Destellos de amor DOS PALABRAS Y UN CORAZÓN #3
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DOS PALABRAS Y UN CORAZÓN #3

Decir su nombre en voz alta le provocó una oleada de adrenalina.

No podía dejar de mirarla, quería guardar en su memoria cada detalle de su rostro, la luz dorada de esos ojos hechiceros que lo tenían cautivado, el modo en que el sol hacía brillar su piel, la forma en que se mordía el labio inferior en un gesto tímido que le despertaba hasta las emociones más dormidas.

―¿Te ayudo a llevar las cosas al coche?

Charlie parpadeó, como si saliera de un trance.

―¡Oh, lo siento! No. ―Ante la cara de desilusión del joven, rectificó―. Quiero decir, no tengo. O sea, en teoría sí tengo, pero no lo traje. —Suspiró frustrada—.  He venido a pie. Solo déjame acomodar todo y yo puedo llevarlo sin problema alguno.

―¡Claro que no! Es una locura que vuelvas a casa así de cargada. Tengo el mío a la vuelta de la esquina, yo te llevo.

―¡Oh, no! ¡Por favor! No quiero causarte molestias.

―No es molestia en absoluto ―dijo, y comenzó a caminar, por lo que no le dejó más alternativa que seguirlo.

Chris dejó las compras en la parte trasera y abrió la puerta para ella.

Una vez que estuvo acomodada, subió también al coche.

En su mente, un plan tomaba forma: le haría llegar una invitación para su fiesta de cumpleaños, y, allí, en el día más romántico del año, le confesaría que se enamoró de ella apenas la vio.

Si la leyenda era cierta, el collar, que en ese momento parecía latir por su cuenta sobre su pecho, los juntaría para siempre.

El viaje transcurrió en relativo silencio, aunque ambos se prodigaban miradas furtivas cargadas de sentimientos.

Al despedirse en la puerta de los Hewitt, una fuerza extraña se apoderó de Charlie, quien depositó un tierno beso en la mejilla de su príncipe y, al darse cuenta de su atrevimiento, se apresuró lo más posible en entrar a la mansión.

Chris se quedó apoyado contra el vehículo, su mano voló al lugar en que sus labios hicieron contacto con su piel y sonrió.

Permaneció allí hasta que ella se perdió de vista e, incluso, un poco más de tiempo.

Poco le importó que, conmocionado como estaba, olvidó pedirle su número.

Al menos, sabía dónde vivía; con eso tendría que bastar.

Al fin, su cuento de hadas había comenzado.

Fairies 2.0

Christopher llegó a casa exultante de alegría y, para sorpresa de su madre, quiso hablar con ella sobre la fiesta. A diferencia de otros años, en los que solo se limitaba a aceptar las locas ideas de Cassandra, quería estar hasta en el más mínimo detalle.

A pesar de que jamás quiso una ambientación de San Valentín, para aquella ocasión era justo lo que necesitaba. Quería una atmósfera romántica, luces tenues, corazones… ¡Vamos, el combo completo!

Dispuesto a cualquier cosa por tenerla en su fiesta, aceptó algo que Cassandra le pedía año tras año y que él rechazaba una y otra vez por considerarlo pasado de moda: enviar invitaciones físicas.

Por lo que había averiguado, la casa en que dejó a su amada pertenecía a la familia Hewitt y, según su ama de llaves, allí vivían tres jóvenes: Finn, Charlie y Lenny. Lo que él no sabía era que solo Finn portaba ese apellido y el prestigio asociado a él.

De más está decir que los Hewitt se convirtieron en los primeros de la lista. Cuando la invitación llegó a manos de Finn, el joven salió en busca de su amiga para contarle la novedad; presentía que iba a saltar de la alegría. No obstante, la reacción de nuestra heroína fue muy diferente.

―No, no y no ―repitió sin cesar―. No iremos a esa fiesta.

―Habla por ti, yo sí que iré ―sentenció Lenny―. Nunca nos invitan a esas cosas. ¡Va a ser divertido!

―Exacto. Nunca. Nos. Invitan ―pronunció cada palabra muy despacio, con un dejo de dolor en su tono―.

Es obvio que fue un error, lee la tarjeta ―insistió Charlie y se la pasó―.

Piensan que nosotros también nos apellidamos Hewitt.

De saber que somos Abott, y solo unos simples sirvientes, jamás nos hubieran invitado.

―¡No digas estupideces! ―terció Finn―. En primer lugar, son mucho más que sirvientes y lo sabes; son mi familia. En segundo término, creo que esta invitación nada tiene que ver con mi apellido… esta invitación es para ti. ¡Es obvio que lo hace para volverte a ver!

―No, eso no. ¿Por qué se fijaría en mí? No tiene sentido ―afirmó apenada.

―¿Tal vez porque eres hermosa, dulce y bondadosa? ¿Porque todo el mundo voltea a verte cuando pasas?―replicó su amigo.

―Solo dices eso porque me tienes cariño.

―No, lo digo porque es cierto. ―Suspiró―. No puedes vivir en una burbuja, tienes que saber lo que generas en el sexo opuesto. ¡Y tienes espejos, por Dios! Utilízalos.

―Aunque así fuera, no es suficiente. No soy suficiente. No tengo nada que ofrecer. ―Se puso de pie, quería terminar esa conversación cuanto antes―. De todas formas, aunque quisiera, no podría nunca asistir a esa fiesta.

―¿Y eso por qué? ―Su hermano no entendía tanta negativa.

―¿En serio lo preguntas? ¿Es que acaso no te has dado cuenta del día en que se llevará a cabo el festejo? ―dijo con los ojos llenos de lágrimas.

―¿Otra vez con eso? ¡Ya basta! ―exclamó Lenny, furioso―.

¡Pasaron doce años! Yo también los extraño, ¿sabes?

Pero encerrarte a llorar todo el día en el aniversario de su muerte no los va a traer de regreso.

¡Es el día de San Valentín! Un día que representa el amor, la amistad…

la magia esa que tanto te gusta defender.

―A mí lo único que me representa ese día es sufrimiento ―sentenció Charlotte.

―Tal vez, si te permitieras crear recuerdos felices en esa fecha, el dolor disminuiría ―concluyó Finn, quien estaba cien por ciento de acuerdo con aquel amigo al que consideraba su hermano.

Charlie no soportaba escucharlos más, así que, de nuevo, optó por alejarse de ellos de la forma que se había convertido en su marca registrada: corriendo.

Experimentaba una extraña combinación de sentimientos y no sabía cómo gestionarlos.

Por un lado, estaba feliz de que Christopher, su prototipo de príncipe azul, la hubiera invitado a su fiesta.

Solo un tonto lo negaría. Pero, por otro, se sentía atada de pies y manos.

Asistir supondría dejar a un lado el maldito sentimiento de inferioridad que tan arraigado tenía y, lo que era aún peor, supondría deshonrar la memoria de sus padres.

Intentó hacer borrón y cuenta nueva, tratar de olvidarlo todo y continuar con su vida, pero eso no evitó que los días pasaran y que el temido día llegara.

Finn se vistió con sus mejores galas, le prestó un traje a Lenny y, una vez listos, ambos fueron en su búsqueda para pedirle ―por centésima vez― que recapacitara y los acompañara.

Por supuesto, sus intentos fueron inútiles.

Es más, en un arranque de locura por demás infantil, Charlotte se encerró en su habitación, abrió la ventana y arrojó la llave hacia un tejado cercano.

Los jóvenes decidieron dejarla sola, pero no se dieron por vencidos. Si ella no iba a hablar con Christopher, ellos sí lo harían.

Ya había pasado una hora desde el inicio de su encierro voluntario.

Charlie se sentó en el suelo, junto a la puerta, y al fin dejó de contenerse.

Las lágrimas resbalaban por su rostro a toda velocidad y, algunas de ellas, fueron a parar al piso de madera donde, como por arte de magia, se convirtieron en pequeños destellos.

El brillo comenzó tenue, pero cada vez se hacía más intenso. Cerró los ojos con fuerza y recién cuando no se filtraba más el resplandor tras sus párpados cerrados, los abrió con cautela.

Allí, de pie frente a ella, se encontraba una hermosa mujer de cabellera rubia, cuya mirada derrochaba ternura. Lucía un vestido plateado largo hasta los pies que parecía hecho a su medida.

―¿Qui… Quién eres? ―preguntó, tímida, mientras se ponía de pie. Debería haberse sentido asustada, pero, por alguna extraña razón, se sentía más en calma que nunca.

―Hola, mi querida Charlotte ―respondió la mujer con su melodiosa voz―, creo que sabes la respuesta. ¡Soy tu hada madrina! ―agregó sonriente.

―¿Mi qué? No, no. Eso solo ocurre en los cuentos y…

―Sí, sí, ya sé ―la interrumpió―. Y se supone que debo ser algo regordeta, con alas, tener una varita mágica y decir cosas raras como « bibidi babidi bu », ¿no?

―Algo así ―admitió ruborizada.

―¡Vamos, Charlie! Te creía más inteligente.

―Fue hasta la cama y se sentó, cruzó las piernas de forma elegante y continuó con el monólogo como si nada, como si conversaran a menudo―.

Tu madre siempre te ha dicho que la magia es real, que lo único que tenías que hacer era creer en ella. ¿Ya perdiste tu fe?

―No, no es eso. Creo en la magia, pero no pensé que fuera tan… literal.

La mujer se levantó un poco el vestido para dejar entrever, apenas por debajo de su rodilla, un soporte del que sacó un teléfono de última generación.

―No sé por qué los diseñadores de alta costura no entienden que las mujeres también necesitamos bolsillos. ―Bufó―. A ver si esto te ayuda a convencerte, cielo.

Tocó la pantalla un par de veces y una humareda rosa la envolvió y la transformó en la típica hada madrina de los cuentos. Unos segundos después, replicó el procedimiento y volvió a su aspecto original.

―¡ Wow ! ―exclamó atónita nuestra heroína―. ¿Y eso? ―preguntó a la vez que señalaba el aparato con el dedo índice.

―Esto es lo último en tecnología, ¿no es un primor? ¿Quién necesita una varita si tiene la app de Fairies 2.0? ―Su risa cantarina inundó la habitación―. En fin, basta de hablar de mí, tenemos poco tiempo.

―¿Poco tiempo para qué?

Charlie estaba que no salía de su asombro.

―Para prepararte para la fiesta, por supuesto.

―No, yo… yo no puedo ir.

―¡Tonterías! No solo puedes, sino que vas a hacerlo. Te voy a dejar aún más hermosa de lo que eres, ya verás. ―Comenzó a teclear divertida y, cuando estuvo conforme con su trabajo, tocó el ícono de la varita mágica.