DOS PALABRAS Y UN CORAZÓN #4
La nube rosa que antes la había envuelto, ahora se arremolinaba alrededor de ella.
Una vez que aquel humo desapareció, Charlie se acercó al espejo y casi se desmaya al ver su reflejo.
Vestía un hermoso mono en un color azul zafiro que le dejaba la espalda al descubierto y se unía tras su cuello, formando un pronunciado pero discreto escote.
Su cabello semirrecogido, un maquillaje envidiable y unos zapatos plateados de tacón completaban el atuendo.
―¡Cómo lo imaginaba! ¡Te queda perfecto! El corte princesa está fuera de moda, esto es lo que se viene. ―El hada madrina aplaudió su creación―. En la puerta, te espera un coche con chofer listo para llevarte a la fiesta. ¡Apresúrate!
―Te lo agradezco, de verdad, pero estoy encerrada aquí. He tirado la llave ―replicó apenada―. Además, hoy… mis padres…
―¿Quiénes piensas que me enviaron aquí, mi vida? Basta de pensar tonterías, ellos solo quieren que seas feliz. Si tu corazón desea ir en busca de tu príncipe, vas a poder abrir la puerta sin problemas. Ahora, es mi momento de partir.
―Espera. ¿Eso es todo? ¿Ninguna indicación más? ¿Tengo algún límite de tiempo?
―No, preciosa. Se nota que has leído muchos cuentos de hadas. ―Soltó una carcajada―. Eso es todo, ahora vé y disfruta. La noche recién comienza.
Con esas últimas palabras y un guiño, la mujer se desvaneció en el aire. Charlie, aún algo aturdida, puso la mano sobre el picaporte y la puerta se abrió de par en par.
La magia, el destino y su príncipe la esperaban del otro lado.
Felices para siempre
Tal como su hada madrina le había anticipado, frente a la puerta de entrada de la mansión de los Hewitt aguardaba un impecable coche de lujo y, de pie junto a este, un chofer que, al verla, le hizo una reverencia a modo de saludo.
Sin perder más el tiempo, se encaminó al lugar de la fiesta.
Durante el trayecto quiso morderse las uñas, presa de los nervios, pero la sorprendió una perfecta manicura que hasta horas atrás no ostentaba; sin duda, un detalle que se le había pasado por alto a ella, pero no a la mujer rubia que la había visitado.
No sabía si hacía lo correcto o no, solo sabía que la mera idea de volver a ver a Christopher hacía que millones de mariposas revolotearan en su interior.
Al bajar del vehículo, grande fue su sorpresa al encontrarse con Chris, Finn y Lenny juntos y a punto de abandonar el lugar.
―¿Escapas de tu propia fiesta? ―susurró a espaldas del cumpleañero.
―¡Charlie! No pensé que fueras a venir ―exclamó, sorprendido, al voltear―. Ellos me dijeron que…
―¿Cómo lograste salir? ―interrumpió su hermano.
―¿Y esa ropa? ―agregó Finn.
―Shhh ―dijo al tiempo que posaba un dedo sobre sus labios en señal de silencio―. Estoy aquí, es todo lo que importa, ¿no? ―Temblorosa, se acercó a Christopher y le dio un beso en la mejilla para luego murmurar cerca de su oído―. ¡Feliz cumpleaños!
―Bueno, nosotros vamos a entrar, de repente tengo mucha sed. ¿Te parece, Finn? ―propuso Lenny al notar que sobraban en la escena.
Los muchachos se fueron, pero ellos permanecían inmóviles, demasiado cerca para unos desconocidos y demasiado lejos para un par de enamorados.
―Lo siento, no pude traerte ningún regalo. ―Rompió el hielo la morena.
―El mejor regalo que me podrías haber dado es tu presencia, con eso ya soy feliz ―respondió el rubio con toda sinceridad. Ella se sonrojó―. ¡Entremos! Te va a encantar ―dijo y tendió la mano en su dirección.
―Antes, quisiera decirte algo ―comenzó nerviosa―, no quiero que tengas una idea errada de quién soy.
―¿Eres la chica que conocí en la tienda de antigüedades? ¿La que me crucé en el centro? ¿La que me cautivó por completo? ―Charlotte, que había asentido frente a cada pregunta, se quedó pasmada con la última. Christopher sonrió―. Es todo lo que necesito saber.
―No, no es todo. Yo no soy una Hewitt, no soy nada. ―Agachó la mirada―. Solo soy una sirvienta huérfana sin nada que ofrecer.
―No me importa cuál sea tu apellido, ni tu fortuna o falta de ella. Eres una mujer hermosa, extraordinaria y estoy seguro de que tienes mucho para dar. ―Charlie sonrió―. ¿Lo ves? Con esa sonrisa ya me diste algo muy preciado… esperanza.
Volvió a extender la mano y, al fin, ella entrelazó sus dedos con los suyos.
Al entrar al salón en el que transcurría la fiesta, nuestra heroína quedó maravillada.
¡Ese lugar parecía mágico! Nunca había disfrutado del día de San Valentín y encontrarse allí ―junto al príncipe de sus sueños― le resultaba algo irreal; tanto así que, con disimulo, se pellizcó en el brazo para verificar si en verdad estaba despierta.
El espacio central estaba ocupado por la pista de baile, donde varias parejas danzaban entre tules, luces intermitentes y guirnaldas en forma de corazón, de diferentes tamaños, que colgaban desde el techo.
Hacia los costados, otros tantos disfrutaban de un gran banquete en las mesas más elegantes y románticas que jamás había visto.
Cuando Chris y Charlie llegaron al medio de la pista, las miradas de todos fueron a dar a la pareja. En especial, las de los padres del agasajado, que compartieron una mirada cómplice llena de felicidad.
Bailaron sin cesar hasta que el reloj marcó las once de la noche y el cumpleañero le pidió a Charlotte que lo acompañara al jardín trasero. Allí, solo con las estrellas como testigos, el joven le confesó sus sentimientos.
―Tal vez te parezca algo apresurado, pero tengo que decirte que, desde el momento en que te vi, te has convertido en el eje de mi universo.
Con mucho cuidado, se quitó aquel colgante que había comprado y se lo enseñó. Charlie no pudo procesar ni sus palabras ni el hecho de tener frente a sus ojos esa herencia familiar que tan importante era para ella. Christopher pronto rompió el silencio una vez más.
―Con este dije, te entrego mi alma y mi corazón por completo y los pongo en tus manos.
Ambos temblaban, pero eso no impidió que nuestro príncipe corriera con mimo el cabello de Charlotte y le pusiera el collar. El suave roce de sus dedos provocó una descarga eléctrica en ella que, si cierra los ojos por un momento, aún hoy puede sentir.
―Te amo ―respondió con ojos llorosos y, al pensar que aquellas palabras quedaban cortas para explicar su sentir, le dio un beso que él correspondió con la mayor de las dulzuras. Un beso de verdadero amor.
Dos palabras y un corazón bastaron para unirlos y ya nada los podría separar.
Como no podía ser de otra manera, ahora viven su propio felices para siempre.