DOS PALABRAS Y UN CORAZÓN #2
―¡Oh, lo siento! Es que, cuando me trajeron esta belleza ―explica en referencia a la joya―, me contaron una historia, una especie de leyenda.
Se dice que esta pieza es mágica y que ayuda a encontrar el amor verdadero.
De hecho, su fabricante conoció a la que luego fue su esposa de una forma muy similar a lo que acaba de suceder.
―¿De verdad? ―consultó intrigado. No tenía sentido negarlo, ella lo había encandilado, así que la posibilidad de que aquello fuera cierto no le desagradaba en lo absoluto. Al contrario―. Pero ¿cómo? Ni siquiera pude averiguar su nombre.
―Solo sé que el hombre volvió a verla un tiempo después, le confesó su amor y nunca más se separaron.
―Bueno, me temo que no hay que tentar a la suerte, entonces ―respondió Chris―. Venía por el encargo de mi madre, Cassandra Jennings, pero creo que también me llevaré el colgante.
―Sabia decisión —susurró el hombre, con una gran sonrisa en el rostro.
Lo que ninguno de nuestros protagonistas sabía, y me animaría a decir que aún no lo saben, es que aquel anticuario no era otro que el orfebre para el que trabajaba Charles. Se trataba, en realidad, de un sabio y longevo hechicero llamado Cupido.
A los fines de esta historia, lo importante es que Chris salió de aquel negocio con la imagen de Charlie grabada a fuego en sus retinas. No podía dejar de pensar en ella.
Al llegar a su no tan humilde morada, le entregó a su madre el juego de porcelana que había ido a retirar y le dio un sonoro beso en la mejilla.
Por primera vez en su vida, la paranoia de Cassandra le había sido beneficiosa.
¡Y pensar que había estado a punto de pedirle a alguien que hiciera el recado en su lugar!
Subió los escalones de dos en dos, entró a su habitación y guardó la pequeña caja de terciopelo en el cajón de su mesita de noche.
Cassandra y Thomas eran una pareja muy peculiar que solo pudo concebir un niño, su adorado Christopher. No obstante, eran algo anticuados. Vivían preocupados por el qué dirán y los atormentaba el hecho de que él jamás hubiera llevado una chica a casa.
Esa misma noche, una vez que los criados sirvieron la cena, les dieron permiso para retirarse.
―Christopher, hijo, tenemos que hablar ―declaró Thomas.
―¿Por qué esas caras? ¿Sucedió algo malo?
―No, cariño ―terció su madre―. Lo que pasa es que ya se acerca tu cumpleaños número treinta y la gente comienza a esparcir rumores.
―¿Otra vez con lo mismo? ―La indignación lo consumía, ya que sabía a qué venía todo aquello―. ¿Y a mí qué me importa lo que digan los demás? No voy a presentarles a nadie hasta que llegue la persona indicada, ¿por qué es tan difícil de entender?
―Nosotros lo entendemos, pero nuestros negocios dependen de la imagen familiar que proyectamos; y, ahora mismo, comentan cosas que…
―¿Qué dicen? ―Ninguno respondió, pero sus caras le contaron todo lo que él necesitaba saber―. El día que dejen de centrarse en el qué dirán, vamos a ser todos mucho más felices. Solo espero que no sea demasiado tarde.
Se levantó de la mesa, pues había perdido por completo el apetito, y empezó a caminar rumbo a su habitación. Sin embargo, la voz de su madre lo frenó a mitad de camino.
―Chris ―le dijo en un tono mucho más dulce que el que había usado un momento antes―, lo siento. Sé qué no debemos presionarte. ¡Es que nos haría tanta ilusión verte casado!
―No te ofendas, pero no quiero hablar más del tema.
―Te entiendo, mi vida. Solo una cosita más y te dejo tranquilo, ¿sí? ―Chris puso los ojos en blanco, pero la dejó continuar―. El catorce de febrero se acerca, ¿qué haremos por tu cumpleaños?
―Supongo que lo mismo de siempre, una fiesta de las que acostumbras celebrar. ―Bufó, con desgana―. Eso sí, quiero aprobar la lista de invitados. El año pasado, no conocía ni a la mitad de las personas que asistieron.
―Perfecto, mañana mismo empezaré a organizarlo todo ―respondió su madre, sonriente.
Cuando al fin cerró la puerta que lo separaba del resto del mundo, Chris se descalzó y se tiró en la cama. Tan exhausto estaba que no se tomó la molestia de despojarse de su ropa.
Cerró los ojos y respiró profundo. Unos momentos después, se incorporó, apenas lo suficiente para abrir el cajón de su mesita, y sacó aquel extraño colgante que había comprado en un loco impulso romántico.
Aunque odiaba la actitud de sus padres, lo cierto es que él también ansiaba el verdadero amor y, de forma inexplicable, creía haberlo encontrado ese día.
Miró aquel corazón por lo que parecieron horas. Cuando el cansancio lo venció, lo colgó alrededor de su cuello, para llevarlo consigo hasta el día en que pudiera entregárselo a aquella muchacha tan especial, y se quedó dormido. Allí, en el mundo de los sueños, se reencontró con su princesa.
Caminos cruzados
Charlie pasó la noche en vela, sin poder sacarse a aquel extraño de la cabeza. Cada vez que recordaba la forma en que había huido, se tiraba del cabello con desesperación.
Se preparó un café para despejar su mente y, luego, comenzó con los quehaceres domésticos.
Las ventanas estaban abiertas y se escuchaba el cantar de los pájaros.
Por un instante, deseó tener la habilidad de Blancanieves o, mejor aún, de Giselle, de Encantada , y solicitarle ayuda a las pequeñas aves para completar su labor e ir a descansar un poco.
Miró a su alrededor con cautela. Nada había cambiado y, aunque lo daba por hecho, en cierto modo, se desilusionó. Charlie amaba los cuentos de hadas y su madre le había enseñado que la magia era real, cosa que creía con fervor; pero, con el pasar de los años, las esperanzas de conocerla descendían.
Todavía le faltaba por limpiar la mitad de la propiedad cuando tomó asiento en un sillón, para descansar solo un momento, y se quedó dormida.
Cuando Finn entró y la encontró en aquel estado, la cubrió con una manta para que no tomara frío y decidió ayudarla con sus tareas. La conocía hacía muchísimos años y sabía de memoria su rutina.
Una vez que el joven concluyó el trabajo, se acercó a despertarla.
Le acarició el cabello y no pudo evitar rememorar el tiempo en que, durante la adolescencia, se creyó enamorado de ella.
¡Y es que nadie podría culparlo! Es más, su relación era tan hermosa que la mitad del pueblo pensaba que terminarían sus días juntos.
No obstante, aunque podría proclamar a los cuatro vientos su amor por la muchacha, con el tiempo comprendió que lo que sentía nada tenía que ver con el romance. La amaba, ¡claro que sí!, pero como se ama a una hermana, a una amiga. La suya era una conexión espiritual. Eran almas gemelas.
Charlie despertó sobresaltada, pese a la sutileza de su amigo, y enseguida se puso de pie para continuar con su trabajo.
―No tienes de qué preocuparte, Char ―le dijo Finn, con una media sonrisa―. Ya terminé con el aseo y tienes más de una hora antes de que mis padres lleguen. Ven, siéntate.
―¡Ay, Finn! ¿Qué haría yo sin ti? ―respondió. Tomó asiento a su lado y lo abrazó―. ¡Muchas gracias! Yo… no sé lo que me pasó…
―Mmm. Esa carita no me engaña ―sentenció. La miraba con un gesto acusador que conocía demasiado bien―. Está más que claro que no dormiste nada anoche, ahora la pregunta es por qué.
―Me creerías loca si te lo contara.
―Ya creo que estás loca, cariño, así que me lo puedes contar tranquila. ―Le guiñó un ojo.
Fue así que la protagonista de esta historia abrió su corazón y le contó todo a su amigo. Desde la conmoción al ver el collar que era de su madre, hasta el encuentro fortuito con ese muchacho que la eclipsó con el azul de su mirada.
―Mira, por tu descripción en extremo minuciosa ―La empujó con el hombro, de forma juguetona, al tiempo que elevaba las cejas―, pareciera que te encontraste con Christopher Jennings.
―¿Jennings? ―preguntó sorprendida―. ¿O sea que hice el ridículo frente a una de las personas más importantes e influyentes de la ciudad? ¡Genial! ―Se ruborizó.
―Nunca hable con él, pero, por lo que dicen, es un muchacho sencillo y muy amable. Además, no creo que hayas hecho el ridículo.
Hablaron un rato más para, luego, retomar cada uno su rutina.
Esa misma tarde, Charlie tuvo que volver a ir al centro para realizar algunas compras, sin saber que Christopher llevaba un rato por la zona, con el único afán de verla aunque más no fuera un momento.
Entró a un pequeño comercio en busca de algunos libros y después pasó a retirar unos vestidos para la madre de Finn. Estaba muy cargada, tanto que parecía hacer malabares para mantener cada cosa en su sitio. Como era de esperarse, apenas unos metros más adelante, se le cayó todo al suelo.
Dicen que el destino actúa de forma misteriosa, ¿no? Pues, resulta que Chris estaba a punto de darse por vencido y volver a su hogar, cuando escuchó un ruido y se acercó a ayudar, sin saber que era ella quien se escondía detrás de aquel pequeño desastre.
―Déjame ayudarte ―dijo, mientras se agachaba para juntar todo como el caballero que era.
Cuando Charlie escuchó su voz sintió que le temblaban las piernas. La había escuchado en bucle en su cabeza las últimas veinticuatro horas y sabía muy bien a quién pertenecía.
―Gracias. ―Fue lo único que logró articular.
Chris se puso de pie y, al fin, la vio. Su preciosa morena estaba allí, ruborizada, ante él. La sonrisa que se le instaló en el rostro fue tan grande que pronto comenzaron a dolerle las mejillas, pero aceptaba gustoso esa pequeña molestia. La recompensa era demasiado grande.
―Tal parece que nuestros caminos vuelven a cruzarse ―dijo, mientras palpaba el dije escondido debajo de su camisa―. Mi nombre es Christopher, aunque puedes llamarme Chris ―se presentó, de manera amigable, pero ella seguía sin reaccionar―. ¿Será que pueda saber tu nombre?
―Lo… lo siento. Yo soy Charlotte… Charlie ―contestó con las emociones a flor de piel.
―Encantado de conocerte, Charlie.