EN EL ANDÉN
¿Qué haces cuando el miedo te roba las palabras?
Tras un desamor devastador, el mundo de Jack se redujo a una regla forzosa que él mismo no alcanza a comprender: no puede hablar con ninguna mujer si ella no da el primer paso. Atrapado en su propia mente, ve pasar los días en piloto automático.
Sin embargo, un pequeño cambio en su rutina lo llevará a coincidir en la estación de tren con alguien inesperado. Su ángel. Una mujer con la que, mañana tras mañana, empieza a conectar a base de gestos sencillos, sonrisas tímidas y complicidad silenciosa.
Un andén lleno de extraños, una rutina rota por el destino y un corazón que vuelve a latir son los elementos que demostrarán que los giros más grandes de la vida empiezan sin decir una sola palabra.
Quince minutos
Quince minutos. Faltan tan solo quince minutos para que ella aparezca como siempre lo hace, con su mirada arrolladora y su sonrisa tímida, con sus auriculares rosa chicle y una botella de agua en la mano.
Se contendrá, al principio, pero terminará por tararear y moverse despacio al ritmo de la música.
Ella es perfecta y, para qué negarlo, me tiene idiotizado.
Ya pasaron dos meses y una semana desde que nos cruzamos por primera vez.
Algunos dirán que fue por pura casualidad; otros, que fue cosa del destino.
Lo cierto es que yo no debía estar en la estación a aquella hora y, sin embargo, allí estaba.
Una hora antes de lo previsto. Ignoraba por completo el hecho de que, la noche anterior, había programado mal la alarma de mi teléfono.
El tema es que la vi llegar y el mundo tembló bajo mis pies.
Juro que, por un breve instante, me convencí de que había sido un terremoto.
No pude sacarla de mi mente en todo el día y, por la noche, no me atreví a corregir el error de mi alarma.
Recuerdo que me costó mucho conciliar el sueño; estaba nervioso y sabía que era una locura, pero, por primera vez en mucho tiempo, cuando al fin me dormí, lo hice con una sonrisa en el rostro…
y con la esperanza de volver a verla en el andén.
Ese segundo día me pareció aún más hermosa que el anterior, por lo que repetí la táctica un tercer día, un cuarto y muchos muchos más. Pronto, se convirtió en mi nueva rutina.
Veo que un tren se acerca y, con disimulo, me alejo para darle paso a los demás pasajeros. Mi tren, nuestro tren, pasará en diez minutos.
A veces, siento miedo de mi mismo. ¿Estaré haciendo algo incorrecto?
Si solo la miro, no hago nada malo, ¿o sí?
¿Soy un acosador ahora? Solo sé que no puedo evitarlo.
Me muero por acercarme, por decirle que es la princesa de mis sueños; porque sí, no son solo las mujeres quienes sueñan con su príncipe azul; en el fondo, todos buscamos lo mismo.
¿Por qué no lo hago, entonces? ¿Por qué no le digo la verdad y la invito a salir como una persona normal? La verdad, me despierto cada día con esas estúpidas preguntas en mi cabeza, a pesar de que sé bien las respuestas.
Llevo cinco años de terapia, me mudé a la otra punta del mapa y, aún así, no consigo superarlo. Cuando me acerco a una mujer, tenga o no un interés romántico en ella, siento que la garganta se me cierra, me sudan las manos, me mareo y no logro decir una palabra si ella no me habla primero.
¡Es patético, lo sé! Sin embargo, aprendí a vivir con ello. Incluso bromeo al respecto con mis amigos. Ellos dicen que parezco Raj, de The Big Bang Theory , y yo imito su acento, pero, en momentos como este, no se dan una idea lo mucho que me frustra esta situación.
Y no, no siempre fui así. Nunca me consideré un sex symbol , pero no voy a ser hipócrita: sé que soy objetivamente atractivo y, en mis buenas épocas, lo he usado a mi favor.
Una sonrisa o la frase correcta podían hacer maravillas.
Tenía la mezcla perfecta entre ternura y desfachatez, y a las mujeres parecía gustarle.
Pero, siempre hay un pero, hace seis años estuve a punto de casarme. Tenía veinticuatro y, aunque para muchos era demasiado joven, yo no veía la hora de que Sarah se convirtiera en mi esposa.
Planeé la pedida de mano perfecta durante meses, mandé a diseñar un anillo único, conseguí el permiso para montar todo en su lugar preferido… En fin, fue una velada increíble y, cuando me dijo que sí, creí que podía tocar el cielo con las manos.
La mañana de la boda me levanté temprano y le llevé el desayuno. Encargué una bandeja para dos, de esas que traen de todo un poco, y le compré un ramo de tulipanes, sus flores preferidas. Entré despacio a la que a partir de ese día sería nuestra casa y, sin hacer ruido, me dirigí a la habitación.
Habíamos dormido separados porque ella decía que había que respetar las tradiciones.
Me había parecido tierno, a pesar de no encontrarle mucho sentido; ni por un solo momento sospeché la verdadera razón de su extraño pedido.
Que no quisiera pasar la noche conmigo no significaba que quisiera pasarla sola, o con amigas, significaba que quería pasarla con mi hermano.
Aún dormían, desnudos y abrazados. Se los veía tan felices que me dieron arcadas. La bandeja se me cayó al suelo y salí de ahí sin más, necesitaba alejarme de ellos lo antes posible. ¡No quería verlos ni escucharlos!
Estaba cegado por las lágrimas y por la furia. Había construido un castillo de arena perfecto con mi vida y, entonces, vino la marea y no dejó ni rastros de lo que había sido. Ni siquiera un puto cimiento sobre el cual volver a construir. Nada.
Correr me ayudaba a no sentir tanto, así que corrí como nunca antes.
Nada podía detenerme o, al menos eso creía.
Me lancé a cruzar la calle sin fijarme si el semáforo me habilitaba o no y pasó lo que suele pasar en esos casos: desperté, una semana después, en una cama de hospital.
Tenía múltiples fracturas, yesos y vendas por doquier, y había sufrido una muy fuerte conmoción cerebral.
Fue entonces cuando el Jack O´Neill que todos conocían murió y nació este que soy ahora, este hombre lleno de inseguridades y traumas sin resolver que metió su vida en una maleta para empezar un nuevo capítulo de su vida en España.
Miro, una vez más, el reloj y una enorme sonrisa se instala en mi rostro al notar que ya es la hora. Levanto la mirada y, en efecto, mis ojos se cruzan con los suyos.
¿Se habrá dado cuenta de que es puntual al extremo? ¿De que sus movimientos están cronometrados hasta el más mínimo detalle?
Está tan hermosa como cada día, o incluso un poco más. Lleva el cabello castaño en un moño despeinado, de esos que parecen dignos de peluquería, y muy poco maquillaje que acompaña a sus preciosas pecas con total naturalidad. ¡Parece un ángel!
Intento sonreírle y me responde con un leve movimiento de cabeza. Eso o estoy tan mal que veo lo que me encantaría ver. No lo tengo del todo claro.
Llega el tren y ambos subimos por la misma puerta. En este horario se viaja bien, no hay tanta aglomeración de gente que no te permite respirar; aunque, a decir verdad, hoy está más vacío que de costumbre.
La dejo pasar primero, veo que toma asiento junto a la ventana y, en un loco impulso, me ubico a su lado. Ella se muerde el labio inferior y me parece verla ruborizarse.
¡Háblame! ¡Háblame! ¡Háblame! ¡Aunque sea pregúntame la hora o di algo estúpido sobre el clima! ¡Lo que sea!
Estamos a punto de llegar a la tercera estación cuando saca un paquete de pastillas de su bolso.
No pierdo detalle de sus movimientos y creo que lo nota, ya que me mira, me muestra la golosina y abre la boca para decirme algo, supongo que para ofrecerme una.
Sin embargo, en vez de escuchar su voz, escucho la de otra mujer que me golpea en el hombro y hace que voltee.
—Disculpa, pero no quedan asientos y tengo que darle de comer a mi bebé. ¿Podrías…?
—Sí, claro. Perdón, no te había visto. —Me levanto y me alejo, una catarata de insultos brota en mi interior mientras mi princesa encoge los hombros y se gira para mirar por la ventanilla.
El resto del trayecto lo hago a una distancia prudencial, la observo, igual que siempre. En un momento, veo que sus ojos se iluminan y comienza a mover los pies y los labios, como si cantara, pero sin emitir sonido.
Me centro en esos labios rosados que me nublan el sentido e intento descifrar cuál es el tema que tan feliz la hace. Logro reconocer algunas palabras, así que me aventuro a hacer una rápida búsqueda en Google: «enseña, heridas, mundo, secreto».
El primer resultado que arroja el buscador es una canción de Pablo Alborán. Abro el link para ver si es esa y sí, encuentro la bendita estrofa:
«…Enseña tus heridas y así las curarás,
que sepa el mundo entero
que tu voz guarda un secreto.
No menciones tu nombre que en el firmamento
se mueren de celos.
Tus ojos son destellos,
tu garganta es un misterio…»
Vuelvo a mirarla e intento encontrar por qué parte va ahora, ya que, por su expresión, aún no ha terminado.
«…Haces que mi cielo
vuelva a tener ese azul,
pintas de colores
mis mañanas, solo tú…»
La letra me produce un nudo en el estómago, siento que es demasiado perfecta para nosotros. Ella, sin lugar a dudas, pinta mis mañanas. Antes de conocerla, todo era gris.
Me anoto el nombre del tema para descargarlo al llegar a casa y guardo el teléfono. No quiero distracciones, ya falta poco para que llegue a su destino.
Al rato se pone de pie y, cuando atraviesa la puerta, no sigue sin más, como suele hacer. Por el contrario, se da vuelta y mira hacia el interior del tren. Se muerde el labio inferior y mueve la mano a modo de saludo.
Miro para todos lados, busco al destinatario de su atención, pero nadie parece responderle. ¿Será que me saluda a mí? Vuelvo a fijar mi atención en ella y asiente con la cabeza, con una pequeña sonrisa, como si pudiera leerme el pensamiento.
Me quedo embelesado, sin poder reaccionar. El tren avanza y, aunque yo sigo allí, mi corazón bajó con ella.
Inolvidable