que solo era un producto de su imaginación, ¿y ahora resulta ser una persona de carne y hueso? ¿Una a la que podría amar sin culpas y sin poner en riesgo sus facultades mentales?
Él siempre formó parte de su vida, de una u otra manera, pero… ¿y si ahora existiera otra forma? ¿Una que jamás podría haber imaginado?
Conciliar el sueño, después de semejante revelación, parece una misión imposible. Da vueltas en la cama toda la noche, le busca una explicación a lo inexplicable. Recién por la mañana, cuando la luz del sol comienza a filtrarse por las ventanas de su departamento, cae en brazos de Morfeo.
Se encontraba de pie en medio de un parque no muy lejano a su domicilio. El lugar, que suele estar lleno de niños y adolescentes, estaba prácticamente desierto. A juzgar por los negocios cerrados a su alrededor, y a la ausencia de luz, era muy temprano, por la mañana.
Podía divisar, muy a lo lejos, a dos corredores. A medida que se acercaban, pudo reconocerlos: eran nada más y nada menos que Scott y Brian.
Cuando pasaron a su lado, decidió acompañarlos. Aunque el deporte nunca había sido su fuerte, pronto se sorprendió al notar que podía seguirles el ritmo sin mayor dificultad.
—Qué gran coincidencia encontrarte por aquí —dijo el pelirrojo—. Suelo ser el único loco que viene a hacer ejercicio a estas horas.
—Solía venir por las tardes, pero, últimamente, termino tan agotado después del trabajo, que siempre encontraba una excusa para faltar a mi entrenamiento.
—Te entiendo, yo tampoco podría, aunque quisiera. Por cierto, creo que no te lo he dicho… Gracias por invitarme la otra noche, hacía mucho tiempo que no me divertía tanto.
—Ni lo menciones —respondió el rubio—. Si cerramos el trato, trabajaremos juntos durante años y, en lo personal, creo que, para que un proyecto de esta magnitud sea exitoso, tenemos que conocernos bien y asegurarnos de estar en la misma página.
Más que compañeros de trabajo, somos familia, y puedes sumarte a nuestras salidas cuantas veces quieras.
Por lo que pudo rescatar de la conversación, tal parecía que la empresa para la que trabaja Brian había contratado al estudio de Scott para que diseñara un centro comercial y tenían mucho trabajo por delante.
Después de un día agotador, Brian se iba a reunir con sus amigos y optó por invitar a su nuevo compañero para estrechar vínculos.
En determinado momento, sonó una alarma en el reloj inteligente de Scott y todos dejaron de correr. Los muchachos comenzaron una caminata suave que se vio interrumpida por el sonido de una llamada telefónica.
—Disculpa —dijo Brian, se llevó el teléfono a la oreja y se alejó un poco.
Bonnie se quedó allí, de pie junto a un Scott que, una vez más, no se enteraba de su presencia, pero, al mismo tiempo, parecía mirarla directo a los ojos.