MI MUNDO
¿Quién dijo que el tiempo lo cura todo?
Mía lleva exactamente dos años, tres meses y nueve días intentando descifrar por qué su mejor amigo —y el amor de su vida— desapareció sin dejar rastro.
Tras sobrevivir a la ruptura más ridícula de su historia, y descubrir que su ex le ponía los cuernos, lo último que esperaba era que el destino le cobrara la factura tan pronto.
Un bar cualquiera, una coincidencia absurda, el chico que rompió su mundo al marcharse y un reencuentro que lo cambiará todo.
Al conocer la historia de Mía descubrirás que el pasado siempre vuelve cuando menos te lo esperas; y que, coincidir en el lugar equivocado, puede llevarte al sitio correcto.
La música, más fuerte de lo que toleran mis oídos. La cantidad de gente, excesiva. Mi nivel de alcohol en sangre, insuficiente. La compañía, inexistente. Bueno, no, pero casi.
Estaba con el pijama puesto, con el aire acondicionado en dieciocho grados y tapada hasta la nariz con la manta más abrigada que tengo ―porque sí, no hay nada mejor que ver tele en la cama bien calentita…
y, si este verano infernal no acompaña, me las tengo que apañar de alguna manera―, cuando Jessie pegó el dedo en mi maldito timbre y no paró hasta que le abrí la puerta.
―De ninguna jodida manera ―me dijo a modo de saludo―. Te vas a vestir con la ropa más sexy que tengas, y vamos a ir a bailar hasta la madrugada.
Intenté abrir la boca para responderle, pero me calló con un chistido y tiró de mí para arrastrarme hasta la habitación. Casi ni me permite cerrar la puerta tras ella.
¿Cómo explicarle que no me revolcaba en mi miseria?
¿Cómo decirle que no me jodió en lo más mínimo que Kurt me pusiera los cuernos hace apenas una semana?
Al contrario, me dio paz, me dio la excusa perfecta para terminar una relación que de cualquier modo no tenía futuro.
Ninguna la tiene. No cuando entregué mi corazón a los nueve años y jamás lo obtuve de regreso.
No cuando comparo a cada hombre que entra en mi vida con él , y ninguno le llega ni a los talones.
Bueno, puesto así, puede que me revolcara un poco… pero solo un poco. Son los gajes del oficio. Es lo que pasa cuando te enamoras como una idiota y ese amor no es correspondido, cuando tu mejor amigo en el mundo se transforma en tu mundo entero.
Hace dos años, tres meses y nueve días que no veo a Luke…
pero quién lleva la cuenta. Nos mandamos mensajes por WhatsApp todo el tiempo, pero cada vez son menos frecuentes las llamadas y videollamadas que solían formar parte de nuestra rutina.
Cada vez le es más complicado tomarse unos días y volver al pueblo para verme, aunque antes lo hacía cada fin de semana.
Algo se rompió entre nosotros y no sé qué ni por qué.
Y eso me mata. Ya es bastante malo que solo me vea como amiga, no quiero ni imaginarme lo que sería que estuviera por completo fuera de mi vida.
Aunque mi cerebro no quiere apagarse y le da vueltas al tema una y otra vez, le hago caso a la loca de mi amiga y elijo mi outfit preferido. Luego, me encierro en el baño, me ondulo el cabello y me encargo del make up . Cuando termino, recibo un silbido de aprobación y nos vamos.
Y así llegamos a este preciso instante, en el que, después de tomar un trago en la barra y bailar un par de canciones juntas, alguien a quien solo se me ocurre describir como el Milo Manheim de Temu ―aunque, por lo que vi, no es una copia de mala calidad para nada―, me roba a mi acompañante.
Bailo sola, algo incómoda, hasta que termina la canción; pero cuando veo que Jessie y seudo Milo se dirigen juntos hacia la barra, sé que la he perdido por el resto de la noche.
De pronto, una voz a mis espaldas hace que un terrible escalofrío me recorra de pies a cabeza.
―Por favor, baila conmigo. Finge que me conoces y que te atraigo, ¡te lo suplico!
―habla a toda velocidad, pero aún así lo reconozco.
Lo reconocería en cualquier parte, bajo cualquier circunstancia.
¿Qué demonios hace aquí? ¿Por qué no me dijo que venía al pueblo?
―. Prometo hacer algo para recompensarte.
Me doy vuelta despacio, casi a cámara lenta. Él me agarra, pega su cuerpo contra el mío y comienza a moverse al compás de la música. En ningún momento me mira, su vista se pierde por encima de mi hombro, como si vigilara a alguien.
―Perdona, el idiota de mi hermano me arrastró a este lugar infernal y, pese a que le dije que no me interesaba, me arregló una cita con una chica que está completamente desquiciada y no sé cómo sacármela de…
Deja de hablar, y de moverse, en el momento en que me ve. Su mirada me recorre de arriba abajo y deja un rastro de fuego por cada milímetro de mi cuerpo.
―¿Mía? ―Su voz es apenas un susurro, solo logro comprenderlo por el movimiento de sus labios―. ¡Mierda! No te había visto, ¿cómo estás?
Me dedica una de sus sonrisas matadoras y yo me debato entre convertirme en un charco en el suelo de la discoteca o enfurecerme con él. ¿No pensaba acercarse a verme? ¿Habrá venido otras veces en todo este tiempo y tan solo me evitó?
―¿Te soy sincera? No lo sé ―respondo sin más, y juraría que puedo ver cómo el color se escapa de su rostro al tiempo que lleva su mano hasta su nuca, en su típico gesto nervioso―. ¿Qué…?
―¿Y esta quién es? ―nos interrumpe una chica morena que me saca una cabeza y, debo admitir, me intimida un poco.
―Ya te lo dije, tengo novia, solo no se la he presentado a mi hermano aún. Ha sido una confusión por su parte. ―La chica bufa―. Nosotros ya nos vamos, por cierto. ¡Que te vaya bien!
Me agarra de la mano. Es eléctrico, aterrador… y se siente increíble. Casi, y solo casi, me hace olvidar por un momento el dolor punzante en el medio del pecho.
Salimos a la calle y caminamos un rato en silencio. No sé ni qué decir. Es él quien toma valor primero. Frena, se apoya frente a la fachada de un viejo edificio y comienza a hablar.
―Mía, perdón ―dice a media voz―. Sé que debes pensar que soy un imbécil por no haberte dicho que estaba aquí y…
―¿Es la primera vez? ¿O ya viniste otras veces y solo pasaste de mí? ―pregunto, dolida. Él baja la cabeza y no necesito más respuesta que ese gesto, lo conozco demasiado―. ¿Por qué? ¿Es que te he hecho algo? ¿Sabes acaso hace cuánto que no nos veíamos?
―Dos años, tres meses y nueve días ―responde sin titubear y a mí se me aflojan las rodillas.
―¿Por qué? ―repito. Necesito comprender qué demonios sucede.
―Es que… Yo… No podía verte, ¿ ok ? No después de la última vez ―suspira.
―¿Hice algo para…?
―No, no. No hiciste nada malo ―vuelve a suspirar―. ¡Mierda! No quería decirte esto, no quería arruinar las cosas entre nosotros…
―Creo que ya están arruinadas de más si, en vez de venir a verme, te escabulles para no encontrarte conmigo.
―¡A la mierda todo! ―suelta, y veo la determinación en su mirada―. ¿Recuerdas que la última vez que vine fuimos al bar de Christian? ―Asiento―. Bueno, yo estaba a punto de decirte algo muy importante cuando apareció Kurt, te plantó un beso en los labios y se sentó a nuestro lado.
―Lo recuerdo, apenas empezábamos a conocernos. Pero, ¿qué pasa con eso? Si te sentiste incómodo porque nos interrumpió, me lo podrías haber dicho. Sabes que lo hubiéramos podido solucionar, hubiéramos podido encontrar un momento para hablar a solas.
―No es eso… esa noche pensaba confesarte que… que… que estoy enamorado de ti. Siempre lo he estado ―lo dice tan bajo que, por un momento, creo haberlo imaginado, pero luego veo que se ruboriza y cierra los ojos, abatido; y siento que necesitaría una silla para mantener esta conversación.
―No, no puede ser ―respondo en automático―. Recuerdo bien que hacía unas semanas que me hablabas de esa chica que te traía loco, que necesitabas tomar coraje para decirle lo que sentías por ella porque ya no podías ni dormir.
Cuando abre los ojos, veo tantas emociones en ellos que no puedo evitar sentirme abrumada.
Me mira como nunca lo ha hecho, como si despidiera rayos láser de sus pupilas y quisiera ver más allá de las mías, llegar hasta el fondo de mi alma y dejar un mensaje grabado a fuego en ella.
Con una mezcla de dolor, resignación y algo mucho más intenso que no me atrevo a nombrar.
―Esa chica eras tú, Mía. Fuiste, y todavía eres, mi primer y único amor; pero nunca quise decir nada porque eres mi mejor amiga y me aterraba perderte. Perdón, sé que no debería ni siquiera decirlo ahora. Eres feliz con Kurt y no tengo por qué hacerte cargar con un problema que es solo mío.
¿Está enamorado de mí? ¿Lo estuvo todo este tiempo? No sé si reír o echarme a llorar.
―Primero ―digo cuando, al fin, logro aquietar un poco las mariposas que revolotean en mi interior―, no soy feliz con Kurt, nunca lo fui…
y no estamos juntos desde la semana pasada.
Pero, sobre todo, el único motivo por el que empecé a salir con él fue porque estaba devastada.
―Hago una pausa y decido soltarlo todo, ya no tiene sentido guardarlo―.
El amor de mi vida me había dicho que estaba loco por otra y yo…
yo necesitaba distraerme, necesitaba olvidarlo… aunque nunca pude hacerlo.
―Pero… no entiendo… ¿Tú?... ¿Yo?
Para que no haya más confusiones entre nosotros, hago lo único que puedo hacer, lo único que deseé hacer toda mi vida: elimino la distancia entre nosotros y lo beso.
Primero no me corresponde, pero, cuando su cerebro ata cabos, me abraza y profundiza el beso al tiempo que sus dedos acarician mi cabello.
Es dulce, pero a la vez es fuego. Me consume por completo.