Destellos de amor ENAMORADA #3
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ENAMORADA #3

―Mejor, por suerte. Aunque molesta un poco ―replica escueto y, aunque estamos rodeados de gente y suena música a todo volumen, el silencio entre nosotros densifica el aire.

―Bueno, creo que… ―Empezamos ambos a la vez.

―¿Decías?

―Nada, no tiene importancia. Dime tú. ―La curiosidad me puede, pero tampoco es que tuviera algo que decir en primer lugar. Iba a poner una excusa tonta para irme, porque no sé cómo actuar frente a él. Ni siquiera la tenía bien pensada.

Medita por un momento su respuesta, lo que me hace creer que él tampoco sabía qué decir para salir de este momento incómodo. Ahora bien, jamás de los jamases, hubiera esperado las palabras que ahora escapan de sus labios.

―Creo que voy a ir a bailar un rato.

―Sí, claro, ve… ―respondo decepcionada. Me esperaba una cortada de cara, pero no una tan punzante.

―El tema es que, creo que sería mejor que me acompañaras. Ya sabes, por mi herida y tal. No vaya a ser que algún movimiento brusco haga que se me desaten los puntos o algo así…

―No creo que te pase nada, tranquilo.

Sí, esa es la respuesta que me otorga el premio de la Academia a la mujer más idiota sobre la faz de la tierra. ¡Excelente interpretación la mía!

―Vamos, si no lo haces por mí, que sea en honor a tu juramento hipocrático. ―Extiende la mano, para que la agarre, y me regala una de sus sonrisas canallas.

La realidad me golpea como un rayo. ¿Matt está coqueteando conmigo? Matt. Está. Coqueteando. Conmigo. ¿Y yo qué hago? Rechazarlo. ¡Si seré imbécil!

Sin pensarlo demasiado, uno mi palma con la suya y, ahí sí, empieza un show de fuegos artificiales exclusivo para mí.

Bailamos un tema que se convierte en dos, luego en tres y así sucesivamente. No sé dónde está Debbie y, la verdad, tampoco me importa.

Charlamos de todo un poco. Él me cuenta de sus años estudiando fotografía en el exterior y me dice que está por abrir su propio estudio y galería aquí en el centro.

Entre una cosa y otra, me abandona por unos minutos para ir en busca de un par de copas y, después de brindar, volvemos a la pista de baile. Esta vez, el DJ empieza con una tanda de baladas.

Mis brazos encuentran el lugar perfecto alrededor de su cuello, mientras sus manos se posan en mi cintura.

La espalda descubierta de mi vestido hace que estemos piel con piel y, no sé si lo hace a propósito o de forma inconsciente, pero pronto comienza a acariciarme con movimientos circulares lentos que me cortan la respiración.

―Mel, yo… bueno… creo que tengo que confesarte algo ―me susurra al oído.

―¿Ah, sí?

La elocuencia es lo mío esta noche.

―Sí. La verdad es que ayer, cuando nos vimos en la clínica, te mentí.

―¿No quisiste hacerte el héroe en un robo? ―pregunto confusa, sin saber bien a qué se refiere.

―No, no… eso fue verdad. ―Ríe de forma tímida―. Me agarraste por sorpresa y no supe cómo reaccionar, pero lo cierto es que sí, por supuesto que me acuerdo de ti.

―¿Cómo? ―lo escucho y no lo creo. ¿Matthew Prince sabía de mi existencia?

―Sí, es que… nunca hablamos en aquella época y no quería quedar como un loco acosador, pero claro que te conozco. ―Suspira―. Estuve enamorado de ti toda la secundaria.

Conozco los síntomas, los he estudiado y sé diagnosticarlos a la perfección. Creo que, en cualquier momento, me va a dar un paro cardíaco.

―¿Estás hablando en serio?

―Sí, es más… ―Se detiene y busca su billetera. De ella saca un papel amarillento, doblado en cuatro partes―. En esta hoja anotaba todo lo que conseguía averiguar sobre ti. Lo llevo siempre conmigo, se convirtió en una especie de amuleto para la buena suerte.

Cuando me lo muestra, veo mi nombre completo, fecha de cumpleaños, color y banda preferidos de aquella época, y el teléfono de la casa de mis padres.

―Estás asustada, ¿verdad? ―No respondo, y toma mi silencio como una confirmación―. ¡Perdón! No soy ningún loco peligroso ni nada, es que eras… ¡eres tan linda! Nunca fui bueno para esto, yo…

―No, no estoy asustada ―Las palabras se dignan a aparecer en mi boca―, solo trato de procesarlo.

Busco en la galería de mi teléfono celular, abro mi carpeta secreta y le muestro una foto que le saqué hace un tiempo al retrato que tengo de él. Cuando me mudé, dejé el cuadro en la casa de mis padres, pero no me sentía bien con la idea de no tenerlo conmigo.

―¿Ese soy yo?

―Se supone ―admito―. No salió muy bien, pero me costó todos mis ahorros. ¡Estaba loca por ti!

―Imposible. ¿Me estás diciendo que, de haberme animado a hablarte en aquel entonces, me hubieras correspondido? ―Asiento y, en respuesta, sonríe―. ¿Y ahora?

―Mmm… es probable. ―Me ruborizo.

―¿Estaría muy fuera de lugar que te bese ahora?

―Y... la verdad es que sí. ―Río―. Aunque creo que ambos tenemos un historial muy amplio en ese aspecto.

―Eso es cierto. ―Acaricia el contorno de mi rostro y siento que me voy a desmayar―. Pero, si lo piensas bien, ¿qué le hace una mancha más al tigre?

―El tigre no tiene manchas ―lo corrijo―. Son rayas.

―Me entendiste, listilla. ―Sonríe una vez más y, cuando quiero darme cuenta, sus labios tibios se fusionan con los míos.

El mundo a nuestro alrededor desaparece con un fundido a negro digno de película.