Destellos de amor DOS PALABRAS Y UN CORAZÓN
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DOS PALABRAS Y UN CORAZÓN

¿Quién dijo que los cuentos de hadas no existen en realidad?

Charlie, de pequeña, creía más que nadie en la magia; pero, como suele ocurrirle a la mayoría, al crecer, perdió la fe.

Un pasado trágico, un príncipe y un hada madrina son los elementos clásicos de los cuentos con los que crecimos. Al conocer la historia de nuestra heroína descubrirás que, aún en tiempos modernos, se puede volver a creer en el tan esperado felices para siempre.

Había una vez

Había una vez, en una tierra muy muy lejana…

Ok , no. No todos los cuentos de hadas comienzan de la misma forma.

Algunos quedan por siempre en la memoria; muchos de ellos, inmortalizados por Disney.

Pero existen otros, otros igual de impresionantes, pero poco conocidos.

Otros que nos demuestran que la magia es real aunque, en ocasiones, olvidemos que existe.

Catorce años habían pasado desde que una hermosa niña, llamada Charlotte, llegara para colmar de alegría el humilde hogar de los Abbott; seguida, apenas dos años después, por su hermano Lenny.

La familia Abbott era muy feliz. El matrimonio era uno de esos que causaba envidia de la buena a cualquiera que tuviera el placer de conocerlos.

A pesar del paso del tiempo, se veían enamorados como el primer día y aún paseaban de la mano como un par de adolescentes.

Sin embargo, como suele pasarle a toda heroína que se precie de tal, la tragedia tocó a su puerta en el momento menos pensado.

Cierta noche tormentosa, volvían de hacer las compras para preparar la cena cuando un conductor ebrio se cruzó en su camino.

La ayuda llegó rápido, pero no lo suficiente.

Charlie y Lenny solo sufrieron algunas heridas superficiales, pero a las tres de la mañana del catorce de febrero, sus padres exhalaron su último aliento.

Sé que, a estas alturas, es probable que no estén interesados en escuchar el resto de la narración, pero déjenme decirles que lo peor ya ha pasado. A partir de ese momento, las cosas solo podían mejorar… ¡y vaya si lo hicieron! Eso sí, no fue sencillo.

Charlie y Lenny no tenían más familiares, pero juntos salieron adelante. Con mucho esfuerzo, Charlie consiguió un puesto a cambio de techo y comida para ella y su querido hermano.

La mansión de los Hewitt se convirtió en su nuevo hogar.

Se trataba de un matrimonio amable que tenía varios negocios fuera de la ciudad, por lo que solía viajar a menudo.

El trabajo de Charlotte se limitaba a tener la casa en condiciones y a atender, junto al resto de los empleados, las pocas exigencias del hijo de la familia.

Finn Hewitt tenía la misma edad que Lenny y, en muy poco tiempo, se convirtió en un hermano más para los Abbott. Aunque se esforzara en hacerse el rebelde y se vistiera como un chico malo en toda regla, en realidad, era pura bondad.

El tiempo pasó veloz, como lo hace en los cuentos, y nuestra querida heroína se convirtió en una hermosa mujer de veintiséis años.

Su piel morena y sus ojos color ámbar dejaban sin aliento a todos los hombres de la región, pero ella no les prestaba atención.

Si bien las vicisitudes de la vida la habían llevado a ser una persona fuerte, en su interior todavía era una chiquilla asustada que extrañaba a sus padres y estaba peleada con la vida por habérselos quitado.

Una mañana como tantas otras, Charlie salió de la casa para buscar unos encargos.

Aunque tenía un coche a su disposición, y muchas cosas le llegaban directo a domicilio, cada vez que podía aprovechaba la oportunidad para dar un pequeño paseo.

Mientras caminaba por el centro de la ciudad, se topó con el escaparate de una pintoresca tienda de antigüedades.

Algo allí le llamó la atención: un fino colgante en forma de corazón que, si su mente no la engañaba, había pertenecido a su madre.

Antes de continuar, permítanme que los lleve por el camino del recuerdo. Hay una parte de la historia que no conocen y, créanme, les va a interesar.

El abuelo de nuestra protagonista, Charles, alguna vez fue un joven aprendiz que trabajaba para un reconocido orfebre de la zona. Aquel hombre le enseñó todo lo que sabía y no pasó demasiado tiempo hasta que él empezó a producir sus propias piezas de joyería.

Después de mucho soñarlo, Charles forjó, con sus propias manos, un colgante de oro blanco e incrustaciones de diamantes en forma de corazón.

Era una obra maestra y no podía estar más orgulloso.

Había algo en ese dije que lo hechizaba por completo y hubiera dado lo que fuera por permitirse pagar el precio de sus materiales para así poder conservarlo.

El orfebre se caracterizaba por vender piezas únicas, ninguna se asemejaba a otra y, cuando vio el trabajo realizado por su aprendiz, quedó fascinado y decidió ponerlo a la venta.

Al poco tiempo, una muchacha que pasaba por allí, entró a preguntar el precio.

Según comentó, caminaba por la calle cuando un destello de luz captó su atención y, al acercarse, se enamoró por completo del dije.

Sin embargo, al escuchar lo que valía, la pobre se descompensó.

Sus rodillas se aflojaron, se le nubló la vista y tuvo que sostenerse del mostrador para no caer redonda al suelo.

Charles se apresuró en ofrecerle un vaso de agua y, cuando sus manos se rozaron de forma involuntaria en el intercambio, sus almas también lo hicieron. Fue amor a primera vista… o a primer contacto.

Los días siguientes, Charles no podía centrarse en nada.

Sus pensamientos estaban ocupados con la hermosa morena que había entrado a la tienda gracias a su trabajo.

Su mentor se dio cuenta enseguida de que aquel al que consideraba como a un hijo se había enamorado, por lo que tomó una decisión que lo cambiaría todo.

Decidió regalarle el colgante bajo la promesa de que debería entregárselo a la mujer que se había ganado su corazón.

Charles sintió que estallaba de felicidad y agradeció el hermoso gesto, pero solo quedaba un gran problema por resolver: no sabía ni su nombre ni dónde encontrarla.

A partir de ese día, con el colgante oculto entre sus ropas, dedicó cada segundo libre de su tiempo a vagar por las calles sin rumbo, con la única esperanza de que el destino volviera a cruzarla en su camino.

Unos meses después, cuando ya estaba a punto de abandonar la misión, la encontró al fin. Estaba tan hermosa como la recordaba. Se acercó y, con el corazón en la mano ―tanto metafórica como literalmente―, le declaró su amor y selló el compromiso con la joya.

De la unión de esos jóvenes amantes nació Suzanne, la madre de Charlie, quien recibió el colgante como obsequio a sus quince años. Sus padres querían que aquello que los unió permaneciera en la familia y que pasara de generación en generación.

Charlie, quien había recibido nombre y apodo en honor a su abuelo, se enamoró del colgante de su madre a muy temprana edad. El día en que ella le prometió dárselo en su cumpleaños número quince, no paraba de saltar de alegría.

Por desgracia, como todos sabemos, Suzanne no llegó a presenciar ese día y, aunque Charlie removió cielo y tierra para buscarla, aquella hermosa herencia familiar no apareció por ningún lado. Se había perdido.

Ahora sí, continuemos en dónde nos habíamos quedado.

Charlie no podía contener las lágrimas frente al escaparate. Sabía que era una pieza original, así que tenía que ser ese, estaba segura.

Entró a la tienda y decidió averiguar su costo.

A medida que crecía y, con ella, sus responsabilidades, los Hewitt comenzaron a darle un salario.

Además, Lenny también trabajaba, como jardinero de la mansión.

Entre los dos, habían logrado tener algunos ahorros por lo que, quizás, pudieran recuperarlo.

Pues, déjenme decirles que su abuela, en su momento, se había descompensado por una razón. ¡Su precio era exorbitante!

Tan turbada se encontraba al salir por aquella puerta que no prestó atención a que un joven venía en la dirección contraria.

Christopher Jennings, o Chris, como todos solían llamarle, no era un príncipe, pero era lo más parecido a uno que existía en la región. Su familia era dueña de medio pueblo y él, dueño de los suspiros de todas las muchachas.

Charlie lo chocó con tanta fuerza que ambos cayeron al suelo.

Él enseguida logró ponerse de pie, como no podía ser de otra manera, y actuó ¿a que no saben?

, de modo encantador. Extendió su mano para ayudarla a incorporarse y, de la unión de sus palmas, surgieron chispas. O, al menos, eso fue lo que sintieron.

Impulso romántico

Charlie se incorporó y notó los ojos azul profundo de su príncipe, digo, de aquel extraño, clavados en ella. Él esbozó una sonrisa genuina y ella le correspondió, pero pronto sintió un fuerte mareo y perdió el equilibrio.

Chris, que aún le sostenía la mano, la atrajo hacia sí en un abrazo para evitar que cayera. Le hizo una seña al anticuario para que le acercara una silla y, cuando logró que se sentara, solicitó un vaso de agua para la joven.

Una vez recuperada, ella se levantó y salió a toda prisa de aquel lugar, ante la mirada atónita de ambos caballeros.

Se comportaba como una desagradecida, y lo sabía; pero, por algún extraño motivo que no lograba comprender, necesitaba huir.

Se encontraba agitada y sentía pánico a entablar una conversación con aquel hombre.

―¡Increíble! ¡Es increíble! ―dijo el dueño del negocio.

Christopher tardó en reaccionar, todavía algo catatónico por la actitud de la muchacha.

―¿Qué es increíble? ―preguntó, al fin.

―No creí que fuera cierta la historia ―continuó, como si no lo hubiera escuchado, mientras jugaba con el colgante entre las manos.

―Disculpe, pero sigo sin comprender.