Destellos de amor PRESAGIO #6
19%

PRESAGIO #6

―William Darcy, el hombre del que te hablé el otro día. Averigüé un poco sobre él, más los datos que saqué de nuestras charlas y… No puedo dejar que se muera. No me lo perdonaría.

―¿Cómo? Creo que me perdí, princesa.

Con un poco más de calma, le explico en detalle la situación. Su expresión, cada segundo más contrariada que el anterior.

―Daisy, ¿no te estás involucrando demasiado? Si no se tratara de alguien que no conoces, por la forma en que hablas, pensaría que estás enam…

―¡No seas ridícula! ―me defiendo, aunque, muy en el fondo, no me parece ridículo en absoluto―. Es un buen hombre, solo eso. No puede morir así, no puedo quedarme de brazos cruzados y no ayudarlo. ―Me llevo las manos a la cabeza con exasperación―. ¿Cuándo podré viajar?

―No lo sé, mi amor. A veces, el poder despierta de forma muy rápida y, otras, demora bastante más.

No es una ciencia exacta, pero… tienes que tener cuidado.

Lo que pretendes es algo muy serio. Quieres cambiar la historia y las reglas existen justamente por eso, para evitar que alguien cambie el curso de los hechos porque sí.

―¿Porque sí? ―Ese comentario logra cabrearme―. ¡No es porque sí! ¿Te parece justo acaso que muera, tan joven, por algo tan estúpido?

―Claro que no, Margaret. ―¡Auch! Solo usa mi nombre completo cuando me va a sermonear―.

Pero hay miles de muertes a diario; en su tiempo, en el nuestro y en todos los demás.

Y, por desgracia, no podemos evitarlas todas.

Tienes que entender que la muerte es parte de la vida, aunque siempre nos parezca injusta.

―Ya lo sé, Marmee… Es que no me lo puedo sacar de la cabeza.

Imagina que alguien allá afuera tiene en sus manos la posibilidad de advertirles a mis padres sobre el accidente, ¿no querrías que lo hiciera?

¿No mandarías al demonio todas las estúpidas reglas?

Yo te aseguro que sí lo haría ―concluyo, ahogada en llanto.

Sé que con lo que acabo de decir, le hago un daño innecesario a la persona que más amo en la vida, pero es la única forma de que entienda cómo me siento. Al escucharme, se pone a llorar al igual que yo, acerca su silla y me abraza con todas sus fuerzas.

La camarera aparece con nuestros pedidos y, con sigilo, deja los platos en la mesa, para no interrumpir el momento.

―Tienes razón, Daisy ―dice mi abuela, incorporándose―. Cuenta conmigo para lo que sea. Estoy aquí contigo, hagas lo que hagas.

No nos es sencillo cambiar el estado anímico, pero nos las ingeniamos para comer nuestro almuerzo antes de que se enfríe por completo. Charlamos de todo y nada a la vez, pero no volvemos a sacar el tema por el resto de la tarde.

Hay muchas cosas que no tengo claras, y creo que nunca las tendré; pero de algo estoy segura: la muerte de William no es una opción, no si yo puedo evitarla.

Henry Austen

Ya transcurrieron dos semanas desde mi cumpleaños, dos semanas desde que me enteré de mi habilidad, dos semanas desde que «conocí» ―por decirlo de alguna manera― a William.

Dos semanas desde que me obsesioné por completo con este hombre que cada día llego a querer un poco más.

DOS. SEMANAS. Por si no ha quedado claro.

Hablamos a diario y me tiene encandilada. Me maravilla con sus historias, escucharlo es tan excitante como leer una novela. A menudo, cierro los ojos e intento imaginar que está a mi lado, que no hay un mundo que nos separe.

En este tiempo, lo puse al corriente de todo lo que sé, de todo excepto de aquello que me tortura día y noche. Lo intenté mil veces, pero no me salen las palabras. Lo peor es que sé que juego con fuego, y eso me mata.

Es curioso cómo el tiempo es una cosa que todos damos por hecha y en la que nunca pensamos; pero el tiempo es una máquina inconstante. El reloj, un artilugio extraño que con un solo movimiento de sus agujas puede cambiarnos la vida por completo.

Tengo terror de que algo le pase a William, de que ese maldito sueño que ha sido más que recurrente estos días se vuelva realidad.

Lo primero que hago al despertarme es intentar comunicarme con él para ver cómo está.

Y, cuando dice que tiene que salir, me paso todo el día con el corazón en la boca. ¡No puedo más!

Cancelé todos los turnos de hoy, ya que necesitaba tener un día libre; así que, después de desayunar, me dirijo a la biblioteca local en busca de información sobre el Museo de la Rosa.

Sé que puede sonar anticuado, pero por buena que sea la globalización, cuando investigas algo tan antiguo, a veces es mejor ir a las viejas y confiables fuentes: los libros físicos.

Además, el lugar es un sueño y tiene un parque inmenso, con diferentes tipos de asientos, para que uno lleve allí sus libros de consulta y se sumerja en sus páginas en silencio y rodeado de naturaleza.

Es como una pequeña burbuja de aire puro en la ciudad.

La bibliotecaria, una mujer mayor que me resulta encantadora, me recibe con una sonrisa y me indica qué volúmenes pueden tener información relevante. Libros en mano, elijo una especie de diván bajo un cerezo y comienzo mi lectura. No hay nadie a mi alrededor.

Lo primero que encuentro es una descripción detallada de su arquitectura. Al leer sobre la fachada, mi mente asocia cada palabra con las características de la mansión que vi en mi sueño. Casi sin temor a equivocarme, diría que el accidente tendrá lugar en la puerta de su propiedad.

Después de un rato, cierro los ojos un momento, para disfrutar de la brisa matutina. De pronto, escucho el galopar de un caballo. ¿Qué demonios hace un caballo en el parque de la biblioteca?

Abro los ojos y me encuentro de pie en medio de una pradera llena de tempus fugit , la planta violeta de mi balcón. A unos pocos pasos hay un camino de tierra bordeado por una gran arboleda y, un poco más allá, un conjunto de casas de época digno de película.

El viento me empuja el cabello en la cara y, cuando levanto la mano para acomodarlo, veo las hebras doradas frente a mis ojos.

¡Doradas! ¿Doradas? ¡¿Estoy rubia de nuevo?!

Me palpo la cabeza como si eso pudiera darme una explicación a algo de lo que ocurre. En eso estoy cuando recuerdo el sonido del caballo. Levanto la mirada y noto que un jinete desmonta con extraordinaria habilidad. Va vestido muy elegante y lleva un sombrero sobre su rubia cabellera.

¡Dios mío! ¡Viajé al pasado!

―¿Se encuentra usted bien, señorita…? ―Hace un gesto con su mano, con el que me invita a decirle mi apellido.

―Donovan ―digo a media voz―. Sí, estoy bien, solo algo confundida.

―Yo también lo estaría ―me dice con una sonrisa ladeada―. ¿Qué le ha sucedido a su atuendo? ¡Nunca vi nada igual! No se ofenda, pero no creo que sea una vestimenta apropiada para una dama.

Miro mi cuerpo y me encuentro con mis zapatillas de lona, leggings negros y una blusa sin mangas. ¡Pobre hombre! Debo parecerle una exhibicionista. En este tiempo, vestir así y estar desnuda son casi la misma cosa.

―Lo siento, sepa disculparme ―respondo, en un desesperado intento por imitar las formas de la época―. Me he enganchado el vestido en una rama y, al intentar zafarme, quedó destrozado… por eso me encuentro así, solo con mis enaguas.

―No se preocupe, Señorita Donovan. Por fortuna, no ha resultado herida. Aguarde un momento. ―Se dirige a su caballo y saca de una alforja una manta que me extiende por encima de los hombros de manera galante―. Cúbrase con esto.

―¡Gracias! Es usted muy amable, señor…

―¡Oh, mil disculpas! ¡Qué modales los míos! Soy el señor Austen. Henry Austen, a su servicio. ―Me toma la mano y me da un suave beso.

Henry. Austen. Henry Austen está parado justo frente a mí. Me parece un sueño; le pediría un autógrafo, con eso lo digo todo.

―¡Henry! ―Sueno demasiado efusiva y es evidente que eso lo perturba, por lo que intento remediar la situación―. Lo siento, no quise ser impertinente. Es que yo… conozco a su hermana, Jane, y me ha hablado mucho de usted.

―¡Qué extraño! No recuerdo que la haya nombrado, a no ser que lo haya hecho por su nombre de pila, claro.

―Mi nombre es Margaret, pero no creo que lo haya hecho.

Ya nos conoce a las mujeres, solemos ser reservadas con el sexo opuesto, aunque se trate de nuestros hermanos.

―Mi respuesta parece convencerlo, ya que me regala otra sonrisa y suaviza su expresión―.

Disculpe, pero usted conoce al Señor Darcy, ¿verdad?

―¿A William Darcy? ¡Por supuesto, señorita! Es uno de mis amigos más cercanos. ¿Por qué lo pregunta?

―Es que mi padre me dio un encargo para él ―improviso―. Me preguntaba si usted podría indicarme el camino a su propiedad.

―Ehh, sí, claro ―responde dubitativo―. Es aquella casa que se ve tras la colina ―dice mientras señala en su dirección―, pero me temo que el señor Darcy no se encuentra allí. Ayer partió para Londres y no regresará hasta la noche. Yo vine a asistirlo en algunos asuntos. ¿Puedo hacer algo por usted?

―Solo dígale que Margaret Donovan estuvo por aquí y que, por favor, se comunique conmigo. Él sabrá cómo localizarme. ¿Puede ser?

―Delo por hecho. Un placer, señorita Donovan ―saluda, agacha la cabeza y le da un toque a su sombrero. Se da vuelta y, de un ágil salto, sube a su corcel y se aleja al galope.

La brisa me envuelve y me ciega por completo. Cuando puedo ver de nuevo, me encuentro otra vez en mi tiempo, con mi cabello violeta y los libros a mi lado, como si nada hubiese ocurrido.

Siento una emoción y una adrenalina difíciles de explicar. ¡Pude transportarme!

Recojo mis cosas a toda prisa y vuelvo a casa. Intento hablar con Will, pero no tengo suerte. Como dijo Henry, está en Londres, así que debe estar acompañado.

Me preparo algo de almorzar y decido llamar a Marmee. Me siento agotada en exceso, las piernas me tiemblan y no logro mantenerme en pie. Tengo miedo de que sea algún efecto del viaje.

―¡Marmee! ¡Lo hice! ¡Estuve en Southampton, en 1810! ―Las palabras brotan sin control alguno, de forma atropellada.

―¿En serio, cariño? ¿Cómo fue?