PRESAGIO #7
―Fue extraño, y no pude manejarlo. Así como llegué, al rato volví, sin siquiera pensarlo.
―Eso es normal, siempre es así la primera vez. A medida que desarrolles tu poder, podrás controlarlo a voluntad e ir y venir en el momento que creas oportuno. ¿Viste a ese tal William? ―inquiere.
―¡No! ¡Pero vi a Henry Austen, el hermano de Jane! ¿No es una locura?
―En verdad lo es ―responde, y deja salir una carcajada―. El destino no te podría haber llevado a una época más acertada, ahora cobra sentido lo mucho que me torturaste todos estos años con los libros y las películas basadas en la obra de Jane Austen...
Me contagia y, cuando quiero darme cuenta, ambas estamos desternilladas de la risa. Luego, paso a contarle todo con lujo de detalles.
―Lo único es que me siento agotada, mareada… no sé. Estoy rara, débil ―concluyo.
―Eso también es normal.
―Es la segunda vez que me dices que algo es normal en esta conversación, Marmee. Creo que deberías buscar un diccionario y reevaluar tu elección de palabras ―bromeo.
―No te hagas la lista, sabes a lo que me refiero. ―Ríe―. Tienes que acostarte, dormir un rato. Cuando te despiertes, estarás como nueva.
Una vez más, decido hacerle caso a mi abuela y voy directo a la cama mientras, poco a poco, algo parecido a un plan toma forma en mi cabeza.
Futuro pasado
Duermo toda la tarde y toda la noche, pero no es un sueño reparador ni nada por el estilo, más bien todo lo contrario. Sueño una y otra vez con el accidente y, en mi cabeza, hago mi mayor esfuerzo por despertarme. Cada. Puta. Vez.
Spoiler Alert : no. No lo consigo. Se repite en bucle, como si se tratara de un jodido video de Tik Tok.
Cuando al fin abro los ojos, estoy sudada de pies a cabeza.
Un escalofrío me recorre entera y, como si de una epifanía se tratase, lo veo claro.
No tiene sentido, pero siento que mi cuerpo me avisa que se me termina el tiempo, que hoy es el día, el maldito día en que ese sueño ―o, mejor dicho, esa pesadilla del infierno― se volverá realidad.
Me incorporo en la cama y limpio el rastro de las lágrimas derramadas en sueños. La opresión en mi pecho, mi fiel compañera de estos últimos quince días, amenaza más que nunca con cortarme la respiración.
―Daisy, ¿se encuentra usted bien? ―¡Esta vez no dije nada! ¿Cómo lo supo? ¡Maldición!
―Sí, claro. ¿Por qué? ―respondo, trato de sonar despreocupada mientras siento mi corazón estallar en mil pedazos.
―No lo sé, tuve una sensación, un presentimiento, si se quiere, de que algo malo le ocurría. Disculpe si mi intromisión la ha despertado.
―No, no… ya estaba despierta, Will. ¿Y tú? ¿Todo bien por allí?
―Bien, gracias. Salvo mis conversaciones con usted, que se han convertido en un oasis en medio de mi monótona rutina, nada que merezca mención en lo absoluto.
―Puedo oír su sonrisa, lo juro. No emite sonido alguno, pero sé que está ahí, que adorna su hermoso rostro―.
Aguarde un momento, por favor. ―Después de unos minutos, vuelvo a escucharlo―.
Espero que sepa disculparme, pero mi ama de llaves requiere mi presencia.
En cuanto pueda, volveré a contactarla, ¿sí?
―Por supuesto, Will. No hay problema.
Dejo escapar un suspiro de alivio. Hoy, más que nunca, agradezco la interrupción.
Si estoy en lo cierto, es hora de darle forma a mi idea de ayer y ponerme en acción. Esperaba tener más tiempo para organizarme, pero habrá que improvisar. Lo primero que hago es llamar a Marmee y pedirle que cancele los turnos de la peluquería, porque no voy a poder ir hoy.
Leí algo ayer que se me quedó grabado a fuego, así que prendo la computadora para buscar información. Al leer sobre Rosemund, me encontré con una descripción detallada de la puerta principal de la propiedad: una estructura inmensa, de doble hoja, que contaba con un doble marco interior.
En Google aparecen algunas fotos de cómo luce y de cómo quitar el marco lateral para descubrir un compartimento que, según parece, oficiaba de caja fuerte.
Este tipo de puertas era muy exclusivo, muy pocos lo podían pagar.
El común de la población ni siquiera sabía de su existencia.
Según lo que pude investigar, la única puerta del estilo que se conserva en impecables condiciones en la actualidad es la del Museo de la Rosa, pero nadie nunca se ha animado a intentar abrirla. Según cuenta la leyenda, está maldita.
Revuelvo todos los cajones hasta encontrar algunos papeles y algo con lo que escribir, y redacto cuatro cartas. Mientras lo hago, no puedo evitar volver a llorar. Me gustaría pensar que no serán necesarias, pero algo me dice que no tengo alternativa. Las guardo en un sobre y las sello.
Después de ducharme, me siento un poco mejor. Es difícil, pero sé que es la decisión correcta.
Ya lista para salir, con el teléfono en la mano y la cartera puesta, abro la puerta de la heladera. Mi mano se queda congelada a medio camino de la lata de Coca Cola que pretendía agarrar. Su voz, más alegre que nunca, inunda el lugar.
―¡Daisy! ¡Daisy! ―me llama William, eufórico―. ¿Ha estado aquí? ¿Ya puede viajar? ¿Es eso cierto?
Al fin abro la gaseosa, me siento en el sofá y tomo un trago antes de responder.
―Will… sí, quería contártelo antes, perdón. ¿Hablaste con Henry?
―Sí… y el muy imbécil no fue capaz de decirme nada de su encuentro hasta que estaba por retirarse.
―Es la primera vez que lo escucho decir algo inapropiado, lo que me saca una sonrisa―.
¿Por qué ha tenido que ser él quien se cruzara en su camino?
¡No sabe lo que me hubiera gustado conocerla en persona!
―Tengo pensado volver pronto, yo también quiero conocerte. No tienes idea cuánto ―admito ruborizada. Por suerte él no puede verlo.
―Él me ha dicho que… que es usted muy hermosa, aunque algo extraña. Le pedí que la describiera y me miró mal, pero lo ha hecho, y me ha dicho que es usted rubia. ¿Ha cambiado nuevamente su color de cabello?
―No, pero, al parecer, al ir al pasado vuelve a su color original. ¡Pobre Henry! Debo haberle parecido una desquiciada. No sabes lo que me costó intentar parecer de la época.
―Me hubiera encantado estar ahí. ―Hace una pausa―. Debo confesar que no dejo de pensar en usted ni un segundo en las veinticuatro horas que tiene el día. Me ha hechizado…
―… en cuerpo y alma ―decimos a la par. Mi corazón está a punto de estallar.
―¿Cómo sabía que iba a decirle eso? ―pregunta sorprendido.
―¿Todavía te sorprende algo de toda esta locura? ―le digo con ternura―. Lo sabía por dos motivos. El primero es que se trata de una de mis frases favoritas de Orgullo y Prejuicio ; y, el segundo… el segundo es que siento exactamente lo mismo.
―¿De verdad? ―Parece esperanzado, pero solo por un instante, enseguida se apaga su voz―.
¡Querida Daisy! Déjeme decirle lo aterrado que estoy.
Ansío conocerla, pero saber que solo podré tenerla cerca de mí como máximo dos horas al día, si es que usted dispone de ese tiempo, hace que se me parta el corazón.
―A mí también, Will. Pero no nos adelantemos, ya pensaremos en algo, ¿sí? Ahora tengo que pedirte un favor, ¿puede ser?
―Sabe bien que no podría decirle que no aunque quisiera.
―No salgas de tu casa hoy, evita cualquier compromiso, por favor ―digo, o más bien ruego. Hay desesperación en mi tono de voz y, como era de esperarse, William lo nota.
―Debo admitir que no esperaba esa petición. ¿Por qué? ¿Qué sucede? No la escucho bien.
―Después te lo cuento, te doy mi palabra. Pero necesito que lo prometas, ¿puede ser?
―De acuerdo, Daisy. Lo prometo.
Con pesar, nos despedimos y emprendo mi camino. Sus palabras aún resuenan en mis oídos. Si lo que acaba de suceder no fue una declaración de amor en toda regla, los libros de Austen me han estado engañando toda mi vida.
Amor. ¿Cómo es posible amar a alguien que nunca he visto? ¿Cómo es posible que este sentimiento se haya arraigado tan fuerte en mí en tan poco tiempo? No sé cómo, y tal vez nunca lo sepa, pero la realidad es indiscutible. Ha sucedido. Estoy enamorada de Will y eso es lo único que cuenta.
La primera parada de mi recorrido es, sin lugar a dudas, la más difícil. Cuando llego a casa de Marmee y me ve en el portal, con los ojos ya abnegados en lágrimas, no dice nada. Solo me abraza y, con eso, me dice mucho más que con cualquier palabra.
No sé cómo sincerarme, pero ella me ayuda. Me conoce más que nadie en la vida y esto lo demuestra. Cuando termino de contarle mis planes, ella también lucha por contener las lágrimas.
―Tengo que confesarte que me he preparado para este momento desde el instante en que me nombraste a William por primera vez.
―Esboza una sonrisa―. Lo vi en tus ojos aquel día y sé, con una certeza arrolladora, que vas a lograrlo, cielo.
Te voy a extrañar con locura, pero lo haré feliz de saber que estás bien, feliz como solo tú lo mereces.
―No tiene por qué ser una despedida, Marmee. Si todo sale bien…
―Si todo sale bien, lo más probable es que lo sea, cariño. ―Apoya su mano en mi hombro y me da un ligero apretón―. Lo importante es que, decidas lo que decidas, te apoyo en un cien por ciento. ¡Te quiero tanto, Daisy!
Antes de irme, le doy el sobre y le pido que solo lo abra si, al ir a buscarme al día siguiente, no estoy en casa.
Nos abrazamos una vez más, o tal vez no la he soltado desde el momento en que llegué, no lo tengo claro. La cabeza me da vueltas y no sé cómo gestionarlo. Me desea suerte y, así, llena de miedo y con mucho dolor, me alejo de ella.
El siguiente destino de mi recorrido es la tienda de disfraces del centro comercial.
Entro y busco lo más parecido que encuentro a los vestidos ingleses de 1810.
Siendo honesta, no creo que sea históricamente correcto, pero tendrá que servir.
La alternativa es aparecer allí en jean y camiseta de tirantes, así que, al menos, es un avance.