Destellos de amor TE SOÑÉ #2
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TE SOÑÉ #2

A pesar de que, con el paso del tiempo, pudieron entender que su relación, después de todo, no era normal, nunca se animaron a sacar el tema.

Tenían miedo de que, al hacerlo, explotara la hermosa burbuja que habían construido hacía tantos años.

Tal vez por ese motivo jamás se les pasó por la cabeza averiguar dónde vivía el otro, o tratar de coordinar un encuentro diurno.

¿Para qué hacerlo si tenían las noches solo para ellos?

Fue en la adolescencia cuando Bonnie notó que sus sentimientos por él ya no eran iguales. No sabía qué había cambiado, pero podía sentir que las cosas eran diferentes; aunque pasaron años hasta que pudo darle un nombre a aquella nueva sensación.

Recordaba la primera vez que experimentó lo que era tener el corazón roto como si hubiera sucedido el día anterior… o, mejor dicho, la noche anterior.

Las luces del atardecer se reflejaban en el mar. Scott estaba descalzo, con los pies sumergidos en la orilla. Miraba hacia ese punto exacto en el que cuesta discernir dónde termina el cielo y comienza el agua.

Bonnie llegó a la playa y corrió a su encuentro. Lo abrazó por detrás, apoyó la cabeza en su espalda, y se quedaron así, en silencio, por un largo rato.

Luego, él le sugirió dar un paseo. Estaba más callado de lo habitual, pero el silencio nunca había sido incómodo entre ellos, así que Bonnie no le dió mayor importancia.

―Tengo que contarte algo ―dijo Scott, de pronto.

―¿Estás bien? ¿Sucedió algo malo? ―preguntó ella, pero la media sonrisa que se dibujó en el rostro de su amigo sirvió para calmarla un poco. Al menos, de forma momentánea.

―Nada malo, pero sí, sucedió algo. ―Respiró profundo―. No te lo había contado antes porque me daba vergüenza, pero hace un tiempo que me gusta una compañera de la escuela. Se llama Lucy y le pedí que fuera mi cita para el baile de fin de curso. Creo… creo que voy a pedirle que sea mi novia.

Bonnie dejó de caminar. Se quedó plantada en el lugar, como una estatua. Un escalofrío la recorrió de arriba abajo y no entendía por qué.

―Bonnie, ¿me escuchaste? ―dijo él, tomándola de las manos.

―Sí, sí… Lo siento, es que… wow .

Lo cierto es que no sabía qué decir. La noticia le había caído como un balde de agua fría.

―Eres mi mejor amiga y quería que fueras la primera en saberlo ―agregó él con una sonrisa que la desarmó.

―Me alegro por ti ―mintió, y se sintió terrible por eso―. ¿Esto no… no…? ―Se le formó un nudo en la garganta y no pudo continuar.

―¿No qué? Me estás asustando, Bonnie. Parece que viste un fantasma.

―¿No va a afectar a nuestra amistad? ¿Va a seguir todo igual entre nosotros? ―expresó al fin, encontrando el valor.

―Por supuesto que sí. Eres irremplazable, la persona más importante de mi vida y lo sabes.

―Entonces… ¿Mañana soñamos otra vez?

―¡Siempre!

Solo que, después de diez años, Scott faltó a su promesa. No apareció a su cita la noche siguiente, ni la otra. Era como si nunca hubiese existido.

Bonnie estaba desolada y no podía contárselo a nadie, ya no. Pasó un mes en completa agonía, incluso empezó a tener problemas para conciliar el sueño. ¿Qué sentido tenía? Si ya no podía verlo, prefería quedarse despierta.

Pero dicen que las cosas pasan cuando uno menos se lo espera, y aquella no fue la excepción. Cuando ya se había resignado a su mala suerte y empezaba a elaborar el duelo, Scott volvió a aparecer en sus sueños. Solo que, entonces, las cosas eran diferentes.

Estaba en el patio de una escuela en pleno recreo.

No era la suya, eso lo tenía claro, pero la dinámica le era familiar.

Había chicas y chicos con uniforme por todos lados.

Algunos reían en grupos, otros escuchaban música o hacían fila para comprar algo en el kiosco.

Varias parejitas buscaban esconderse de los ojos de los docentes para robarse un beso o tomarse de las manos.

La escena le resultaba entretenida, después de tantas mañanas sin recordar qué había soñado, o si lo había hecho en absoluto, una sonrisa se le dibujó en el rostro.

Una risita le llamó la atención. Siguió el sonido y vio a una muchacha rubia, que corría de la mano de un chico hacia las escaleras. Él miró a ambos lados, para asegurarse de que nadie lo viera, y le dio un dulce beso en los labios.

La imagen en sí misma hubiera sido adorable, cualquier romántica empedernida crearía historias en su cabeza y sentiría emoción por aquellos extraños que se miraban con tanto amor. Solo había un pequeño gran problema. Él no era un extraño.

―¡Scott! ―gritó sin pensarlo y, acto seguido, se tapó la boca con las manos. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que ni él, ni nadie más a su alrededor, parecía haberla escuchado.

Dejó de lado la vergüenza y decidió intentarlo una vez más.

―¡Scott! ―repitió.

Nada. Absolutamente nada.

Presa de un impulso algo masoquista, se acercó hasta donde Scott y Lucy ―o aquella que ella suponía que sería Lucy― se encontraban, ahora abrazados.

De repente, él se alejó un poquito y miró en su dirección. Las pulsaciones de Bonnie se aceleraron y comenzaron a sudarle las manos. Se acercó un poco más, sin perder contacto visual, y trató de llamar su atención una tercera vez.

―Scott ―dijo ahora a media voz, al mismo tiempo que una mucho más potente que la suya, y que sin lugar a dudas provenía de otro chico, también lo llamaba.

Scott sacudió la cabeza. Miró a su derecha y saludó a su amigo con un abrazo de esos que terminan con un par de palmadas en la espalda y se marchó.

Ella se quedó parada en medio del patio ya desierto, pues el recreo debía de haber terminado, hasta que, a la mañana siguiente, sonó el reloj despertador.

A partir de esa noche, Bonnie pasó a ser una simple espectadora de su vida. Sin importar las veces que lo intentara, él no parecía percatarse de su existencia. No le hablaba y tampoco la veía, pero, al menos, había regresado.

A medida que pasaba el tiempo, el cuerpo y el rostro de Scott empezaron a cambiar y, junto con ellos, la forma en que Bonnie lo veía. Lejos había quedado el niño de cara redondeada y sonrisa traviesa, ya era un hombre… y uno muy atractivo, por cierto.

Dudaba de su propia salud mental, soñaba despierta con el momento de ir a dormir, con el instante en que, por fin, podría verlo de nuevo, espiar un poco de su mundo. Y no era solo porque extrañara a su amigo, sino por algo mucho más profundo y mucho más inquietante.

Y sí, era muy probable que se hubiera vuelto loca, pero ¿era tan importante la cordura? Trató con todas sus fuerzas, pero le fue imposible negar lo inevitable, así que aprendió a vivir con ello.

Estaba perdidamente enamorada de Scott.

***

Otro día más, se enfrenta a su peor enemigo. El insistente, e irritante, tono que programó como su alarma la hace volver a la triste realidad. Realidad en la que es una simple mortal, de veinticinco años, a punto de comenzar otra aburrida jornada laboral.

Realidad en la que, al abrir los ojos y encontrarse sola en ese departamento minúsculo que, créase o no, le resulta enorme sin alguien con quien compartirlo, lo único que desea es cerrarlos y volver a su lugar feliz. El mundo de los sueños.

Lo cierto es que, con su cabello castaño, ojos verdes y piernas interminables, no puede decirse que le falten candidatos. Rubios, morenos; altos, bajos; de todos los gustos y colores. Los hombres se pelean por su atención, pero su corazón no deja entrar a nadie.

Casi de forma mecánica, se prepara el desayuno y parte rumbo a la oficina. Como trabaja a pocos minutos de su hogar, lo hace a pie.

Es un día cálido y el sol ya se asoma en el horizonte. Los pájaros cantan y, por un instante, hacen que olvide que está en medio de la ciudad.

Decidida a cambiar su humor, hace lo único que le levanta el ánimo de forma cien por ciento efectiva: rememorar su sueño de la noche anterior.

Scott estaba en el gimnasio, entrenaba despreocupado mientras tarareaba la canción que sonaba de fondo en la radio. Se lo notaba en paz, feliz. Le caían pequeñas gotas de sudor por la frente y, contra todo pronóstico, lo volvían incluso más atractivo.

Bonnie ya conocía su rutina de ejercicios, no era la primera vez que la veía; así que tomó asiento en la única máquina del sector que sabía que él no utilizaría y se quedó allí, observando.

Cuando terminó de entrenar, se dirigió hacia los vestuarios. Bonnie se acercó a la puerta, ya que al pelirrojo le gustaba cantar mientras se duchaba y a ella… bueno, a ella le encantaba escucharlo.

Al salir a la calle, un amigo se acercó a Scott y le ofreció llevarlo en el auto. Él respondió con una negativa amable seguida de la frase que aún le parecía escuchar:

―Es un hermoso día para caminar, ¿no te parece?

¡Esa voz! Era dulce y masculina al mismo tiempo y, cada vez que la escuchaba, sentía escalofríos.

―Es un hermoso día para caminar, ¿no te parece?

La muchacha se sobresalta, confusa. Tarda algunos segundos en descubrir que, esta vez, las palabras no son dichas por la misma persona. No es Scott quien está a su lado, sino Stuart, un chico que trabaja en el mismo edificio que ella y que, en este momento, la mira con expresión divertida.

―Hola, Stuart. ¿Decías algo? ―Se obliga a regalarle una sonrisa cordial que ayude a ocultar su decepción.

―Te decía que es un hermoso día para caminar ―afirma―. Si no te molesta, me encantaría acompañarte.

El trayecto se hace interminable. Stuart es un chico amable y está más que claro que está dispuesto a lo que sea para conquistarla; pero, por más que lo intente, no puede verlo con otros ojos.

Cuando la puerta del ascensor se cierra tras su pretendiente, se apoya contra la pared y suelta un suspiro de alivio.

Dos pisos después, al fin entra en su oficina y deja que la rutina diaria la absorba.

Stacy, su jefa y mejor amiga, le repite sin parar que debe salir más, divertirse un poco... enamorarse, tal vez. Y este día no es la excepción. Dado que es viernes, la invita a tomar algo después del trabajo y, aunque no es una tarea sencilla, la convence.