Destellos de amor MICRORRELATOS
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MICRORRELATOS

Un poco de esto, otro poco de aquello, cuatro cucharadas de romance y una pizca de locura.

Así comienza la receta.

Se mezclan los ingredientes y, como resultado, obtenemos esta serie de relatos que oscilan entre las doscientas y las quinientas palabras.

Algunos podrían considerar que, los más extensos, ya no entran en la categoría; pero como la RAE los describe como relatos muy breves, sin ahondar en la cantidad exacta de palabras que pueden comprenderlos, te voy a pedir que, aquí y ahora, me permitas tomarme esta pequeña licencia.

Todas de diferentes temáticas, estas breves historias nos muestran que, cuando de amor se trata, nunca está dicha la última palabra.

Primera cita

Recorro tantas veces el reducido espacio de mi monoambiente que debería considerarse un deporte olímpico. Mi cabeza da tantas vueltas como yo, aunque en sentido contrario. Somos dos fuerzas centrífugas opuestas que luchan entre sí.

¿El resultado? Me tropiezo con mis propios pies, hago la misma cosa tres veces, olvido lo que iba a hacer en primer lugar… En fin, lo reconozco. Estoy nerviosa. Nunca me había sentido así.

Si lo pienso, incluso es bastante ridículo. No es la primera vez que quedamos para comer algo e ir al cine; de hecho, lo hacemos cada fin de semana. Sin embargo, hoy se siente diferente. Tan diferente que asusta.

Miro el reloj y sé que no tardará en llegar. Me retoco una vez más el maquillaje, me estiro las arrugas imaginarias de la ropa —solo por si acaso— y me siento en el sofá. Sé que, si sigo así, terminaré por desacomodar todo lo que llevo horas arreglando.

¿Cómo vendrá vestida? ¿Traerá esa falda que compramos juntas el mes pasado? ¿O, tal vez, sus jeans de la suerte? Esos a los que le atribuye propiedades mágicas por vaya Dios a saber qué motivo.

Me quedo absorta en mis recuerdos. Cuando suena el timbre, me sobresalto. Una sonrisa me inunda el rostro. ¡Ya está aquí!

Abro la puerta. Está más hermosa que nunca, si es que eso es posible. Mi mejor amiga, esa chica que me vuelve loca, me saluda con un beso tímido en los labios y, al fin, siento que las piezas del rompecabezas empiezan a encajar en su lugar.

Amor de oficina

―Necesito esos papeles mañana a las nueve en mi oficina.

Las puertas del ascensor se cierran y me quedo estática en el lugar. ¡Tiene que ser una broma! Son las ocho de la noche, hace dos horas que terminó mi turno, ¿y ahora se acuerda?

Lo mataría, salvo que no podría hacerlo aunque quisiera.

Llevo enamorada de él más tiempo del que me gustaría reconocer y, a veces, creo que él siente lo mismo.

La semana pasada, estuvimos a punto de besarnos, pero él inventó una excusa tonta y se fue.

No sé si fue porque no quería hacerlo o por la maldita cláusula de no fraternización entre empleados del mismo departamento.

Un mensaje de mi madre, a las doce en punto, hace que tome noción del tiempo que llevo aquí.

Feliz cumpleaños, princesa. ¡Qué empieces muy bien tu día!

Lo leo y suspiro. ¡Si ella supiera!

Le respondo con rapidez y continúo. Cuando la impresora escupe la última hoja, dejo todo en el escritorio de mi jefe y me voy.

Llego a casa, a la una de la mañana, y caigo rendida.

Al día siguiente, encuentro un gigantesco ramo de rosas en mi escritorio. Miro la tarjeta y no puedo evitar sonreír.

«¡Feliz cumple, Lucy! Te espero en mi oficina…»

Golpeo la puerta y Trevor la abre por mí. En su escritorio, espera un desayuno para dos y un cupcake con una vela encendida.

—¡Feliz cumpleaños! —dice sonriente—. Disculpa el apuro de ayer, pero necesitaba cerrar ese tema urgente y hoy tienes el día libre. Además, mi nueva secretaria no comienza hasta el lunes.

—¿Nueva secretaria? —Siento que me ahogo—. ¿Me estás despidiendo? ¿Acaso hice algo que…?

Posa el dedo índice sobre mis labios. Cuando ve que ya no voy a volver a hablar, me acaricia el cabello con ternura.

—¿En serio me crees capaz de hacerte algo así? ¿Y encima en tu cumpleaños? —Su tono es más dulce y suave que de costumbre—. La dirección aprobó tu petición para pasar al área de publicidad, comienzas mañana.

—¿Qué? ¿Cómo? —balbuceo—. Ya me rechazaron tres veces y…

—Parece que necesitaban un pequeño incentivo. —Se encoge de hombros—. Y, aunque me va a matar no poder estar contigo durante la jornada laboral, espero que podamos compensarlo en nuestro tiempo libre —concluye con un guiño de ojo.

Un instante

Cincuenta años atrás nos dábamos el sí en el altar, llenos de ilusiones y de futuro por delante.

Ella siempre despertaba entre mis brazos, mi pecho le hacía de almohada.

Miro hacia atrás y no comprendo cómo es que todo ese tiempo se nos escurrió entre las manos. Y es que cincuenta años pueden parecer mucho, pero duran un instante.

Cuando desperté aquella mañana, ella estaba como siempre: apoyada sobre mí y con una dulce sonrisa en su rostro. Le acaricié el cabello para llamarla, pero ya no lo sintió.

Tardé varios minutos en asimilar lo que había ocurrido. ¡Juraría que hasta pude escuchar el sonido de mi corazón al quebrarse por su ausencia!

Ahora me parece que ya nada tiene sentido.

Tengo mucho frío y cero ganas de prepararme algo para cenar, así que me voy a la cama temprano. De la mesita contigua, tomo la fotografía de nuestra boda, esa que mandamos a enmarcar.

La apoyo contra el pecho para sentirla cerca de nuevo y es como si un manto tibio me cubriera en esta noche helada. Se siente como sus caricias, aquellas que tanto conozco, y me ayuda a conciliar el sueño.

Me duermo, plácido, sin comprender lo que ocurre, sin darme cuenta de que ella está aquí. Ha venido a buscarme.

Nada cambió

No soy la chica nueva ni él, el recién llegado. No somos polos opuestos, ni populares ni mucho menos nerds. Somos dos alumnos más.

No acabo de conocerlo, ni sentí un flechazo al toparme con sus ojos color esmeralda. Es más, hasta hace poco tiempo ni sabía de qué color eran. Por si te lo preguntas, resulta que son café.

Nunca nos llevamos mal, solo no nos llevamos. Aparte de un aula en común, lo único que nos une es algún saludo casual. Nunca charlamos, al menos de nada importante. No lo conozco y, a la vez, lo conozco desde que éramos niños.

Nada cambió, pero todo es diferente.

Hace una semana nos fuimos de campamento y, mientras nos calentábamos al abrigo de una fogata improvisada, el coordinador nos pidió que habláramos de nosotros, de nuestros gustos, intereses y planes a futuro.

Nadie quería romper el hielo hasta que, de pronto, él se puso de pie. Lo había visto miles de veces, pero, aquella noche, lo miré por primera vez.

Descubrí que somos muy similares, que tenemos los mismos gustos y que esa sonrisa en su rostro centelleaba más que las llamas en la hoguera.

Más que un mito

La literatura nos hace temibles o con una belleza descomunal, bestias sanguinarias u hombres atormentados. Nos quemamos al ver una cruz y, al salir el sol, nos desintegramos o comenzamos a brillar.

Nos representan de mil maneras, pero ninguna es real.

Aunque a muchos les cueste digerirlo, somos personas como cualquier otra. Un vampiro nace, no se hace. Es una anomalía genética más, como tantas otras. Comemos, dormimos, sentimos y no vivimos para siempre.

¿Es difícil contar nuestro secreto? Por supuesto, pero no porque sea nada grave, sino porque los preconceptos son muchos y la gente dispuesta a escucharnos, muy poca.

¿Matamos gente? ¿Salimos de cacería? No y no. Con un sorbo de sangre al día tenemos más que suficiente, no somos insaciables. Por lo general, nos la proporciona algún ser querido.

Al principio me avergonzaba admitirlo, hasta que ella apareció: la mejor amiga de mi hermana. Cuando se enteró de que mi madre y yo sufrimos esta anomalía, no se horrorizó, nos hizo mil preguntas ―todas desde el respeto y con genuina curiosidad por entendernos― y, luego, solo nos abrazó.

A partir de ese momento nos volvimos muy cercanos. Ya no era solo la amiga de mi hermana, era mi mejor amiga, mi confidente.

Ella me enseñó a no tener miedo del qué dirán, me enseñó a ser feliz y, con el paso del tiempo, casi de forma inevitable, caí rendido a sus pies.

La última palabra

Miro el reloj, atascada en el tránsito, con la esperanza de que las agujas dejen de girar tan deprisa.

Mi corazón late frenético, desbocado, a sabiendas de que, si no llego a tiempo, deberá callar sus sentimientos para siempre.

Recuerdo los momentos compartidos, las sonrisas cómplices, los besos robados. Recuerdo cada detalle una y otra vez.

¿Cómo es que llegué a esta situación? ¿Cómo fui tan estúpida?

Vuelvo a revisar el horario. A estas alturas, ya debe haber empezado la ceremonia.

Sin pensarlo demasiado, le pago al taxista, me quito mis incómodos zapatos y bajo del vehículo a toda velocidad.

El calor del asfalto me quema los pies, pero no me importa. Avanzo entre la larga fila de coches, corro con todas mis fuerzas.

Llego, agitada, y abro la puerta en el momento en que el juez realiza la pregunta de rigor.

—¡Mark! —grito a todo pulmón. Atraigo todas las miradas.

—¿Abby? —Su pregunta es casi inaudible, sale como un suspiro de aquellos labios que, un día, fueron míos.

—Tenemos que hablar, por favor —suplico.

Su novia me mira con odio y no puedo culparla, pero si existe una pequeña posibilidad para nosotros, por más diminuta que sea, no la dejaré pasar. No esta vez.

Él le dice algo al oído y se dirige hacia mí con paso firme y decidido. Al llegar a mi lado, me agarra del brazo y me empuja fuera del recinto.

—¿Se puede saber qué haces aquí? —pregunta, sorprendido, pero con su calidez habitual, esa que acaricia cada fibra de mi ser.

―Lo que debería haber hecho hace mucho tiempo. —Sollozo—. Te amo, Mark, como nunca en mi vida creí que podría amar a alguien. ¡Por favor! ¡No te cases con ella! —suelto, las palabras se atropellan unas con otras y noto los nervios a flor de piel.

—¿Me lo dices en serio? —Asiento—. ¿Tengo que recordarte que fuiste tú quién me empujó a sus brazos? Me dijiste que lo nuestro no tenía futuro, que lo mejor que podía hacer era empezar una vida con ella. ¿Y ahora me dices esto?

—Lo sé, soy una idiota. —Las lágrimas corren sin cesar y dejan huella en mi maltrecho maquillaje—. Me asusté, fui una cobarde.

—Sabes bien lo que sufrí desde que me dejaste, lo que me costó empezar de nuevo, volver a creer en el amor… encontrar a alguien que me quiera.

—¿Y tú? ¿La quieres? ¿La amas como me amabas a mí? Si es así, te dejaré en paz, pero necesito que me lo digas. —Hago una pausa—. Dime que ya me olvidaste y me iré, esta vez, para siempre.

—No puedo. —Agacha la cabeza—. ¡No puedo con esto! ¡No ahora!

Se da media vuelta y se va. Debería estar devastada, sin embargo, algo parecido a una sonrisa se me forma en el rostro.

No volvió a entrar junto a la chica que lo esperaba vestida de blanco, fue hacia la calle y subió a un taxi en su lugar.

Aún no está dicha la última palabra, aún puede el destino fallar a mi favor.