Destellos de amor PRESAGIO #8
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PRESAGIO #8

Vuelvo a casa y me peino, imito el recogido que llevaba Elizabeth Bennet cuando fue al baile en Netherfield Park ―en la adaptación fílmica, por supuesto, porque en el libro iba mucho menos arreglada―.

Acto seguido, me pongo el disfraz. Escondo entre los pliegues del vestido mi teléfono celular y tomo coraje para emprender mi viaje.

Respiro profundo un par de veces, cierro los ojos y pienso en el lugar en que me encontraba ayer.

Cuando los abro de nuevo, me percato de que estoy en el pasado, pero no aparecí en el mismo lugar. ¡Demonios! Estoy en medio de lo que parece una zona comercial, con gente que va y viene. Hay una conmoción terrible y pronto me entero por qué.

Veo un pañuelo volar por el aire y un desfile de oficiales. Como no podía ser de otra manera, uno de ellos lo recoge y se lo devuelve a su dueña. ¡Al parecer, la técnica de Lydia Bennet sí que funciona!

La gente que se cruza en mi camino me mira de arriba abajo y cuchichea. Por lo visto, mis sospechas eran correctas y no estoy tan bien disfrazada como pretendía. Escapo de la mirada inquisidora de un grupo de mujeres, me doy vuelta de forma brusca y choco contra una joven de cabello castaño.

―Lo siento. Mil perdones ―me disculpo.

―No se preocupe ―me dice con una sonrisa―. Se la ve algo perdida. ¿Puedo ayudarla?

―Sí, por favor. Tengo que llegar a Rosemund, necesito ver al Señor William Darcy. ¿Lo conoce?

―¡Claro! Es amigo de la familia. Yo puedo acompañarla.

Aún con lo poco que lo conozco, estoy segura de que Will debe tener muchas amistades, pero algo muy dentro de mí me dice que estoy frente a la mejor novelista de todos los tiempos y, tengo que admitir, que entro de inmediato en modo fangirl .

―Por casualidad… ¿es usted Jane Austen? ―pregunto perpleja.

―Sí, ¿nos conocemos? ―consulta sorprendida.

―Algo así, podría decirse que soy una ferviente admiradora suya. ¡Me encantan sus novelas!

―Es usted muy amable, señorita…

―Donovan, Margaret Donovan. ―La urgencia de mi misión hace explotar la burbuja creada por este encuentro―. ¿Queda muy lejos la propiedad del Señor Darcy?

―Será una caminata de cuarenta minutos, más o menos, pero, si está apresurada, podemos salir ya mismo para allí.

―En verdad se lo agradecería.

En medio del camino, nos azota una lluvia torrencial y debemos detener la marcha. Por suerte, nos encontramos cerca del hospedaje de Jane, que había ido a visitar a una amiga, y entramos a calentarnos un poco.

Estoy empapada. Al verme con semejante aspecto, Jane me presta un vestido de muselina y un bonnet e insiste en tomar un té y esperar a que pase un poco la tormenta.

Después de un rato, ya empiezo a impacientarme. Hace más de una hora que estoy aquí, ¡se me acaba el tiempo!

Vuelvo nerviosa junto a mi anfitriona, y no paro de mirar por la ventana. Al fin, a pesar de las recomendaciones de todos, decido continuar el viaje.

¿Cómo fui tan estúpida? ¡El accidente sucedió durante la tormenta! ¡No puedo esperar a que pare!

Corro con todas mis fuerzas y sigo el camino indicado por la señorita Austen. De a ratos, tengo que frenar ―¡maldigo a mi nulo estado físico por ello!―, pero intento avanzar lo más rápido posible.

Cuando llego a Rosemund, siento el corazón desbocado. En parte por la fatiga, pero también por la ansiedad. Golpeo la puerta con insistencia, pero no sucede nada. ¡No está en casa!

El pánico me carcome y me paseo de un lado a otro. Es entonces cuando tengo una revelación. La mujer de mi sueño, aquella que vagaba desconcertada en su vestido de muselina, soy yo. ¡Soy yo!

¡Esto no puede ser real!

Miro hacia todos lados y, esta vez, a diferencia de lo que ocurría en mi sueño, veo venir el carruaje aún a cierta distancia.

Tomo una piedra del camino y la arrojo con todas mis fuerzas hacia el caballo, lo que hace que este se asuste y cambie de marcha.

El cochero me insulta, pero eso no importa ya. ¡Pude desviarlo!

Miro hacia el costado y veo que se acerca un caballo negro. De repente, la tormenta se calma y un último relámpago, como un presagio, surca el cielo.

Mientras su jinete desciende del animal, siento un temblor tan grande que, por un momento, pienso que se trata de un terremoto. Cuando veo que soy la única afectada por el fenómeno, lo entiendo: es el momento de regresar. Sin embargo, no creo poder hacerlo.

Al fin lo tengo de pie frente a mí y, cuando me pierdo en su mirada color esperanza, se disipan todas mis dudas. Mi futuro está en el pasado. Mi futuro es él.

No hacen falta palabras, ya todo está dicho entre nosotros. Al verlo, no puedo más que abrazarlo con fervor. Lloro como loca, pero esta vez de felicidad. No lo suelto hasta que se disipa todo rastro del temblor.

Logré cambiar su destino. Ahora podremos escribir nuestra propia historia. Juntos.

―¡Daisy! ¡No puedo creerlo! ―dice, me sujeta la cara con ambas manos y me acaricia con suavidad las mejillas.

―¿Por qué te fuiste? ¿Por qué no te quedaste en casa? ¡Me lo prometiste! ―Mi primer instinto es besarlo, pero es posible que le resulte demasiado atrevido. Así que, al parecer, regañarlo como a un niño pequeño es un sólido plan B.

―Perdón, lo sé. Odié faltar a mi promesa, pero no tuve opción.

Mi ama de llaves enfermó y tuve que ir a buscar al médico, ahora mismo debe estar con ella.

Yo me retrasé por la tormenta, y tuve que frenar un poco para no exigir al caballo, pero su carruaje está al pie de la colina.

Le ruego que me disculpe ―me explica, apenado.

―¡Ay, Will! ―Me froto los ojos―. No te preocupes, está bien. ¡Estás bien! Y es lo único que importa. ¡Menos mal que llegué a tiempo!

―¿A tiempo de qué? No comprendo.

―Después te lo cuento. Ahora concentrémonos en el hecho de que estamos aquí, juntos ―digo y lo abrazo una vez más.

Él se aleja un poco y siento un terrible vacío. Pasa una mano por su cabello mojado, suspira y, luego, toma mis manos entre las suyas.

―He luchado en vano, pero no he podido evitarlo.

A riesgo de parecer impertinente, tengo que decirle que estoy completamente enamorado de usted y que no sé cómo podría funcionar algo entre nosotros.

Pero sí tengo la certeza de que yo no podría funcionar sin usted.

Nada en el mundo me haría más feliz que el hecho de que aceptara ser mi esposa.

Todo esto es una locura, ¿pero quién no comete locuras por amor? Si me hubieran dicho que me comprometería a los veintiún años, jamás lo hubiera creído. Aunque tampoco hubiera visto posible viajar en el tiempo y aquí estoy, ¿o no?

La verdad es que no tengo ni que pensarlo. Mi respuesta no se hace esperar.

―Te amo, Will. Y puedo asegurarte que va a funcionar. Este es mi lugar, mis manos en las tuyas, es donde pertenezco.

―¿Eso es un sí? ¿Significa que acepta?

―Significa que no me voy a ir a ningún lado y que no hay nada que desee más que ser tu esposa, Will. Te amo como jamás imaginé que podría llegar a amar a alguien.

―Daisy, yo… ―Con sumo cuidado, deja caer mi bonnet , me acaricia la mejilla y funde sus labios con los míos.

Su beso me hace sentir viva, es como si estuviéramos destinados desde el principio. Me hace feliz.

Epílogo

Parece mentira que el tiempo haya pasado tan rápido. Al principio, me costó un poco adaptarme a una época tan diferente a la mía, no lo voy a negar. En las novelas, todo parece más pintoresco que en la realidad.

En la que ya considero mi antigua vida, no me daba cuenta de lo afortunada que era por el simple hecho de conocer la electricidad, poder recorrer largas distancias en corto tiempo y un sinfín de beneficios más que no era consciente de que poseía.

Pero esta época también tiene su encanto.

La gente no tiene tanta prisa y las conexiones son reales, mucho más significativas que un contacto en alguna red social que te saluda una vez al año, sí, y solo sí, recibe la notificación de que es tu cumpleaños.

Tuvimos que inventarme un pasado, claro ―aunque tratamos de mantenerlo lo más fiel posible a mi historia― y, al cabo de un par de semanas, celebramos nuestra boda. Hoy estamos felizmente casados y somos padres de dos hermosas niñas. ¿Sus nombres? Jane y Elizabeth, por supuesto.

Jane Austen es ahora mi mejor amiga, tanto así que le confié toda la verdad. Pensé que no iba a creerme pero, de forma inexplicable, lo hizo… y me pidió usar algunos detalles para su obra, Orgullo y Prejuicio . ¿Cómo podía negarme?

Mi felicidad es plena, pero mentiría si dijera que no echo de menos a las personas que dejé atrás: Letty, Clary, Sue… y, sobre todo, Marmee.

¿Quieres saber qué contenía el sobre que le entregué?

Una carta de despedida en la que volqué mi corazón y le agradecí por todo lo que hizo por mí, por tener siempre una sonrisa en el rostro aunque ella también viviera un infierno.

Sé que la separación debe haberle resultado muy dolorosa, pero, como ella misma me dijo, ambas sabíamos que era lo correcto.

También dejé unas cartas para despedirme de mis amigas y le pedí que se las alcanzara.

Por último, adjunté toda la información sobre la puerta del Museo de la Rosa, y le rogué que, por favor, hiciera un viaje a Southampton y lo visitara.

Mientras tanto, en el marco de la puerta de mi propiedad, se encuentra mi teléfono móvil.

Sé que no funcionará, pero espero que la tarjeta de memoria pueda rescatarse.

Saqué muchas fotos el día de mi llegada, antes de que se agotara la batería, para que conociera al hombre de mis sueños y me viera aquí con él.

Además, cada vez que algo importante sucede en mi vida, escribo una carta y la guardo allí, con la esperanza de que, algún día, ella encuentre mis misivas.