ENAMORADA
«Toda mi adolescencia estuve obsesionada con Matthew Prince, el chico que vivía al lado de mi casa».
Con estas palabras, Melody Swan comienza a relatarnos la historia de aquel amor que marcó su paso por la escuela. Conocía todo de él, lo que le gustaba, sus horarios, sus rutinas... pero el colegio terminó sin que él supiera de su existencia.
Un pequeño accidente, una amiga que no sabe guardar la compostura y las vueltas de la vida la guiarán a un reencuentro de lo más inesperado.
Toda mi adolescencia estuve obsesionada con Matthew Prince, el chico que vivía al lado de mi casa.
Hice todo tipo de locuras para acercarme a él, pero nunca fui capaz de dirigirle la palabra.
Cada vez que lo tenía cerca, sonreía como una tonta.
Va, eso en el mejor de los casos. Otras tantas tropezaba, me agarraba un ataque de risa a causa de los nervios o, de alguna forma, me las ingeniaba para quedar en completo ridículo frente a él y a sus amigos.
Éramos de la misma edad, pero la mala suerte hizo que no fuéramos compañeros de clase; yo estaba en una división y él en otra. En los recreos, no obstante, me dedicaba a buscarlo por todo el patio. Hasta me aprendí sus lugares preferidos y los horarios de sus actividades extracurriculares.
Si alguien lo conocía era yo, lástima que él nunca supo ni siquiera mi nombre.
Un chico de mi clase había ganado un concurso local de dibujo y, aunque lo había hecho gracias a un paisaje, era lo más parecido a un artista profesional a lo que mi mente ―y mi bolsillo― de colegiala podía acceder.
¿Qué hice? Lo perseguí hasta el cansancio y le entregué hasta el último centavo de mis ahorros para que me hiciera un retrato de Matt para colgar en mi habitación.
Una vez terminado, tengo que decir que no quedó tan bien como esperaba, pero, para mí, igual era una obra de arte.
Era una versión imperfecta de Matt, pero una versión al fin y al cabo…
y era solo para mí. Lo pegué detrás de mi cuadro de Mickey Mouse y, cada vez que me quedaba sola en mi habitación, lo daba vuelta.
Así de enamorada estaba de él. ¡Hubiera fundado su club de fans de haber sabido cómo!
En segundo año, sus padres ya lo dejaban ir y venir solo de la escuela, que estaba a unos quince minutos a pie. ¿Podía acaso haber algo más cool que eso?
A veces, tenía suerte y el auto de papá lo cruzaba en algún punto del camino. Eran solo dos segundos, pero su imagen despreocupada al caminar con todo el peso de su mochila sobre el hombro derecho, era suficiente para alegrarme la mañana.
Con la tenacidad de una guerrera, y después de torturarlos durante varios meses, convencí a mis padres de que me dieran permiso a mí también.
A partir de ese momento, comencé a salir a la misma hora que él y, si por una de esas casualidades, él se retrasaba, me ataba y desataba los cordones de los zapatos en alguna esquina, para hacer tiempo a que llegara.
Sí, había dado con la excusa perfecta para entablar una conversación. Éramos vecinos, al fin y al cabo, y hacíamos el mismo recorrido, ¿no? Bueno, perfecta o no, nunca la aproveché. Siempre mantuve algunos pasos de distancia, me hacía pequeñita y me limitaba a ser su sombra.
Matt no era el típico chico popular por el que todas morían, pero, para mí, era perfecto.
Su cabello castaño, sus ojos color avellana y esa sonrisa pícara que tenía me derretían por completo.
No era deportista ni el nerd de la clase, era más bien uno del montón.
Sus calificaciones eran promedio y, para el común de los mortales, solía pasar bastante desapercibido.
Siempre me pregunté qué hubiera sucedido de ser compañeros de clase. ¿Me habría animado a hablarle entonces? ¿Nos habríamos hecho amigos? ¿Algo más? En fin, lo hecho, hecho está.
Hace siete años que terminamos el colegio y, un par de meses después, se fue a estudiar al exterior.
Aún recuerdo el fatídico día de su mudanza.
Observé todo a la distancia, desde la ventana de mi habitación, mientras escuchaba música triste y lloraba a moco tendido, por supuesto.
Fue la última vez que tuve noticias sobre él. Bueno, al menos, hasta ayer.
De más está decir que, en este tiempo, he madurado.
Hace un par de años que vivo sola, hago mi residencia en el Hospital General y ya no soy esa adolescente tímida que era.
No seré la persona más extrovertida del mundo, pero tengo una personalidad más definida.
¡Gracias a Dios, Alá o «inserte aquí la deidad de su preferencia»!
Después de guardarle luto a mi romance platónico por más tiempo del recomendado por la Organización Mundial de la Salud, tuve algunos novios ―algunos, para olvidar― y una relación bastante larga y adulta que terminó cuando Tom se dio cuenta de que era gay.
Después de dos años juntos, me invitó a cenar a mi restaurante favorito. Y sí, por un momento pensé que pretendía proponerme matrimonio, pero nada más lejano a la realidad. Con lágrimas en los ojos, me confesó su recién descubierta orientación sexual.
Thomas es el hombre ideal, tanto así que me fue imposible enojarme con él; por el contrario, perdí un novio ese día, pero gané algo mejor: un mejor amigo para toda la vida. Ahora está comprometido con un compañero mío de la universidad que, paradójicamente, le presenté cuando aún salíamos.
Joey era mi compañero en tres asignaturas, y nos llevábamos bien para trabajar, así que pasábamos mucho tiempo juntos.
Tom me hacía unas escenas de celos terribles cada vez que cancelaba algún plan por tener que estudiar con él, así que un día los invité a cenar a los dos.
Pensaba que, si se conocían, Tom se daría cuenta de que no tenía nada que temer.
A partir de ese momento, lejos de desaparecer, los celos aumentaron; y siempre intentaba estar presente en nuestras sesiones de estudio. Con el tiempo, se dio cuenta de que los celos habían dejado de ser por mi causa. Se había enamorado de él, el resto es historia.
Bueno, ¡qué me voy por las ramas!
Ayer, estaba en la guardia del hospital cuando me llamaron al consultorio cinco. Hombre caucásico, veinticinco años, apuñalado bajo el área de las costillas. Por fortuna, el corte era superficial, pero había que realizarle las curas pertinentes y darle un par de puntos.
―Buenas tardes, soy Melody Swan ―me presenté al ingresar al recinto.
Al ver a mi paciente, a mi corazón se le escapó un latido.
No podía verle la cara, porque estaba acostado y tenía un brazo flexionado, con el que se tapaba los ojos y, el otro, debajo de la cabeza.
Lo que sí podía ver con claridad, era lo trabajados que estaban esos dichosos brazos.
Es más, creo que voy a tener que repasar mis apuntes de Anatomía humana I, porque estoy convencida de que vi más músculos de los que podría nombrar.
¿Y sus abdominales? ¿Mencioné que estaba con el torso desnudo?
Tenía su lógica, dado el motivo de la consulta, pero mis neuronas entraron en cortocircuito.
Y, cuando habló, directamente explotaron.
―Encantado, Matthew Prince ―respondió, al tiempo que se incorporaba, con una mueca de dolor en su precioso rostro.
Me parecía un sueño, estaba delante de mi primer gran amor, que seguía tan hermoso como siempre… o puede que más. Ahora, una barba suave le cubre el rostro y luce un corte de pelo algo desaliñado que no puede sentarle mejor.
Lo miré como una tonta, como siempre lo hacía, hasta que recordé que debía ser profesional. No sabía si decirle quién era o hacerme la idiota, estaba hecha un lío. No, era mejor hacer mi trabajo y ya.
―¡Matt! ¡Qué bueno verte después de tanto tiempo! ―Mi maldita boca no le hizo caso a mi cerebro, fue más fuerte que yo. Su cara fue un poema―. Éramos vecinos, íbamos al mismo colegio ―aclaro, ya menos entusiasmada.
―Yo… este… ¿en serio? ―articuló al fin, algo sonrojado. Me sentí como una completa imbécil―. ¿De verdad?
Esas palabras fueron peor que su puñalada, no sé si me atravesaron primero el ego o el corazón, pero ambos quedaron seriamente heridos. ¡Por cierto, la puñalada! Intenté recomponerme, o al menos aparentarlo, y le respondí escueta.
―Sí, igual no tiene importancia. ―Sonreí con la sonrisa más falsa de mi inventario―. Vamos a ver tu herida. ¿Qué te pasó?
―Me quise hacer el héroe mientras le robaban a una señora mayor y creo que no me salió muy bien ―confesó con su picardía habitual.
Estaba para comérselo. Encima tenerlo sin camisa frente a mí era más de lo que podía soportar. ¡Y ni hablar de tocarlo! Mientras lo curaba, sentía como el sudor me rodaba por la frente. Me moría de la vergüenza… y de las ganas de comerle la boca, a decir verdad.
Tras la última puntada, rompí el silencio que nos había invadido.
―¡Ya está! Intenta no hacer ningún esfuerzo y ven en cinco días, así revisamos la evolución de los puntos, ¿sí?
―Claro ―me contestó―, ¿pregunto por ti?
No era necesario en absoluto, es más, lo iban a mirar medio raro si lo hacía. Nadie suele preguntar por los residentes. Y menos si ingresa por Urgencias. No, definitivamente no.
―Por supuesto. ―¡Mierda! ¡Lo hice de nuevo!―. Hasta luego…
Me di media vuelta, quería que la tierra se abriera en dos y me tragara; pero, como no creía ser tan afortunada, lo mejor era salir cuanto antes de ese consultorio. Sin embargo, me frené en seco al sentir su mano en mi antebrazo. No ejercía presión, su tacto era suave, pero firme.
―¿No tienes una tarjeta para darme? Así llamo para verificar que estés aquí, antes de venir, claro.
―No te preocupes. Si no estoy, alguien igual va a atenderte ―respondí.
―Sí, pero preferiría que fueras tú. ―Volteé a mirarlo―. Le tengo bastante fobia a los médicos, pero tú eres la excepción. Me has hecho sentir… cómodo.
Juraría que lo vi ruborizarse, pero estoy segura de que fue cosa mía.
―Claro. ―Saqué una tarjeta del bolsillo de mi uniforme de forma atropellada y, en un rapto de locura momentáneo, agregué mi número de celular y se la entregué.