EN EL ANDÉN #3
Parece que fue ayer cuando al fin me dirigió la palabra y aceptó tomar un café conmigo.
El desayuno se convirtió en todo un día juntos de paseo por la ciudad.
Mi jefe casi me mata porque nunca me conecté para trabajar desde casa, como me había solicitado, pero, si pudiera volver el tiempo atrás, no cambiaría ni un solo instante del día que, hasta hoy, encabezaba la lista de los mejores de mi vida.
Esa tarde, antes de despedirnos, intercambiamos nuestros teléfonos. Cuando desperté al día siguiente, tenía un mensaje suyo en el que me decía que sería ella quien me esperaría en la estación para variar, que tenía ganas de verme de nuevo.
Siempre admiré su confianza y su actitud avasalladora. De no ser por ellas, hoy todavía la observaría desde las sombras.
Todos los días coincidíamos, hasta que llegó el momento en que no pude ocultarlo más y le confesé que solo viajaba en ese horario para verla. Temí que se asustara, o me tratara como a un loco acosador, pero lo que hizo me dejó sin palabras.
Me acarició la mejilla y, de forma lenta y deliberada, acercó sus labios a los míos.
Habían pasado cuatro meses desde que habíamos comenzado a charlar, pero el tiempo se esfumó en ese instante.
El contacto fue breve; se separó y me miró a los ojos.
Fue entonces cuando supe que aquello, que esto , sería para siempre.
Tomé valor, busqué al viejo Jack que poco a poco empezaba a revivir dentro de mí, y le devolví el beso. Esta vez con más fuerza, más pasión, le quería mostrar todo lo que me hacía sentir desde el primer día en que la vi.
Emma me ayudó a enfrentar mis miedos, mis problemas, a olvidar el pasado y volver a ser el hombre que un día fui. Aprendí a dejar ir todo resto de dolor, aprendí a perdonar. Y, aunque sé que nunca las cosas volverán a ser como antes, retomé mi maltrecha relación con Robert.
Por si se lo preguntaban, su matrimonio duró poco. Sarah lo engañó, de hecho, y solo un par de meses después de hacerlo oficial, firmaron los papeles del divorcio.
Para nuestro primer aniversario, le preparé una cena sorpresa. Uno de mis amigos trabaja en el planetario y me consiguió un permiso para utilizar la terraza. Desde allí, la vista es imponente, y los telescopios hacen que las estrellas parezcan al alcance de la mano.
Organicé una linda velada, música romántica, comida casera y, por supuesto, un anillo. Temblaba de ansiedad, pero le pedí que fuera mi esposa y ella no dudó ni por un instante.
Miro una vez más el reloj que ella me regaló, el que lleva nuestras iniciales grabadas, y veo que ya es la hora.
La música comienza y, al levantar la vista, me cruzo con sus ojos al otro lado del pasillo. Está radiante. Lleva un vestido color crema con detalles en encaje y un bordado de flores superdelicado en el mismo tono. Mi princesa parece, más que nunca, salida de un cuento de hadas.
Cuando llega el momento de intercambiar nuestros votos, a pesar de que habíamos acordado solo responder a la pregunta, le pido permiso al sacerdote para decir unas palabras.
—Emma. —Suspiro y tomo sus manos entre las mías—.
Antes de conocerte, vivía en la oscuridad.
Era una persona triste, aferrada al pasado.
Te vi y, de a poco, todo empezó a cobrar sentido.
Descubrí que, por más sufrimiento que se cruzara en mi camino, todo lo que había vivido me preparó para este momento, y no lo cambiaría por nada del mundo.
Te amo. Te amo como nunca creí posible amar a alguien.
Eres mi mejor amiga, mi compañera, mi todo.
Voy a hacer hasta lo imposible por devolverte un poco de la felicidad que trajiste a mi vida.
»Tenerte frente a mí, tan hermosa, me parece un sueño hecho realidad.
Prometo que te voy a cuidar, amar y respetar cada día de nuestras vidas.
No puedo creer que me haya pasado tanto tiempo centrado en el ayer.
Hoy, lo único que quiero es vivir cada instante del presente y esperar a ver qué futuro construimos para nosotros.
No puedo prometerte que todo será color de rosas, pero sí puedo jurarte que juntos seremos capaces de enfrentarlo todo, lo bueno y lo malo.
Yo no era más que una mitad hasta que llegaste tú a completarme y nos fundimos en uno.
—Jack —dice ella, y me suelta por un momento la mano para recoger las lágrimas que empiezan a descender por sus mejillas—, sabes que soy muy verborrágica en ocasiones, pero que las palabras se me resisten en momentos como este. Sin embargo, no puedo quedarme callada después de escucharte.
»Te amo, así de simple. Te amo con todas mis fuerzas, con todo mi ser.
Estoy segura de que nos espera una vida llena de felicidad.
No importa si tropezamos en el trayecto, siempre estaremos juntos para sostenernos y seguir adelante.
Tu sonrisa me hace la mujer con mayor fortuna del planeta, no necesito nada más.
Cuando nos declaran marido y mujer, al fin puedo darle el beso que tanto esperaba. Y, aunque para muchos este sea el final de nuestra historia, para nosotros apenas es el comienzo.