ESTRELLAS CRUZADAS
¿Quién dijo que el odio no puede llevarse en la sangre?
Los Gentile y los Rinaldi han sido enemigos mortales desde que una boda rota y un amor que no entendía razones destruyeron la amistad de sus patriarcas.
Tras la muerte de su padre, quien se fue a la tumba sin el perdón de su antiguo aliado, Lorenzo jura vengar el honor de su apellido; pero el destino tiene otros planes cuando, a lo lejos, sus ojos se cruzan con los de Stella.
Aún el odio más antiguo puede tambalearse ante el latido más fuerte. ¿Te animas a descubrirlo en este romance prohibido?
Una historia de amor entre familias rivales, inspirada en la clásica tragedia de William Shakespeare.
Caminaba, apesadumbrado, de una punta a la otra de su habitación.
Sus pisadas retumbaban en el viejo piso de madera como lo hacía su corazón contra el pecho o, mejor dicho, como lo hubiera hecho de encontrarse aún en su sitio.
Como el hombre mutilado que cree sentir dolor en la extremidad ausente, él sentía el latir desbocado de un corazón que no poseía, pues se lo había entregado a ella.
Desde el primer momento en que la vio, supo que su vida dejaba de pertenecerle. Aún no sabía su nombre y, aún así, hubiera hecho lo que fuera por ella. Había caído bajo el embrujo irremediable de sus ojos, negros como la noche.
Habían pasado dos meses desde que el amor tocara a su puerta, pero, cuando se supo correspondido, la alegría le acarició el alma apenas un instante. La desdicha llegó pronto a reemplazarla.
Se habían cruzado por el pueblo en ocasiones, aunque nunca a solas. Compartían miradas furtivas y tímidas, sonrojos y ansiedad, pero a distancia.
Aquel día, ya sin poder refrenar sus emociones, había enviado a su criada con una misiva llena de amor, en la que exponía sus sentimientos sin tapujos. No sabía nada sobre ella, por lo que la tarea no fue sencilla, pero su nana la había visto una vez y no se dio por vencida hasta encontrarla.
La respuesta no tardó en llegar y su sonrisa inicial mutó luego en una triste mueca de dolor.
«Mi querido Lorenzo:
¿Cómo has hecho para, con tan pocas palabras, privarme de las mías? Las has usado con tanta gracia y esmero que siento que nada de lo que diga será suficiente para retribuir la gentileza.
Es curioso como el amor llega sin pedir permiso, me gusta creer que es cosa del destino. Pues ya me ves, no sabía tu nombre, no conozco tu voz, pero aún así te pertenezco.
Sí, por si cabe aún alguna duda, me siento dichosa de ser merecedora de tu atención, y me encantaría acceder al encuentro que propones. No obstante, deberás presentarte ante mi padre a declarar tus intenciones, para que pueda ser libre de corresponder tus sentimientos.
Aquí me quedo, a la espera de novedades e imaginando el apellido que se esconde tras tu melodioso nombre, pues has olvidado mencionarlo.
Con más afecto del que las convenciones me permiten demostrar, te saludo con un simple “hasta luego”.
Tuya.
Stella Gentile. »
¿Cómo era posible? Con todas las familias respetables que habitaban la región, ¿por qué tuvo que interesarse en ella? No era ningún secreto que las relaciones entre los Gentile y los Rinaldi no podían ir a peor.
Cuando su padre, Dante, era pequeño, había forjado una gran amistad con Massimo Gentile.
Los muchachos eran inseparables y pronto las familias se volvieron más y más cercanas.
Para cuando cumplieron ocho años y, tras el nacimiento de la menor de los Gentile, la conclusión lógica fue sellar el destino de ambos linajes para siempre, volviéndolos uno.
Desde el mismísimo día de su nacimiento, la joven le fue prometida en matrimonio.
Antonella no llegaba aún a las doce primaveras cuando Dante conoció a Isabella de Rosa, la hija de un mercader. El flechazo fue inmediato y fue entonces cuando lo supo. Tenía que hacerla su esposa.
Cierto día, se presentó en casa de los Gentile y le contó su buena fortuna a Massimo, esperaba su comprensión y su ayuda para cancelar el compromiso que lo ataba a Antonella. Sin embargo, las cosas no salieron como lo había supuesto. Su amigo estalló en furia, dolido por su falta de honor.
A partir de ese día, un manto helado cubrió sus relaciones y, lo que un día fue amistad, se convirtió en odio y resentimiento.
Las familias de ambos trataron de interceder, pero Massimo permanecía implacable en su postura.
Creció seguro de que, un día, podría llamar a Dante su hermano, y consideró su negativa una afrenta personal.
Y si a eso le sumaba su atracción secreta por Isabella, el resultado no podía ser menos satisfactorio.
Nunca más volvieron a dirigirse la palabra y, así, comenzó la enemistad entre ambas familias.
Lorenzo, un enamorado del amor, siempre vio a su padre como un modelo a seguir. Estaba orgulloso de que hubiera decidido hacerle caso a su corazón.
Cuando Dante se hallaba en su lecho de muerte, le pidió a su único heredero que fuera a buscar a Massimo Gentile, ya que no quería irse de este mundo sin reconciliarse con su viejo amigo, creía que solo así podría descansar en paz.
Lorenzo se presentó en su morada y suplicó por una entrevista con él, pero Massimo jamás lo recibió. La cara de dolor de su padre al ver que su última voluntad no se cumpliría se quedó grabada a fuego en su memoria y se juró a sí mismo que, algún día, se vengaría de aquel hombre sin corazón.
Lo que nunca hubiera imaginado era que se iba a enamorar de la hija de su enemigo, Stella.
Su mejor sueño acababa de convertirse en la peor de sus pesadillas.
Una gran sensación de asfixia lo invadió de golpe, el aire que se colaba por el ventanal abierto de su cuarto no era suficiente para calmar el fuego que lo consumía. Por el contrario, no hacía más que avivarlo.
Ya caía la noche cuando traspasó el umbral. Vagó sin rumbo por las calles, no dejaba de pensar en su padre, su venganza y en los ojos negros que esperaban ansiosos una respuesta de su parte. ¿Por qué tenía que ser todo tan complicado?
Después de dar vueltas durante horas, llegó a un parque, se tumbó sobre el césped y elevó la vista al cielo.
«¡Oh, estrellas! ¡Luces de esperanza! ¡Si tan solo pudieran decirme cómo proceder!», pensó, melancólico.
Como si su súplica hubiera sido escuchada, uno de los astros comenzó a brillar con mayor intensidad.
Se puso de pie y miró en todas direcciones, en un vano intento de encontrar a alguien que le dijera que no estaba loco, que aquello era real. Sin embargo, a su alrededor solo había oscuridad. Oscuridad y silencio.
Como los reyes magos siguieron la estrella de oriente, él inició su peregrinación, intrigado por su brillo.
Caminó sin prestar atención al recorrido hasta que se encontró a sí mismo frente a la residencia de los Gentile.
Tuvo entonces una epifanía: tendría que luchar por su amor, el universo había sido claro con su mensaje.
Con energías renovadas, volvió a su hogar y se fue a dormir.
Los primeros rayos de sol amenazaron con despertarlo, más se hallaba tan extenuado que nada pudo separar su cabeza de la almohada.
Recién se levantó cuando faltaba una hora para el mediodía, tomó un baño, un delicioso almuerzo y, luego, partió rumbo a su destino…
¡y nunca tal frase ha sido dicha con mayor certeza!
Al llegar a la finca de Massimo Gentile, se anunció como Lorenzo de Rosa, a sabiendas de que no conseguiría puertas abiertas si dijera que era un Rinaldi. Por desdicha, eso lo sabía muy bien.
Como supuso, lo dejaron entrar y lo condujeron a un espacioso estudio, en donde debía esperar por su anfitrión.
—¿Quería usted verme? —Lo sobresaltó la voz de su interlocutor, quien había entrado con paso sigiloso.
—Sí, señor. Disculpe que no haya solicitado una entrevista, pero me urgía hablar con usted.
—¿Y qué es tan urgente para que un hombre que jamás he visto tenga semejante desesperación por verme? —inquirió, intrigado.
—Un robo —respondió sin titubeos.
—¿Cómo dice?
—Mi corazón ha sido robado. —Suspiró—. Su hija es la culpable.
Una media sonrisa se dibujó en la cara de aquel hombre, lo que por un momento le dio algo de esperanza. Aunque, claro, sabía que las cosas pronto cambiarían de matiz.
—De acuerdo, señor de Rosa. Tome asiento, conversemos —respondió, al tiempo que señalaba uno de los sillones y se ubicaba en otro, justo enfrente—.
Debo decir que nunca he oído hablar de usted y eso me desconcierta.
Conocí a una familia de Rosa en mi juventud, pero no creía que el apellido hubiera perdurado.
—Ya ve, aquí estoy —dijo, con fingida inocencia, mientras se acomodaba en el mullido asiento.
—¿Así que pretende a mi Stella?
—Con todas las fuerzas de mi corazón.
—¿Y qué tiene para ofrecerle?
—Le ofrecería lo que fuera. Tengo fortuna, pero sé que usted también, y creo que lo mejor que puedo ofrecerle es la sinceridad de mi afecto, mi fidelidad y devoción.
—¿Tanto lo ha conquistado? ¿Acaso fueron presentados?
—No, señor. Nunca tuve la dicha. Sin embargo, la he visto a la distancia, como aquel que contempla las estrellas. —Hizo una pausa para reír.
—¿Por qué ríe? ¿Es el futuro de mi hija un chiste para usted?
—No, por supuesto que no. Río por la increíble paradoja. Las estrellas morirían de vergüenza al saber que comparten nombre con ella: Stella, la estrella más brillante. Seguro intentarían cambiar su nombre, ya que su luz solo sería un débil destello comparada con la que desprenden sus ojos azabache.
—¿Intenta convencerme de sus intenciones con palabrería poética? —le recriminó, aunque con expresión divertida.
—Solo con la pureza de mis sentimientos. Ahora, sí me lo permite, me quedaré con algo de lo que dijo. —La suerte estaba echada, y era momento de arriesgarlo todo—. «Palabrería» —repitió—. ¡Qué sobrevaloradas están las palabras! ¿No cree usted?
—¿Por qué lo dice?
—Sencillo. Volvamos por un instante a mi reflexión anterior y pensemos que, en efecto, las estrellas dejaran de conocerse como tales.
¿Acaso aquellos pequeños destellos de amor, o como quiera que decidieran llamarse, dejarían de aparecer cada noche?
¿Dejarían de emitir su brillo o de ser contemplados por un hombre enamorado?
—No, sin duda no lo harían —reconoció—. Me hace usted recordar una obra que mi hija ha insistido en presenciar en el teatro. Una escrita por un joven inglés, pero ambientada en la bella Verona.
—¿ Romeo y Julieta ? —preguntó, aunque sabía la respuesta.
—¡Sí! ¡La misma! En ella se hace un planteo semejante en torno al nombre de las rosas.
—Lo sé, la he visto. Pero aquello no es más que una metáfora, un artilugio poético para hablar de lo que realmente importaba: el peso del apellido Montesco.
—Nos estamos yendo por las ramas, joven, aunque admiro su facilidad de palabra. Quizá deberíamos…
—Disculpe usted, pero creo, por el contrario, que acabamos de llegar justo al quid de la cuestión.
—No comprendo.
—de Rosa. —Inhaló, juntando valor—. Es el apellido de mi madre. Isabella de Rosa.
—¿¡Isabella, dice!? —Su pregunta sonaba a exclamación y, como impulsado por un resorte, se puso de pie—. ¡Eso es inaudito! Si así fuera, usted sería un Rinaldi.
Él también se levantó, aunque con temor de que sus rodillas le fallaran, y lo miró directo a los ojos.
—Lorenzo Rinaldi, para servirle —replicó.
Massimo no salía de su asombro, se sentía estafado una vez más. Otra vez, un Rinaldi quería hacerse con aquello que más amaba su corazón.
La discusión se extendía, pero, por algún extraño motivo no podía caerle mal el joven. Parecía sincero y enamorado y, ahora que lo veía bien, le recordaba mucho a aquel a quien supo llamar su amigo.
Sus palabras, en vez de fomentar su ira, poco a poco lo llevaron a la calma.
Recordó los buenos momentos, cuando vivían en armonía, y se preguntó si había valido la pena vivir con tal resentimiento. Al enterarse de que Dante había querido verlo antes de morir, sintió su corazón hacerse añicos.
De pronto, ya no escuchó nada más, y una idea se apoderó de su mente: ya era tarde para enmendar el pasado, pero no para cambiar el futuro.
La tragedia de la que había sido espectador, arrastrado por Stella, volvió a su memoria. Si él se negara al amor de su hija, todo podría acabar en desdicha, y eso era inconcebible. El orgullo debería menguar. Aquel Romeo necesitaba a su Julieta.
Tomó asiento de nuevo y se quedó en silencio. Lorenzo, que todavía exponía sus razones, temió por su salud y se acercó a socorrerlo, sin saber que el dolor que lo aquejaba no era físico.
Massimo rogó al cielo por el perdón de Dante y le dio su bendición a Lorenzo, que lo miraba perplejo.
Aquel destello de amor que había guiado al joven enamorado brilló, aún en pleno día, antes de extinguirse. Su misión estaba cumplida.