ENAMORADA #2
Iba a decir algo más, pero escuché que me llamaban por altavoz, así que, con rapidez, abandoné el consultorio sin mirar atrás. Por un lado mejor, ya que mi boca y mi cerebro no estaban para nada conectados. ¡¿Quién sabe qué otra estupidez podría haberle dicho?!
A partir de ese momento, no pude concentrarme en nada. ¿En qué estaba pensando? Parecía desesperada. Años sin hablarle y, de repente, le doy mi número. ¿Estoy enferma o qué?
Por suerte, hoy no trabajo, así que llamé a Debbie para vernos. Es mi mejor amiga desde la infancia y me acompañó durante todos mis años de « mattadicción », como ella solía decirle. Necesito contarle lo ocurrido.
―¿Qué? ―Pega un grito que, por poco, me deja sorda―. ¿Matt, Matt? ¿De verdad era él?
―No, era un holograma. O no. ¡Espera! Tal vez era uno de esos maquiavélicos robots humanoides que tanto te gustan. ―Le pego en la cabeza―. Claro que era él, ¡y quedé como una completa idiota!
―¡No digas eso!
―Es que sí, tendrías que haberme visto…
―No me refería a esa parte. Eres idiota, pero te quiero tal como eres.
Me refería a que no le digas maquiavélicos a los robots humanoides.
¿Es que acaso quieres ser la primera en ser exterminada de este mundo cuando tomen el control?
Porque lo harán, de eso no tengo dudas. Y si se parecen a tu crush , a lo mejor la solución es dejarte llevar y aprender a tratar con ellos. ―Hace un gesto sugerente.
― ¡Qií biini virti dispiís di tinti timpi! ¡Írimis vicinis! ―Me agarro la cabeza. Decido ignorar su comentario sobre los robots porque, caso contrario, perderé la poca atención que me brinda―. Me acuerdo y me dan ganas de pegarme. ¡Encima él ni se acuerda de mí ¡Soy patética!
―A ver, vamos a calmarnos y a pensar en esto con calma.
―Sin importarle el hecho de que estamos en un bar, sube las piernas sobre la silla y las cruza.
Adopta una posición de yoga, meditación o alguna de esas cosas raras que le fascinan.
Cierra los ojos y, cuando ya estoy por pegarle para que reaccione, comienza a hablar de nuevo―.
Puede que Matthew, tu vecino de toda la vida, no te recuerde…
―¡ Wow ! ¡No me digas! ¿Tanto pensar para decirme eso? ―interrumpo nerviosa.
―¿Me dejas terminar? ―Me dedica una de esas miradas de pocos amigos y no puedo más que callarme―. Como te decía, él no te recuerda, pero… Matt, el hermoso paciente que atendiste ayer en la clínica, te pidió tu tarjeta. ¡Creo que tienes posibilidades! Porque todavía te gusta, ¿no? ―verifica.
―¿Gustarme? Ufff, creo que nunca dejé de amarlo. Cuando lo vi me convertí en gelatina, pero…
―¡Pero nada, Mel! Vamos a esperar a ver si te llama, que la excusa de preguntar en el hospital no se la creo ni un poquito. Y en caso de que no lo haga, en cuatro días te encadenas a la puerta de Urgencias, aunque no sea tu turno. ¿Quedó claro?
―Shhh, ¡baja la voz! ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! ―digo, entre dientes, al tiempo que me hago pequeñita en la silla, en un desesperado intento por desaparecer―. Acaba de entrar.
―¿Acaba de entrar? ¿Dónde está? ―grita, la muy tonta. Pero no, no se detiene ahí. Se pone de pie y empieza a mirar hacia todos lados, trata de localizarlo con total alevosía.
―¡Shhh! Como detective privado te morirías de hambre. ¿No puedes ser más disimulada? ―la reto―. Está en la primera mesa, junto a la barra; entró con otro tipo.
―Uy, ¡no me digas que sumamos a otro gay a tu lista de amores! ―responde divertida―. A ver. ¡Sí, ahí está! Es verdad que sigue siendo lindo, ¡papito!
―¿Qué hago? No quiero verlo. Nos vamos a tener que quedar aquí hasta que se vaya, no podemos pasar por ahí. Me muero de vergüenza. ―Giro un poco la silla para quedar de espaldas a ellos.
―¡Madre mía! ¡Lo que es el amigo, por favor! ¡Está para chuparse los dedos! ―Se abanica con la mano, de forma exagerada―. Matt se acaba de levantar y quedó el bomboncito solo. Déjame, yo me encargo.
Se pone de pie y presiento lo peor. Intento frenarla, pero me pega una patada en la rodilla y avanza como si nada.
¿Quién necesita enemigos con amigas como ella? ¡Me quiero morir!
Un siglo después, o quizás un poco menos, vuelve a la mesa con una sonrisa victoriosa tatuada en el rostro.
―Ya puedes darme las gracias ―exclama, satisfecha, mientras toma asiento.
―¿Qué hiciste? ―pregunto, aunque me da mucho miedo la respuesta.
―Nada, un poco de esto y un poco de aquello, pero tengo que decirte un par de cositas.
Primero y principal: ¡no son nada gais! Bueno, al menos Jake no lo es.
No paró de mirarme el escote ―dice, al tiempo que reacomoda su blusa que, para sorpresa de nadie, deja entrever su sujetador de encaje―.
Está bien, yo me incliné un poco sobre la mesa para que tuviera mejor vista, claro, pero de ser gay no hubiera funcionado.
―Ambas reímos con sus ocurrencias―. Por otra parte, estuve averiguando y Matt se acaba de mudar de vuelta al barrio.
Hoy le hacen una fiesta de bienvenida y…
¿a que no sabes quiénes están invitadas? ―Pega otro gritito.
―¿Qué? ¿Cómo? ―Paso del pánico a la desesperación, o viceversa. No lo tengo claro―. No, no y no.
―Sí, sí y sí. No vas a poner en peligro el futuro amoroso de tu mejor amiga, ¿no? Si no lo haces por ti, hazlo por mí. Jake me parece encantador. ―Pone la carita del gato con botas de Shrek y sé que estoy perdida.
De más está decir que no me muevo del asiento hasta que Debbie me avisa que se fueron y, aún entonces, me giro con mucho disimulo para verificar que sea cierto.
Una persona normal dejaría toda esta locura, iría a su casa, compraría un boleto de avión y se mudaría bien lejos.
Lo que haría cualquier adulto funcional, vamos.
¿Que me rompí el lomo durante siete años de carrera para abandonar todo ahora? Nah , no pasa nada.
¿Qué hago en su lugar? Me voy de compras, a gastar el dinero que no tengo en un vestido nuevo, uñas, peinado y maquillaje.
Nada extravagante, por el contrario, busco un look que grite «mi belleza es natural» aunque, para serlo, tenga que perder cinco horas de mi vida y poner en rojo mi tarjeta de crédito.
Todo esto es demasiado irreal para ser cierto. ¿Yo? ¿Invitada a una fiesta en honor a Matt? Aparte, no sé qué hacer, ¿voy a esconderme de él toda la noche? ¿Qué sentido tiene que vaya?
Esta vez no es mi vecino de al lado, pero su casa está bastante cerca de la mía. Busco en Google Maps para verificarlo y descubro que estamos a cinco minutos de distancia.
Cuando llegamos, nos encontramos con un mundo de gente. El chico que nos recibe en la puerta nos indica dónde dejar nuestros abrigos y, con una velocidad alucinante, nos explica dónde está el tocador y dónde conseguir alcohol.
Enseguida diviso a Matt. Está de espaldas, pero lo reconocería como fuera. Frente a él se encuentra el tal Jake, que nos ve y nos hace señas para que nos acerquemos.
―¡Debbie, preciosa! ¡Viniste! ―la saluda con excesiva familiaridad y le planta un beso demasiado cerca de la comisura de los labios―. Y esta debe ser tu amiga.
Antes de que podamos decirle nada, toca la espalda de Matt para que se de vuelta y nos lo presenta.
―Matt, esta es Debbie, la preciosura que conocí hoy por la tarde. ―La señala―. Y ella es…
―¡Mel! ―exclama Matt, con asombro―. Quiero decir, la Doctora Swan, ¿verdad?
―Mel está bien ―logro articular.
―¿Mel, Mel? ―murmura Jake, pero un codazo de su amigo hace que cambie de tema. ¿Qué demonios está pasando?―. Este… espero que les guste la fiesta.
―Seguro que sí ―afirma Debbie―. Jake, ¿podrías mostrarme el lugar? ―Le guiña el ojo y se cuelga de su brazo, dejándonos solos. ¡Rata traicionera! La mato. ¡Juro que la mato!
―¡Qué sorpresa verte por aquí! ―dice el bombón que tengo enfrente―. Sabía que Jake había invitado a dos chicas, pero jamás me imaginé que fueras una de ellas.
―Si te molesta, puedo irme ―aventuro, siempre pesimista.
―No, no… para nada, al contrario. ―Sonríe.
―¿Cómo sigue tu herida? ―pregunto para sacar algo de conversación.