TE SOÑÉ
Amigo imaginario: personaje ficticio, producto de la imaginación de un niño, con quien conversa, juega e interactúa como si se tratara de una persona real. Es una manifestación normal del desarrollo cognitivo y emocional y, a medida que el niño crece, tiende a desaparecer.
Desde que tiene uso de razón, Bonnie sueña cada noche con un extraño y encantador pelirrojo. Sin proponérselo, y luchando contra su propio buen juicio, se enamora perdidamente de él.
¿Cómo puede una persona en la vida real competir con el hombre perfecto que la visita cada noche en su almohada?
Cuando las líneas entre lo imaginario y lo real comienzan a desdibujarse, todo parece posible. Incluso soñar despierto.
Scott era el hombre perfecto… aunque solo existiera en sus sueños.
Es difícil determinar el momento preciso en el que todo comenzó. Debía tener cuatro años, cinco, tal vez; pero dado que no tenía recuerdos de sus primeros años de vida, si alguien le preguntara desde cuándo soñaba con él, su respuesta sería simple: desde siempre.
Scott estaba sentado sobre una manta, en medio del parque. Quería construir el mejor fuerte de legos de la historia, pero cada vez que alejaba las manos, su creación terminaba por derrumbarse y debía comenzar de nuevo.
Levantó la vista y, a lo lejos, pudo ver que una niña se acercaba. Tenía cabello castaño y parecía ser de su misma edad. Cuando llegó a su lado, sonrió con timidez.
―Se te va a caer ―dijo tras inspeccionar la pila inclinada de bloques.
―No esta vez, va a ser el mejor fuerte… ―comenzó Scott, pero no había terminado de decirlo cuando los legos volaron en todas direcciones.
―Te lo dije ―respondió Bonnie―. Lo siento mucho.
―¿Te gustaría ayudarme? ―preguntó él.
Ella lo meditó por un momento, pero pronto recordó las advertencias de sus padres con respecto a los extraños.
―Me encantaría, pero no puedo. No te conozco.
―Eso se puede solucionar fácil ―dijo Scott. Se puso de pie, limpió su pequeña mano en el costado de los pantalones cortos y la extendió a modo de saludo, como veía que hacía su padre cuando le presentaban a alguien―. Mi nombre es Scott, ¿el tuyo?
―Bonnie ―respondió ella y entrelazó sus dedos con los de él, ajena al funcionamiento de un saludo de manos tan formal.
―Ahora ya me conoces ―dijo él con una sonrisa―, soy tu nuevo mejor amigo. ¿Me ayudas? ―insistió, señalando sus juguetes.
―¡Claro! ―respondió ella, alegre.
Se sentaron en la manta y, juntos, retomaron la tarea.
Aún recordaba la mañana siguiente. Despertó con una sonrisa de oreja a oreja y lo primero que hizo fue ir a buscar a sus padres para contarles la buena nueva.
« ¡Mamá! ¡Papá! Conocí a un niño con pelo raro… no sé si es naranja o rojo. ¡Es muy divertido! Y es mi mejor amigo », les había dicho.
Cuando le preguntaron un poco más, les contó que se llamaba Scott y que, en sus propias palabras, la había visitado mientras dormía.
Por supuesto, todos creyeron que se trataba de un amigo imaginario, una fase propia de la edad. Después de todo, era la conclusión más lógica, ¿no?
―¡Bonnie, viniste! ―Scott corrió a abrazarla en cuanto la vio―. Te estaba esperando.
Aquella vez, estaban en un cuarto de juegos. Había juguetes por todos lados y una cálida luz, proveniente de un gran ventanal, iluminaba todo el lugar.
―¡Scott! ¡Claro que vine! Somos mejores amigos, ¿no?
―Por supuesto ―respondió él―. Ven, quiero mostrarte algo.
La agarró de la mano y la llevó hasta una estantería contra la pared más alejada. Scott buscó dos sillas, una para cada uno y, tras seguir su ejemplo, Bonnie se subió encima de la suya, para poder ver mejor uno de los estantes más altos.
―¿Ves esa casa? La hizo mi papá, ¿no es increíble?
―Es preciosa, pero me parece que no entran mis muñecas, no sirve para jugar ―sentenció, pensativa.
―Es lo mismo que le dije yo, pero me dijo que no es para eso. La va a hacer en grande, para que nos mudemos ahí.
―¿Y por qué no la hizo grande de una vez?
―No sé, pero me dijo que, cuando deje de ser chiquito, me va explicar y, si me porto bien, me va dejar ayudarlo. ¿No es genial? Pero, primero, tengo que practicar con mis bloques.
―¿Por eso querías hacer ese fuerte ayer?
―Sí, ¡y hoy quiero hacer una casa! ¿Lo intentamos?
Jugaron un rato largo, hasta que Bonnie se animó a preguntarle algo que le daba vueltas en la cabecita.
―No me quiero ir, ¿nos vamos a ver mañana?
―¡Claro! ―respondió él, con total convicción.
―¿Y por qué solo nos vemos cuando dormimos?
―Mmm… ¿porque es más divertido?
A Bonnie nunca le había gustado la hora de dormir, solía preferir quedarse despierta porque dormir era aburrido… hasta la noche anterior. Así que, tal vez, Scott estuviera en lo cierto.
―¿Me das tu meñique? ―dijo. Había tenido una idea brillante y pensaba llevarla a cabo.
―¿Mi qué? ―Scott se rascó la cabeza, nervioso.
―Tu meñique… es el dedo más chiquito, ¿ves? ―respondió ella y le mostró el suyo―. Tenemos que engancharlos así y hacer una promesa. Eso no falla, Lady Butterfly lo hace siempre.
―¿Lady Butterfly?
―Sí, ¿no ves dibujitos? Lady Butterfly es mi favorita.
―¿Así? ―preguntó él, entrelazando su dedo con el de su mejor amiga.
―Perfecto ―respondió Bonnie―. Entonces, ¿mañana soñamos otra vez?
―¡Siempre!
Fieles a su palabra, todas las noches se encontraban en sus sueños.
A veces, construían casas, edificios y todo tipo de cosas con los bloques de Scott.
Otras, ella lo convencía de jugar a las muñecas, iban a la plaza o saltaban la cuerda.
Lo único que no cambiaba era su despedida.
Cada mañana, antes de despertar, entrelazaban los meñiques y repetían la promesa.
Una noche, Scott le contó que a su hermana, Maisie, le habían regalado un juego para crear sus propias pulseras. Venía con hilos y cuentas de diferentes colores e, incluso, algunas traían letras, para poder escribir algo en ellas.
Bonnie se obsesionó con ese kit y, a fuerza de insistir, consiguió que le regalaran uno para su cumpleaños.
Con ayuda de su madre, buscó las cuentas correctas para deletrear el nombre de Scott y se puso manos a la obra.
Eligió tonos rojos y naranjas, por supuesto, ya que le hacían recordar el particular tono de cabello de su amigo; y una vez terminada su obra maestra, se la puso.
A partir de ese día, la llevó con orgullo a todos lados.
Scott era su tema de conversación preferido, nada ni nadie podía convencerla de quitarse la pulsera y, si encontraba a alguien lo suficientemente dispuesto a escucharla, le contaba con lujo de detalles sus aventuras de la noche anterior.
La alegría de Scott al ver por primera vez su nombre en la muñeca de Bonnie, no tuvo límites. Trató de convencer a Maisie de que le hiciera una igual con el nombre de ella, pero no tuvo éxito. Sin embargo, después de mucho meditarlo, encontró la forma de corresponderle al detalle.
El día anterior, había visto la película Toy Story , y varios de los juguetes llevaban el nombre de Andy en el pie.
Ese día, le pidió a su señorita que escribiera « Bonnie » en un papel y, cuando llegó a su casa, buscó un fibrón y trató de imitar las letras lo mejor posible en la parte de abajo de todas sus zapatillas.
Costumbre que mantuvo por más años de los que estaba dispuesto a admitir.
El tiempo pasó, Bonnie creció y Scott también. Su amistad era más fuerte que nunca, pero ambos comenzaron a notar las miradas preocupadas de sus padres cada vez que nombraban al otro, así que comenzaron a hacerlo cada vez con menor frecuencia.
Ya en primaria, una compañera le preguntó a Bonnie quién era el tal Scott y por qué llevaba su nombre en la muñeca.
Ella le dijo la verdad, alegre, como siempre.
Grande fue su sorpresa cuando la niña se rio y se burló de ella.
Él era su mejor amigo y siempre lo había sido.
¿Qué había de malo en ello? ¿Por qué no le creía?
Aquella noche, Scott llegó un poco más tarde a su cita y enseguida notó que algo andaba mal. Su mejor amiga estaba sentada contra la pared, con las piernas y brazos enredados, que parecían formar un ovillo, y no paraba de llorar.
―¡Bonnie! ¡Bonnie! ¿Qué ocurre? ―preguntó asustado, al tiempo que tomaba asiento a su lado y la acercaba en un abrazo.
―Nadie lo entiende, ¿por qué nadie lo entiende? ―preguntó entre sollozos.
―¿Entender qué?
―¡Que somos mejores amigos! Hoy Mandy se burló de mí al ver mi pulsera. ―Sus dedos jugueteaban nerviosos con las cuentas―. Y escuché a mamá y a papá, decían que me querían llevar a un médico para hacer que deje de verte. ¡Yo no quiero dejar de verte!
―¡Yo tampoco! ―respondió él―. No importa lo que digan los demás, no van a poder separarnos. ―Se rascó la cabeza, como siempre que estaba nervioso, pensaba en algún plan maestro o ambas cosas―. Ya sé lo que podemos hacer… ¿y si les decimos que ya no nos vemos?
―¿Quieres que mienta? Eso no se hace ―retrucó Bonnie.
―Bueno, tienes razón. No mintamos, pero… ¿y si mantenemos nuestra amistad en secreto? Eso no es mentir, solo no les contamos algo.
―¿Crees que eso funcionará? ―lo evaluó Bonnie―. ¿Eso quiere decir que no podré usar más tu pulsera?
Continuaron la charla allí sentados. Aquella noche no jugaron, pero, al momento de despedirse, se abrazaron más fuerte que nunca.
―¿Mañana soñamos otra vez? ―preguntó Bonnie, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
―¡Siempre! ―respondió Scott.
Al día siguiente, con todo el dolor del alma, Bonnie se quitó la pulsera ―aunque jamás dejó de llevarla oculta en el bolsillo o en el fondo de su mochila― y dejó de hablar sobre él.
Su familia pensó que aquella fase había terminado y no le dio más vueltas al asunto.
Algo muy similar ocurrió en casa de Scott. Su plan había funcionado.